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sábado, junio 27, 2026
Blog Página 38

Un lugar en el mundo

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A propósito de una fotografía que ilustra una noticia de un diario brasileño de hace unos
años. En este caso, representantes de pueblos originarios pidiendo ayuda en una capital.
Los pueblos originarios de todo nuestro continentes han vivido tragedias similares, con
diversas variantes pero con similares consecuencias; muerte, pobreza, marginalidad, y en muchos casos extinción.

Ellos siguen buscando su lugar en el mundo, un lugar que tuvieron desde tiempos ancestrales y comenzaron a perder hace algo más de 500 años. Antes de eso habían vivido miles de años siendo cada uno espejo del otro, con negros cabellos que solo variaban sus colores si los pintaban con algún pigmento o si el tiempo los emblanquecía, con pieles cobrizas producidas por la asociación de sol y melanina, con nombres que representaban a su geografía, o mejor aún a su ecología, a los animales con los que convivían en su hábitat, a los fenómenos atmosféricos.
No eran ni malos ni buenos, si debían amar, lo hacían en su idioma, en las variadas y
múltiples lenguas que se desarrollaron en este continente, si tenían que odiar lo hacían de la misma manera, eran simplemente personas. Personas que habían elaborado respuestas comunitarias para satisfacer su alimentación, para protegerse de predadores e inclemencias climáticas, personas que habían establecido relaciones parentales por las que discurrían sus pulsiones sexuales y establecían sus lazos de pertenencia.
Conocían el valor alimenticio y curativo de las plantas de su región, cazaban con criterios de
subsistencia y no de acumulación, pescaban de la misma manera, conocían el valor del barro que convertían en cacharros para su vida cotidiana.
Gustaban de adornarse con plumas y colores, se comunicaban con sus dioses a través de
danzas y ritos, en sus comunidades no había excluidos, el maíz, la papa, el pescado, la carne, lo que fuera que constituyera alimento, era para todos.
Algunos trabajaban los metales, metales que servían de ornamento y para homenajear a sus
dioses, no eran armas ni monedas de cambio.
Hace algo más de cinco siglos se enteraron que estaban desnudos, dice Eduardo Galeano,
también que eran indios, que eran infieles y que eran salvajes. Se enteraron de todo esto por
hombres de piel clara y barba espesa, con cuerpos cubiertos de tejidos y metales, con caños
metálicos que vomitaban fuego y mataban, portadores de un curioso elemento en forma de cruz que si era sostenido por abajo era un símbolo místico al que había que adorar, aunque para ellos no significara nada, y si era sostenido por la parte superior se llamaba espada y con ella se mataba, y se mataba por múltiples motivos, en algunos casos por no adorar la mentada cruz; aunque en definitiva se mataba siempre por el mismo motivo, no aceptar mansamente los designios de estos invasores.
Ellos trajeron su moral, que no es otra cosa que el discurso de los que dominan, los que
deciden que está bien y que está mal, y para lo que está mal está siempre allí, lista, la espada.
Trajeron su avidez, su enfermizo deseo del oro y de la plata, no veían la producción como
una forma de subsistencia sino de acumulación, el oro no era para homenajear a los dioses, aunque decían tener un dios, su verdadero dios era el oro.
Tiempo después también se enteraron que eran americanos. El que tiene el poder tiene la
potestad de nombrar y mientras los nombres blancos crecían, los de ellos se sumían en penumbras hasta, en muchos casos, desaparecer con sus idiomas. Debieron aprender el idioma de los extraños sin otra opción de comunicación en su propia lengua que no fuera restringida a pequeños grupos de sobrevivientes.
No fue un choque de culturas, fue una cultura aplastada por otra. El sincretismo no fue una
iniciativa de los invasores, fue apenas una manera de resistir, de mantener algunas costumbres y creencias de los dominados, una manera de subsistencia de su identidad amenazada, negada, en algunos casos hasta la extinción; en otros, su vida se convirtió en un bien de uso para los invasores y se fue desangrando poco a poco.
Otra forma de desaparecer fue la dilución, el mestizaje con los invasores pobres, los de mala
fortuna, o la servidumbre, les quitaron el nombre y la memoria, el orgullo de la pertenencia y el idioma, les hicieron desear vestirse como sus verdugos y en muchos casos desear que su piel se asemejase a la de ellos.
Ahora, los que quedan, los que sobrevivieron a la extinción, los pobres entre los pobres, los
nadies, para seguir parafraseando a Galeano, habitualmente sobreviviendo en la mayor invisibilidad, aparecen en algunas oportunidades como un número de color, con atuendos que mezclan su modalidad original de vestimenta con prendas de la sociedad que los ignora, como el corpiño que se observa en la mujer de lo foto.
Aparecen reclamando su existencia a los sordos oídos de un poder que los ignora, que solo
los tiene en cuenta para rodearlos de policías, cercarlos como animales peligrosos y a lo sumo exhibirlos en fotografías dedicadas al turismo.
Pero el tiempo no vuelve, las modificaciones de las costumbres derivadas del crecimiento
exponencial de la tecnología, han hecho de ellos, de lo que lograron conservar de sus costumbres ancestrales, de sus culturas, una suerte de museo caminante, un dato de la realidad que se observa ocasionalmente y que no trasciende de ser un pantallazo de color custodiado en las metrópolis, y custodiado no para protegerlos sino para controlarlos.
No hay propuestas ni proyectos para ellos en los gobiernos que respeten su integridad
comunitaria, tienen como única opción ser subsumidos en los bolsones de pobreza de las capitales o disgregarse como mano de obra barata campesina.
Ellos siguen buscando su lugar en el mundo; pero su lugar, lamentablemente ya no está.

Intervención de Carlos Ábalo en Sindicato de Farmacia

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La convocatoria de La Capitana a debatir  por el cambio de gobierno en Brasil y la inserción de Argentina en América del Sur en el Sindicato de Farmacia, tuvo un alcance mucho mayor del que parecía, y terminó centrándose en la crisis mundial por la intervención de Juan Tokaltian. Yo iba a intervenir desde mi casa por mis problemas de salud y mi más reciente dificultad para movilizarme, pero hubo problemas técnicos para hacerlo, además de que las dos intervenciones previas a la mía se habían extendido mucho más de lo previsto, la discusión se habría alargado demasiado, y –como participante final- me hubiera obligado a sintetizar excesivamente mis respuestas. Después de la pausa del campeonato de fútbol seguida por los festejos de fin de año, hoy 8/1/23, van por escrito, y como también se alargaron de acuerdo a lo que había proyectado, incluso me obligan a encarar el tema de la inflación, esencial para explicar la crisis, sobre todo en Argentina. Esta respuesta es una síntesis inicial, a la que seguirán otras, por cada uno de los temas involucrados.

No estoy del todo de acuerdo con la presentación de Tokaltian, aunque coincido en que la crisis mundial es muy grave. Sin embargo, mi opinión es que resulta mucho más grave de lo que se deduce de su presentación, porque es irreversible, lo que no quiere decir que no se extienda por mucho tiempo, a costa de un sufrimiento social cada vez mayor, y que llegaría mucho más lejos si desemboca en una guerra abierta, que no podrá ser menos que atómica, en cuyo caso las condiciones de persistencia de la vida en la Tierra podrían desaparecer enseguida o en poco tiempo. El principal límite para que no se produzca es que esta vez el territorio estadounidense no escapará de la guerra, ya que este país en 1945 no tuvo reparos en lanzar dos bombas atómicas sobre Japón, cuando ya estaba vencido (Hiroshima y Nagasaki). Lo hizo para advertir a la Unión Soviética (URSS) y también para que Japón, en su reconstrucción financiada por Estados Unidos, no se apartara jamás de subordinar su política internacional a la de ellos, como volvería a suceder del todo con Europa si en la incierta guerra de Ucrania, Rusia no consiguiera llegar a un acuerdo de paz que acepte resguardarla de la avanzada de la OTAN sobre su territorio, tal como lo acordado cuando se desintegró la URSS, a fines de los años noventa, y que se empezó a concretar en el Primer Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START I), firmado por Gorbachov y el presidente de Estados Unidos, George H. W. Bush, en Moscú el 31/7/1991. Es posible que el presidente, Vladimir Putin, se haya excedido al acudir a la guerra en Ucrania si la presión sobre las peores condiciones de vida no dividiera a Europa y favoreciera un arreglo con Rusia, a lo que se tendrá que sumar Estados Unidos para no quedar aislada.

Pienso que Rusia tendría que haber insistido más en llegar a un acuerdo con Europa antes de apelar a la guerra, si bien era difícil de lograr. Putin reeditó así la política de la URSS de alcanzar a contener a Estados Unidos por su potencial militar, algo decisivo de entender en el actual contexto internacional. Igual que la URSS, ahora Rusia pareciera que no podría ganar la actual guerra, porque –empujada por Estados Unidos- Ucrania tiene todo el apoyo de Occidente, aunque Putin haya vuelto a colocar a su país como gran potencia militar, recuperando un alto ritmo de crecimiento económico nacional. Esto no es suficiente, ya que, como la antigua URSS, Rusia enfrenta al sistema mundial del capitalismo, y el sistema mundial está siempre por encima de cualquier economía nacional, salvo la mayor de ellas –Estados Unidos-, aunque cada vez en menor medida en la crisis financiera, consecuencia de la crisis económica sin fin del capitalismo, y también de su nueva etapa de integración posibilitada por el ascenso de China y la industrialización de los países emergentes.

