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martes, septiembre 22, 2026
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Bajo el imperio de la metafísica militar

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Se cumplen sesenta años de la publicación de uno de los libros de sociología más reconocidos e influyentes en Estados Unidos y a nivel internacional: “La élite del poder” de C. Wright Mills. Una de las cuestiones principales que aborda ese texto es la de la “metafísica militar”.

Para el autor, el liderazgo político, castrense y empresarial comparte una visión de los asuntos internacionales en clave de amenaza bélica persistente; la cual requiere de las fuerzas armadas y del castigo como el medio indispensable para hacerle frente.

De allí el perpetuo estado de “emergencia” para confrontar los distintos retos a la “seguridad nacional”. Así, el país debería prepararse permanentemente para guerras de diverso tipo. Se trata de un mapa cognitivo y un sistema de ideas que ordena la política y la sociedad a nivel doméstico y que moldea, en el plano externo, el comportamiento de Washington.

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Con la segunda presidencia de Donald Trump la metafísica militar se ha exacerbado: ha sido históricamente un hilo conductor de administraciones de diferente origen partidista, pero hoy adquiere, para los tomadores de decisión en el gobierno y en el mundo de los poderosos vendedores de armamento y las grandes compañías tecnológicas, una centralidad excepcional. Como afirmaba Bertolt Brecht, “la propia guerra es un negocio, incluso aquellas que se pierden”.

Frente a América Latina y el Caribe, sobresale lo que en noviembre de 2025 el Conversatorio Latinoamericano (consorcio conformado por cuatro universidades de la región) llamó la “hipersecuritización”.

Se trata de la intención, por parte de Estados Unidos, de capturar, subyugar y exhibir a la región como espacio de experimentación de su capacidad de uso de la fuerza y de dominación. Muy atrás en el tiempo quedó la tentación de recuperar la hegemonía; ahora se trata de imponer un modo de subordinación.

Una singularidad del mandato de Trump II es que del dicho al hecho hay solo un trecho. Las evidencias son elocuentes. El mandatario anunció su voluntad de recuperar el Canal de Panamá y el gobierno panameño ha cedido en prácticamente todo ante exigencias y chantajes.

Señaló que el petróleo de Venezuela le pertenecía y bombardeó ese país y extrajo a su presidente para someterlo a juicio en EE. UU., mientras ha obtenido del gobierno interino mucho de lo que ha exigido. Advirtió que buscaría incrementar el bloqueo a Cuba y ha cercado la isla mediante una política de máxima asfixia material y energética. A su vez, el Pentágono no descartó una acción militar contra el gobierno cubano.

Declaró que un presunto contubernio foráneo entre narcotraficantes y terroristas –el llamado narco-terrorismo– constituía un peligro inminente para Estados Unidos y en septiembre de 2025 comenzó una serie de ejecuciones extra-judiciales, a cargo del US Southern Command y mediante bombas y misiles, en el Caribe y el Pacífico, que a la fecha ha provocado 221 muertes.

Ya en diciembre del año pasado activó un nuevo comando para la región: el US Army Western Hemisphere Command. Desde marzo de este año, fuerzas especiales estadounidenses acompañan con logística e inteligencia a militares de Ecuador en tareas contra el narcotráfico. En mayo, otro acuerdo de cooperación anti-drogas se firmó con Guatemala. Recientemente el presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, anunció que Medellín sería sede del llamado Escudo de las Américas patrocinado por Washington.

En junio, a través de un ataque llevado a cabo por el Comando Sur, se dio de baja en Venezuela al líder del denominado Tren de Aragua. Este rediseño de la “guerra contra las drogas” ha mostrado –como en el pasado– ser un fiasco.

Una investigación de The Atlantic del 6 de julio, otra de Breaking Defense del 21 de julio y, adicionalmente, una del Washington Post del 28 de julio, y con base en entrevistas con funcionarios del gobierno, entre otros, muestra que entre septiembre y octubre de 2025 hubo una interrupción temporal del tráfico de drogas hacia Estados Unidos, acompañado de un incremento del precio de la cocaína y de la violencia asociada.

Rápidamente hubo una readecuación de rutas y tácticas por parte de los narcotraficantes a tal punto que no se redujo la llegada de drogas a ciudades estadounidenses. A su vez, las muertes por sobredosis viene descendiendo por tercer año consecutivo, según el National Center for Health Statistics. La nueva cruzada contra las drogas apunta, evidentemente, a disciplinar a América Latina.

Paralelamente, y a pesar del notable aporte de los extranjeros al país, la “guerra contra los migrantes” no cesa. De los aproximadamente 590.000 deportados entre enero de 2025 y julio de 2026, la mayoría ha sido de latinoamericanos.

En el marco de un proceso interno de des-industrialización y de pérdida de competitividad internacional ante China, Trump ha reforzado una “guerra comercial” imponiendo aranceles: 180 países y territorios han sido objeto de esa acción abusiva. A 32 naciones de América Latina y el Caribe se le aplicaron aranceles. Respecto a Beijing, EE.UU. ha desplegado también en el área una “guerra tecnológica” y una “guerra por recursos estratégicos”.

En resumen, la región es epicentro de una superposición de guerras que, sin duda, incrementará la inestabilidad, la vulnerabilidad, la polarización y la dependencia. En realidad, asistimos, sin reacción alguna, a una versión extrema de la metafísica militar.

https://www.clarin.com/opinion/imperio-metafisica-militar_0_2iCppiIjWw.html

Argentina and Brazil: Between Disintegration and Decoupling?

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El devenir y la comprensión del vínculo bilateral entre la Argentina y Brasil han pasado por diferentes etapas. A lo largo del siglo XX hasta la década de 1980, el análisis estuvo dominado por perspectivas geopolíticas sobre los fenómenos de la competencia y la rivalidad por entonces prevalecientes en la relación entre ambos países. La tensión latente argentino-brasileña era, en parte, sucesora de la hispanoportuguesa. Los resabios de la época colonial, además de la falta de sincronización entre los respectivos procesos de desarrollo económico, contribuyeron a construir imágenes parciales y sesgadas en la visión que cada uno se fue formando del otro. Una resultante importante – e indeseable – de ello, señaló Helio Jaguaribe (1982), fue la intensificación de una disputa “retórica” por la supremacía en América del Sur hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. La literatura académica de la época se abocó entonces a estudiar los desencuentros y encuentros bilaterales signados por una historia de avances y retrocesos diplomáticos, acompañados de un bajo nivel de confianza mutua y de una muy escasa institucionalización de los lazos (Lafer & Peña 1973, Puig 1975, Perez Llana 1975, Tulchin 1980, Jaguaribe 1982, Peña 1982, Selcher 1985, De Camargo & Ocampo 1988). 

Las transiciones a la democracia de la Argentina, en 1983, y de Brasil, en 1985, dieron inicio a una segunda etapa, cuando se incorporan al análisis en forma creciente elementos propios de una incipiente convergencia entre ambos. El proceso tendiente a mayores grados de integración política, que decanta posteriormente en la creación del MERCOSUR en 1991, da comienzo a una era de acuerdos: primero, asentados en el diálogo estratégico Alfonsín-Sarney (Russell & Hirst 1987, Hirst 1988a, Hirst 1988b); luego, ya en la década del noventa, bajo la fórmula del regionalismo abierto en un período de notable predominio de Estados Unidos, la potencia triunfante de la Guerra Fría. Desde allí, el análisis de los logros y las dificultades en el camino hacia la integración comercial moldea los trabajos académicos hasta el comienzo del siglo XXI (De Camargo 1992, Hirst 1992, Lafer 1997, Lladós & Guimarães 1999, Bernal-Meza 1999, Da Motta Veiga 1999, Bouzas 2001, Bouzas & Fanelli 2002).

La tercera etapa es inaugurada en los años 2000 dentro de una atmósfera de relaciones económicas relevantes, diálogos intersocietales en ascenso y coincidencias en las orientaciones de política exterior entre ambos países que abren oportunidades para desarrollar una nueva agenda conjunta de integración. En ese contexto, parece avanzar en Brasilia y Buenos Aires la “lógica de la autonomía” por sobre la “lógica de la aquiescencia” (Russell & Tokatlian 2013) en clave de aspiración de gran estrategia. La proverbial competencia de antaño se diluye, aumenta la cooperación, Brasil intenta proyectarse como una potencia emergente y la Argentina procura preservar una condición de poder regional. Son tiempos en que se configuran percepciones distintas sobre los dos países: sobresale más la autoestima brasileña y la sensación de declive argentino. En efecto, los trabajos académicos abordan las percepciones de las elites, aspectos relativos a la integración y lecturas sobre el origen de la crisis financiera internacional y su impacto en las relaciones argentino-brasileñas (Russell & Tokatlian 2002, Malamud 2002, Saraiva 2004, Candeas 2005, Vigevani et al. 2008, Bernal-Meza 2008).

Las visiones a favor de una vinculación más estrecha y prioritaria con Estados Unidos se van diluyendo al tiempo en que se fortalecen las voces que perciben a Asia como un espacio para establecer una relación más intensa y benéfica. Así como en algún momento del siglo XX fue la potencialidad de una “carta europea” y una “carta tercermundista” a los fines de diversificar las relaciones exteriores de diversos tipo, ahora comienza a gravitar la idea de la existencia de una atractiva “carta china” (Actis 2017). Sin embargo, desde la segunda década del siglo XXI, la interacción bilateral atraviesa una etapa de intensidad y profundidad relativas más atenuadas y complicadas respecto al periodo inmediatamente anterior (Pereyra Doval 2014, Actis 2015, Busso et al. 2017).

Una cuarta etapa más reciente analiza con amplitud tanto las variables sistémicas – el fenómeno del ascenso de China y su impacto en el vínculo bilateral y en la reprimarización de las economías – como las variables domésticas – las coaliciones gobernantes y sus divergencias internas (Frenkel & Azzi 2018, Pereyra Doval & Ordoñez 2020, Belém Lopes & Lopez Burian 2018, Scholvin & Malamud 2020, Merke & Stuenkel 2020). Los cambios en las concepciones socioeconómicas y en los paradigmas de relacionamiento externo habían sido más o menos simultáneos entre Argentina y Brasil. Cuando en Brasilia prevalecía una “lógica de la aquiescencia”, en Buenos Aires ocurría lo mismo; y a la inversa, cuando en Buenos Aires predominaba la “lógica de la autonomía”, en Brasilia era similar. Sin embargo, el elemento novedoso ocurre en 2019, a partir de la llegada al poder de Jair Bolsonaro, cuando se divisa un giro en la política exterior brasileña.[1] Así emerge una serie de trabajos que explican los retrocesos a través de la falta de coincidencia de los partidos en el poder, en cuanto a la política exterior, el modelo de desarrollo, la relación con las grandes potencias, o las diferencias ideológicas y percepciones de las elites (Frenkel & Azzi 2018, Caetano et al. 2019, Hoffmann 2020, Zelicovich 2020). En suma, en la actualidad han aumentado los análisis académicos de economía política que reflejan el evidente y gradual deterioro de la sociedad estratégica argentino-brasileña. 

En este trabajo no interesa poner el foco en las implicancias que puede tener para la integración la existencia de posturas ideológicas opuestas y que podría constituir un fuerte agravante del deterioro del vínculo bilateral, sino en las causas profundas que han favorecido las tendencias a la desintegración regional y al desacoplamiento bilateral entre Buenos Aires y Brasilia. Las preguntas que aquí nos planteamos se relacionan con los factores de fondo: a) ¿en qué consisten los procesos de desintegración regional y desacoplamiento bilateral?; b) dentro de este contexto, ¿qué cuestiones clave del acoplamiento bilateral se muestran vigentes en los ámbitos diplomáticos políticos y económicos?, ¿cuáles se han roto o perdido?, ¿cuáles se perciben frágiles?; y c) ¿se puede proyectar una agenda para renovar y relanzar política y económicamente la relación bilateral?, ¿cuáles podrían ser los temas pertinentes? 

DEFINIENDO DESINTEGRACIÓN REGIONAL Y DESACOPLAMIENTO BILATERAL

Es posible afirmar que, desde mediados de la década del ochenta del siglo XX hasta los primeros tres lustros del siglo XXI, y a pesar ciertos vaivenes y tropiezos, la relación entre la Argentina y Brasil fue estable. En los últimos tiempos parece evidente un gradual e inquietante deterioro de la cultura de la amistad entre ambos países. Ello se manifiesta en dos procesos concretos: la desintegración regional y el desacoplamiento bilateral. El primero, en el plano subregional, está relacionado con el estado de la desintegración del MERCOSUR; el segundo, en el plano de las políticas públicas y de las interacciones económicas y sociales, está ligado al grado de desacoplamiento entre los dos países. Cabe remarcar, de entrada, que la mayoría de las investigaciones sobre las relaciones bilaterales argentino-brasileñas han centrado sus esfuerzos en tratar de explicar cómo y por qué ambos países han procurado asociarse. La desintegración y el desacoplamiento han sido, en cambio, muy poco estudiados: se los considera una anomalía y resultan, por supuesto, indeseables.  

En los últimos tiempos parece evidente un gradual e inquietante deterioro de la cultura de la amistad entre [Argentina y Brasil]. Ello se manifiesta en dos procesos concretos: la desintegración regional y el desacoplamiento bilateral.

La noción de desintegración regional admite varias acepciones.[2] Una de ellas significa destruir por completo; otra, perder cohesión y fortaleza. La literatura de relaciones internacionales identifica dos tipos de explicaciones analíticas al fenómeno de la desintegración: las basadas en factores exógenos y las centradas en los endógenos. La primera pone el acento en los cambios ambientales o sistémicos provocados por shocks externos, procesos de transición de poder internacional, crisis económica global, cambios en las percepciones de amenazas o declinación de la confianza mutua entre países socios. La segunda aborda cuestiones como las características institucionales intrínsecas, las condiciones de interdependencia económica, de infraestructura y sociodemográficas, las pujas domésticas, los cambios de régimen político y las divisiones ideológicas. No obstante, existen diversos caminos hacia la desintegración y, por lo tanto, resulta difícil formular una sola “gran teoría” al respecto. A los fines de este artículo, se asume que la desintegración, además de constituir la antítesis de la integración, refleja el ocaso de un modo de diseñar y aplicar políticas comunes y compartidas en una amplia gama de asuntos entre Estados que están vinculados por un acuerdo formalizado e institucionalizado cuyo propósito principal es configurar una comunidad política entre las partes.

La perspectiva más frecuente aplicada a la desintegración ha sido la que la define como el opuesto de la integración. Hablamos aquí de desintegración no como un impasse en la integración sino como un proceso multidimensional de distanciamiento y divergencia política, económica y social entre las elites y las sociedades de países que conforman un núcleo comunitario que involucra a gobiernos, empresarios, trabajadores, académicos, científicos, partidos políticos y demás actores de la sociedad civil. Ciertamente, a diferencia de la integración, ésta se enfoca en los procesos de pérdida del sentido social de comunidad, reducción de la interdependencia económica y ocaso de la convergencia política entre Estados. Esas dinámicas involucran, por ejemplo, la disminución de la cooperación y la provisión de muy escasos recursos para invertir en empresas comunes o la menor disposición al compromiso con valores compartidos que pueden promoverse a través del esfuerzo colaborativo. Un caso cercano es el de Colombia y Venezuela, que han escogido alineamientos internacionales claramente opuestos y que, de hecho, han socavado la integración de la Comunidad Andina de Naciones (CAN). Otro ejemplo es lo que ocurrió con la Asociación para la Cooperación Regional del Sur de Asia (SAARC), fundada en 1985. La organización no ha podido organizar una cumbre desde 2014. La última correspondía a Pakistán, pero con el aumento de tensiones tras los ataques terroristas en Bombay en 2016, India boicoteó los intentos de realizar tal cónclave. Llevan ocho años sin reuniones y en ese lapso Pakistán consolidó una relación muy estrecha con China, mientras que la India fortaleció su acercamiento a Estados Unidos.

Siguiendo a Deutsch (1990), la integración es “una relación entre unidades en la cual éstas son mutuamente interdependientes y poseen en conjunto propiedades sistemáticas de las que carecerían si estuvieran aisladas… Un sistema integrado se encuentra cohesionado en la medida en que puede afrontar tensiones y presiones, soportar desequilibrios y resistir divisiones”. Así, entonces, la integración es un proceso amplio, intenso y profundo que implica la vinculación e interpenetración social, política, económica, cultural, científica, diplomática e incluso militar entre dos o más naciones. En síntesis, y siguiendo a Deutsch, la experiencia del MERCOSUR, en especial, en materia de integración muestra niveles elementales de cohesión. Ha podido mínimamente, con marchas y contramarchas, “afrontar tensiones y presiones, soportar desequilibrios y resistir divisiones”. No obstante, se refleja la ausencia de “las condiciones de fondo” para una integración exitosa. Es decir, aún se carece de “1) relevancia mutua de las unidades, 2) compatibilidad de valores y ciertas gratificaciones conjuntas reales, 3) comprensión mutua y 4) cierto grado de identidad o lealtad común generalizada”.[3]

A su turno, la noción de desacoplamiento bilateral refiere a la brecha entre compromisos asumidos en un vínculo bilateral y las políticas nacionales específicas vinculadas con dichos compromisos. Se trata de la diferencia entre lo prometido o estipulado formalmente y lo efectivamente consumado o concretado. En ese sentido, cabe diferenciar el desacoplamiento provocado, absoluto e inmediato del desacoplamiento contingente, relativo y gradual. El primero está signado por la determinación, de una de las partes, de provocarlo a través de un sistema amplísimo de acciones y/o sanciones inmediatas, categóricas y definitivas. El ejemplo hoy de Rusia y Occidente es ilustrativo. El segundo surge de una dinámica de acción-reacción y, a diferencia del anterior, no está hecho ex profeso, es relativo, cubre una amplia gama de temas y asuntos, y es gradual porque es paulatino y va desplegándose en el tiempo. Un ejemplo reciente de este tipo de desacoplamiento bilateral es el de Colombia y Venezuela. Advertimos que el sendero que podría transitar el desacoplamiento argentino-brasileño se podría asemejar al reciente de los dos países andinos.[4] 

El concepto de desacoplamiento bilateral que aquí empleamos comprende tres ámbitos: el político, el económico y el social. En primer lugar, el ámbito político refiere a aquellas acciones unilaterales que puede desplegar cualquier Estado, no precedidas de consultas con su contraparte y que podrían afectar seriamente el vínculo bilateral. Aquí asumimos que la política del fait accompli entre actores que no son grandes potencias es algo más que la antítesis de la consulta y el diálogo: refleja y puede conducir al eventual ocaso de un modo de articular y converger sobre políticas, medidas y formas de mitigar riesgos y aprovechar oportunidades mutuamente convenientes. En segundo lugar, el ámbito económico involucra el debilitamiento de las fuerzas productivas y la disminución de sus conexiones en dimensiones tales como el comercio, el financiamiento, las inversiones o la colaboración en ciencia y tecnología. Así, por ejemplo, podría implicar una disminución del volumen de importaciones y exportaciones entre ambos países, una caída paulatina de la interdependencia comercial; la erosión de la infraestructura de conexión o del entramado científico-tecnológico; la reducción de la inversión relacionada con la tecnología en los mercados de cada uno, o una menor disposición a la creación de empresas binacionales o conjuntas. Finalmente, el ámbito social se refiere a la pérdida de sentido de comunidad, de amalgama de valores compartidos, de lealtades a compromisos adquiridos, y de disposición a la supranacionalidad de ambas partes.

Reinhard Wolf (2002) presenta una escala de comportamiento entre países socios que se extiende desde una estrecha asociación hasta una creciente rivalidad. La escala comprende cuatro niveles que bien podrían ser leídos desde una mirada puesta en el comportamiento de países intermedios como la Argentina y Brasil. El primer nivel sería el máximo ideal positivo; por ejemplo, significa compartir una visión en materia de integración regional, buscar la concertación de posiciones en foros multilaterales, coordinar acciones para desactivar crisis vecinales, evitar posibles carreras armamentistas y/o contener interferencias externas en el área geopolítica compartida. En el segundo nivel decrecería el entendimiento y se pasaría a una ausencia de medidas colectivas o colaborativas, la reducción de consultas, la tentación de acciones unilaterales; todo lo cual generaría niveles de desconfianza y reduciría los espacios para el acuerdo. El tercer nivel podría alcanzar una situación inquietante donde serían más frecuentes las medidas individuales inconsultas, los contrapuntos rígidos y las tensiones bilaterales, hasta llegar a un extremo de conformación de sistemas de alineamientos antagónicos en política exterior, donde cada uno de los países se pliegue a una gran potencia diferente. Finalmente, el cuarto nivel correspondería a un escenario límite: el antagonismo enraizado. ¿Se encuentran hoy la Argentina y Brasil en una situación de desacoplamiento tal del vínculo que podría asemejarse al “nivel dos” detallado por Wolf o podríamos ir, por acción u omisión, camino hacia el “nivel tres”? En las dos últimas décadas, ¿qué cuestiones unieron y cuáles dividieron a Buenos Aires y Brasilia? ¿Pudieron ambos países (sus Estados y sociedades) asumir un diálogo estratégico profundo y amplio como el que caracteriza al “nivel uno”?

Es fundamental comprender que detrás del desacoplamiento suele haber una promesa incumplida, una frustración honda, una confianza perdida, una reforma irrealizada. En esencia, ello significa la primacía de la política doméstica: en el balance entre imperativo interno y responsabilidad internacional, se privilegia lo nacional. Evidentemente, la mayor interdependencia que se supone tener es percibida, después de un conjunto de experiencias, por una o ambas partes como costosa, disfuncional o intolerable: la base social y material que entrelazaba a los actores se lesiona y resulta preferible y probable el “cortarse solo”. 

BUENOS AIRES Y BRASILIA: LO VIGENTE, LO PERDIDO Y LO FRAGIL

Las relaciones entre la Argentina y Brasil han estado marcadas, principalmente, por la historia de las políticas exteriores de ambos países y sus interacciones. Las construcciones de poder, los equilibrios regionales y las instituciones comunes de la integración fueron consecuencias directas de ejercicios diplomáticos impulsados por los gobiernos. De la misma forma, estas políticas han sido responsables de la cooperación y el conflicto, del acoplamiento y del desacoplamiento. No obstante, la política exterior exhibe importantes signos de complejidad en su formulación y en sus alcances, conformando una realidad que gravita más allá del curso de las relaciones diplomáticas para cubrir un amplio espectro de lazos en el ámbito económico-comercial y social-ciudadano.

La dinámica acoplamiento/desacoplamiento no es un proceso que avance de forma ordenada. No puede serlo debido a que se desarrolla a partir del accionar de una multiplicidad de actores de la política, la economía y la sociedad atravesados, a su turno, por fuerzas y fenómenos globales. Cada uno de ellos persigue objetivos que coinciden en algunas ocasiones, y cuando no lo hacen se origina una competencia que tiene lugar en diferentes ámbitos. Del resultado de estas pujas se va derivando el desarrollo de la dinámica, muchas veces contradictoria, puesto que coexisten fuerzas centrífugas y centrípetas de la relación bilateral, cuyo peso va variando según lo contextos y/o los paradigmas de política exterior y modelos de desarrollo imperantes. Un modo de aproximarse a la cuestión es examinando la articulación bilateral en tres ámbitos: el del diálogo estratégico y la coordinación ante las grandes potencias, el de la diplomacia económica y el de la diplomacia ante el desastre. 

El diálogo estratégico y la coordinación frente a las grandes potencias

Uno de los espacios en donde ha mermado la disposición mutua al diálogo estratégico y la coordinación frente a las grandes potencias ha sido el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Desde 2004, ambos países habían acordado un mecanismo de consulta y voto de forma conjunta cuando uno de ellos ocupara un asiento como miembro no permanente. Dicho mecanismo consistía en designar un diplomático del otro país para integrar la misión del país que tenía designado el asiento. Brasil cumplió este acuerdo durante su periodo de dos años como miembro no permanente entre el 1 de enero de 2004 y finales de 2005, mientras que Argentina hizo lo propio en el bienio 2005-2006. Sin embargo, esta práctica de la “silla compartida” fue abandonada cuando Brasil ocupó un asiento en los períodos 2010-2011 y 2022-23, y en el período 2013-2014, cuando hizo lo propio Argentina.[5] Tampoco, en ese ámbito, las propuestas argentina y brasileña respecto de una eventual reforma del Consejo de Seguridad han coincidido, pues Brasil ha buscado un asiento individual permanente y Argentina ha promovido la idea de un sistema rotativo.

La carencia de diálogo, consulta o compromisos prácticos sobre posturas diplomáticas es ya una constante en el G-20, donde ambos países participan en calidad de miembros. Para la Argentina, que Brasil se retirara de CELAC en enero de 2020, un ámbito que justamente este país había impulsado, en su momento, junto con México, no ha sido un dato menor. En votaciones estratégicas, como han sido la reelección de Luis Almagro al frente de la OEA en 2020, y las elecciones de la presidencia del BID en 2020 y de la CAF en 2021, Buenos Aires y Brasilia votaron diferente; y en resoluciones importantes sobre la Guerra en Ucrania, como la ES11/1 de la Asamblea General y la A/HRC/49/L.1 de la Comisión de Derechos Humanos, no coordinaron posturas. No obstante, más recientemente, y a contramano de esta tendencia, ambos países – y de manera conjunta con Uruguay y Paraguay – acordaron la creación de un grupo de negociación sobre cambio climático en el marco de la COP 26 en Glasgow. En suma, en esta materia, con algunas afinidades y muchos distanciamientos, está claro que ha predominado la “lógica del desacoplamiento”.

Otro de los ámbitos de convergencia política podría ser el campo de la defensa, donde podrían articularse visiones y acciones con respecto a las misiones de paz, la cooperación transfronteriza, el rol en alianzas militares y procesos de paz, en la cooperación en torno al resguardo del Atlántico Sur como zona de paz. Hacia 2002, ambos países coincidieron en la condena al terrorismo internacional y en la coordinación en la Triple Frontera a partir de la creación del mecanismo 3+1[6]. También lo hicieron en Haití (2004-17), mediante la presencia de cascos azules en la MINUSTAH y la articulación diplomática a partir de 2005 a través del mecanismo ABC+U, de manera conjunta con los embajadores de Chile y Uruguay. A su vez, cabe destacar los ejercicios militares combinados anuales (por ejemplo, “Fraterno”, “Guaraní” y “Cruzex”); las instancias de intercambio de experiencias, como la Reunión Regional de Intercambio Militar (RRIM); el programa de intercambios de oficiales de las distintas fuerzas; la participación de la Fábrica Argentina de Aviones “Brigadier San Martín” (FAdeA) como proveedor de partes para el avión militar Embraer KC-390 y la provisión de motores y chasis por parte de la planta IVECO de la Provincia de Córdoba para la fabricación del vehículo blindado a rueda VBTP Guaraní 6×6, o más recientemente la conformación del “Comité Bilateral de Emergencia por el Covid-19” (DPDN 2021).

Sin embargo, ni Brasilia ni Buenos Aires acordaron posiciones con respecto a ciertos aspectos relevantes de sus relaciones con Estados Unidos: Argentina fue designado aliado extra OTAN en 1997 y Brasil en 2019.[7] Cuando en mayo de 2019 Trump notificó al Congreso su decisión de designar a Brasil como aliado extra OTAN del país, Bolsonaro correspondió el gesto: primero, al realizar la primera visita a la sede del Comando Sur en Miami de un presidente en la historia brasileña; segundo, al mostrar sintonía con el despliegue del Operativo Amazonas, un ejercicio de simulacro militar en la frontera con Venezuela que coincidió con la visita del entonces Secretario de Estado Mike Pompeo (Nepomuceno 2020). Cabe añadir, en ese sentido, que ningún presidente argentino visitó el Comando Sur; por lo que resulta evidente que los lazos militares entre Estados Unidos y Brasil son mucho más intensos que el vínculo argentino-estadounidense en esta materia; algo que tiene antecedentes históricos y que hoy sigue diferenciando a Buenos Aires y Brasilia. En parte, ello obedece al papel y peso de las fuerzas armadas brasileñas en el marco de las relaciones civiles-militares de ese país.

La coordinación entre Brasilia y Buenos Aires estuvo ausente, además, en el caso del proceso de paz en Colombia. Argentina, por ejemplo, asistió en 2016 a la firma del acuerdo entre el gobierno colombiano y las FARC en Cartagena, mientras que Brasil no lo hizo, reflejando diferentes miradas y grados de compromiso con el asunto. Asimismo, en un espacio común de suma importancia estratégica como el Atlántico Sur se ha evidenciado un alarmante deterioro de mecanismos de consultas. La decisión de los gobiernos de Temer, y posteriormente de Bolsonaro, de autorizar el establecimiento de una escala regular en su territorio para aviones militares británicos que se dirigen a Malvinas es quizás el ejemplo más contundente. Se trata, pues, de un retroceso en uno de los pilares principales de los acuerdos Alfonsín-Sarney (Cisneros & Escudé 2000, 534). A ello hay que sumar el estancamiento del mecanismo de la Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur (ZOPACAS); en parte, por la desatención de Brasil, pese a infructuosos esfuerzos de Argentina por relanzarlo, mientras el Atlántico Sur continúa configurándose como un espacio de disputa y proyección geoestratégica de las grandes potencias (Reyes 2021).

Es quizás la política nuclear el ámbito donde más ha avanzado el diálogo estratégico Buenos Aires-Brasilia desde la Declaración de Foz de Iguazú en 1985. Cabe resaltar la labor de la Agencia Brasileño-Argentina de Contabilidad y Control de Materiales Nucleares (ABACC), creada en 1991 para propiciar el entendimiento en esta materia.[8En 2005, se firmó la Declaración Conjunta Argentino-Brasileña sobre Política Nuclear y el Protocolo Adicional al Acuerdo de Cooperación con Brasil para el Desarrollo de la Aplicación de los Usos Pacíficos de la Energía Nuclear en Materia de Reactores, Combustibles Nucleares y Residuos. Además, la creación de la Comité Binacional de Energía Nuclear (COBEN) en 2008 permitió habilitar una serie de proyectos conjuntos como la construcción de los reactores RA-10 y RMB, la constitución de una Empresa Binacional de Enriquecimiento de Uranio, la promesa de colaboración en la construcción del submarino nuclear brasileño y otros. Un punto muy importante a resaltar durante este período es el diálogo en foros internacionales y frente al tratado de no proliferación (TNP) y principalmente en cuanto a la posición que ambos adoptaron frente al Protocolo Adicional del Tratado de No Proliferación, acordando su rechazo hasta tanto las potencias nucleares no comenzaran a cumplir con sus compromisos asumidos en el TNP en material de desarme nuclear. Esa posición común llevó, en 2011, a que el Grupo Suministradores Nucleares aceptara el Acuerdo Cuatripartito (Argentina, Brasil, ABACC y OIEA) como criterio alternativo a la firma del Protocolo Adicional, lo que significó un reconociemiento de ambos países como pilares del régimen de no proliferación (Balbino 2021). Sin e,bargo, esta amplia y valiosa agenda de cooperación no logró traducirse en desarrollos conjuntos efectivos, y ambos países terminaron priorizando sus desarrollos nucleares individuales.[9Más recientemente, Brasil ha decidido iniciar negociaciones con la IAEA sobre las salvaguardias (conocidas como procedimientos especiales) para poder utilizar combustible nuclear en su programa de submarinos de combustión lenta; y, como consecuencia del acuerdo entre Estados Unidos, Reino Unido y Australia (conocido como el marco de seguridad AUKUS) han aumentado las presiones para que Brasil adopte el protocolo adicional, lo que podría poner en jaque al acuerdo cuatripartito de salvaguardias con Argentina en el marco de la ABACC.[10]

Desde 1983 a la fecha, la concertación entre Argentina y Brasil en materia nuclear se ha planteado dos misiones principales. Primero, garantizar la transparencia, reforzar la democracia, afianzar el control civil en un área sensible y consolidar una región en paz. Segundo, preservar la simetría en una dimensión clave de la relación bilateral, superar la pugnacidad que por décadas robusteció el poder de las fuerzas armadas en ambos países y entorpeció la integración, asegurar que el vecino no desarrolle planes nucleares con fines militares, y tener una buena carta de presentación internacional como actor nuclear responsable. Los beneficios para los dos países, la región y todo el régimen global de no proliferación fueron y son palpables; por lo que cualquier intento individual o unilateral de avanzar por fuera de estos ejes fundamentales dinamitaría la confianza construida trabajosamente durante casi cuarenta años, poniendo en riesgo la estabilidad y la seguridad regional.