Menos aún estoy de acuerdo con Tokaltian en que hay dos Nortes: el verdadero norte es el de los países industrializados, que incluye a Estados Unidos, Europa Occidental, Canadá y Japón, que está en el centro de la crisis, y otro China y el sudeste asiático. Este último no es un bloque totalmente industrializado, que es lo esencial.  China es un país de renta media, tampoco completamente industrializado. Su PBI era en 2021 de 17,7 billones (B) de dóls frente al de 23,3 B de Estados Unidos, y la diferencia es mayor si se compara el ingreso per cápita, de 12.800 dóls en China, 20% del de Estados Unidos. La guerra comercial iniciada por el presidente Donald Trump mediante aranceles fue replicada por China, lo que elevó la inflación en Estados Unidos y redujo el crecimiento chino, y los demócratas mantuvieron los aranceles, que para algunos analistas –que en Estados Unidos son mucho más objetivos que en Argentina- las sanciones no tienen sentido porque China “ya no es un neóficto manufacturero”. Sin embargo, China tiene el PBI más alto del mundo en términos de paridad del poder adquisitivo, lo que indica que su economía es mucho más equilibrada en términos de ingresos que la de Estados Unidos. Esta descripción diferencia a China del norte conformado por los países capitalistas más avanzados, y más aún si se incluye a los países más cercanos a ella en el sudeste asiático, salvo Corea del Sur. El sur de Corea se mantuvo con ayuda estadounidense en el bloque capitalista, al contrario de Vietnam, cuyo pueblo ganó la guerra a Estados Unidos en  1975 y en 1976 se reunificó como República Socialista de Vietnam. Así que no hay ninguna similitud entre el Norte industrializado y China.

El sur es un conjunto muy diferente de países semiindustrializados, con gran presencia de materias primas, decisivas en sus exportaciones, en que se puede diferenciar a África subdesarrollada por efecto del colonialismo imperialista, salvo en parte en la República de Sudáfrica, con un PBI cercano a 400.000 M dóls, muy similar al de Argentina, pero con un PBI per cápita menor, de casi 6.600 dóls, por su mayor población, y un crecimiento anual elevado, que exportaba en 2020 casi 90.500 M dóls anuales en materias primas, e importaciones casi similares a las exportaciones, sin masivas fugas de capital.

En el sur se destaca América Latina. Allí, la Argentina, después de las guerras civiles que duraron cincuenta años y terminaron en 1870, llegó en 1895 a tener el mayor PBI del mundo y se mantuvo en un sitial privilegiado en la región hasta los años sesenta del siglo XX, donde era el país más rico, pero de allí en adelante, y sobre todo después de 1976, con la dictadura militar y las políticas de ajuste, aceleró  su retraso frente a Brasil y México por motivos estructurales: permanencia del agro como eje de la economía, seguida por su clase social dominante, la oligarquía terrateniente pampeana, la exportación fomentada de materias primas del agro y la política antiindustrial, bases de su inflación estructural, negada por los monetaristas.

En la democracia heredada de la dictadura se mantuvo la política económica tradicional, para lo que, ante todo, hay que entender el papel de la renta del suelo (1). Si bien el ingreso se divide en a) salarios, b) ganancia, c) renta por intereses del capital financiero, d) renta por el uso y la apropiación de la tierra y e) impuestos para financiar al Estado, la apropiación de la tierra por los terratenientes (o grandes propietarios) da lugar a la renta de la tierra, que constituye un límite a la ganancia, aunque también es necesaria para el capitalismo, que por eso no la destruye, sino que la adecúa a mejores condiciones para acumular, lo que depende de la relación de fuerza entre la clase terrateniente y la burguesía industrial. Si la explotación terrateniente tiene lugar mediante el trabajo de los campesinos a cambio del pago de una renta, o por la intermediación de una burguesía que paga salarios, unos y otros consumen la producción que da vida a la acumulación de capital, y tanto los terratenientes como la burguesía impiden el acceso directo de los trabajadores a la producción. De por sí, la agricultura progresa más lentamente que la industria (2). Si predominan los terratenientes, éstos se convierten en una oligarquía y si llegan a detentar el poder del Estado, como en la Argentina, se reduce el poder de los capitalistas industriales y los obliga a avenirse a esa situación, aceptando un menor desarrollo industrial como política oficial. Sin embargo, la necesidad del capitalismo de hacer más productivo el trabajo, también obliga a los terratenientes a mejorar con técnicas que aumentan el ingreso industrial, o, al dividirse las propiedades por las herencias, pierden fuerza los terratenientes, y a la larga éstos tienden a perder su autonomía y se transforman en una fracción del capital, sobre todo porque buscan alcanzar un ingreso mayor convirtiendo parte de la renta de la tierra en capital financiero colocado a interés, también propio de la Argentina, pero siempre en función de la fuerza y el potencial político de la economía agraria.

La limitación de la política económica condicionada de la democracia sólo se abrió para la agroindustria, y el peronismo es el único partido político industrializador de Argentina, pero su política no la siguió después de la dictadura todo el peronismo sino principalmente su heredero el kirchnerismo, que sostuvo la política industrial y el crecimiento desde 2003 hasta la aparición de la crisis financiera mundial, en 2008, y por eso concita el odio de la clase dominante, pero la situación actual se caracteriza porque tampoco el kirchnerismo entiende plenamente el alcance de la crisis financiera mundial y de lo que implica un capitalismo internacional más integrado, que impide la vuelta a la política centrada exclusivamente en el mercado interno.

La principal razón es que la economía mundial está en otra etapa diferente desde que China se integró al mundo y posibilitó la industrialización de la periferia capitalista. La pasada grandeza argentina es propia de fin del siglo XIX y principios del XX, en que fue la contraparte agraria de Inglaterra cuando ésta era la mayor potencia mundial por haber alcanzado la Primera Revolución Industrial. Con la Primera Guerra Mundial ( IªGM), de 1914 a1918, el privilegio inglés empezó a extinguirse y por eso también el de Argentina: casi toda Europa Occidental se industrializó y Estados Unidos, después de la Guerra Civil en que el Este industrial derrotó al sur agrícola algodonero y esclavista, se fue posicionando como la mayor potencia industrial, desplazando paulatinamente a Inglaterra.

La industrialización europea centrada en los mercados nacionales (salvo la conquista colonial), sin converger en uno regional, como sería después la Unión Europea (UE), llevó antes de la IªGM) y hasta el inicio de la Segunda (IIªGM), en 1939, a una continua lucha de cada economía nacional por no perder mercados, mediante aranceles frente a la competencia, que fue una verdadera  guerra civil considerando el conjunto de la región europea, como lo hace Ernst Nolte (3). En su inicio, esa guerra civil desembocó en la IªGM de 1914-1918, terminada con el armisticio del 11/11/1918 entre Alemania vencida y los aliados, que incluía a Estados Unidos, el país extra europeo que podía decidir el final del conflicto y unificar a Europa Occidental, pero no lo hizo sino después del desarrollo de esa guerra civil, con sus extremos en el comunismo soviético y el nazismo alemán y, en el medio la mayoría del capitalismo industrial con la democracia liberal. En lo que en el calendario actual sería el 7/11/1917 (entonces en Rusia en octubre), un año antes de la firma del armisticio, ya había triunfado la revolución rusa (por eso llamada de octubre), que debió acordar con Alemania la Paz de Brest-Litovsk (3/3/1918), con la firma de Lenin, máximo jefe de la revolución.

El análisis de Nolte muestra la absoluta combinación de la revolución bolchevique con la IªGM. Los bolcheviques tomaron el poder con la revolución rusa. Si bien ésta fue una muestra de la posible revolución europea, no podía llegar a ser más que una revolución nacional, salvo que hubiera sido acompañada desde el principio por la revolución socialista alemana de noviembre de 2018, al final de la IªGM, encabezada por Karl Liebnekcht y Rosa Luxemburgo y con centro en Berlín. En enero 1919, frente al apoyo de una parte de la prensa a un golpe militar,  se formó un comité revolucionario y Liebnekcht pidió derrocar al gobierno; Rosa Luxemburgo se opuso por considerar que la situación no estaba madura para tomar el poder. Efectivamente, la huelga y el llamado levantamiento espartaquista fue derrotado y el 15/1/1919, Liebnekcht y Rosa Luxemburgo fueron asesinados. Aunque los levantamientos obreros siguieron por un tiempo en otras partes de Alemania, la revolución estaba derrotada, por el acuerdo del Partido Socialdemócrata Alemán con la derecha, que llevó  a proclamar el 11/8 de ese año la nueva constitución de Weimar, que dio a las mujeres el derecho a voto, pero fue acompañada por el continuo acoso de la ultraderecha, hasta que los nazis tomaron el poder en 1933, 24 años después; en tanto las mujeres eran expulsadas del mercado laboral por la crisis.

Nolte muestra la continua presencia de la guerra civil europea, el aislamiento de la revolución rusa por la alianza de la derecha con la socialdemocracia alemana y la estrategia estadounidense, de quedar aparentemente al margen del conflicto para que la guerra entre sus dos mayores rivales –Alemania y la URSS- facilitara su posterior dominio. La imposibilidad de resolver los problemas económicos llevó a la crisis mundial de 1929, con el derrumbe de la bolsa de Nueva York. La crisis se extendió a casi todos los años ´30 y sólo terminó con la IIªGM de 1939-1945, confirmando que las crisis suelen ser un camino hacia la guerra. Cuando el nazismo llegó al poder en 1933 con el Partido Nacional Socialista, Alemania pretendió unificar bajo su mando mediante la invasión militar a lo que entonces era la Europa democrática y liberal y al mismo tiempo se desarrollaban movimientos de oposición autodenominados fascistas, que atraían a grandes masas populares ante la imposibilidad del liberalismo y de la izquierda de resolver la crisis y el paro.

Alemania, después de ocupar Europa Occidental, se dirigió a la URSS, quizá convencida de que –si la derrotaba- podía ofrecer un pacto a Estados Unidos y compartir el liderazgo mundial. La Paz de Brest-Litovsk le había permitido mantener fábricas de armas en territorio ruso, que la URSS aprovechó para armarse, frente a la oposición inicial trotskista que seguía creyendo que la clase obrera mundial defendería a la URSS, cuando la derrota de la revolución alemana inducida por la socialdemocracia ya había mostrado lo contrario. Las divergencias ideológicas desembocaron en la dictadura stalinista que organizó el gran esfuerzo de la guerra y llevó a la victoria de Stalingrado en 1943, que no hubiera podido tener lugar con las repúblicas socialistas desarmadas. Por eso, Stalin construyó una economía nacional poderosa afirmada en la propiedad estatal y la dictadura, pero posible de defenderse. La disputa ideológica que caracterizó a la URSS en sus primeros años, aún después de la muerte de Lenin, fue propia de los ideólogos y de una minoría de la clase obrera, que entonces en la URSS era analfabeta en su mayoría, y por su cultura predominante campesina: en síntesis, la clase obrera mundial no es uniforme, como lo era en la Europa Occidental del siglo XIX en que se extendió la Primera Revolución Industrial que sirvió de base al marxismo inicial. La intelectualidad marxista eternizó esa teoría, sin realizar muchos esfuerzos por actualizarla, sobre todo en la teoría monetaria, aunque la inflación se agravó en el siglo XX y al principio ante todo en Europa, para desembocar en la IªGM, y sin entender a fondo los cambios en este sistema y menos el nacionalismo de la periferia, que se consolidaría como resultado de la crisis mundial de 1929 y de la IIªGM.

El largo horizonte capitalista pese a la profundidad de la crisis, conlleva la búsqueda de una ampliación del mercado que no puede darse en su origen porque el capital, para afirmar la ganancia, busca contener los ingresos masivos del trabajo y aplastarlos en los períodos de crisis, y menos en ésta, que por ahora se presenta como definitiva. Las tres formas de ampliar el mercado son 1) incorporando a las economías nacionales en regiones mundiales, 2) la inversión extranjera directa (IED) y 3) la revolución tecnológica. La regionalización fue reprimida por la competencia de las economías nacionales europeas y la inflación, que llevó a la IªGM, finalizada con el armisticio insostenible de 1918, se resolvió con la IIªGM y llevó a la Comunidad Económica Europea (CEE) primero y después a la UE, inducida por Estados Unidos en un nuevo sistema mundial más integrado. La IED coloca los excedentes de capital de las  economías industrializadas en los mercados de la periferia subdesarrolladael imperialismo, primero en su versión primitiva colonial- que reprime los ingresos del trabajo mucho más que en los centros y por eso en la periferia la crisis se agudiza, agregando a la propia del sistema la del mantenimiento de la economía primaria como eje, que cuanto mayor es, más profundiza la inflación, como en la Argentina. La revolución tecnológica tiene su mayor posibilidad actual e la fusión nuclear, que posibilita la energía de ese origen, más limpia, abundante, de bajo costo, y esencial para armamento de ese tipo, aunque podría tardar decenios para poder usarse (4) .

Por eso estoy plenamente de acuerdo con Feletti, cuando dice que la integración sudamericana, iniciada con el Mercosur, es la mejor respuesta para preparar un camino más favorable al desarrollo. El Mercosur se podría agregar a las actuales tres grandes regiones: 1) el MEC de América del Norte (México, Estados Unidos y Canadá) liderado por Estados Unidos, 2) la UE y 3) China y el sudeste asiático (SEA). Japón no pudo ampliar su área por la competencia regional de China y por eso depende más que Europa de Estados Unidos, que de hecho tiene una alianza preferencial con el Reino Unido pero subordinándolo por completo a su política y dándole la posibilidad de reunir grandes fondos financieros en los offshore de capitales fugados del mundo, y así integrarlo con preferencia al conjunto mundial bajo su mando, y ahora incorporando plenamente a Japón y a la UE que ellos mismos habían creado en la posguerra, y para debilitar a la UE, con el Brexit le quitaron el Reino Unido con el Brexit y tratan de aislar a China. Los demócratas apuestan a esta salida, cuidando los tiempos para concretarla, y los republicanos son los más opuestos a cualquier forma de independencia regional del sur del continente, y dispuestos a empezar a integrar al conjunto de América, que empezó por transformar el TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) en un Tratado MEC que dio algunos beneficios a México.

Como se comprenderá, el mayor obstáculo para el Mercosur, como sucede ahora con el porvenir de la UE, es el interés de EE.UU. en constituir un mercado mundial propio, y su mayor aliado para hacerlo es la derecha sudamericana, que en la actualidad parece tener su máxima expresión en la Argentina, en la coalición del PRO contra el peronismo, actualizando la guerra civil larvada desde hace casi 80 años, que iniciada en 1945 contra el peronismo, dio lugar a los cruentos golpes de Estado militares de 1955 y 1976. El objetivo de esos golpes presuntamente democráticos siempre fue el de erradicar políticamente al peronismo, ahora concentrados en los golpes de mercado en defensa de la iniciativa privada  empresaria, exclusiva, la suba de los precios y la baja del salario, ayudada por la mayoría de medios de comunicación a entero servicio de la clase social dominante que, como en el fascismo, han logrado que muchos de los más perjudicados por esa política crean en ella, después de haber casi extinguido la posibilidad del Estado de regular y contener los precios. Esta es una tendencia general del capitalismo, profundizada en la Argentina con una inflación estructural y otra inducida que lleva al núcleo empresario dominante a través de los frentes políticos pro empresarios a realizar políticas represivas que no podrían tener lugar sin ayuda de los medios.

De ahí que esta exposición deba concluir en un intervalo que incluya un análisis provisorio de la inflación, a ampliarse en  próximas notas. Para eso, hay que empezar a recordar qué es una moneda. Para salir de la vida en círculos en que se compartía una producción reducida y poco variada sin ninguna clase de propiedad y que evolucionó hacia el trueque entre los distintos círculos, en que cada humano que lo necesitaba buscaba otro producto que considerara de igual valor, todavía muy lejos de su universalización. La sociedad humana empezó a desarrollarse con la generalización del intercambio, que dio nacimiento a la propiedad privada y a la moneda, una mercancía particular, que en el mercado, sirve para ampliar el intercambio. En el mercado, los participantes no son iguales, porque tienen ingresos distintos. Con el intercambio desigual, la acumulación de moneda por una minoría se convierte en capital monetario y se invierte en producción, que encuentra su contrapartida en el consumo masivo y la inversión del capital en reponer, agrandar y aumentar los medios de producción y la contratación de trabajadores. Para comprender la inflación, hay que entender que en una economía nacional, la moneda nacional necesita un respaldo en reservas del Estado Nacional. El respaldo en un principio se buscaba en el oro, un producto de valor consistente y similar en cualquier economía, pero desde la organización del capitalismo, sólo pueden alcanzar suficiente respaldo las economías con gran comercio o industrializadas y las menos desarrolladas deben apuntalarlas con el endeudamiento en divisas (una moneda de un país industrializado con suficientes reservas),  comprándolas con una producción de menor valor. Por eso, la moneda nacional depende del tipo y variedad de la producción nacional.

La inflación es primordialmente estructural porque se origina en la producción, ya que la moneda es consecuencia de la producción. Por eso, pretender superar la inflación cambiando de moneda es una estupidez, ya que una moneda que no surje de la propia producción, hay que comprarla. Proponer la dolarización es facilitar la compra de dólares a la minoría que puede hacerlo. La política del PRO y de sus aliados, como la de toda la derecha y de los golpes militares, es permitir dolarizar, posibilitar la fuga de esos capitales, contraer deuda pública para reponerlos y obligar a la mayoría de menos recursos a pagarla, endeudando a toda la sociedad a través del Estado. La deuda se origina en la excesiva emisión para monetizar la ganancia, financiar la compra de dólares para fugarlos y pagar la devolución de la deuda privada y sus intereses, y en monetizar el pago de salarios y el gasto social. La política económica de la derecha se concentra en favorecer al capital a través del ajuste continuo, y los medios de comunicación a su servicio se encargan de convencer a la población que sólo el gasto público es responsable de la emisión (no la originada en la ganancia y en la deuda) y por eso exigen achicar el Estado.

Esto es complicado de entender, aún entre los especialistas, porque el capitalismo convirtió la ciencia social de la Economía (Adam Smith, David Ricardo y Carlos Marx, con muy distintos enfoques) en una práctica empresaria desligada de lo social y basada en un mercado dominado por una minoría no mayor al 1% de la población, apoyada teóricamente por el monetarismo y encaminada a sostener y agrandar la ganancia del capital e insistir en que la inflación se origina exclusivamente en la emisión por el gasto del Estado en educación, salud, jubilaciones y en la que requiere la suba de salarios, que es lo mismo que habilitar la emisión sólo destinada a subir las ganancias y contrapesarla con menor emisión bajando gastos sociales e ingresos laborales. Así entendida, la emisión es la base de la inflación, pero como lo que se emite es moneda, su origen es la producción, y como una parte del valor de la producción se destina a la ganancia, el monetarismo lo oculta presentándola como resultado de la emisión destinada al gasto social.

En su charlatanería, el monetarismo construye una supuesta técnica para explicar la inflación que anula su carácter social y que afecta a toda la sociedad, y entre otras cosas, distingue una presunta inflación núcleo, que no es más que la suba de precios más difícil de regular, o más apoyada por la actividad empresaria, y cuando la inflación se agudiza se convierte en una impotencia que llega a ser inexplicable, pero que no tiene nada de misterio. Y si bien la inflación es imposible de erradicar completamente en el sistema capitalista porque proviene del desequilibrio entre el capital destinado a la producción respecto a la demanda, el mayor uso del capital especulativo, que busca ganancias ficticias sin agregar valor, desemboca en subas y bajas bursátiles, y lleva a las empresas a comprar sus propias acciones en la bolsa para sostener la valorización ante las bajas, convirtiendo también en ficticio a una parte de su capital. El viceministro de derecha de AF, Gabriel Rubinstein, reconoció que el margen empresaria creció 30% en 2021 y 40% en 2022. Esa suba neta de la ganancia obliga al BCRA a emitir más, y la insistencia del capital en bajar la emisión a través del gasto público y casi eliminarlo y de una nueva legislación laboral más laxa, es para contrarrestarla con la emisión que respalda el gasto público.

De ahí también el convencimiento de que hay una inflación, cuando la suba de precios se construye día a día. Los analistas pagados por las empresas y conceptuados como especialistas, o los profesionales formados en el monetarismo de la economía al servicio del capital tratan de construir esa suba de precios fomentando las expectativas de las empresas e instándolas indirectamente o no tanto a subir los precios.   