Otro de los ámbitos estratégicos en los que se ha manifestado la lógica de acoplamiento/desacoplamiento es el de la industria espacial y satelital. En el campo bilateral, al día de la fecha el proyecto más significativo de cooperación espacial es el SAC-E o SABIA-MAR (satélite argentino-brasileño de Información en Alimento, Agua y Ambiente), el primer satélite construido de manera conjunta entre ambos países desde 2011 (Diez 2016). Sin embargo, no es irrelevante recordar que, a raíz del acuerdo de Argentina con China para la instalación de la Estación de Espacio Lejano en Neuquén, se incrementaron los esfuerzos de Washington por vincular estas actividades de Beijing con una hipotética proyección militar. Asimismo, tras los gobiernos de Lula y Dilma, Brasil – en círculos civiles y militares – fue buscando la ocasión para enviar una señal a Washington de que ellos preferían a Estados Unidos. Por esa razón, en 2020, se firmó el Acuerdo de Salvaguardas Tecnológicas que permite el lanzamiento de cohetes y satélites que empleen tecnología estadounidense desde la base brasileña de Alcántara. En ambos casos, los acuerdos con las grandes potencias fueron resultantes de consensos domésticos. En el caso argentino, el acuerdo fue negociado por la administración de Cristina Fernández, aprobado por ley en el Congreso, y ejecutado durante el gobierno de Mauricio Macri; mientras en el caso brasileño surgió de una reunión bilateral entre Bolsonaro y Trump en 2019, para luego ser enviado y aprobado en el Congreso. “Neuquén/Alcántara” epitoma un desacoplamiento que no es marginal de la vinculación entre la Argentina y Brasil en relación con China y Estados Unidos. El campo espacial es un ámbito sensible y donde han aumentado recientemente las presiones del Comando Sur para aislar a China.[11]

La diplomacia económica conjunta

En los ochenta y hasta principios de los noventa, académicos, políticos y comunicadores hablaban del abandono de las hipótesis de conflicto recíprocas. La creación del MERCOSUR y el establecimiento de la ABACC, entre otros, reflejaban un símil con la relación entre Francia y Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. París y, entonces, Bonn forjaron una amistad basada en la complementariedad de sus fortalezas y atributos. La idea de una especie de complemento relativamente equilibrado entre la Argentina y Brasil fue más una aspiración que una realidad. No obstante, estimuló muchos avances muy fructíferos. A inicios del siglo XXI, y en parte por las recurrentes crisis económicas argentinas, el símil de convergencia francoalemana se diluyó y el vínculo se comenzó a equiparar a la buena, pero asimétrica, relación entre Estados Unidos y Canadá. Así, durante las primeras dos décadas de este siglo, los indicadores económicos – tal el caso del PBI – reflejan una mayor asimetría en favor de Brasil.

Gráfico 1. Evolución del PBI de Argentina y Brasil a dólares en precios actuales (2002-2021). Fuente: Banco Mundial

Gráfico 1. Evolución del PBI de Argentina y Brasil a dólares en precios actuales (2002-2021). Fuente: Banco Mundial

Inmediatamente después de la crisis de 2001, comenzó a aflorar la sintonía argentino-brasileña. Brasil acompañó de manera consistente y rotunda a Argentina en su demanda por el problema de la deuda ante los organismos internacionales de crédito y en diferentes foros internacionales. Las prédicas de Fernando H. Cardoso, primero, y Lula Da Silva, después, fueron fundamentales en ese entonces para hacer conocida la problemática argentina ante diferentes mandatarios. No obstante, cabe también señalar que este importante respaldo presidencial no se tradujo finalmente en la concertación de posiciones comunes para negociar con el Fondo Monetario Internacional, puesto que ambos países tenían diferentes situaciones de deuda y orientaciones en la política fiscal. Algunos años más tarde, tras la negociación de la deuda argentina, una medida reflejó una mayor sintonía bilateral: la cancelación anticipada en común acuerdo de las deudas de Brasil y Argentina con el FMI en diciembre de 2005. Se trató, pues, de un intento de ambos de dar una señal de autonomía en el manejo de las políticas económicas, aún pese a las diferencias que existían entre las carteras de economía de Brasilia y Buenos Aires.

El entendimiento en materia financiera continuó en 2009, en plena crisis financiera global, cuando Argentina y Brasil acordaron un swap de monedas que le permitía a cada país tener disponible un crédito en reales o en pesos por el equivalente a 1500 millones de dólares, con un plazo de 3 años. Esta medida, que implicaba un compromiso de asistencia mutua frente a la crisis, no fue reactivada luego, pese a un pedido de asistencia de Argentina en 2014. Por aquel entonces, Buenos Aires había conseguido un apoyo tibio de Brasil en su reclamo de la deuda. La sociedad de palabra funcionaba en los foros multilaterales donde Argentina reclamaba una solución al conflicto con los acreedores privados – los llamados “fondos buitres” –, pero no había podido cristalizarse en una asistencia financiera por parte de Brasilia en contexto de caída de las reservas del Banco Central argentino. De esta manera, al comparar el vínculo en esta materia en los períodos 2007-2010 y 2011-2014, queda en evidencia que la interacción bilateral atravesó una etapa de baja intensidad relativa; es decir, un proceso de deterioro de las bases centrales sobre las cuales se había estructurado la relación desde principios del siglo XXI (Actis 2015).

La merma en la intensidad relativa de las interacciones se manifestó también en el campo del comercio y las inversiones. El declive de los intercambios intrarregionales comenzó a verificarse de forma continua a partir de 2011 y se acentuó, de manera abrupta, con el crecimiento de la demanda de productos primarios por parte de China; lo cual, a la par, contribuyó a la aceleración de un proceso de “primarización” del perfil de inserción externa de América del Sur (CEPAL 2020). Frente a ello, Buenos Aires y Brasilia no generaron nuevas condiciones para un nuevo despegue productivo basado en cadenas de valor agroindustriales o en proyectos conjuntos de diversificación productiva; por ejemplo, en el campo de los satélites, el espacio y lo nuclear, así como en la biotecnología, donde ambos poseen capacidades y trayectoria reconocida. Por el contrario, se fueron incrementando lentamente dinámicas unilaterales y creencias dogmáticas que desalentaron en la práctica los lazos productivos, alejando la posibilidad de forjar una coalición exportadora pro-MERCOSUR y abriendo el juego a negociar de modo bilateral con EE. UU. o China, por ejemplo. El comercio al interior del bloque llegó a ubicarse en 2019 en sus niveles más bajos desde la creación del MERCOSUR, inferiores incluso a los registros verificados durante la crisis de 2001-2002. El bajo dinamismo de las economías del MERCOSUR redujo sus demandas de importaciones. Así, las exportaciones al propio bloque cayeron 19,7% y representaron en 2019 tan solo un 10,6% de sus exportaciones totales. Más allá de la coyuntura, esto refleja un proceso de más larga data. Es a partir de 2011 que el comercio intrabloque alcanza su pico máximo y ya no vuelve a recuperarlo en los años subsiguientes.

Gráfico 2. Comercio intrabloque: exportaciones e importaciones del MERCOSUR y participación del bloque como destino y origen en millones de dólares corrientes (1996-2019). Fuente: CEPAL (2020).

Gráfico 2. Comercio intrabloque: exportaciones e importaciones del MERCOSUR y participación del bloque como destino y origen en millones de dólares corrientes (1996-2019). Fuente: CEPAL (2020).

En materia comercial, las tensiones por el régimen del comercio automotriz y la política cambiaria argentina, llevaron a reclamos de parte de Brasil para destrabar el régimen de importaciones argentino. Ni siquiera en el propio MERCOSUR pudieron converger programáticamente, habiendo sido expuestas estas diferencias en la decisión adoptada por Itamaraty, en noviembre de 2021, de modificar unilateralmente el arancel externo común. Las inversiones, por su parte, no corrieron distinto rumbo. No solamente se asiste con frecuencia a la suspensión o retiro de iniciativas, como la del proyecto de explotación de potasio de la empresa Vale en Mendoza en 2013, sino que además la relación bilateral carece de un vínculo estrecho en materia de inversiones. Más aún, brillan por su ausencia empresas binacionales en cadenas productivas regionales, uno de los objetivos que se había planteado el MERCOSUR en sus orígenes en la década del noventa. 

Más recientemente, que la Argentina firmase el memorando de entendimiento con China de adhesión a la Iniciativa de la Franja y la Ruta de modo unilateral en febrero de 2022 no ha sido una cuestión menor para Brasil. En esa misma semana, el vicepresidente Hamilton Mourão señaló que Brasil no necesita estar, por sus dimensiones, en la llamada nueva Ruta de la Seda. A su vez, hay que recordar que tres países latinoamericanos intermedios con importantes relaciones con Estados Unidos no son parte de la iniciativa: Brasil, Colombia y México. Todo pareciera indicar la ausencia de un acuerdo previo entre la Argentina y Brasil antes de la solicitud del gobierno argentino a Rusia y China para sumarse a los BRICS. Fue así que Itamaraty declaró que la ampliación de los BRICS no estaba en discusión. En esta y otras cuestiones, no ha aflorado una diplomacia económica conjunta.

La diplomacia conjunta ante un desastre

Un factor coyuntural de origen exógeno que también afecta a la relación bilateral ha sido la pandemia como un síntoma más de un mundo más entrópico. Ilan Kelman (2011), un experto en disaster diplomacy, destaca que ese tipo de diplomacia busca contener y reducir la conmoción que generan las grandes calamidades. Así, los desastres naturales o provocados por los seres humanos pueden generar nuevos incentivos para la cooperación. La pandemia provocada por el nuevo COVID-19 ha sido una catástrofe de envergadura que produce daños y costos enormes a las naciones; en especial en América Latina. Sin embargo, el Coronavirus no estimuló ninguna “diplomacia ante el desastre” entre Buenos Aires y Brasilia. Ni siquiera ambos países contemplaron una acción combinada o colaborativa en la respuesta farmacéutica de las vacunas, incluso en la pospandemia. Los proyectos de vacunas binacionales entre institutos de investigación de ambos países no contaron con el suficiente apoyo político y el necesario financiamiento. La única decisión de compromiso netamente regional vinculada a la pandemia fueron fondos provistos por el FOCEM para el desarrollo de una cooperación en material biotecnológica. Tampoco se ha visto al momento una respuesta cooperativa en materia de agroindustria para ofrecer un paliativo conjunto a la crisis alimentaria mundial derivada de la guerra en Ucrania. Como señala un estudio CEPAL (2020), posibles estrategias de integración y/o cooperación productiva regional podrían facilitar el aprovechamiento de las ventajas de la producción en escala, la especialización y la complementación e el mercado regional.

El devenir del vínculo argentino-brasileño es el reflejo, de manera paulatina y elocuente, de una confluencia de dinámicas globales, regionales, bilaterales y domésticas que actúan como causas inhibidoras/obstaculizadoras – y eventualmente destructoras – del vínculo bilateral. En el ámbito de las dinámicas globales, la dinámica acoplamiento/desacoplamiento guarda relación con los cambios en las percepciones de amenazas que ambos países manifiestan a partir del proceso de transición de poder mundial. En un escenario de disputa acentuada entre Estados Unidos y China, las respectivas aquiescencias a las grandes potencias podrían dinamitar las bases de la sociedad estratégica. Así, por ejemplo, podría haber signos y señales, en ese sentido, de parte de sectores domésticos – civiles y militares, sociales y económicos, políticos e intelectuales, partidistas y mediáticos, estatales y no gubernamentales – que empujen a favor de un plegamiento pleno a Washington o Beijing. 

En cuanto a las dinámicas regionales, es notorio el resquebrajamiento de compromisos y las divergencias diplomáticas, lo que afecta directamente a ambos países inmersos en un cuadro sudamericano fragmentado. Esto se suma, en el plano bilateral, a una merma importante de la confianza recíproca en momentos y temas claves. En las dos últimas décadas, aun con gobiernos de similar orientación en la Argentina y Brasil, la fiabilidad bilateral se ha visto reducida por posiciones no coincidentes frente a asuntos políticamente sensibles a nivel global y en América del Sur, proteccionismo individual, trabas burocráticas, y orientaciones de desarrollo que desdeñan de las cadenas productivas subregionales, entre otros factores. De manera significativa, se observa, además, el impacto de las crisis domésticas en Argentina a partir de 2011 y en Brasil desde 2015. Como refleja el gráfico 3, el año 2011 es el punto de quiebre en la relación, momento en que empieza a predominar la lógica del desacoplamiento por sobre el acoplamiento. También en ese año es cuando alcanza su pico más alto el comercio intrabloque y comienza su declive (gráfico 2).

Tabla1.1
Tabla1.2
Tabla1.3
Tabla1.4
Tabla1.5
Tabla1.6
Tabla1.7

Tabla 1. Lógicas predominantes en eventos destacados de la relación bilateral en los ámbitos de diálogo estratégico, diplomacia económica y diplomacia ante los desastres (2002-2022).

Gráfico 3. Acoplamiento/Desacoplamiento bilateral por cantidad de eventos destacados anuales Fuente: elaboración propia en base a Tabla 1.

Gráfico 3. Acoplamiento/Desacoplamiento bilateral por cantidad de eventos destacados anuales Fuente: elaboración propia en base a Tabla 1.

BUENOS AIRES Y BRASILIA: LO PENDIENTE 

A pesar de que durante muchas décadas tuvieron una relación marcada por la rivalidad y con algunos acercamientos puntuales, la Argentina y Brasil nunca fueron enemigos. Rivales regionales es una condición que se ha presentado en distintas geografías y momentos. Suecia y Dinamarca, Francia y Alemania, Irak e Irán, Egipto e Israel, China y Japón, entre varios ejemplos y sin dejar de mencionar la aún vigente entre Irán y Arabia Saudita. Jamás la rivalidad de la Argentina y Brasil alcanzó la intensidad y el alcance de la competencia entre India y Pakistán que devino una rivalidad nuclear. 

La transición a la democracia permitió inaugurar una etapa distinta en los lazos bilaterales que, a su vez, se dio en un contexto geopolítico y material diferente al pasado. Hace varios años (Russell & Tokatlian 2002), se subrayó el cambio hacia una cultura de la amistad argentino-brasileña. Sin embargo, era advertible que esa amistad podía ser frágil si no se internalizaban las normas de conducta derivadas de tal cultura y si no se lograba enraizar un principio de mutua ayuda. En sucesivas etapas, el diálogo estratégico y la coordinación frente a las grandes potencias y la diplomacia económica conjunta fue mermando. El signo característico de estos tiempos de reducción de esta vitalidad ha sido la ausencia de una diplomacia conjunta ante el desastre; en particular, a partir de la emergencia desatada por la pandemia de COVID-19. Si bien existen aún múltiples y alentadoras “coincidencias no explicitadas” (Malacalza & Tokatlian 2022) entre Buenos Aires y Brasilia, la disposición hacia una sociedad estratégica se ha erosionado, al punto de que la relación está estancada y sin horizonte.

Como telón de fondo del vínculo bilateral, es relevante destacar seis tendencias que están marcando el primer tercio del siglo XXI. Primero, se ha acelerado, complejizado y exacerbado la transición de poder e influencia internacional que tiene a Estados Unidos y China como protagonistas centrales. Segundo, uno de los ámbitos en que se expresa más la intensa competencia entre Washington y Beijing es el tecnológico. Tercero, es clave observar los avances en materia de energías renovables en razón, entre varias, de la importancia alcanzada por el problema del cambio climático. Cuarto, la principal dinámica global en diferentes ámbitos se ha trasladado de Occidente y del Atlántico norte al Asia y a la Cuenca del Pacífico. Quinto, el orden global pos-Segunda Guerra Mundial está en entredicho con lo que varias reglas e instituciones internacionales y regionales viven un intenso proceso de debilitamiento y mutación. Y sexto, la guerra lanzada por Rusia en Ucrania refleja la vigencia de la geopolítica y sus efectos ya visibles ponen en evidencia la creciente gravitación de la geoeconomía. Las transformaciones sistémicas impactan en el vínculo bilateral: generan riesgos, pero también abren oportunidades. 

Las restricciones del contexto actual no significan, sin embargo, que: a) las potencias emergentes y los poderes medios deban resignar su margen de autonomía relativa o aceptar pasivamente la evolución de la pugna entre Estados Unidos y China; b) los dos grandes países de Sudamérica abandonen sus históricas aspiraciones en el campo de la ciencia y la tecnología como parte de un modelo de desarrollo más inclusivo; c) los recursos energéticos convencionales se hayan tornado irrelevantes; d) el Sur y, en especial, el Atlántico Sur carezca de gravitación en la política mundial; y e) la Argentina y Brasil se conviertan en simples receptores de normas y regímenes que afectan sus intereses estratégicos. Por ello, parece importante concebir una agenda con potenciales intereses convergentes entre Buenos Aires y Brasilia. 