El llamado neoliberalismo fue una reformulación del capitalismo cuando en octubre 1973 tuvo lugar la crisis del petróleo. La OPEP decidió un embargo petrolero a Occidente en respuesta del apoyo de Estados Unidos a Israel en la guerra de Yom Kipur, el día más sagrado del judaísmo, iniciada el 6/10/73, después que con la Guerra de los 6 Días de 1967, Israel aumentó su territorio, gracias a su incrementada capacidad militar. El aumento de los precios del crudo y la inflación inducida contribuyó a bajar el crecimiento económico y el empleo, que puso fin al Estado de Bienestar de la posguerra, y coincidió con la derrota de Estados Unidos en Vietnam y el Watergate (que llevó a renunciar al presidente Nixon en enero 1974), y con el ascenso de Perón a la tercera presidencia, resultado de las luchas de masas y el Cordobazo de 1969. El peronismo antes había sido proscripto, y la dictadura supuso que podría perder las elecciones (como sucede ahora con el esfuerzo de la derecha por acusar y condenar a CFK), pero el Cordobazo le permitió a Perón presentar una coalición presidida por Héctor Cámpora, que ganó las elecciones y que Perón, ya en el país, desbarató organizando otra elección con un triunfo peronista aún mayor, pero ese gobierno, caracterizado por la presencia de José Ber Gelbard como ministro de Economía y un plan económico de crecimiento heterodoxo alejado de los ajustes de la derecha, sufrió los ataques de la izquierda peronista a Gelbard y se desmoronó con la muerte de Perón, en julio 1974.

El avance social fue frenado por el Rodrigazo, plan económico ortodoxo monetarista al que debió acceder Isabelita, seguido por el golpe militar que instaló la dictadura de 1976, con expresiones similares en el Cono Sur, antecedido el 31/3/1964 por el golpe de Brasil, el 22/6/1973 en Uruguay y, sobre todo, el del 11/9/1973, que derrocó a Salvador Allende en Chile, parte del Plan Cóndor y de la doctrina de la Seguridad Nacional de Estados Unidos para retener su control ante la crisis del petróleo iniciada con la guerra de Yom Kipur. Los fundamentos de esa política económica, llamada neoliberal, los aportó Milton Friedman en la Universidad de Chicago con el monetarismo, que se aplicó primero en Chile con la dictadura de Pinochet.

Desde 1945, como resultado de la IIªGM, Estados Unidos transformó al capitalismo en un sistema mundial, que ya lo era potencialmente, porque el capital opera por encima de su nacionalidad, salvo cuando requiere apoyo para reprimir la resistencia a la suba de ganancias o para expandirse desde su origen, a través de la IED. Así, Estados Unidos se convirtió en la patria del capital mundial al someter al mundo a su dominio con su moneda nacional, el dólar, única con suficiente respaldo en oro. En los años ´70, en que se inició la crisis, el dólar ya no tenía pleno respaldo oro, y el crédito se apoyó en la expansión exagerada del capital financiero (con un paulatino aumento de la deuda) que primero pudo sostener el crecimiento en el centro, pero que en los años ´80 obligó a frenarlo con las políticas recesivas de ajuste de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, adelantadas y profundizadas en la periferia capitalista con los golpes militares, como el de 1976 en Argentina. Pero al ganar presencia el capital financiero respecto al productivo, se agrava la crisis por la contradicción fundamental del capitalismo, que para preservar la tasa de ganancia y agrandarla (porque debe pagar la deuda privada), achica la demanda del consumo masivo.

Notas: (1) Michel Augé-Laribé, “La Revolución agrícola”, introducción, UTEHA, México, 1960. (2) Ernst Nolte, “La guerra civil europea, 1917-1945”, FCE, México, 1994. (3) Hay mucha bibliografía sobre renta agraria general y en Argentina, pero hay una síntesis (aunque compleja) en Enrique Arceo, “Argentina en la periferia próspera”, Universidad de Quilmes, 2003. 4) Ver Página 12, 14/12/22.

Informe económico mensual

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2022 NOVIEMBRE proc. DIC. IPC INFLAC.

Los números comentados corresponden a noviembre, hoy congelamientos o cuidados, un respiro y suspiro con el resultado del mes y si todo sale como espera el gobierno, los alimentos deberían mostrar freno en los siguientes. Observamos otros indicadores, el CCL (dólar contado con liquidación) y Riesgo País y la Tasa de Interés.

Ciclo Massa en plena combustión, los resultados de la gestión se empiezan a sentir, el congelamiento es la jugada más fuerte. Los resultados significativos aparecerán en los próximos meses. Es un decir, pero es lo que esperan en el gobierno.

La inflación de noviembre disminuyó respecto de octubre. Los once meses del 2022 son para el olvido, que por supuesto nadie olvidará. La marca del acumulado del año se destaca claramente de los últimos años, obviamente en el próximo año con bandera electoral otros ruidos y otros tiempos. Repetimos, la inflación ofrece un primer resultado palpable, con cada peso se adquieren menos bienes y servicios. La inflación reduce a escombros el valor de los pesos en el tiempo. Además la inflación desordena los salarios, y termina afectando la distribución de la renta. Algo así como una peste mayor.

 El Riesgo País elevado, promedió noviembre en 2.443 puntos, en el mes  bajó el  -9.9 %. Valor complicado pero veámoslo como una pequeña mejoría.

Inodoro y Mendieta son dos craks en cuestiones de metáforas, es por eso que finalizando el año y con el título mundial en el bolsillo, ambos reflexionan tratando de llevarnos a los próximos años con la participación de Eulogia.

Eulogia: “¿Por qué le tiene tanta ojeriza al agua, Pereyra?”

Pereyra: “Por el recuerdo de mi bisagüelo”.

Eulogia: “¿El indio?”

Pereyra: “No. El que vino del Viejo Continente”

Eulogia: “¿Uropa?”

Pereyra: “No…La Atlántida” “El continente que se hundió. Mi bisagüelo se vino a tiempo. Empezaron a aparecerle manchas en el rancho. ¡Y él se creiba que era humedad de cimientos! ¡Y era la mar que le estaba garroniando la casa!”

Mendieta: “¡Que lo parió!”

Mendieta reflexiona: ¿Se asocia el agua con la inflación?

Trastorno post-traumático. Cómo se instala en la construcción de la subjetividad (I)

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Hablar de la construcción de la subjetividad y de construcción de la identidad, fácilmente puede resultar una tarea confusa porque pareciera que ambas se superponen, o tal vez una es consecuencia de la otra. Se hace imprescindible para este desarrollo agregar también el concepto de construcción del yo.
En principio hay que tener en cuenta que todas estas construcciones establecerán su residencia en la memoria y esta está ligada fundamentalmente a lo emocional.
Estas construcciones no son otra cosa que la generación de registros simbólicos de la realidad, de nuestra realidad, de la realidad de cada individuo, guardados e interrelacionados entre sí. Estos registros se guardan como símbolos afectivos, establecidos desde un código binario placer-displacer con infinitas posibilidades de gradaciones, que constituirán un continente simbólico que en parte será registrado en la consciencia y en mucho mayor medida será inabordable de manera conciente (entendiendo que conciencia es el conocimiento que se tiene de sí mismo, y consciencia es conocimiento compartido). Nos referimos entonces a información que se encuentra en el subconciente y que, imperceptible pero permanentemente, preside nuestras emociones y nuestras acciones en la interacción con el resto de los seres vivos y con el medio ambiente.
Cuando hablamos de la construcción de la subjetividad, la palabra subjetividad adquiere un valor totalizador, nuestra subjetividad será el conjunto de nuestro continente simbólico. Ella gobernará nuestra afectividad en la relación con las cosas y las gentes desde las sombras, para algunas culturas será ‘el alma’.
Ella es la que nos de el tono afectivo ante el mar o la montaña, ante la música o las gestualidades, y está formada por partes importantes como la identidad y, parafraseando el lenguaje psicoanalítico, el yo y el superyo. El yo es identidad y también es pertenencia.
El universo de lo sensible que hay en cada ser humano, todo lo que puede provocar una emoción está determinado por su subjetividad que le da su particular forma de vivir cada experiencia, real o abstracta. La subjetividad se construye a partir de las experiencias vitales percibidas por cada individuo y estas se simbolizan binariamente en la memoria desde un código placer displacer como decíamos más arriba. Esto abarca la totalidad de las experiencias vividas desde nuestro nacimiento. A partir de la adquisición del lenguaje, aproximadamente a los cuatro años la subjetivación puede estructurarse acompañada de un relato.
Siendo la condición de nuestra especie necesariamente gregaria, ya que no podríamos sobrevivir de otra manera, los vínculos parentales y comunitarios no solo nos permiten sobrevivir, sino que tienen un impacto muy importante en nuestra subjetivación con el valor de una imprimación. Como consecuencia de estos vínculos tenemos por una parte, el sentimiento de pertenencia a ese grupo parental y a esa comunidad que nos contiene, y por otra, el reflejo en ese espejo que son nuestros semejantes, tenemos en ellos una parte importante de nuestra identidad, eso que nos hace idénticos a, pertenecientes a; pero no como un elemento amorfo de ese conjunto, sino acompañado de una consciencia individual, y aquí entra el tema de la construcción del yo. El yo, que se construye con los mi: mi mamá, mi teta, mi papá, mi hermano, mi juguete. Este vínculo más que de propiedad, emocional, que construimos con la otredad y con las cosas, en una tarea permanente que solo se acaba con el fin de la vida. Y también con el superyo, ese catálogo de límites a nuestro deseo que asumimos como propio.
Psicoanalíticamente el ‘ello’ tiene que ver con la conducta instintiva, lo pulsional, algo que existe atávicamente en nuestra conducta simplemente por pertenecer a la especie humana, el conjunto de deseos que están en nuestra naturaleza. Esto no está dentro del campo de nuestra subjetividad, es anterior a ella, no se puede construir, es marca de fábrica. El yo y el superyo sí se construyen; forman parte de nuestra subjetividad, tienen que ver con el desarrollo y la modulación de ese deseo que expresa el ello, la administración de esos deseos, la de la frustración si no son satisfechos (el yo) y los frenos inhibitorios (aquí está el superyo) que ponen límite al deseo controlándolo o incluso censurándolo.
Entre el sentimiento de pertenencia y la estructura yoica/superyoica se construye la identidad.
¿Pero entonces, solo estamos construidos desde el atavismo que representa el temperamento que nos impulsa a responder de manera particular antes los estímulos, simplemente como una respuesta desde adentro hacia afuera o hay algo más? Por supuesto que hay algo más, algo tan importante que puede formatearnos de tal manera que puede inclusive anular algunas de nuestras respuesta naturales. Esto tiene que ver con lo que el antropólogo Roger Bartra llama el exo-cerebro, y es nada menos que la cultura.
La cultura que nos es transmitida de manera imperceptible pero intensa por parte de nuestros criadores, sean o no nuestros progenitores. Ellos son los que nos muestran los límites al deseo, la ley, los que nos acompañan y nos generan nuestras primeras frustraciones y muchas otras sucesivas, nos producen los microtraumas que cumplen una función educativa, y también nos enseñan el afecto.
A la vez que establecen un vínculo con nosotros, nos muestran modelos vinculares con los otros integrantes de la comunidad que quedan registrados en nuestra subjetividad como significantes. Estos significantes son nuestro arsenal simbólico para enfrentar la interacción con la realidad externa a nosotros, la realidad general a todos.
Cuando experimentamos una vivencia que no tiene significantes previos y ocupa todo nuestro espacio psíquico, esta experiencia que ingresa a nosotros desde la i-rrealidad, no tiene como ubicarse en nuestro archivo simbólico emocional y toma símbolos prestados; esto constituye el trauma. Pero eso será tema de otra columna.

La vuelta de Lula y la política exterior brasileña

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El nuevo gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva comenzará su gestión con un desafío que no será difícil de llevar adelante: revertir el aislamiento y el desprestigio internacional y regional que marcaron la política exterior brasileña durante los últimos cuatro años. El viraje que deberá realizar la nueva administración comprenderá dos tipos de tareas –algunas más accesibles que otras– y un desafío mayor. La primera y más indispensable consistirá en el desarrollo de medidas urgentes de carácter administrativo y contable. Brasil debe cumplir con una serie de pagos asociados a su pertenencia al sistema multilateral mundial, especialmente a la Organización de las Naciones Unidas (ONU). El desprecio del gobierno del presidente Jair Bolsonaro por la gobernanza global ha producido una deuda realmente vergonzosa para un miembro no permanente del Consejo de Seguridad (2022-2023) que, de no ser afrontada, podría generar la suspensión de su derecho a voto en diversos organismos pertenecientes a la ONU. 

El segundo grupo de tareas que deberá encarar el nuevo gobierno tampoco ofrece mayores dificultades. Se trata de aquellas asociadas a la recuperación de los marcos institucionales, normativos y de presencia política que reinstalen al país en el lugar que le corresponde. En definitiva, Brasil debe reasumir las posturas y los principios de la convivencia internacional –como el compromiso con la paz, los derechos humanos y el desarrollo– que guiaron su acción durante muchas décadas, eliminando los vestigios de los posicionamientos bolsonaristas que hicieron de Brasil una caja de resonancia de las visiones de la extrema derecha internacional. Estas serán tareas estimuladas por el impulso de reconstrucción de la institucionalidad republicana del frente electoral que proporcionó la victoria presidencial a Lula en octubre pasado. En este caso, se espera que se refuerce la vinculación de estos posicionamientos con el marco democrático inclusivo del gobierno entrante, lo que significará darles lugar y voz a los movimientos y grupos sociales, de género y de diversidad étnico-racial. En términos temáticos, no es difícil anticipar que la agenda ambiental ocupará un lugar de primer orden. De hecho, la presencia de Lula da Silva en la reciente Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP27) fue el gesto que marcó el punto de inflexión respecto de la posición bolsonarista. La promesa de realización de una reunión semejante en Brasil muestra la intención de protagonismo global en la agenda de cambio climático, que viene reforzada por la presencia de la referente Marina Silva para la formulación de la política ambiental a partir del 1 de enero de 2023.

Tampoco será un problema identificar las decisiones de política exterior que reconduzcan a Brasil a su condición de poder regional con agenda global. Los pasos previsibles serán limpiar el polvo de las sillas abandonadas por el gobierno de Bolsonaro en la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) y en la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), dar impulso al Tratado Amazónico de 1978, restablecer la representación diplomática en Caracas y movilizarse para dar respuesta a la crisis haitiana. En el tablero de la gobernanza global, el lugar en el Consejo de Seguridad de la ONU durante 2023, la presencia en el grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica) y la preparación para la Cumbre del G-20 en Nueva Delhi en septiembre de 2023 –con vistas a que Brasil sea anfitrión en 2024– serán también tareas importantes. A ellas se sumará la de desarrollar un lugar constructivo en la Organización Mundial de la Salud (OMS) y en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra. 

El contenido y alcance de la acción internacional brasileña durante el periodo 2003-2010 constituye el referente que otorga fundamentación y sentido de continuidad a una narrativa progresista, anclada en el mensaje de que se «volvió al futuro». La pregunta esencial es si la reactualización de los principios de «soberanía, desarrollo y democracia», que marcaron las acciones internacionales de los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), alcanzarán para generar ese proceso en el presente. De prevalecer un envión renovador y transformador, será crucial ampliar las capacidades de dialogo y acción entre el Ministerio de Relaciones Exteriores y diversos ámbitos de la política pública estatal, tanto en el nivel nacional como en el subnacional. Asimismo, será necesaria la vinculación con los grupos organizados de la sociedad brasileña, especialmente del movimiento feminista, la población negra y los pueblos indígenas. 

Los actores y movimientos sociales representan un pilar político medular del PT y de los partidos de centroizquierda de la coalición vencedora. Estas fuerzas han incrementado su voz en los intercambios de ideas y proyectos en todos los temas de gobierno, incluido el campo de la política exterior. Para simbolizar el desembarco del nuevo gobierno el 1 de enero de 2023, la toma de posesión de Lula en Brasilia proyectará la imagen de un gran arco inclusivo que combine diversidad racial y multiculturalismo. Sin embargo, será fundamental precisar qué idea de futuro está encadenada a la noción de cambio de época. Y para ello habrá que evitar en los próximos años que esa noción sea apenas una manifestación de intenciones y se mantenga en un nivel cosmético. 

El desafío principal

La mayor prueba para el nuevo gobierno de Lula será la de construir una visión de mundo que otorgue un fundamento y un contenido propiamente político a su proyecto internacional. En este caso, el desafío consistirá en darle forma, identidad y sustancia a lo que en relaciones internacionales se llama una «gran estrategia».

El contexto internacional actual presenta una rara combinación de crisis y movimientos de transformación que abre posibilidades de definición de rutas de política internacional que implican simultáneamente oportunidad y riesgo. Cada día resulta más evidente que el corto ciclo de la Posguerra Fría –con su ideal de convergencia política y económica asentada en una promesa universal de que la seguridad, la equidad y la justicia constituirían los pilares de un «nuevo orden» liderado por Estados Unidos– ha terminado. La creciente pugna entre Estados Unidos y China –más alentada por un Washington declinante que estimulada por un Beijing ascendente– revela que la transición de poder e influencia moldea un interregno en el cual, siguiendo a Gramsci, afloran los «síntomas mórbidos» del sistema global. En tal coyuntura se despliegan fenómenos, fuerzas, contradicciones y procesos que no condicionan por igual a todos los actores internacionales, pues aún hay espacio para la agencia y para una relativa autonomía de aquellos países y regiones que puedan sortear las restricciones y aprovechar las ventajas. Sin embargo, y a diferencia de la primera década del siglo XXI, se han reducido la difusión y fluidez del poder a escala internacional, en especial en el último lustro. Esto hace más arduo, costoso y vacilante el ingreso de los países del Sur global al círculo de los actores que concentran la mayor capacidad de incidencia en los asuntos mundiales. Esta situación limita las chances de un multipolarismo inclusivo.

Frente a este escenario volátil, precario y ambiguo, Brasil podrá recorrer caminos distintos en función de las orientaciones dominantes de su política exterior. Actualmente están dadas las condiciones para elegir líneas de acción que impliquen sumar al país como un jugador de estatura de poder mediano a «partidas» que ya han comenzado y que cuentan con un conjunto de «cartas» colocadas sobre la mesa. El punto de inicio de esta elección es reconocer las diferencias que se plantean en el presente cuando se evoca la idea de multipolaridad que prevalecía hace dos décadas. El cuestionamiento al orden liberal internacional podía generar presiones y fricciones, pero no ofrecía riesgos mayores de colisión. Pero en la actualidad, la difusión y fluidez del poder que otrora acompañabna el surgimiento y despliegue de los poderes medianos han sido reemplazadas por una lógica rígida de polarizaciones que reduce el margen de autonomía de las potencias medias.

Una alternativa sería la adopción de un rol positivo y funcional que identifique formas de contribuir a frenar la crisis y el declive del orden liberal internacional, lo que conduciría a Brasil a una opción «occidentalista». Es importante que se aclare que esta preferencia se traduce más en la dirección de una mayor cercanía y no de un un seguidismo automático de Occidente. En el discurso que brindó tras su victoria electoral, Lula hizo referencia a Estados Unidos y a la Unión Europea y no mencionó ni a China ni a Rusia. Entre las principales aspiraciones que destacó en su discurso se encuentra que Brasil sea parte de la ampliación del Consejo de Seguridad de la ONU. 

El tema de la reforma del Consejo de Seguridad lleva décadas postergado, pero en la alocución de septiembre de 2022 ante la Asamblea General de la ONU, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció la voluntad de su país de procurar que se aumente el número de miembros permanentes (y no permanentes) del Consejo. Ya en 2021, en todas las votaciones de las resoluciones de la Asamblea General, Brasil tuvo un inusitado nivel de coincidencia con Estados Unidos. El porcentaje de coincidencias de toda América Latina y el Caribe con Washington fue de 34%; Brasil coincidió en 42% de las votaciones, solo emulado por Guatemala y superado por Dominica, que llegó a 45%. Habrá que ver el comportamiento del país a partir de 2023. En 2019, el gobierno de Donald Trump designó a Brasil aliado extra-OTAN y ese mismo año el gobierno brasileño firmó un acuerdo de cooperación con la Guardia Nacional del Estado de Nueva York y acordó con Estados Unidos el uso de la base de Alcântara para fines espaciales. Preservar o eventualmente profundizar la dimensión de defensa entre Washington y Brasilia será una señal relevante a evaluar en el futuro. Atender o no el deseo de Washington de que el país sudamericano contribuya con fuerzas militares o policiales a una nueva misión en Haití se ha presentado en la agenda de conversaciones bilaterales antes de la asunción de Lula da Silva para su tercer mandato presidencial. Al mismo tiempo, las afinidades entre Biden y el ex-dirigente metalúrgico respecto al cambio climático son evidentes. El interés de Estados Unidos de integrar y aportar al Fondo Amazonia, junto con Noruega y Alemania, es parte de esa sintonía. Al mismo tiempo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) anunció en junio de 2022 la «adopción formal de la hoja de ruta para la adhesión de Brasil» y otras naciones. ¿El nuevo gobierno podría agilizar y acelerar ese ingreso a la OCDE como señal de su disposición más «occidentalista»? 