Una agenda de trabajo viable entre Argentina y Brasil podría surgir de una mesa de diálogo estatal-no gubernamental binacional. No se trataría de reemplazar las comisiones bilaterales vigentes, sino de ampliar el espacio de deliberación. En materia de diálogo estratégico, diversas iniciativas podrían evaluarse: por ejemplo, en un mundo en el que los océanos tienen una relevancia incuestionable, plasmar una política colaborativa en la Cuenca del Atlántico Sur. Para ambos países es fundamental eludir que ella se convierta en un área de disputa entre las grandes potencias. En 1986 se creó, a propuesta de Brasil, la Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur compuesta por 24 países a ambos lados del océano. Esto demanda una responsabilidad compartida: proveer estabilidad (sin atraer a actores extrahemisféricos), evitar negocios ilícitos (pesca depredadora, tráfico de drogas, etc.) y afirmar la protección ambiental (y la riqueza existente). Argentina y Brasil podrían invitar a Uruguay y concebir conjuntamente un Libro Azul de política exterior y defensa en materia oceánica. Por otro lado, y en el marco del gran activo que significa el petróleo shale para Argentina y el petróleo offshore para Brasil, podría ser relevante que el gobierno nacional sugiriera a su vecino que los dos países promuevan una propuesta dirigida a establecer lo que se llamaría la Cuenca Energética del Atlántico Sur (CEAS), en la que confluyan los mayores productores y exportadores de petróleo y gas de ambos lados del océano. Así, empresas petroleras nacionales argentinas y brasileñas podrían asociarse entre sí y con sus pares africanas, y entrelazar a los sectores estatales y privados en proyectos multinacionales de inversión energética de mediano y largo plazos con la mirada puesta en los renovables. La transición energética ya es un hecho y los dos países tendrían la capacidad de llevarla a cabo con las ganancias derivadas de sus hidrocarburos. 

Adicionalmente, aquella mesa podría ser valiosa para estimular un pensamiento común en torno a la transición de poder y las alternativas disponibles. La profundidad y variedad de los vínculos de Beijing con ambos es de una magnitud superior al conjunto de relaciones de China con el resto de América del Sur. Sería un sinsentido que Buenos Aires y Brasilia no generaran un marco de consulta y colaboración para manejar esas relaciones y los vínculos con Estados Unidos en medio de una acelerada redistribución de poder mundial. Ambos pueden elevar sus márgenes de negociación con Washington y Beijing. Si ambos escogieran caminos muy distintos en sus opciones estratégicas, más temprano que tarde se potenciará la rivalidad y se desgastará definitivamente la cultura de la amistad.

A su turno, si la Argentina y Brasil contemplan reconstruir una suerte de “proyecto autonomizante”, ello exige repensar el patrón de desarrollo que, en las actuales circunstancias, asegure prosperidad económica, equidad social y sustentabilidad ecológica. Y el elemento clave es un modelo que se asiente en investigación e innovación en ciencia y tecnología (CyT). 

A su turno, si la Argentina y Brasil contemplan reconstruir una suerte de “proyecto autonomizante”, ello exige repensar el patrón de desarrollo que, en las actuales circunstancias, asegure prosperidad económica, equidad social y sustentabilidad ecológica. Y el elemento clave es un modelo que se asiente en investigación e innovación en ciencia y tecnología (CyT). El potencial transformador de la CyT no remite solo al crecimiento y a la productividad, sino que está ligado a la transición hacia una estructura ambientalmente más limpia y, asimismo, a políticas específicas respecto a la igualdad de género. Un patrón de desarrollo con acento en la ciencia y la tecnología implica recuperar el vínculo entre el Estado, la comunidad científica y la industria. Hoy, quizás más que nunca, la superación de la dependencia descansa, en gran medida, en la autonomía tecnológica. La mesa que hemos mencionado podría ser el ámbito para esa reconstrucción. 

En cuanto a la diplomacia económica conjunta, las dos naciones necesitan revalorar sus modelos de desarrollo y el lugar de la ciencia y la tecnología en ellos. ¿Es posible que existan áreas vitales para ambos en las que los estados, los empresarios y los científicos puedan concentrar sus esfuerzos y de ese modo asegurar un polo tecnológico en el Sur global para hacer frente a los retos de la política mundial? Existe una suerte de “fábrica estadounidense” alrededor de la cual giran las economías de Canadá, México, América Central y el Caribe; otra “fábrica europea” centrada en el viejo continente; una “fábrica china” crecientemente expansiva en el sudeste de Asia. ¿Es posible que la Argentina y Brasil puedan erigir una “fábrica sudamericana” atractiva para el área? En el contexto de la guerra en Europa y la crisis alimentaria mundial, ambos países podrían avanzar hacia un esquema de acuerdos en materia de alimentos y proyectos conjuntos, empresas binacionales, alianzas público-privadas, como proveedores alimentarios al Sur global. 

Por último, ambos países podrían estimular y ahondar la diplomacia ciudadana. A pesar de que como bien señala Kristian Herbolzheimer (2004), este es un concepto relativamente reciente y sin definición única y universalmente asentida, en general se la asume como parte de una estrategia dirigida a resolver problemas; particularmente a mitigar relaciones y/o situaciones difíciles. Entendemos aquí a este tipo de diplomacia como aquel en el que grupos no gubernamentales desarmados tienen un rol complementario al del Estado, asumen una labor de interlocución legítima con distintas contrapartes en el exterior y despliegan alianzas novedosas con las sociedades civiles de otras naciones en ámbitos bilaterales y multilaterales. En esencia, se trata de un proceso de entrelazamiento social transnacional que no sustituye los contactos y acuerdos entre Estados y de los Estados en foros internacionales. Más bien, exige conocer en profundidad la agenda pública (interna e internacional), prepararse para actuar por fuera de las fronteras nacionales, contar con la habilidad para movilizar recursos, gozar de cierta autonomía y disponer de la credibilidad indispensable para la interlocución con distintas contrapartes. 

En suma, la diplomacia ciudadana comprueba que la noción monolítica y ambigua del interés nacional es errada: diversos intereses se expresan hacia adentro y hacia fuera de los países y se pueden robustecer o debilitar. En ese sentido, es fundamental entender la configuración y el alcance de la economía política vigente en cada país. También confirma que las relaciones asimétricas de poder entre naciones se pueden compensar, de algún modo, con ciudadanos movilizados y activos que complementan la diplomacia tradicional y elevan la capacidad de maniobra del más débil. Una diplomacia ciudadana exitosa es aquella que establece redes y coaliciones transfronterizas, crea interdependencias sociales fuertes en el exterior, influye sobre la opinión pública dentro y fuera del país, amplía los lazos de cooperación con sus contrapartes en otras naciones y contribuye a reconstruir o a mejorar los vínculos entre los Estados. 

La Argentina y Brasil necesitan hoy quizás más que nunca que se despliegue una renovada diplomacia ciudadana. Políticos, empresarios, trabajadores, científicos, las ONG, jóvenes, mujeres, universidades, comunicadores, etcétera, podrían organizarse mejor domésticamente y proyectarse más bilateralmente para aportar a un reencauzamiento de los vínculos binacionales. Es fundamental comprender que detrás del desacoplamiento suele haber una promesa incumplida, una frustración honda, una confianza perdida, una reforma irrealizada. En esencia, ello significa la primacía de la política doméstica: en el balance entre imperativo interno y responsabilidad internacional, se privilegia lo nacional. Evidentemente, la mayor interdependencia que se supone tener es percibida, después de un conjunto de experiencias, por una o ambas partes como costosa, disfuncional o intolerable: la base social y material que entrelazaba a los actores se lesiona y resulta preferible y probable el “cortarse solo”. Es prioritario comprender la envergadura de lo que está en juego en el presente y futuro de las relaciones bilaterales. La diplomacia convencional sola ya no alcanza para regenerar una cultura de la amistad entre brasileños y argentinos. En todo caso, hoy es clave repensar y relanzar la relación desde un renovado pacto de voluntad política.

Notas

[1] Nunca antes desde el advenimiento de la democracia en la Argentina y Brasil había surgido un mandatario en alguno de los dos países que sistemáticamente se manifestara agresivamente hacia el otro país, tal el caso del presidente Jair Bolsonaro. Quizás él expresa lo que se podría llamar la “diplomacia del enfado” y que Todd Hall (2011) desarrolló para definir una forma de política exterior: la diplomacy of anger. Para él ese tipo de diplomacia es un tipo específico de acción política que adoptan los decisores. Esta diplomacia tiene una lógica distintiva, sigue una trayectoria determinada y se despliega en ciertas ocasiones mediante una reacción vehemente que no pareciera actuar en función de un cálculo costo-beneficio. La “diplomacia del enfado” no es la demostración de una política exterior cínica, torpe o vacía. Puede ser un recurso efectivo, por ejemplo, respecto a la política interna (electoral, gubernamental), al tipo de liderazgo que se pretende demostrar y a la pugna frente adversarios domésticos. Puede localizarse en el más alto tomador de decisiones (un mandatario) y/o puede reflejarse en varios decisores. El enfado con la Argentina fue elocuente en el caso de Bolsonaro, pero también en el del canciller Ernesto Araujo y el ministro de economía Paulo Guedes.

[2] Entre los estudios que abordan la cuestión de la desintegración podemos mencionar Eppler et al. (2016), Hooghe & Marks (2009), Jachtenfuchs & Kasack (2017), Jones (2018), Vollaard (2014) y Webber (2014). 

[3] Cabe aclarar que los dilemas de la integración son notorios a lo largo y ancho de América Latina. Un balance de la integración en la región entre finales de los 80 y comienzo de los 90 – de hace más de 30 años – identificaba las cuestiones que frenaban, obstaculizaban o impedían que el impulso asociativo derivara en una mayor integración. La enumeración, acotada, puede poner de relieve algunas constantes que década tras década se repiten: a) vacilación política debido al lugar distinto que cada gobierno le otorgaba a la integración; b) escasa disposición o capacidad innovadora del empresariado; c) fragilidad social derivada de la débil participación de la ciudadanía en esos proyectos; d) disparidad regional entendida como las extremas diferencias de desarrollo socioeconómico inter e intranacionales; e) insuficiencia infraestructural por la ausencia de una base física (puertos, fuentes de energía, etc.) y comunicativa (transporte, vías, etc.) acorde con la necesidad de intercambio comercial y contacto humano; f) aversión a la supranacionalidad – esto es, rechazo a ceder soberanía nacional y a aceptar la autonomía de órganos e instituciones superiores a cada Estado –; g) bajo nivel de cumplimiento de los compromisos comerciales adquiridos; h) divergencia en las opciones estratégicas de política exterior y de defensa de los países; i) reiteradas situaciones conflictivas en áreas fronterizas; j) diversas crisis económicas individuales y colectivas – por ejemplo, la de la deuda externa –, k) escaso respaldo, y eventual entorpecimiento, al proceso integracionista regional y subregional por parte de Estados Unidos; y l) insatisfacción de las naciones menores por los limitados beneficios logrados y por la persistencia de asimetrías no corregidas. Ver Tokatlian (2012).

[4] Habrá que observar con detenimiento si el triunfo de Gustavo Petro en Colombia y el fracaso del “regime change” en Venezuela (promovido activamente por Washington y secundado sin disimulo por países como la Argentina – gobierno de Mauricio Macri –, y Brasil – gobierno de Jair Bolsonaro) pueden implicar un intento de revertir, así sea muy gradualmente, el desacoplamiento entre Bogotá y Caracas.

[5] Ver al respecto Ares (2003).

[6] De acuerdo con documentos y pronunciamientos oficiales de la época, para Estados Unidos la importancia de la Triple Frontera (TF) como zona propicia para el “extremismo islámico” es anterior a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Ese evento puso a la TF en la mira de Washington; tanto que, como lo narra en el libro War and Decision el ex subsecretario de Defensa Douglas Feith, el entonces secretario de Defensa Donald Rumsfeld contempló un ataque de retaliación contra Al Qaeda en América del Sur, en la Triple Frontera, a pesar de que los ataques no se hubieran preparado ahí ni se hubieran perpetrado por las denominadas “células dormidas”. A su vez, el 10 de octubre de 2001, en una audiencia en el Subcomité del Hemisferio Occidental del Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara de Representantes, el presidente del Subcomité, Cass Ballenger (Republicano, Carolina del Norte) aseveró: “También nos enfocaremos en el terrorismo en América Latina y cómo se relaciona con la guerra contra las drogas…Ambos comparten una relación simbiótica”. El informe sobre Patterns of Global Terrorism en 2001 del Departamento de Estado también le dedicó una sección extensa a la TF, superior a los breves tres párrafos de 2000. En 2002 y en buena medida para evitar ser identificados como un problema de seguridad para Estados Unidos, aumentar la confianza entre las partes, procurar una colaboración equilibrada, preservar márgenes de autonomía y mantener a distancia a Washington dado el valor estratégico del Acuífero Guaraní, se acordó el esquema 3 (Argentina, Brasil y Paraguay) más 1 (Estados Unidos) en torno a la Triple Frontera, destinado a intercambiar información de inteligencia. Los gobiernos de Duhalde, Kirchner y Fernández de Kirchner fueron meticulosos en el cumplimiento del acuerdo. Así, en una entrevista al diario Perfil (23 de noviembre de 2014), el coronel Joseph Napoli, quien fuera por años la máxima autoridad militar de la Embajada de EE. UU. en Buenos Aires, afirmó: “la relación entre la Triple Frontera y la amenaza del terrorismo no es tan fuerte como creíamos en 2001”. 

[7] Ver al respecto Berg (2022).

[8] En julio de 1991, ambos países sellaron el acuerdo de salvaguardias nucleares bilaterales (SCCC) que creó la ABACC para su ejecución. En diciembre de ese año, los dos países, la ABACC y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) firmaron también un acuerdo para la aplicación de salvaguardias amplias. Este Acuerdo Cuatripartito (AC) cumple las exigencias del TNP; cualquier protocolo adicional sería una enmienda. La ABACC y el AC constituyen los pilares fundamentales sobre los cuales se apoya la decisión estratégica de la Argentina y Brasil para el uso de la energía nuclear con fines exclusivamente pacíficos. Desde su adopción, éste ha sido un ejemplo mundialmente reconocido en materia de no proliferación.

[9] La crisis del régimen de no proliferación nuclear empezó hace mucho, pero la invasión de Rusia a Ucrania la podría profundizar y esta profundización tendría, entre otros, un eventual impacto indeseable en la relación entre la Argentina y Brasil. Distintas naciones, antes y después de la invasión rusa a Ucrania, han mostrado lo que llamamos una “tentación” nuclear. Por ejemplo, en 2019 el hijo del presidente de Brasil, Eduardo Bolsonaro, reivindicó el desarrollo de armas nucleares para que su país fuese “más respetado”. Sintéticamente, el régimen de no proliferación nuclear, ya en situación crítica, ha sido socavado de manera dramática por varios países, al menos en sus anuncios y denuncias. Es probable que se abra, ahora sí, una caja de Pandora en materia de proliferación nuclear: ¿se pasará de la “tentación” al “impulso” nuclear? Si esto fuese verosímil, es urgente un nuevo diálogo entre la Argentina y Brasil sobre el tema. La creación de la ABACC en 1991 fue un hito histórico en Latinoamérica y un modelo único en el Sur Global. Un potencial desacoplamiento mayor al ya existente entre los dos países puede conducir a un escenario estratégico muy complicado. Esté quien esté en los gobiernos en Brasilia y Buenos Aires, es imperativa una franca conversación al respecto.

[10] Ver al respecto Comunidad Submarinista Latinoamericana (2022).

[11] Ver al respecto Szuba (2020).

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Recibido: 30 de julho de 2022 

Aceptado para publicación: 17 de agosto de 2022 

https://cebri.org/revista/en/artigo/48/argentina-and-brazil-between-disintegration-and-decoupling

Bernabé Malacalza

 Juan Gabriel Tokatlian 

Deuda que hiciste mal (y sin embargo se te quiere): reflexiones estériles sobre un absurdo

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Aclaración previa: Este escrito está inspirado en la lectura referencial de E. Stimilli en su libro «Deuda y culpa», Herder, Barcelona, 2020.

I. Preludio: tres voces, un mismo eco

Perdonamos nuestras deudas, así como

nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Padre Nuestro, San Mateo 6:12-15 (RVR1960).

¿Y qué es la felicidad de estar libre de deudas?

Es cuando un caballero no debe ninguna deuda, grande o

pequeña, a nadie. Cuando reflexiona sobre esto, se llena de

placer y felicidad. Esto se llama ‘la felicidad de estar libre de deudas’.