Un eventual acercamiento al círculo de poder de Occidente se puede comprender, en parte, como la expresión de un fenómeno combinado de reciprocidad y necesidad. Antes del triunfo de Lula, quienes más alzaron la voz para defender la legitimidad del proceso electoral y el respeto al Estado de derecho en Brasil fueron las principales potencias de Occidente. A su vez, ante los niveles de polarización existente, Lula seguirá requiriendo del respaldo visible y activo tanto de Estados Unidos como de la Unión Europea. Países como Alemania, Francia, España y Portugal ya han mostrado su disposición a reforzar los vínculos con el gobierno entrante. La cuestión será cómo encajar este apoyo en una lógica de lo que Robert Kehoane llamó la «reciprocidad difusa», lo que implica «algo más» que reforzar un discurso que subraye afinidades entre la democracia brasileña y el sistema de creencias del cluster mundial de promotores de la democracia liberal. La disposición a robustecer lazos con el nuevo gobierno brasileño ha sido manifestada por «pesos pesados» del orden internacional, empezando por Estados Unidos y Alemania. Hay, en tal sentido, un abanico de posibilidades que podrían incluir tanto la reapertura de la negociación del acuerdo Mercosur-Unión Europea –para reforzar concesiones en cuestiones de cambio climático–, como generar espacios de avances promisorios en el campo de la economía digital o, incluso, abrir nuevas agendas de comercialización de equipos militares. La Unión Europea deberá definir quién orienta el relanzamiento de un compromiso hoy en hibernación: París parece más inclinado a no avanzar, mientras Berlín se muestra más inclinado a impulsar el acuerdo de 2019.

De todas formas, la adopción de un camino de este tipo por parte de Brasil significaría una bajada de tono importante con respecto a las posturas de cuestionamiento al liberalismo que marcaron la política exterior de los primeros gobiernos de Lula, además de lo que fuera la apuesta importante a una multipolaridad inclusiva a través de la actuación en grupos como el Foro Trilateral IBSA (India, Brasil, Sudáfrica) y BRICS y el acercamiento a países con presencia internacional como Irán, Turquía e India. Los tiempos ya no son los mismos y los espacios de negociación se han restringido en el contexto de una rivalidad agudizada entre los principales polos de poder mundial. La guerra en Ucrania se ha convertido en un desasosiego que presiona a la comunidad internacional en dirección a prescripciones militarizadas y securitizadas que son muy dañinas para el Sur global. Sin poder librarse totalmente de estas constricciones, existe la posibilidad –y la oportunidad– de que el Brasil de Lula preserve su libertad de acción, buscando al mismo tiempo reforzar un sentido y una orientación independiente y propia. Se menciona, por ejemplo, la iniciativa de asumir un rol protagónico en el frente de la seguridad alimentaria articulando el combate contra el hambre en el plano doméstico con un aporte mundial productivo en la materia.  

En este mismo contexto se proyectan con imponente gravitación las relaciones con China, que presentan nuevos retos. Tanto para Beijing como para Brasilia es más deseable que sus respectivos vínculos se desarrollen dentro de una dinámica intracapitalista de competencia económica y tecnológica, evitando la contaminación derivada de una lógica bipolar de rivalidad geopolítica. Hoy por hoy, China expande su interés en América Latina sobre la base de un tejido que combina el multilateralismo informal (por ejemplo, las cumbres Celac-China) y bilateralismos jerarquizados –con Brasil a la cabeza, seguido por la tríada Argentina, México y Colombia– y mediante acuerdos específicos en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Brasil no podría afrontar los costos que significaría revertir el peso económico-comercial de la relación con China. Tal constatación, entretanto, no implica ignorar la necesidad de encontrar maneras de reducir la dependencia del mercado chino como también de recuperar competitividad en los mercados regionales: la reprimarización de la economía brasileña ha provocado daños para nada insignificantes. En consecuencia, para Brasil será esencial trabajar en conjunto con los socios del Mercosur, en especial Argentina, para imprimir un sentido estratégico a la «sudamericanización» de cadenas de valor.

Otra alternativa para el gobierno de Lula será la de optar «por el Sur». Brasil en general y Lula en particular tienen suficientes credenciales para recuperar y potenciar su condición de poder emergente del Sur global. Si Brasil desea revitalizar su proyección, debería asumir un papel más activo, por ejemplo, en la expansión de lo que se considera el «BRICS plus»: hasta el momento, los motores para la inclusión de nuevos miembros son China y Brasil, pero estos han venido desempeñando un papel relativamente pasivo. Habrá que ver si Brasil quiere o puede invertir en reimpulsar el alicaído IBSA, cuya última declaración de relevancia fue la de 2011. Los foros que otrora fueron auspiciados por Brasil, como los encuentros de los países de América del Sur con el mundo árabe y con África, llevan postrados más de un lustro, en parte por la autodestrucción de la Unasur, que tuvo a Brasil como un protagonista relevante del colapso, y por el retiro del país de la Celac. Relocalizar otra vez en la Unasur las agendas de convergencia sudamericana en temas como la defensa y salud pública, sumando ahora el cambio climático, depende de la reactivación y actualización de la diplomacia regional brasileña y de una desideologización efectiva de los ámbitos subregionales de concertación. 

Volver a estimular los foros regionales de relacionamiento exige voluntad política, recursos materiales y temarios sustantivos que incluyan las voces de actores no estatales. Es probable que el gobierno de Lula tenga disposición a recrear esos espacios, pero es difícil pensar que lo podrá hacer de modo unilateral. En ese sentido, habrá que observar hasta qué punto la vecindad (el Mercosur, Sudamérica, Latinoamérica) acompaña a Brasil en ese empeño y en qué medida Brasil convoca a sus vecinos. Nuevas pautas de reciprocidad, inclusión y distribución serán necesarias si este esfuerzo implica asegurar un liderazgo regional legitimado. Además, será muy importante que, en paralelo, se profundicen ciertos diálogos bilaterales, muy especialmente aquellos de refuercen el compromiso de Brasilia con la paz regional. Dos buenos ejemplos son el de la postergada presencia de Brasil en el llamado proceso de «Paz Total» en Colombia, impulsado por el gobierno de Gustavo Petro, y la regeneración del diálogo y la cooperación con Argentina en temas centrales y sensibles. En esta misma dirección, para Brasil sería recomendable revertir la militarización que actualmente domina las políticas de frontera del país –en particular en las áreas amazónicas–, que perjudica las interacciones sociales transfronterizas y securitiza el tratamiento de las cuestiones migratorias. En algún momento, Brasil y los países latinoamericanos deberían abordar conjuntamente un diagnóstico y una iniciativa en materia de drogas ilícitas y crimen organizado: los temas delicados no se diluyen a pesar de que se los omita.

Para Brasil, América Latina y Asia constituyen hoy los espacios cruciales en materia comercial. Entre los principales diez destinos de las exportaciones brasileñas están China (primero), Argentina (tercero), Chile (quinto), Singapur (sexto), Corea del Sur (séptimo) y México (octavo). Y entre los diez principales orígenes de las importaciones están China (primero), India (quinto) y Corea del Sur (octavo). En breve, una inclinación más «sureña» de Lula da Silva significaría, en la política exterior del país, recobrar la relevancia de la región y diversificar el tejido de vinculaciones con Asia. La opción «por el Sur» no necesita colisionar con otras cartas que quiera y pueda jugar Brasil. Hay algunos interesantes trabajos académicos que muestran que la opinión pública en Brasil se inclina por diplomacias de equilibrio más que por abrazar a tal o cual país o a tal o cual conjunto de naciones. Incluso hay actores domésticos de peso que, de modo pragmático, no quieren perder mercados de exportación como el de China. Y hay también sectores industriales competitivos que buscan ampliar el comercio con África: según algunas estimaciones, el intercambio con ese continente podría duplicarse en los próximos años. La cooperación con Beijing se hizo extensiva a la Antártida: la reconstrucción de la base brasileña en ese territorio fue construida por una empresa china en 2020 para agrado de civiles y militares en el país.

América del Sur también quiere y necesita redefinir su inserción internacional y, en ese sentido, la vuelta de Lula al poder podría significar un acompañante clave y decisivo para pluralizar políticamente y diversificar materialmente las relaciones exteriores de la región. Fue bajo iniciativa de Brasil que, en 1986, se creó la Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur, fue durante el mandato de Lula cuando esa zona se dinamizó, y fue el gobierno de Bolsonaro el que la localizó en un lugar irrelevante de la agenda externa brasileña. ¿Quiere Lula reimpulsar este compromiso ribereño de 24 países de la Cuenca del Atlántico Sur para asegurar la no proliferación en el área y evitar las disputas entre las grandes potencias en esta porción importante del Sur global? ¿Tendrá la voluntad, la creatividad y el compromiso el entrante gobierno para proponer ante la comunidad internacional nuevos conceptos más cercanos al Sur en materia de invocación a la fuerza legítima en un ámbito multilateral? No hay que olvidar que la guerra en Ucrania –desde la invasión ilegal de Rusia hasta la proxy war alentada por Occidente– ha significado un duro golpe a un multilateralismo ya jaqueado desde hace años –mucho más por el comportamiento de los más poderosos que por las acciones de las naciones con menos poderío–.   

Algunos puntos claves sobre el porvenir

Desde el punto de vista conceptual, la opción de buscar un espacio independiente y soberano de actuación en un contexto de polarizaciones geopolíticamente demarcadas ha merecido diferentes rúbricas, tales como el «no alineamiento», la «equidistancia» y la «neutralidad». También se han combinado estas posibilidades con una comprensión de los intereses propios que se desea defender y lo que se busca eludir. Esto introduce el pragmatismo como una línea de conducta más adecuada. La idea de que se estaría iniciando una nueva Guerra Fría en el escenario mundial ha otorgado relevancia a ese tipo de reflexión, recordando que el pragmatismo se asemeja de algún modo al colesterol: puede ser bueno o malo, según implique la apertura de alternativas de acción o la aceptación del ajuste a lo establecido en el ámbito internacional. Por ello mismo, habría que indagar hasta qué punto es inexorable aceptar como principal (y casi única) forma de racionalidad del escenario internacional la contraposición de polos, traducida por la insistencia de Washington en que es y será irreversible la pugna entre Estados Unidos y China.  En simultáneo, se ha instalado una lectura exacerbada de la geopolítica mundial por parte de las potencias europeas que justifica la creciente militarización a partir de la guerra en Ucrania. De ambos lados del Atlántico las polarizaciones se han securitizado e ideologizado, lo que genera nuevas presiones sobre gobiernos que comparten los mismos valores democráticos, pero difieren de tales interpretaciones bélicas que refuerzan la fatiga con la paz. Esas interpretaciones estrechan los márgenes de maniobra y generan nuevas restricciones sobre una actuación internacional que pretende una autonomía sustentable. Para el nuevo gobierno brasileño, será esencial encontrar la medida adecuada de asociación y distanciamiento de Occidente, lo cual exigirá prudencia, temple y coraje. Sin duda, el apoyo de las potencias occidentales ganó nuevo sentido en la lucha doméstica contra la extrema derecha, pero ello no debería contribuir a debilitar o fracturar a la coalición partidista triunfadora de la reciente elección.

Además de apuntar a afianzar el reconocimiento de Brasil por su importancia política y su peso económico, la ampliación del acceso a mercados y a tecnología de punta será fundamental para la valoración del país como un poder regional. En este caso sería aconsejable que se avanzara paralelamente en diferentes modalidades de vínculos con su entorno geopolítico cercano y que ello signifique poner en marcha un regionalismo constructivo. Lula puede combinar un menú de modos de articulación y proyección en Sudamérica en particular y en América Latina y el Caribe en general. Hay un ámbito vecinal inmediato que Brasil puede desplegar con acciones bilaterales positivas y un comportamiento «minilateral» propositivo. Un imperioso relanzamiento con componentes prácticos y realistas en la relación con Argentina es un ejemplo de lo primero, mientras que un ejemplo de lo segundo es la urgente reactivación de la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica con sede en Brasilia. La región espera un Brasil concertador y productivo, mientras padece el drama de un crecimiento conjunto de 0,8% promedio en la última década. América Latina ha sufrido por separado el dolor de más un de millón de muertos a consecuencia de la pandemia de covid-19, lo que representa casi una tercera parte de total mundial de las vidas perdidas. Nadie espera milagros, pero si consistencia, madurez y efectividad. 

Finalmente, el capital político inicial del nuevo mandatario brasileño dará lugar a una potente diplomacia presidencial. La novedosa presencia de la agenda internacional en los debates preelectorales ha revelado un lugar inusual para la política exterior en las definiciones del porvenir de Brasil. Además de recobrar la multifacética presencia del Estado, el nexo interno-externo involucra actores con voz propia tales como las corporaciones económicas, así como múltiples grupos y organizaciones sociales. La polarización ideológica interna en Brasil incide sobre estos grupos, lo que podría significar una fuente de múltiples tensiones, así como una oportunidad para la construcción de la paz doméstica. Hoy por hoy, el sentido progresista de esta diplomacia dependerá de la capacidad del nuevo gobierno para imponer un sentido social al proyecto democrático brasileño, con el acompañamiento de una reconfigurada proyección internacional y regional. 

 

Juan Gabriel Tokatlian y Mónica Hirst

Extraído de https://nuso.org/articulo/Lula-politica-exterior-brasil/

La adicción al estímulo

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Ya hemos dicho en una columna anterior que a-dicto es lo no dicho y que la adicción se genera en una carencia afectiva no necesariamente identificada por el adicto.
Esto lleva a la búsqueda de una conducta compensatoria que nos de una satisfacción
que en la medida en que es transitoria requiere repeticiones. Así, progresivamente, se va
configurando la adicción en la que nos hacemos dependientes de esas conductas
compensatorias, drogas, alcohol, compras, sexo, etc.
Hoy dentro de los etcéteras debemos incluir a los estímulos constantes que recibimos a través de los teléfonos inteligentes, las tabletas o las computadoras.
Posiblemente el sucedáneo de una cadena genérica de carencias que probablemente estén
ligadas a una baja autoestima epidémica.
Vivimos en una sociedad en la que el capitalismo pretende inculcarnos, a través de los medios de comunicación que posee, la cultura del éxito y la competencia, del glamour, de la juventud eterna e inclusive de la no aceptación de la muerte como final de la vida.
Solo vale ser campeón, número uno, ser segundo ya es deshonra. Como consecuencia el
99,99% que no somos número 1, no somos dignos. En ninguna sociedad competitiva puede
florecer la autoestima.
El estímulo permanente a través de las redes sociales, que poco tienen de sociales ya que nos llevan a un ejercicio solitario, casi masturbatorio, de vínculos con un universo numeroso pero ilusorio, la foto de una revista que a veces contesta; ocupa demasiadas horas de nuestro día, prácticamente todo el tiempo que estamos despiertos. El tema es que estas redes suponen espacios de pertenencia difusos, espacios irreales que solo están en
ellas y nos hacen querer estar en el ‘gran hermano’, sometiendo nuestra intimidad al escrutinio general con la infantil pretensión de ser vistos por alguien; deseo no verbalizado
pero sí groseramente explícito desde una patética carencia de autoestima, un soterrado pero desesperado pedido de ser confirmados por la mirada del otro. Tal vez el problema esté en que hemos cambiado el diálogo cara a cara por el chat, hemos sustituido el abrazo
y el apretón de manos por el like.
Alguien dijo que la vida es lo que acontece entre el estímulo y la respuesta. Habría que agregar a esto que el tiempo que media entre el estímulo y la respuesta puede ser variable y no necesariamente inmediato, porque el ejercicio de la vida también es elaboración, meditación, reflexión e inclusive aburrimiento.
El estímulo permanente impide el aburrimiento, el que nos sacaría de la rutina de una rueda de hámster en la que calculamos nuestra vida algorítmicamente, en una interacción mecánica con herramientas tecnológicas que a su vez nos estimulan con algoritmos surgido de la información de nuestro funcionamiento y de nuestros deseos iniciales que volcados a las redes informan a los que elaboran esos algoritmos. Luego pasamos a ser manejados por esos algoritmos que nos crean necesidades ficticias, nos indican que debemos hacer para pertenecer. Es la teoría del feedback de la cibernética, la perpetuación del circuito de retroalimentación negativa que lleva a un círculo vicioso.
¿Y para que sirve el aburrimiento? Por ejemplo para permitir la creatividad.
Aparentemente hay dos caminos para encontrar novedades en la ciencia y en la especulación filosófica, entendiendo que todos los humanos podemos pensar y generar conclusiones. Uno de los caminos es el heurístico, en el que tras una búsqueda ordenada finalmente nos encontramos con el objeto de la búsqueda, el otro, y aquí es importante el tiempo que pasamos aburriéndonos aunque no sea condición imprescindible, es la serendipia, el hallazgo de algo no buscado, pero que reconocemos como importante.
Posiblemente Isaac Newton contemplaba aburrido un manzano cuando el evento ocurrido desencadenó en él la cadena de ideas y cuestionamientos que dieron origen a su
teoría sobre la gravedad, luego demostrada.
La vida de cada ser humano es su historia afectiva, esto no es otra cosa que la búsqueda de aceptación por quienes considera su grupo de pertenencia.
El adicto pierde la empatía y se vuelve atrozmente individualista, solo existe para él su necesidad de consumir.
La pérdida de la empatía lleva necesariamente al aislamiento, solo ve su propio ombligo, con la adicción al dinero ocurre lo mismo. El aislamiento narcisista lleva en algún momento a la sensación de fracaso, a la soledad y a la depresión que no es otra cosa que la abolición del deseo, después de esto, el suicidio es posible.
En la autoexplotación que nos plantea la sociedad capitalista neoliberal no hay con quien enojarse ante el fracaso más que con uno mismo, magnificando así los sentimientos de frustración que atentan contra la generación del deseo.
Posiblemente la contradicción primordial de nuestra especie esté entre el miedo y el deseo. El deseo que nos impulsa hacia algo y el miedo que nos muestra el límite de lo posible o lo imposible según las posibilidades objetivas y según nuestras creencias expresadas en nuestra subjetividad. De su modulación y equilibrio dependerá nuestra estabilidad emocional, algunos lo llaman madurez.

Autoestima y política exterior

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En los últimos años los estudios internacionales han venido destacando la relevancia de la noción de autoestima y su vínculo con la política exterior. A partir del aporte de la psicología se ha buscado distinguir aquello que es propio del individuo. Una valoración personal positiva, que involucra sentimientos y percepciones, se consolida y refuerza cuando se alcanzan logros.

No se trata de ser mejor que otra, sino de poseer una visión favorable de una misma y de, reconociendo las limitaciones, esforzarse para obtener un resultado deseado y así preservar la autoestima. Esa idea, no sin tensiones y matices, se ha intentado analizar y proyectar para un conjunto mayor de individuos; ya sean grupos extensos o comunidades enteras.

En el terreno de la política internacional Richard Ned Lebow retomó el ideal griego del espíritu para destacar que la autoestima es una necesidad universal de los pueblos. A su vez, Alexander Wendt señaló que la autoestima colectiva es uno de los cuatro intereses objetivos—junto a la supervivencia, la autonomía y el bienestar económico—que hacen al interés nacional; lo cual influye en los alcances y límites que tiene un Estado en materia de política exterior.

En breve, es improbable que un gobierno opere en el frente externo sin contemplar el “sentirse bien” (well-being) de un colectivo nacional; algo que, a su turno, significa que la autoestima de solo unos pocos no debiera ser el foco del comportamiento internacional de un país.