Buda al An?thapi??ika, en SuttaCentral (AN 4,62).

«Y si (el deudor) está en apuros,

concededle un plazo de espera hasta que tenga facilidad

para pagar; pero si renunciáis a la deuda y la condonáis como

caridad, será mejor para vosotros, si supierais»

Corán, aleya 280 de la Sura Al-Báqara (La Vaca).

Tres tradiciones en textos sagrados y referencias coinciden en un punto que la modernidad financiera se empeña en olvidar: la deuda no es un mero contrato económico, sino un vínculo humano que la antropología demuestra que está atravesado por la compasión, el perdón y la responsabilidad colectiva.

Sin embargo, el capitalismo contemporáneo ha convertido ese vínculo en un mecanismo de dominación silenciosa, y la deuda pública -esa enorme cifra que los Estados arrastran como un lastre- se ha transformado en la bisagra que permite la extracción de riqueza desde los territorios periféricos hacia los centros financieros globales.

II. El paradigma del endeudamiento perpetuo

La propensión al endeudamiento aparece como una tendencia ecuménica: se manifiesta en individuos, familias, empresas y Estados. No es accidental ni fruto de la irresponsabilidad; es una característica constitutiva del ciclo actual del sistema capitalista. Los economistas clásicos lo explican mediante la relación igualitaria entre ahorro e inversión; los heterodoxos, en cambio, lo atribuyen a la correlación asimétrica entre ingresos y gastos. No ahondaremos el tema en esta nota.

Partimos de una premisa más amplia: vivir endeudado se ha convertido en el modelo de la existencia contemporánea, una suerte de paradigma del presente. Lejos de ser una anomalía del sistema, la deuda -especialmente tras la crisis financiera de 2008 y las posteriores políticas de austeridad gubernamental- funciona como un mecanismo central de regulación del capitalismo neoliberal.

En el caso particular de la deuda pública, su funcionalidad sistémica es doble: por un lado, posibilita el proceso de monetización del valor agregado del trabajo nacional y de la explotación de los recursos naturales; por otro, esa monetización es esencial para permitir la fuga financiera hacia los grandes centros de acumulación global.

III. El caso de Chubut: extractivismo y deuda como herramienta de apropiación

El caso de la provincia argentina de Chubut resulta paradigmático. La deuda pública, en esta provincia, está intrínsecamente ligada a su principal recurso: el petróleo. El principal instrumento de deuda externa es el BOCADE (Bono de Cancelación de Deuda de Chubut), emitido originalmente en 2016 por USD 650 millones y garantizado con las regalías petroleras de la provincia.

Esta garantía convierte a la deuda en un mecanismo directo de extracción de riqueza. Los acreedores son prioritarios para cobrar la deuda y sus servicios directamente de las regalías, que son la contrapartida económica de la explotación de los hidrocarburos en el territorio.

El extractivismo es, así, la base de la monetización de la renta, la cual, en lugar de reinvertirse en el desarrollo local para mejorar la vida de los chubutenses, fluye hacia el exterior en forma de intereses y rentas del capital, consolidando la fuga financiera.

La presión de esta deuda sobre las finanzas provinciales es abrumadora. Según datos de 2025, Chubut tiene una de las cargas de deuda per cápita más altas del país, y el equivalente a casi 4 de cada 10 pesos (38,1%) que ingresan a la provincia está comprometido en obligaciones financieras. Además, más del 60% de la deuda está denominada en moneda extranjera, lo que la hace especialmente sensible a las fluctuaciones del tipo de cambio.

Esta dinámica genera tensiones sociales profundas. La prioridad del pago de la deuda ha llevado a situaciones de ajuste que afectan a los trabajadores públicos, como se evidenció durante la pandemia de COVID-19, cuando el Gobierno provincial continuó con los pagos a los acreedores externos mientras los salarios de los trabajadores estatales se pagaban de forma escalonada y con retrasos, afectando su capacidad para cubrir necesidades básicas.

Las operaciones de deuda recientes refuerzan este círculo. En abril de 2026, la provincia de Chubut emitió un nuevo bono internacional por USD 650 millones a 10 años, con una tasa de interés del 9,45% anual, para refinanciar pasivos, incluyendo una parte de los bonos BOCADE que vencían en 2030. Esta operación puede ser calificada como una «bomba financiera» que «hipoteca el futuro de la provincia», ya que se toma deuda a una tasa más alta para pagar vencimientos, comprometiendo aún más los ingresos futuros.

Al mismo tiempo, el Gobierno provincial negocia acuerdos con Nación para cancelar otras deudas a cambio de realizar obras de infraestructura, como la reparación de la Ruta 40, transformando las deudas en inversión pública. Esto demuestra que la gestión de la deuda es una decisión política que internaliza al pueblo del Chubut para hacer frente a deudas que son de Nación y definen el destino de los recursos públicos y el desarrollo de la provincia.

IV. La deuda como categoría multidimensional

Aceptamos la tesis que postula que la deuda no es únicamente una dimensión financiera, ni siquiera sólo económica.

La deuda -como concepto fundante de un sistema socioeconómico- es también una categoría política (en el sentido de su administración y de las relaciones de poder que la atraviesan), teológica (en el sentido de su origen antropológico y su vínculo con la culpa y el sacrificio) y psíquica (en el sentido de sus efectos microeconómicos sobre la subjetividad de los deudores).

Para comprender su operación en el caso de Chubut -y en general en las economías periféricas- destacamos tres transformaciones clave:

1. De la apropiación al intercambio: El capitalismo no se basa -exclusivamente- en el intercambio de equivalentes (mercancía por dinero), sino en una «apropiación» originaria de los recursos naturales y del trabajo vivo, que luego se transforma en acumulación financiera. En Chubut, las concesiones de explotación y sus prórrogas son la licencia política del extractivismo; la deuda pública es la herramienta de apropiación que convierte la riqueza natural en renta financiera evadida.

2. Del don a la deuda: Chubut ha recibido el don (regalo) de la naturaleza: yacimientos de petróleo y gas, mares ricos en pesca, paisajes naturales admirables para el turismo, energía hidráulica y eólica extraordinaria, recursos mineros y forestales.

Es sobre ese don, operado en favor de los intereses populares, que deberían fundarse los lazos sociales del buen vivir y la identidad colectiva del pertenecer.

Sin embargo, el sistema económico y el andar político se ocuparon de distorsionar esta lógica de reciprocidad Naturaleza-Sociedad para generar dependencia financiera. El don se ha convertido en deuda y la riqueza común, en pasivo externo.

3. Del súbdito al «empresario de sí mismo»: Bajo el neoliberalismo, la figura del «empresario de sí mismo» transforma cada aspecto de la vida en «capital humano» que debe generar beneficios. Esta lógica genera un estado de endeudamiento perpetuo: ya no se trata de pagar una hipoteca o un crédito, sino de ser un deudor existencial, alguien que debe invertir permanentemente en su propia empleabilidad, salud, educación y bienestar para no quedar fuera del sistema.

Es cierto que hay una dimensión previa: nacemos en una sociedad que nos recibe, nos da lengua, cultura, infraestructura y sentido. Por eso llegamos a la vida como individuos deudores de la sociedad. La deuda se «reparte» entre más individuos que harán los inútiles esfuerzos de pago, pero esa redistribución no es equitativa: los más vulnerables cargarán con el mayor peso proporcional.

V. Profundizando en el vínculo: deuda y culpa

La conexión entre deuda y culpa ha sido explorada a partir de la ambigüedad de la palabra alemana Schuld, que significa tanto «deuda» como «culpa». Esta polisemia no es casual: revela que, en la cultura occidental, deber dinero y ser culpable son dos caras de la misma moneda.

El legado de Walter Benjamin: El filósofo Walter Benjamin (1871-1918) presenta la hipótesis de que el capitalismo es una religión de culto sin dogma. A diferencia del cristianismo, que ofrece redención a través del sacrificio de Cristo, el capitalismo no ofrece redención alguna; su función principal es crear culpa, no expiarla. Cada deuda genera una nueva falta; cada pago, un nuevo deber. El ciclo es infinito.

El sacrificio como expiación: La culpa se manifiesta en el sacrificio. Milei, Caputo, en Nación; Torres en Chubut y miles de dirigentes políticos se empecinan en auspiciarlo.

Así como en las comunidades primitivas se sacrificaba una víctima (animal o humana) para expiar culpas colectivas y restaurar el orden comunitario, el neoliberalismo exige sacrificios -austeridad, recortes, ajustes, flexibilización laboral- para mantener el sistema financiero.

El deudor se convierte en una «vida desnuda» endeudada, al mismo tiempo inocente (porque heredó una estructura) y culpable (porque no logra salir de ella). La deuda opera como una penitencia laica: no se paga para saldar, sino para seguir mereciendo la posibilidad de pertenecer.

VI. La raíz ascética del capitalismo: La deuda del viviente

El endeudamiento es el paradigma político y psíquico del neoliberalismo contemporáneo. Que tiene raíces histórico-filosóficas y que no funciona solo por acumulación, sino también por disciplina de la vida.

Ese capitalismo pretende de los pueblos una actitud ascética, un conjunto de prácticas -ayuno, vigilia, disciplina corporal, sacrificio de los deseos- orientadas a dominar las pasiones para alcanzar un estado espiritual superior. Esta lógica se seculariza y se internaliza en el capitalismo.

. Del monasterio al mercado: Las prácticas ascéticas de control de la vida y el tiempo no desaparecieron con la modernidad, sino que se transformaron en la ética del trabajo y la productividad. El trabajo ya no es solo un medio de subsistencia, sino una práctica de perfeccionamiento moral para pagar/renovar la deuda. El trabajador disciplinado, ahorrador y productivo es el nuevo monje laico.

. La deuda como penitencia perpetua: Si en la ascesis religiosa la culpa se expiaba mediante la penitencia (rezos, ayunos, flagelaciones), en el capitalismo la deuda se convierte en una penitencia perpetua. El deudor no es solo alguien que no tiene dinero; es alguien que «debe» en un sentido existencial -debe ser mejor, debe esforzarse más, debe reinventarse, debe postergarse para el futuro- y debe «pagar» con su esfuerzo y su tiempo de vida, sin que el saldo se liquide nunca.

VII. Conclusión: la psique endeudada y el futuro

Queda claro que el endeudamiento produce una «mutación antropológica» que genera sujetos activos y flexibles, pero dominados por un mandato: frente a ingresos insuficientes, endeudamiento continuo. Esto desempodera al individuo al internalizar sus obligaciones consigo mismo, reemplazando los derechos garantizados (salud, educación, vivienda, trabajo estable) por la administración constante de su propia falta y el riesgo.

La deuda crea un círculo vicioso que obliga a invertir la propia vida en un sistema del que es imposible salir. La vida se convierte en una «cura» -promete redención a través del esfuerzo- y al mismo tiempo en una «enfermedad» -genera ansiedad perpetua porque la falta nunca se termina de pagar. El sujeto siempre es un «deudor del viviente», alguien que debe ajustar constantemente su vida a un estándar inalcanzable.

Epílogo: la deuda que hiciste mal

Volviendo al inicio: la deuda pública no es un mal necesario ni una fatalidad técnica. Es una construcción política que puede ser deconstruida. Las tradiciones religiosas nos recuerdan que el perdón de la deuda es un acto de justicia, no de caridad.

La condonación, como sugiere el Corán, es «mejor para vosotros, si supierais». Saber, en este caso, implica reconocer que la deuda no es un hecho natural sino un dispositivo de poder. Y como todo dispositivo, puede ser desafiado, renegociado y, eventualmente, cancelado.

Mientras tanto, la pregunta que este escrito intenta hacer resonar es: ¿hasta cuándo seguiremos pagando una deuda que no aprovechamos y que no contrajimos, con una moneda que no poseemos, y con un tiempo de vida que nos es arrebatado? La respuesta, quizás, está en volver a lo esencial: la vida se da, pero no se regala. Y tampoco se hipoteca.

«Deuda que hiciste mal (y sin embargo se te quiere)». Ironía final: la sociedad sigue queriendo mantener el vínculo financiero de la deuda como si fuera una acción exitosa y un lazo afectivo. Esa es la gran perversión del capitalismo contemporáneo: hacernos amar nuestras cadenas. Motivo por el cual se festejan los endeudamientos.

(*) Economista, investigador y ex rector de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB).

https://www.elextremosur.com/nota/59013-deuda-que-hiciste-mal-y-sin-embargo-se-te-quiere

Informe económico mensual

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assorted banknotes and round silver colored coins
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Iniciado y mitad del 2026, a partir de julio, finalizó el mundial y se inicia la carrera electoral para el 2027.

¿Pero Rappaport porque algunos nos pegaron fuerte en páginas deportivas y otras? Yo no soy Rappaport.

¿Pero Rappaport porque mezclar a Trump, Palestina, Israel, Milei, tarjeta roja, infracción, racismo, Messi, Scalone y más en una final de futbol? Yo no soy Rappaport.

¿Pero Rappaport se guardaron todo para tirarlo en el cierre? Yo no soy Rappaport.

¿Pero Rappaport como dice la canción es un “juego de tontos” agarrársela con Messi y Scalone, “es una pena”? Yo no soy Rappaport.

 Pero volvamos al tema, datos significativos: un dólar con variaciones positivas en el promedio del mes pero sin crecimiento en el año. Sigue siendo un problema a pesar de los dichos de Caputo. Un quiebre rotundo en la marcha de los índices IPC anuales desde hace varios meses, pero una inflación “dura de boca”.

Los ruidos de las dos guerras, Ucrania y Medio Oriente bloquean el futuro, muere gente y desencaja la economía. Pero todo sigue.

La inflación de JUNIO 2026 ofrece un respiro al gobierno, pero los combustibles pueden hacer ruido para siga vivita y coleando.  

·        Este documento se concentra en los precios, o sea inflación de JUNIO 2026 y otros indicadores.

·        El BCRA comprando reservas y los particulares también, será para “curarse en salud”. Esto y la política monetaria siempre mantiene en vilo a muchos.

·        Milei y la oposición ingresan en proceso electoral para 2027. Todo girará mirando esa fecha.

·        El FMI, continuará con los aportes y recomendaciones. Más reservas, más ajustes, reformas en el IPC, menos subsidios, más tarifas.

·        El riesgo país se mueve lentamente a la baja. Pero alcanzar los 300 puntos, cuesta.

·        El Índice de tipo de cambio real multilateral (ITCRM) pierde puntos, genera efectos múltiples. Por ahora disminuyendo en los interanuales de los meses del 2026.

·        La inflación (alrededor del 1.8 % promedio) en el mes de JUNIO 2026. Las conjeturas oficiales, de organismos y consultoras miran al 30 % en diciembre 2026. ¿Se vienen más ajustes? 

El récord político-militar de los EE.UU

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flag of usa
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Asistimos a una nueva derrota política de Estados Unidos después de otra guerra. El informe del Congressional Research Service—unidad de investigadores que provee análisis para el legislativo estadounidense–sobre “Instances of Use of the United States Armed Forces Abroad, 1798-2023” es una fuente apropiada para enumerar y evaluar las intervenciones militares.

En el texto, de 55 páginas, las acciones (ataques quirúrgicos, invasiones, operativos especiales, despliegues de tropas, etc.) durante la Guerra Fría se resumen en 3 páginas, mientras que las de la Posguerra Fría se extienden por 37 páginas.

Acá la enumeración y los resultados: en la guerra de Corea (1950-53), EE. UU. encabezó una coalición de países en un conflicto que produjo unos 700.000 militares y entre 2 a 3 millones de civiles muertos y culminó con un armisticio que no alteró la división de las dos Coreas.

La guerra de Vietnam (1965-73) produjo más de 3 millones de civiles y militares muertos del lado vietnamita y concluyó con una obligada retirada estadounidense. En 1983, Estados Unidos (con 7.300 soldados), junto a algunas naciones del Caribe, invadió la isla de Granada (95.000 habitantes) y proclamó una rápida victoria.

En 1989, Estados Unidos, con unos 27.000 hombres, invadió Panamá (16.000 efectivos) y extrajo al presidente Manuel Noriega, acusado de narcotraficante. En 1991, Estados Unidos encabezó una amplia coalición (950.000 soldados de 35 países) que atacó Irak–que había invadido Kuwait–, obtuvo un triunfo militar expeditivo, aunque Saddam Hussein mantuvo el poder.

Entre 1992 y 2026, Washington convirtió el recurso a la fuerza en algo habitual: la opción bélica atravesó, con ligeros matices, todos los gobiernos, demócratas y republicanos por igual. Guerras irregulares, guerras perpetuas, guerras punitivas se volvieron frecuentes.

En 2001, después de los atentados terroristas del 11/9, EE. UU. lideró una “coalición de voluntarios” contra Afganistán. Veinte años más tarde, y después de unas 175.000 víctimas directas, más 6 millones de personas desplazadas y US$ 2.3 billones de dólares gastados, EE. UU. abandonó Afganistán.

En 2003, mediante otra “coalición de voluntarios”, Washington invadió Irak. Luego de unas 450.000 muertes, más de 4 millones de desplazados y unos US$ 2 billones de dólares gastados, EE. UU. salió de Irak en 2011.

De acuerdo con el Watson Institute of International & Public Studies de la Universidad de Brown, la guerra contra el terrorismo emprendida por Washington y desplegada en Afganistán, Irak, Siria, Pakistán y Yemen entre 2001 y 2023 produjo entre 3.6 a 3.8 millones de muertes indirectas debido a la destrucción en materia económica, ambiental y de servicios públicos. En los recientes 18 meses, el gobierno lanzó ataques en Siria, Somalia, Yemen, Irak y Nigeria.

En enero de 2026, mediante un operativo militar efectivo y la extracción del presidente Nicolás Maduro, en el marco de un ejercicio más amplio (agosto 2025-marzo 2026) que demandó unos US$ 4.700 millones de dólares, Trump intenta convertir a Venezuela en un neo-protectorado por imposición.

Quizás ese trofeo, debido en parte a la pobre reacción de la fuerza armada venezolana, incidió, entre otros, para que EE. UU. se sumará a Israel en su bombardeo a Irán en febrero de este año, dando continuidad a la breve guerra contra Teherán de junio de 2025.

Era y es abrumadora la magnitud militar estadounidense, a la ya potente de Israel. A pesar de los anuncios iniciales de una victoria cercana, lo cierto es que el esquema de conflicto asimétrico empleado por Irán mediante el cierre del estrecho de Ormuz y la respuesta a blancos militares y de infraestructura en los países árabes, derivó al final en un complejo Memorándum de Entendimiento entre Washington y Teherán, facilitado por la mediación de Pakistán (referente principal de China en Asia Central) y Catar.

Se produjeron 18 bajas de Estados Unidos, 69 israelíes fallecidos y unos 5.000 iraníes muertos, al tiempo que el costo militar directo para EE. UU. fue de US$ 29.000 millones de dólares y, según Moody’s Analytics, con un costo para los consumidores estadounidenses de US$ 132.000 millones de dólares.

En breve, la incuestionable superioridad militar estadounidense no necesariamente le ha asegurado éxitos estratégicos ni réditos políticos. En los conflictos en los que no existen objetivos precisos y acotados ni parámetros de terminación claros que, a su turno, se extienden en el tiempo, muestran, una y otra vez, fracasos tanto militares como políticos.

Para los socios militares de EE.UU. los resultados frustrantes en guerras empantanadas han debilitado la formación de nuevas “coalitions of the willing”, tal el reciente caso de Irán. Washington, desde hace lustros, ha menospreciado y manipulado la diplomacia y optado por invertir el dictado de Carl von Clausewitz para quien la guerra es la continuación de la política por otros medios: para la Casa Blanca lo primero se ha vuelto la guerra.

En América Latina, y desde los ‘80, los ataques e invasiones muestran logros de Washington. Si EE.UU. persiste en recuperar a como sea su esfera de influencia en el área, lo más probable es que recurra cada vez más a la fuerza militar. Y si eso sucediese, EE.UU. se habrá convertido, se admita o no en los gobiernos, en un serio problema de seguridad para Latinoamérica.

https://www.clarin.com/opinion/record-politico-militar-eeuu_0_7ZRguh9843.html

Lecciones de economía ricotera III: Crisis, deuda y el horizonte de lo común

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«¿Quién habría sospechado tanta ciencia en el homo oeconomicus?
Su genialidad -explicó Megafon- se tradujo en una gambeta formidable:
transmutó su pasión avara y su gusto por la materia, en una filosofía universal.»
L. Marechal, «Megafon, o la guerra», Buenos Aires, 2007.

«Ya que son fuertes, hay que debilitarlos.
Ya que no tienen más que hacer que pelear, hay que darles ocupación.»
«Acércate, Cayo Coyuntural.
¿Cómo te las arreglarías para debilitar a esos galos dotados de una fuerza mágica?»
«Habla. Veamos qué te han enseñado en la Escuela imperial de administración.»
«Muy simple, oh, César: el afán de lucro, el oro.
He aquí lo que les debilitará y les ocupará.
Vamos a convertirlos en decadentes.»
«¿Crees que será suficiente?»
«Mira en torno tuyo, oh César. Mira a tus senadores ricos, gordos e inservibles».
Del cómic histórico «Obelix y Compañía», Goscinny y Uderzo, 1976.

El problema económico -cómo satisfacer necesidades individuales, grupales y sociales con recursos siempre escasos- es, en su raíz, un problema existencial humano. La economía clásica, incluyendo la crítica marxista, aborda esta cuestión desde la racionalidad instrumental de los intereses materiales. La economía ricotera, en cambio, inexistente como doctrina viva pero como práctica, lo hace desde el territorio de los sentimientos y las emociones. Mientras el homo oeconomicus es racional, calculador y maximizador, el sujeto ricotero es sentipensante: siente el mundo y, desde ese sentir, lo piensa y lo habita. Esta no es una trivialidad romántica, sino una radical alternativa al modelo hegemónico de toma de decisiones, que reconoce la complejidad y contradicción del ser humano.

Economía del proceso versus economía del producto

La economía del capital es una economía del producto: el objeto que satisface una necesidad, se cosifica, se intercambia, se acumula y tiene un precio impuesto por el mercado. Es una economía del tener. La economía ricotera, por contraste, es una economía del proceso: un continuum social que se despliega, se organiza en comunidad y se basa en valores humanos no monetizables: el afecto, el cuidado, la reciprocidad, la fiesta compartida y la contemplación. Es una economía que se vive en cada gesto y no se transita de manera pasiva. En ella, el sujeto no es un átomo racional sino un nodo afectivo, contradictorio y profundamente social, que tensiona la objetividad del mercado con la subjetividad de los vínculos.

Hemos explorado hasta aquí dos capas de esta economía ricotera: primero, la crítica al fetiche del valor de cambio y la reivindicación de otros valores (afectivos, de uso, comunes, contemplativos); segundo, las prácticas concretas de trueque, «vaquita», ayuda mutua y celebración que tejen una economía alternativa desde abajo, anclada en el territorio y el vínculo cara a cara.

Ahora corresponde el tercer movimiento, quizás el más complejo: ¿qué ocurre cuando ese mundo choca de frente con el capitalismo real? ¿Cómo se lee, desde el pensar ricotero, una crisis sistémica? ¿Y qué propone -aunque sea a media voz, en el entrelineado de la poesía- como horizonte de salida?

La respuesta no está en tratados económicos, sino en canciones que desarman el motor del capitalismo, a veces desde la metáfora explícita y otras desde la alusión implícita. En «El Tesoro de los Inocentes» (del primer disco solista del Indio, en 2004), se critica la carrera tras el oro y el dinero, y se canta a la defensa de «el tesoro» que no se mercantiliza. Un sistema que vive del cuento, de la ganancia ficticia, del vender humo, queda al desnudo. La canción marca al que corre detrás del «oro de las promesas» y le advierte: eso que buscas no vale. Lo que vale de verdad no se compra. Y en esa advertencia crea un ambiente, un tiempo de pausa para elegir otro camino. Es la «economía ricotera» en su modalidad de resistencia cultural: la decisión consciente de no entrar en el juego.

Por otro lado, en entrevistas donde el Indio Solari habla de deuda, poder y derrumbe, no hay manual ni partido. Hay, en cambio, una mirada macro, contextual y holística que merece ser reconstruida. Esa mirada desgrana la crisis no como un accidente, sino como una característica estructural del capitalismo.

La deuda como jaula

En el espíritu de «Gente que no» (Los Auténticos Decadentes, Todos Tus Muertos) -canción que, aunque ajena a la banda, resuena profundamente en el imaginario ricotero- se denuncia la deuda como mecanismo de control y disciplinamiento social. El verso es lapidario: «La ley es la hipoteca del futuro». Traduzcámoslo a la economía política: el sistema financiero no se basa en un contrato entre iguales, sino en una relación de poder asimétrica entre acreedores y deudores. Es una máquina que adelanta la cosecha futura para cobrarla en el presente, convirtiendo el tiempo de vida en tiempo de trabajo forzado. La hipoteca, en este sentido, es la figura jurídica perfecta del capitalismo: un préstamo que se paga con trabajo no realizado, con futuro ya vendido.

Desde la economía popular crítica, la deuda no es neutra. Es una tecnología de disciplina social. El deudor no es libre: corre detrás del salario, del interés, de la cuota. La deuda convierte el tiempo vital en tiempo de trabajo alienado. Y la ley -esa que dice proteger los contratos- es la que ejecuta la prenda cuando no se paga, revelando su naturaleza coercitiva. El Indio Solari lo cantaba ya en los años ochenta. Fue profético. ¿Qué fue la crisis de 2001 en Argentina sino una rebelión multitudinaria contra la deuda? ¿Qué son los «corralitos», los «corralones», los descuentos de sueldos y el ajuste salarial, sino una hipoteca del futuro hecha política de Estado? La respuesta popular -trueque, asambleas vecinales, piquetes, ollas comunes- fue, sin saberlo, ricotera pura: economía de abajo que se organiza contra la deuda impagable, afirmando que la vida no se negocia.

«Bienvenidos al alud»: la crisis como revelación

De «El Arbol de la Noche Triste» y su reverberación en Porco Rex se desprende una metáfora potente: «Bienvenidos al alud». No es una bienvenida festiva ni triunfalista. Es la constatación lúcida de que el sistema capitalista -con su lógica de acumulación, especulación y apropiación- genera de manera endógena sus propias catástrofes: crisis financieras, desempleo masivo, inflación, ajuste, despojo. El «alud» es la avalancha que se desencadena cuando la montaña de contradicciones ya no puede sostenerse.

Pero el alud, en la economía popular crítica, no es sólo destrucción. También es revelación. La crisis muestra a las claras lo que el sistema oculta en la bonanza: que el mercado no organiza la vida, que la propiedad privada no es un derecho natural sino una construcción legal, que la cooperación existe y se fortalece incluso cuando el Estado y las empresas se retiran. La respuesta ricotera al alud no es esperar pasivamente en el techo, sino organizarse en el ojo del huracán. Las ollas populares después del 2001, los clubes de trueque, las fábricas recuperadas, los comedores comunitarios: eso es «bienvenidos al alud» llevado a la práctica. No porque se desee la crisis, sino porque cuando llega, lo único que queda -y lo único que siempre funcionó- es la ayuda mutua. Y eso, los ricoteros lo venían ensayando desde mucho antes, como un saber acumulado en la experiencia cotidiana.

El «comunismo ricotero» (sin nombre)

Digamos una palabra incómoda: comunismo. No el de los manuales soviéticos ni el de las burocracias políticas. Sino el que el Indio sugiere cuando habla de la horizontalidad, de la ausencia de jefes, de la propiedad colectiva de los medios de producción simbólica: los discos, las canciones, los recitales. En la economía popular crítica existe el concepto de procomún: bienes que son de todos y de nadie, gestionados colectivamente y cuyo valor crece cuanto más se comparten. El agua, las semillas, los conocimientos, el aire, la memoria, los afectos: todos ellos conforman un patrimonio común que el mercado pretende cercar y privatizar.

Los Redondos nunca firmaron con una multinacional. Fabricaban sus propios discos, diseñaban sus carátulas y envoltorios, los vendían directamente en los shows, prohibían la reventa de entradas para garantizar el acceso. ¿Eso es «anticapitalista»? Sí, pero más importante aún: es práctica concreta de autogestión. Es una banda musical que funciona como una cooperativa integral. Es un público que se organiza para que nadie quede afuera. Es una economía que prioriza el acceso antes que la ganancia y el vínculo antes que la mercancía.

Eso es el populismo ricotero: no la estatización vertical de todo, sino la socialización de lo necesario y la gestión horizontal de lo común. Sin líderes, sin partido, sin himnos ni dogmas. Con un Indio que siempre dijo que él no es más que «una especie de coordinador de ceremonias», reconociendo que el artista debe preservar un lugar desde el cual no forma parte del sentido común dominante, porque debe excederlo y crear experiencias no ordinarias, intersticios de libertad.

¿Y después del alud?

La economía ricotera no se ocupa de plantear salidas mágicas ni recetas de aplicación inmediata. El Indio Solari es demasiado lúcido para eso. En entrevistas de los años noventa ya afirmaba que «el capitalismo se va a terminar, pero no porque llegue algo mejor, sino porque va a colapsar de lo mal hecho que está». No es una declaración optimista, sino un realismo de izquierda: sabe que el sistema es insostenible ecológica, social y subjetivamente, pero no cree que el socialismo del siglo XX haya sido la respuesta. Su postura no es la del profeta que anuncia una nueva tierra prometida, sino la del cronista que señala la podredumbre y la del artesano que construye refugios.

Entonces, ¿qué queda? Queda lo de siempre: el llano, la gente, el piso compartido, la vaquita, la canción que no se vende, la solidaridad que no se negocia. Queda la organización desde abajo, esa que los ricoteros practican sin llamarla militancia. Queda la certeza de que el valor no está en el precio, que el tesoro no se vende y que la ganancia es puro cuento, una ilusión que se desvanece ante la primera crisis.

El alud va a venir -está viniendo, de hecho: crisis climática, crisis de deuda, crisis de cuidados, crisis de sentido-. La pregunta que nos interpela es: ¿estamos construyendo, desde ahora, las prácticas de economía popular que nos van a permitir no sólo sobrevivir, sino vivir bien y en común? La cultura ricotera dice que sí, y no lo dice con un programa de gobierno ni con un decálogo. Lo dice con hechos: una entrada comprada entre diez, un disco pasado de mano en mano, un piso prestado en la noche del recital, un abrazo que no se cobra. Es una metáfora de la vida en comunidad, pero también su realización efectiva.

Cierre de la serie

Con esta tercera entrega (cuarta si contamos la introducción general), cerramos un recorrido que ha transitado por varias capas de sentido:

1. Introducción: entender la economía como una ciencia prudencial, derivada de las ciencias sociales y con base en la integración naturaleza-sociedad, alejada del positivismo frío.

2. El valor no está en el precio: la crítica ricotera al fetichismo del valor de cambio y la defensa de los valores afectivos y de uso como fundamento de una vida digna.

3. Red de trueque y poesía: las prácticas concretas de ayuda mutua, «vaquita» y fiesta como dispositivos económicos alternativos que generan comunidad.

4. Bienvenidos al alud: la mirada sobre la crisis, la deuda como mecanismo de control y el horizonte de lo común como salida posible, anclada en la autogestión y la solidaridad.

La economía ricotera no es una doctrina, ni un método cerrado, ni mucho menos una propuesta de gobierno. Es una sensibilidad práctica que late en canciones que se vuelven consignas, en gestos que se transforman en comunicación profunda, y en formas de organizarse que se presentan como una dinámica social viva y en constante reinvención. Desde la economía popular crítica, esa sensibilidad no es ingenua ni romántica en el mal sentido: es una apuesta epistemológica y ética que consiste en pensar la economía incluyendo los sentimientos y en hacer de otro modo la vida práctica.

Final: a modo de epílogo

¿A qué viene, en momentos nacionales y civilizatorios tan desconcertantes, ocuparnos de un tema inventado como agravio del pensamiento ortodoxo? Admito que relacionar al Indio Solari con la economía suena como una irreverencia, una incongruencia, casi un chiste de mal gusto. Y quizás lo sea. No somos especialistas en su vida ni en su obra. Apenas si somos capaces de advertir un sustrato económico -un subyacente– alrededor del fenómeno ricotero: sus letras, sus festivales, su muerte física y su persistencia simbólica.

Pero tal vez sea precisamente esa irreverencia la que nos permite ver lo que la economía académica oculta: que la vida económica está atravesada por la poesía, la amistad, la memoria y el deseo. Que el dinero no lo es todo, y que cuando el sistema colapse -como colapsará- no nos salvarán los manuales de macroeconomía, sino las redes de confianza que hayamos tejido. Con esta nota pretendemos rendirle homenaje al Indio como hombre, llevarlo en nuestro recuerdo como poeta y reconocerlo como un ejemplo de pensamiento crítico que supo, con sus canciones y sus silencios, señalar el camino de una economía más humana, más horizontal y más justa. Porque, al final del día, como canta la canción, «el tesoro de los inocentes» no está en el oro, sino en lo que compartimos sin medida.

https://www.elextremosur.com/nota/58809-lecciones-de-economia-ricotera-iii-crisis-deuda-y-el-horizonte-de-lo-comun

Informe económico mensual

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Iniciado y mitad del 2026, a partir de mayo con un dólar con variaciones positivas, que por lo visto continuo en junio. Los ruidos de las dos guerras, Ucrania y Medio Oriente no se apaciguan y bloquean el futuro. La inflación de MAYO 2026 ofrece un respiro al gobierno, pero por los combustibles, y componentes de “Vivienda y Servicios”, la inflación sigue vivita. Se suman los ruidos internos del gobierno. Pero insistimos en el alza del dólar. ¿Buscado por las autoridades?  

Continuamos con Rappaport de la recomendada película “Parque Lezama”: “¿Pero Rappaport los ruidos y conflictos internos no molestan?”, “Yo no soy Rappaport”. “¿Pero Rappaport para muchos RIGI pero para otros escamoteados?”, “Yo no soy Rappaport”. “¿Pero Rappaport a diferencia de los meses anteriores el aumento del dólar no afectará la inflación?”, “Yo no soy Rappaport”. Rappaport ……Rappaport……..

·        Este documento se concentra en los precios, o sea inflación de MAYO 2026 y otros indicadores.

·        Lo importante del mes, movimientos del dólar y de la tasa de interés, el primero en alza el segundo en baja.

·        El BCRA comprando reservas y los particulares también.

·        Milei, después del mundial ingresa en proceso electoral para 2027. Todo girará mirando esa fecha. El Mundial, un paréntesis en el tiempo.

·        El FMI, continuará con los aportes y recomendaciones. Más reservas, más ajustes, reformas en el IPC, menos subsidios, más tarifas.

·        El riesgo país “disminuye y sube” o “sube y disminuye”. Pero alcanzar los 400 puntos, cuesta.

·        El Índice de tipo de cambio real multilateral (ITCRM) pierde puntos, genera efectos múltiples. Por ahora disminuyendo en casi todos los meses, veremos como impacta el aumento del dólar.

·        Mirando afuera: Trump, lidiando con una guerra al estilo de Putin.  China observa y vende de todo. Ucrania resiste.

·        La inflación (alrededor del 2.1 % promedio) en el mes de MAYO 2026. Las conjeturas oficiales, de organismos y consultoras miran al 30 % en diciembre 2026. ¿Se vienen más ajustes? 

La nueva colonia

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La característica principal de una colonia es que la metrópoli extrae sus recursos naturales para su propio enriquecimiento y, a su vez, le vende productos elaborados.

John Adams, primer Vicepresidente de George Washington (1789-1797) y segundo Presidente de los Estados Unidos (1797-1801), sentenció: “A los pueblos se los domina por las armas o por la deuda”.

Es claro que en 1806 y 1807 los ingleses, derrotados en Estados Unidos pero victoriosos en Trafalgar, no pudieron dominar con las armas al heroico pueblo de las orillas del Río de la Plata, pese a que un sector rico y minoritario del que fuera el Virreinato del Río de la Plata se sumó a la lógica masónica Southern Cross (Estrella del Sur), y recibieron con bandejas de plata a la invasión.

Sin embargo, primero a través del comercio y después con las financiaciones bancarias, lograron imponer un modelo agropecuario exportador para proveerse de alimentos, que en el país benefició a una minoría parásita y rentista (la oligarquía) en desmedro de los pueblos originarios y del gaucho, que incluso una parte de ellos fueron utilizados como tropas en las llamadas “campañas del desierto” de Martín Rodríguez, Juan Manuel de Rosas y Julio A. Roca. Y posteriormente, contra las montoneras del interior y contra la República de Paraguay.

La toma de deuda con la Baring Brothers en 1824 se amplió en 1864 ante la Guerra del Paraguay. Los intereses de esta se tornaron impagables y se produjo la primera crisis en 1890. Tras la crisis se sucedieron otras, pero la deuda siguió creciendo hasta la Segunda Guerra Mundial. En la Argentina se creó el IAPI, que le dio pleno control al Estado nacional de las exportaciones; en 1946 se utilizaron las acreencias sobre Inglaterra para nacionalizar servicios públicos y en 1952 se salda la deuda externa total.

El problema ahora es más complejo porque el comercio exterior nuestro es cada vez más primario, cada vez más privatizado, y el saldo comercial (en 2024 de 18.899 millones de dólares, en 2025 de 11.286 millones en esa moneda, y en 2026 quizá sea similar a la del año 2024) no alcanza para pagar la mitad de los intereses de la deuda bruta de la Administración nacional [1]. Esta, multiplicada por una tasa promedio del 7,7% (en dólares y en pesos es más, pero tomemos la tasa del FMI [2]), implica no menos de 40.000 millones de dólares por año (en pesos y en dólares), como lo corroboran los títulos que capitalizan intereses de la deuda que no pueden pagar, que asciende al 31 de mayo de 2026 a 92.685 millones de dólares en 29 meses.

Se realiza un sideral ajuste del consumo en la población para aumentar los saldos exportables de petróleo, alimentos, materias primas, etc., y frenar las importaciones de capital e insumos para producir; por eso el freno del nivel de actividad, para reducir las compras al exterior; sí permiten y favorecen la importación de bienes de consumo. Exportamos comodities por 0,60 dólares por kg e importamos productos electrónicos por 1.000 dólares por kg.

Las importaciones asociadas a la producción que contempla la suma de los bienes de capital (máquinas y herramientas), las piezas y accesorios de bienes de capital y los bienes intermedios, en los primeros cinco meses de 2026 descendieron 10% con respecto a igual período de 2025. La menor importación de maquinarias, equipos y accesorios explica por qué cayó fuertemente la tasa de Inversión Interna Bruta Fija en el período.

Y paralelamente se incrementó la importación de bienes de consumo, de automóviles de alta gama, embarcaciones, bienes electrónicos de todo tipo, operaciones de puerta a puerta y hasta de alimentos, etc.

Creció exponencialmente la venta de combustibles, esencialmente por la venta de petróleo crudo. Se está a punto de alcanzar la extracción de un millón de barriles de petróleo por día. Cada barril tiene 159 litros de petróleo (42 galones estadounidenses) multiplicado por 1.000.000 por día; un mar de petróleo sale de la entraña de nuestra tierra.

Horacio Marín, presidente de YPF SA, que trabajó 35 años en el grupo Techint, y que antes de ser nombrado por Milei era el gerente general de Tecpetrol SA, la petrolera del grupo, dijo que, a un precio de 50 dólares el barril del crudo, Vaca Muerta era rentable. Este año superó los 100 dólares el barril; ahora ronda los 75 dólares. Esa renta se la apropian los grandes operadores extranjeros (como Chevron, Shell, Total Energies, Harbour Energy y otras). Las tres primeras giraron utilidades a sus casas matrices por 1.000 millones de dólares en abril de 2026. Las otras lo harán con el cierre de sus balances en junio de 2026. También están las empresas locales trasnacionalizadas como Pan American Energy, Vista Energy, Compañía General de Combustible, Tecpetrol, Pluspetrol y Pampa Energía.

A la población local le venden a precio internacional; el litro de nafta super cuesta en la Argentina a razón de 2.200 pesos el litro, 1,45 dólares, que es el mismo precio que se paga en Chile, en Uruguay, en Paraguay y en todos los países que no tienen petróleo.

La colonia Argentina vende más oro (por declaraciones juradas y con controles que dejan mucho que desear) que el complejo cuero y carne bovina, cuando este último es récord de exportación ante la disminución del consumo interno de 47,1 kilogramos por año y por habitante, según informa CICCRA (Cámara de la Industria y Comercio de Carnes), 21,3 kilos menos que en el año 2009.

Cierre de empresas e industricidio

Según los datos oficiales, desde enero de 2024 hasta marzo de 2026 en el país cerraron 25.428 compañías de todo tipo (a razón de 40 empresas por día hábil) y se perdieron 322.958 puestos de trabajo registrado. En ese mismo período, la formación bruta de capital fijo —la inversión en maquinaria, equipos y construcciones— registró una caída del 11,6% interanual.

Cayó la inversión en general porque se redujo el mercado interno, y creció esta solamente en extracción de petróleo, gas y minerales.

En el caso de la industria automotriz, por su efecto multiplicador a otras fábricas y actividades, representa casi el 50% de la producción manufacturera del país. Bajo la gestión actual, en 30 meses el sector automotriz atraviesa una fuerte reestructuración marcada por la apertura importadora y la caída del consumo, lo que llevó a dos terminales históricas a cesar sus operaciones productivas en el país, además de la discontinuación de múltiples modelos.

La francesa Citroën cerró la planta de El Palomar (Gran Buenos Aires). El último vehículo de la marca fabricado allí fue el furgón Berlingo, pasando a abastecer el mercado exclusivamente con importaciones de Brasil. La empresa japonesa Nissan, lo mismo, deja de producir en el país y se limita a ser importador de Brasil. Renault dejó de producir los modelos Sandero, Logan y Stepway en su planta de Córdoba.

La situación puede extenderse al resto de las automotrices que, ante la depresión económica argentina y la libre importación, trasladan la producción a Brasil y transforman las fábricas locales en sedes de importación o se enfocan únicamente en camionetas pick-up de alta demanda, que siguen activas en terminales como Toyota, Volkswagen y Ford.

Con un agravante, la megaempresa BYD (Build Your Dreams) de China, que es el mayor fabricante de vehículos eléctricos e híbridos [3] del mundo, ya comercializa sus autos y utilitarios en el país. China importa litio para armar las baterías, dado que disminuye la corriente eléctrica para extender su vida útil [4].

En ese marco, según informa ADEFA (Asociación de Fabricantes de Automotores), el siguiente cuadro muestra cuánto se produjo y cuánto se exportó en los primeros cinco meses de 2025 y de 2026.

En los primeros cinco meses de 2026, se patentaron 247.187 vehículos cero kilómetro en el mercado argentino. De ese total, la proporción de vehículos fabricados en Brasil y otros mercados globales creció hasta representar más del 65% de las ventas, según los registros de la industria.

Los vehículos de marcas extranjeras y de extrazona ganaron mucho terreno gracias a la ampliación de cupos de importación con arancel cero (hasta 50.000 unidades anuales) para modelos electrificados. Incluso por ciudadanos que pueden importar un vehículo nuevo por año calendario de forma directa cumpliendo con las normativas simplificadas de homologación. Un ejemplo es el caso del diputado nacional por la provincia de Jujuy que compró un Tesla.

Podemos extenderlo a otras industrias, por ejemplo, la láctea con el cierre de Sancor, de Lácteos Verónica, de la Suipachense, la Cooperativa Nuevo Amanecer, etc. O de la metalmecánica con más de 60% de capacidad ociosa y se estima que alrededor de 850 empresas metalúrgicas cerraron y el sector perdió casi 21.000 puestos de trabajo en los últimos dos años [5]. Incluso de fabricantes de maquinarias agrícolas, como son los casos de Roque Vasalli y de Metalfor, que están en una situación terminal ante la competencia de maquinarias provenientes de China, o de FATE SA por la misma causa. Por no hablar de la industria textil, etc., etc.

En síntesis

Se consolida un modelo extractivista, agropecuario, financiero exportador, que emplea la deuda como palanca de transmisión del capital financiero internacional con sede en Manhattan, que condiciona la economía del país y que solo desarrolla lo que afuera les interesa. En ese sentido se sinceró Marc Stanley: “La Argentina tiene lo que al mundo le interesa”, refiriéndose al potencial exportador de energía, alimentos y minerales. O Laura Richardson, cuando en enero de 2023, durante una reunión del Atlantic Council, afirmó: “¿Por qué es importante esta región (por Sudamérica)? Con todos sus ricos recursos y elementos de tierras poco comunes, tienes el triángulo del litio, que hoy en día es necesario para la tecnología. El 60 % del litio del mundo está en el Triángulo del Litio: Argentina, Bolivia, Chile… Tenemos 31% del agua dulce del mundo en esta región…”.

Toda la legislación aprobada, la ley Bases, la llamada de “Inocencia Fiscal”, la reforma de la Ley de Glaciares, la reforma laboral, etc., más los proyectos girados al Congreso de la Nación de “super RIGI” para beneficio de la inteligencia artificial, data centers y semiconductores, el de inviolabilidad de la propiedad y su efecto sobre la tierra y su extranjerización y apropiación de lo que por la Constitución nacional le pertenece a los pueblos originarios, corrobora el país colonial y la corrupción de la mayor parte de los supuestos representantes del pueblo y de las provincias, y de la justicia.

A la inversa de una colonia, un Estado independiente es una forma de organización política con un fin determinado, que, como definiera Perón, es la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación; por ende, debe tener un plan de gobierno que priorice la producción y el trabajo argentino.

¿Cómo es posible que un país que tiene alimentos, energía, minerales de todo tipo se subordine al capital extranjero y permita el empobrecimiento de su pueblo?

En los últimos 30 años triplicamos las exportaciones de alimentos; también, en los últimos 11 años triplicamos la pobreza y la exclusión social.

Solo fortaleciendo al Estado se puede y debe revertir el sometimiento y la subordinación de la Argentina al capital extranjero.

[1] La deuda bruta de la Administración Nacional al 31 de mayo de 2026 asciende a 479.273 millones de dólares según la Secretaría de Finanzas de la Nación, sin contemplar los pases contables con el BCRA, y sin contar la deuda por BOPREAL y por REPOS que está en cabeza del BCRA.
[2] El Fondo Monetario Internacional le cobra a la Argentina una tasa de interés efectiva que actualmente ronda el 7,7% anual. Esta cifra surge de sumar la tasa base del FMI (tasa de los DEG) más una serie de cargos y sobrecargos que se aplican por el alto nivel de deuda que mantiene el país (es el mayor deudor con un pasivo de 58.243 millones de dólares al 31 de mayo de 2026) y el plazo del préstamo.
[3] Vehículo que combina un motor de combustión interna (nafta o diésel) con uno o más motores eléctricos. Esta tecnología aprovecha ambas fuentes de energía para reducir el consumo de combustible y las emisiones contaminantes, sin depender de un enchufe para funcionar.
[4] La batería de iones de litio (Li-Ion) es un dispositivo recargable que almacena energía mediante reacciones químicas, utilizando sales de litio. Destacan por su alta densidad de energía (permiten baterías más ligeras), recarga rápida y ausencia de efecto memoria.
[5] El aglomerado urbano conformado por San Nicolás y Villa Constitución (corazón metalúrgico del país) encabeza el ranking nacional de desempleo. Según los últimos datos difundidos por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) correspondientes al primer trimestre de 2026, la región alcanzó una tasa de desocupación del 10,4%, un porcentaje que no sólo supera el promedio nacional del 7,8%, sino que además representa el valor más elevado entre los 31 aglomerados urbanos relevados en todo el país.

Lecciones de economía ricotera II: Una economía-otra con trueque y poesía

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«El derrocamiento de la eficiencia como principio director único es inevitable

en una sociedad libre.

Sólo en competencia con otras finalidades, valores e ideales se puede aceptar

el concepto de eficiencia.»

K. Polanyi, Los límites del mercado, 2014.

«Lo racional de hoy puede ser lo irracional de mañana,

lo racional de una sociedad puede ser lo irracional de otra.

… no existe racionalidad exclusivamente económica.»

M. Godelier, Racionalidad e irracionalidad en economía, 1966.

Ya lo advertíamos: la economía ricotera no es una alternativa a la economía de mercado. Es otra cosa. Una economía-otra que se aleja de la miseria conceptual de la ortodoxia para instalarse en la plenitud de la fraternidad. Una mirada de la vida humana como un «acto social total» que desnaturaliza la economía imperante, basada en el consumo, la escasez y la apropiación.

Nuestra contribución, si existe, es apenas un ensayo de ideas disruptivas sobre el modo económico, inspiradas en la formidable convocatoria de las letras, los cantares y los pensares del Indio Solari. No es novedad. La antropología económica se ocupa del tema hace incontables años. Ríos de tinta.

¿Qué es lo que hace que millones de individuos de toda edad, sexo, religión y creencia política «sientan» al Indio? ¿Y qué cuestiones económicas emergen? Esta es nuestra pregunta.

En la nota anterior recorrimos la crítica ricotera al valor de cambio: esa sospecha de que el precio es una ficción y la ganancia, «puro cuento». Pero una crítica sin una contrapraxis apenas sirve como lamento. Lo fascinante de la «economía ricotera» es que propone -cantando, viviendo, organizándose- formas concretas de hacer las cosas de manera distinta. No desde el Estado ni desde el mercado formal, sino desde el abajo existencial: autogestión, trueque, cooperación, «vaquitas» para compartir, la fiesta como máquina de redistribución, la confianza y la complementación.

Desde la economía popular crítica, esto no es folclore ni anécdota. Es producción de subsistencia con lógica de reciprocidad. Y es mucho más común de lo que parece: lo que el Indio canta, generaciones de ricoteros lo han practicado sin saber que estaban produciendo «teoría».

El trueque como núcleo duro: «Compro regalado, vendo regalado»

En la economía ricotera no hay especulación. No se compra para revender más caro. No se regatea. No se engaña. No se apropia del esfuerzo del otro. No se busca la ganancia en la diferencia de precios. Se adquiere lo necesario al costo, y se desprende de lo que sobra al mismo costo. Es, literalmente, una economía sin plusvalía que cuestiona los moldes clásicos del pensamiento económico.

En la práctica ricotera, esto se materializa en el trueque directo, la venta «a precio de costo», la circulación sin mediación monetaria.

La economía popular denomina a estas prácticas sociales como circuitos económicos solidarios: redes donde el valor no se acumula sino que circula, y donde la confianza reemplaza al contrato. No es «ayuda» ni «caridad». No es meritocracia, es intercambio entre pares. Y funciona porque todos, en algún momento, están del otro lado.

La vaquita: el fondo común ricotero

Ningún símbolo económico de la cultura ricotera es más potente que la vaquita. Ese rito casi sagrado donde, antes de un recital, un grupo de amigos junta plata para comprarle la entrada al que no tiene un peso. O para el asado. O para el viaje. O para el techo donde caer después del show.

¿Qué es la vaquita en términos económicos? Un fondo común de administración colectiva y distribución según necesidad. No según aporte (el que más pone no recibe más), ni según mérito (no hay que «demostrar» nada). Según necesidad pura: al que le falta, se le cubre. Y todos contribuyen en la medida de sus posibilidades.

En la economía formal, esto se llama solidaridad mecánica (Durkheim, 1893) o economía del don (Mauss, 1924). Los ricoteros lo llaman «hacerse cargo del nosotros». La diferencia no es menor: la teoría académica describe para justificar; la práctica ricotera ejecuta para participar de la vida. Y lo viene haciendo desde los años ‘80, cuando las entradas a los recitales de Patricio Rey se conseguían en la puerta, con la mano en el corazón y unos pesos arrugados en el bolsillo.

Una anécdota elocuente: en la entrevista que Solari concedió a la revista colombiana Gatopardo en 2005 -nunca publicada en Argentina hasta 2018, y que coincidió con la salida de Porco Rex-, el Indio hablaba con admiración de la capacidad de organización autogestiva de sus adeptos. No lo decía con condescendencia, sino como quien reconoce una inteligencia colectiva que el sistema no sabe ni cómo nombrar. Esa inteligencia es la vaquita solidaria llevada a nivel de principio económico.

La fiesta como dispositivo de redistribución y de producción

La fiesta (excepcional) se opone al trabajo (cotidiano). Fiesta es un término que se supone ajeno a la economía. Es la no-producción, el no-esfuerzo, lo no-racional. No es así, hay una antropología económica de la fiesta que se engarza con lo popular. Las capas sociales poderosas -ociosas y dadas al lujo- no suelen disfrutar de la fiesta. La buena vida angustia, es algo desesperadamente poco festivo.

La vida buena es un estilo de vida marcado por la sencillez, la compañía, la frugalidad en el consumo, el compartir en solidaridad con los demás congéneres y con el medio ambiente. Es también una vida de dedicación al trabajo, el servicio a la sociedad, el cultivo de la inteligencia espiritual y la alegría de vivir. No tener factores de riesgo.

La buena vida, que no es lo mismo, está determinada por la sensualidad, el derroche, el consumo diferenciado, la satisfacción de las necesidades sujeta al placer del consumo que demanda la sociedad de masas,

La fiesta ricotera pertenece a la vida buena, es otro mundo. El recital de la vieja escuela, cuando la banda tocaba en salones prestados o clubes de barrio, era mucho más que un show. Era un dispositivo económico total.

. Antes de la fiesta: la organización era colectiva. Alguien conseguía el lugar, otro se encargaba de la difusión boca a boca, otro de la comida, otro de la entrada. No había productores externos, ni empresarios, ni management. Los «costos de producción» se repartían entre todos, y los «excedentes» (si los había) se usaban para el siguiente recital.

Aquí hay un matiz clave que suele pasarse por alto: el recital no era solo redistribución; era también producción. La música, la puesta en escena, las letras, los discos: todo se generaba desde lógicas horizontales, sin sellos multinacionales que intermediaran. La banda fabricaba sus propios discos de manera independiente y los vendía a precio de costo en los mismos recitales, cortando de raíz la cadena de valor del mercado discográfico. El «producto» no era una mercancía más; era la materialización de un trabajo colectivo que no reconocía al patrón ni al gerente. Era, lisa y llanamente, un cooperativismo de hecho: los medios de producción (instrumentos, equipos de sonido, espacios) eran gestionados por los propios músicos y su círculo cercano, sin accionistas ni rentistas.

. Durante la fiesta: la economía interna era de circulación constante. Se vendían discos a precio de costo. Se compartía comida y bebida sin control de consumición mínima. No había «zona VIP» ni precios diferenciales. El pogo era un mecanismo de regulación: cualquiera podía llegar adelante, cualquiera podía salir. Era el espacio donde el cuerpo se volvía moneda de cambio: empujar y ser empujado, caerse y ser levantado, sudar y compartir el calor. Un recurso común, un cuerpo a cuerpo humano y no mercantil.

. Después de la fiesta: el after, el encuentro, la cama prestada, el piso compartido, el viaje de retorno. La hospitalidad ricotera como extensión natural de la fiesta. Lo que sobraba de una casa iba a la otra. Lo que faltaba se pedía. Y se devolvía después.

En términos de economía crítica, el recital ricotero era un círculo virtuoso de producción-distribución-consumo donde los tres momentos estaban fusionados y eran gestionados horizontalmente. No había «dueños de los medios de producción» ni «trabajadores explotados» ni «consumidores privilegiados». Una suerte de cooperativismo de hecho.

El trabajo que no parece trabajo

Un punto clave de la economía popular crítica es la reivindicación del trabajo no asalariado y del trabajo reproductivo como actividades económicas legítimas. El sistema económico solo reconoce como «trabajo» la actividad humana que se vende en el mercado por un salario. Todo lo demás -cuidar a un hijo, cocinar para amigos, organizar una fiesta, prestar un departamento- es «tiempo libre» o «ayuda». Y por lo tanto, no cuenta ni forma parte del sistema.

La cultura ricotera hace exactamente lo contrario: jerarquiza esas actividades por encima del trabajo asalariado. El que labura en una oficina ocho horas es un «esclavo feliz». El que organiza el viaje para el recital, el que cocina para veinte, el que presta su casa, ésos son los que realmente producen valor. No valor de cambio (no se vende), pero sí valor de uso colectivo: alegría, pertenencia, supervivencia compartida.

Y aquí aparece el núcleo de la anti-lógica de la productividad: el «no te apures» no es un eslogan relajado, es una declaración de guerra contra el tiempo del reloj, contra el cronómetro que mide la eficiencia. En el universo ricotero, el tiempo de trabajo asalariado se vive como tiempo perdido, como un mal necesario, que hay que reducir al mínimo para liberar la vida verdadera: la que se pasa con los otros, sin patrón ni horario, con tiempo. La productividad que realmente importa no es la que genera ganancia monetaria, sino la que genera lazo humano.

El Indio lo ha dicho: «la plata sirve para no pensar en la plata». O sea: el trabajo asalariado es un mal necesario que hay que reducir para ensanchar el tiempo del trabajo real: el que se hace con y para los otros, sin patrón ni reloj. Así, el que prepara la comida para veinte personas en un after no está «ayudando», está produciendo el evento mismo. El que presta su piso no está «cediendo un espacio», está gestionando el recurso más escaso de la fiesta. El que organiza el viaje no está «haciendo un favor», está ejecutando la logística de una economía paralela. Todas esas tareas, invisibles para el PBI, son el verdadero motor de la vida y la expresión de la economía ricotera.

Conclusión provisoria (para cerrar esta tercera nota)

Lo curioso de la economía ricotera (si existiera) es su propia fuerza performativa, por la que decir la cosa la hace existir. Por eso no es una topografía académica, sino una práctica social. Se materializa en cada vaquita, en cada departamento prestado, en cada disco que se pasa de mano en mano sin especulación. Es una economía de bolsillo, de barrio, de banda. Pero es una economía con principios: reciprocidad, horizontalidad, distribución según necesidad, rechazo a la acumulación y una jerarquía invertida donde el trabajo invisible (cocinar, cuidar, prestar, organizar, estar a las necesidades del otro) vale más que el trabajo asalariado.

En la tercera y última nota, intentaremos subir la apuesta: ¿qué pasa cuando este mundo real choca con el sistema económico capitalista también real? ¿Cómo se sobrevive en esta economía transaccional diferenciada por la capacidad económica de los infinitamente menos? Y, sobre todo: ¿qué nos enseña la experiencia ricotera sobre las crisis económicas, las deudas y la posibilidad de construir algo distinto?

(*) Economista, investigador y ex rector de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB).

https://www.elextremosur.com/nota/58733-lecciones-de-economia-ricotera-ii-una-economia-otra-con-trueque-y-poesia

Milei y África: un desdén elocuente

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Una destacada estudiosa de las relaciones entre la Argentina y África, Gladys Lechini, afirma que esos vínculos—con un lente de largo plazo y evaluando distintas administraciones en el país— se han caracterizado por impulsos discontinuos, selectividad transitoria e intensidad variable en el marco de dinámicas internas e internacionales que inducen mayor o menor interés hacia las naciones africanas y de acuerdo con los distintos rasgos de quienes ocupan la Casa Rosada.

Argentina-África: Malvinas y desarme nuclear

A pesar de los vaivenes recurrentes, ha existido una cierta continuidad derivada de diversas circunstancias ligadas, en particular, a lo doméstico. Por ejemplo, en relación con el tema Malvinas, fue muy relevante la creación en 1986 —a iniciativa de Brasilia— del foro ZPCAS (Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur) compuesto por 24 naciones ribereñas; 3 por Sudamérica (Argentina, Brasil y Uruguay) y 21 del lado africano.

Asimismo, la cumbre América del Sur-África de 2013, realizada en Malabo, Guinea Ecuatorial, respaldó la tesis argentina sobre Malvinas: por primera vez, todo el continente apoyó “los legítimos derechos de la República Argentina en la disputa de soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes y urge al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte a que reanude las negociaciones con la República Argentina para encontrar tan pronto como sea posible una solución justa, pacífica y definitiva a la disputa, de conformidad con las resoluciones relevantes de las Naciones Unidas y de otras organizaciones regionales e internacionales”.

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En esa dirección, durante el gobierno de Alberto Fernández se logró, juntamente con Brasil, revitalizar ZPCAS que, en 2023, se congregó en Mindelo, Cabo Verde. Allí quedó explícita en la declaración final (en los puntos 58 y 59) el reconocimiento a la cuestión de la soberanía en disputa en torno a Malvinas y el llamado a negociaciones entre la Argentina y el Reino Unido. 

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A su vez, en cuanto a la capacidad científica del país han sido significativas las ventas de sendos reactores nucleares a Argelia (1989) durante el gobierno Alfonsín y Egipto (1997) durante el gobierno Menem; producto de lo que fuera un continuo respaldo y compromiso estatal con INVAP. En el caso de la administración radical, es bueno agregar y recordar lo que se conoció como el Grupo de los Seis que en 1984 promovió una iniciativa por la paz y el desarme nuclear. Los miembros fueron Argentina y México por América Latina; India por Asia; Grecia y Suecia por Europa; y Tanzania por África. En el contexto de habituales avances, frenos y repliegues, en 1991 el gobierno de Menem decretó el cierre de la Embajada en Tanzania.   

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Diplomacia: de Menem a Milei

En cuanto al frente diplomático, mandatarios argentinos visitaron ocasionalmente África. Carlos Menem viajó a Sudáfrica en 1995, Cristina Fernández de Kirchner fue a Angola en 2012 y Mauricio Macri asistió a la cumbre de BRICS efectuada en Sudáfrica en tanto su condición de presidente pro tempore del G-20. Durante el mandato de Alberto Fernández, hubo la intención de incrementar los lazos con África. En 2021 se abrió la Embajada en Senegal. Hacia 2022, la Argentina contaba con 11 misiones diplomáticas en el continente africano, mientras que Brasil tenía 33. En 2023, la entonces ministra de Salud, Carla Vizzotti viajó a Marruecos, Argelia y Egipto, al tiempo que ese año el canciller Santiago Cafiero asistió a la cumbre de ZPCAS en Cabo Verde. Pareció un nuevo impulso. Sin embargo, pronto se detendría. Más aún, se revertiría drásticamente.

En efecto, en 30 meses de gestión el gobierno de Javier Milei mostró una mezcla de desconsideración y desprecio hacia África. Quizás eso sea parte de un desconocimiento profundo de los vínculos históricos de la Argentina con ese continente. El Censo Nacional de 2022 reveló que 302.936 personas se reconocen como afrodescendientes o tienen antepasados negros o africanos. Eso representa el 0.7% de la población en viviendas particulares; un porcentaje nada irrelevante si se la compara con otras comunidades establecidas en el país. Por demás, una presencia afro invisibilizada por años. 

Por otro lado, con el tiempo el comercio argentino-africano ha vuelto a crecer paulatinamente: en 2023, las exportaciones fueron aproximadamente US$ 3.457 millones de dólares y las importaciones alcanzaron aproximadamente US$ 1.180 millones de dólares; en 2024, las cifras respectivas fueron US$ 4.027 millones de dólares y US$ 1.110 millones dólares; y en 2025, los datos correspondientes fueron US$ 5.310 millones de dólares y US$ 983 millones de dólares. Esto es, de un intercambio de US$ 4.637 millones de dólares en 2023 se pasó a uno de US$ 6.293 millones de dólares. Un incentivo para propiciar más contactos económicos, con un compromiso imprescindible del empresariado y un empuje activo desde el Estado. No obstante, eso parece no interesar ni a la presidencia ni a la cancillería ni al ministerio de economía.

Adicionalmente, desde 2024 el presidente ha repetido, adentro y en el exterior, declaraciones controvertidas y desplantes diplomáticos contra la comunidad musulmana; posiblemente ignorando que 28 de los 57 miembros de la Organización para la Cooperación Islámica son naciones africanas. En 2025, Milei se sumó deliberadamente a Trump y boicoteó la cumbre del G-20 efectuada en Sudáfrica: el mandatario libertario no asistió y la delegación argentina rechazó adherirse a la declaración final. Todos los países suscribieron el texto menos la Argentina y Estados Unidos. No había razón alguna, a nivel bilateral, para adoptar semejante actitud impulsiva contra Sudáfrica. 

África recuerda

Entre el 18 y el 21 de marzo de 2026, ni el presidente ni el canciller Pablo Quirno asistieron a la cumbre CELAC-Unión Africana realizada en Colombia; se optó por la asistencia de un representante de menor rango. Pero probablemente el gesto más ofensivo hacia África expresado por un gobierno nacional se produjo el 25 de marzo cuando la Argentina, junto a Estados Unidos e Israel, fueron los únicos tres países que votaron en contra de una resolución en Naciones Unidas que calificaba la trata transatlántica y a la esclavitud de africanos como “el crimen de lesa humanidad más grave de la historia”. 

Días después, el 8-9 de abril se reunió ZPCAS en Brasil. Y nuevamente el foro apoyó a la Argentina en el asunto Malvinas, a pesar de la ausencia del ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina. Los países africanos miembros parecen consecuentes con su postura en defensa del país a pesar de las descortesías, ofensas e imprudencias del gobierno libertario hacia las naciones de ese continente.

Lo que quizás en el Gobierno no se sepa ni interese es que, en la diplomacia, como en la guerra, las “negras juegan”: los países anotan y se acuerdan muy bien de lo que los otros le han hecho; en especial cuando se trata de tal desdén.

https://cenital.com/milei-y-africa-un-desden-elocuente