Tres conceptos se asocian usualmente con la autoestima en los asuntos mundiales: la identidad, el carácter y la dignidad. La identidad y su proyección internacional—siguiendo a los constructivistas–remite a “quiénes somos” hacia el interior y hacia afuera, “cómo nos asumimos” hacia adentro y “cómo nos ven” externamente y “a qué aspiramos” en el plano doméstico y exterior.

El carácter nacional, para Hans Morgenthau, remite a las cualidades intelectuales y los rasgos distintivos que moldean la naturaleza y el temperamento de una nación. La dignidad, según David Steinberg, es un sentimiento común -frecuentemente ignorado por los grandes poderes- que remite a una aspiración “de ser tratado como corresponde”.

Resulta evidente que la autoestima se facilita si existen condiciones materiales y simbólicas que movilizan positivamente a las sociedades: la pobreza, el malestar, la exclusión y la injusticia no son fuente de estímulo para desplegar las fortalezas de una nación ni para revitalizar el prestigio de un país en las cuestiones mundiales. Es indudable que recuperar poder e influencia en el frente externo exige una capacidad enorme del liderazgo político para movilizar las energías sociales, culturales, generacionales, productivas en aras de reconstruir poderío nacional y reputación internacional.

También es claro que potenciar la autoestima nacional no implica un acto voluntarista ni demagógico. Es innegable, asimismo, que se debe estar atento para evitar dos derivaciones inquietantes de una estima desmedida y deforme: el narcisismo o el belicismo. Ambas pueden ser fatales para una nación, máxime en tiempos de crisis global.

En esencia, la autoestima colectiva es una condición necesaria, aunque no suficiente por supuesto, para que una nación genere, estimule y expanda los incentivos para acumular o reconstruir poder. En realidad, superar el declive o promover el auge demanda una autoestima reflexiva y razonable.

A esta altura son muy escasas las voces que dudan sobre el largo proceso de declive de la Argentina. Los datos son elocuentes. Entre muchos otros, según el Banco Mundial, el PBI de la Argentina en 1966 era el 9no a nivel mundial, en 1999 era el 16avo, y en 2019 -último año sin pandemia- fue el 27avo.

En 1960 el porcentaje del PBI de la Argentina en el PBI generado en América del Sur era del 37,9% (el de Brasil era el 26.4%); en 2022 es de 15.5% (el de Brasil es de 50.4%). Según el índice publicado en 2020 y elaborado por la Universidad de Porto sobre la calidad de las elites, la Argentina se ubicó en el puesto 31 entre 32 casos analizados. En un índice similar de 2022 elaborado por la Universidad St. Gallen, la Argentina ocupa el lugar 91 entre 151 países.

Sin embargo, y paralelamente, son cada vez más frecuentes y difundidas las voces de políticos, empresarios, comunicadores e intelectuales para quienes la Argentina es un país de fracasados que prácticamente no tiene destino alguno. A ello se subraya, recurrentemente, que lo mejor es irse al exterior, que hay una porción de la nación que es indeseable (por la razón que fuera) y que revertir nuestro declive es imposible.

Lo más probable es que no se advierta que todo ello resulta autodestructivo, que horada notablemente la autoestima colectiva y que dificulta la articulación de intereses y propósitos nacionales en la dirección de recuperar poder, influencia y credibilidad internacional.

Es paradójico que ad portas de un año electoral haya nulas convocatorias y referencias a un futuro más promisorio para todos y todas, a plantear un horizonte superador a partir de un esfuerzo constante y mancomunado, a invocar las potencialidades de las economías y comunidades regionales, a impulsar convergencias sociales y políticas prácticas con un número acotado de prioridades y a colocar en el centro de atención la importancia de la viabilidad nacional a largo plazo.

Sin autoestima colectiva, en los términos aquí planteados, será difícil emprender el sendero de la prosperidad en un contexto internacional muy complejo e incierto. Insistir en devaluar la identidad, el carácter y la dignidad del país es una fórmula perfecta para seguir postrados.

 

https://www.clarin.com/opinion/autoestima-politica-exterior_0_1MLpFyRqhW.html

La sociedad de las apariencias

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El lenguaje dice de nosotros, frecuentemente mucho más en el cómo (hablamos) que en el qué (decimos). Parece un juego de dos realidades superpuestas en las que hay conectores variables que impiden la desaparición del vínculo pero que certifican el divorcio. Decididamente el relato de estas dos realidades es disímil pero referido al mismo objeto, la supuesta realidad, la que creemos o la que el discurso del poder nos impone por la capacidad coercitiva o por la creación de “sentido común” a través de los medios de comunicación corporativos del poder económico, el poder.
La cultura no es otra cosa que una resultante, la resultante de la relación entre los seres humanos y entre los seres humanos y el medio ambiente. Esto implica el modus operandi de cada sociedad, cada conducta está impregnada de ella. Así la historia y la antropología nos muestran que las poblaciones tienen características que las identifican según vivan en el llano o en la montaña, al borde del mar o alejados de él.
El vínculo con el medio determinará también el modo de producción. Pastoreo, pesca, agricultura, minería, industrias varias, producirán una impronta en la conducta y cultura de cada comunidad confiriéndole características distintivas. Así las mayores o menores dificultades para conseguir medios de sustento han moldeado conductas y cultura.
Y así también de acuerdo a la organización de cada comunidad, según que el poder resida en la comunidad o en una élite dominante habrán conductas de dominio por parte de la élite y de resistencia por parte de los más claros de la clase dominada. Las sociedades clasistas pueden ser más o menos represivas, más o menos controladoras y los mecanismos de control ser más o menos evidentes,pero siempre se traducirán en el lenguaje.
Pongamos ejemplos. La palabra atorrante es parte del lunfardo argentino y tiene un valor peyorativo y estigmatizante. Tiene dos posibles orígenes. Alrededor de las primeras décadas del siglo XIX se le daba como tarea a un esclavo tostar el café “torrar”. De allí si alguien se quedaba dormido mientras aguardaba el tostado se decía que torraba. La segunda hipótesis tiene que ver con el entubamiento de los arroyos de Buenos Aires en 1860. Se depositaron en la costa del río grandes caños hasta su entierro, en ellos solían refugiarse a descansar los indigentes. Los caños tenían grabado el nombre de su fabricante: A.TORRANT o A.TORRANS (parece no haber registro preciso). A partir de allí los indigentes eran los atorrantes, siempre con una connotación despectiva vinculada a su exclusión social que era básicamente una exclusión económica. Solidariamente, en el lenguaje popular torrar se generalizó como dormir y a la palabra atorrante se le alivianó la significación.
También como un acto de resistencia lingüístico a la clase dominante, en un país de economía primaria como el nuestro de principios del siglo XX, técnicamente una oligarquía, las clases populares le apocoparon su denominación y el ‘garca’ pasó a ser el que perjudica a otros, el cagador, en sabia asociación.
La destrucción por parte de la oligarquía terrateniente, producto del triunfo del partido unitario en el siglo XIX, de las unidades microeconómicas del campo, tuvo como consecuencia la migración de muchos pobres del campo a rebuscarse la vida en la ciudad poblando los arrabales. Esto trajo también la creación de otra expresión idiomática profundamente clasista y racista: “cabecita negra”. Negro era el pelo de estos migrantes internos mestizos de españoles y originarios. Hoy persiste el estigma en la expresión ‘negro cabeza’ que se asocia al pobre que tiene además como atuendo distintivo ropa deportiva y gorro con visera.
Escuchamos del establishment, o sea la voz de la clase dominante, que intentar hablar en las escuelas de pensamiento crítico es adoctrinamiento, no se considera tal estudiar una historia relatada por uno de los más conspicuos representantes de esa clase dominante, Bartolomé Mitre, diseñador de la “historia oficial”, una historia que deshumaniza a los actores de la historia real ocultando sus intereses humanos e inventando una mentira romantizada. Las maestras, inocentemente nos enseñan la palabra “denigrar”, o sea reducir a la condición de negro, para alguien que disminuye su valor. Así también a la invasión y el genocidio se les llama conquista, como si fuera el inicio de un noviazgo.
Y cuando logramos desembarazarnos del ‘algo habrán hecho’ y el ‘por algo será’, aparecieron en el lenguaje otras expresiones que curiosamente coinciden con algunos cambios tácticos en el ejercicio de dominación del imperio e inclusive en la geopolítica global. Sabemos que EEUU pasó de los mecanismos de acción directa con las dictaduras militares, a los mecanismos indirectos a través de la prensa, que siempre estuvo a su servicio, y del poder judicial. Cambiaron la ‘Escuela de las Américas de Panamá’, por la asistencia de jueces y fiscales a Miami desde la década del 90 para hacer ‘cursos’.
Ha hecho su aparición en nuestro lenguaje cotidiano el “como si”. Antes, si creía que alguien estaba enojado conmigo habría dicho: Fulano, parece estar o está, enojado conmigo. Hoy se dice: es ‘como si’ estuviera enojado conmigo. ¿Cuál será el porqué de esta afirmación a medias? ¿Está o no está? ¿Tendrá que ver tal vez con la virtualidad, con la incertidumbre cotidiana de un mundo determinado en su economía no desde la producción sino desde los manejos financieros? Con la percepción de una realidad tan volátil, que desde la prensa nos informan ascensos y caídas de las empresas que manejan el mundo en el orden de los miles de millones de dólares.
El problema indudablemente no está en el uso del “como si”. Esto es simplemente una reacción, un síntoma ante una realidad vertiginosa en sus cambios financieros y totalmente imprevisible en su devenir que los mercados nos obligan a aceptar desde el consumo. Simplemente flotamos en la superficie de una realidad que se nos impone desde el fondo del manejo económico de la vida en que somos efímeros, meros consumidores de bienes, servicios y minutos de fama propios o ajenos; por supuesto, solo los incluidos, los excluidos no cuentan.
Para jugar con el ‘como si’ puedo metaforizar que “es como si los ciudadanos de a pie fuésemos hormigas dentro de una habitación en la que los poderosos simplemente caminan.»

Inserción de Argentina en Sudamerica. «Las expectativas por el cambio de Gobierno en Brasil»

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Roberto Feletti, Juan Tokatlian, Hugo Garnero y el equipo del Grupo la Capitana dieron esta hermosa charla el viernes 02.12.2022 respecto de Argentina y su inserción en Latinoamerica.

Informe económico mensual

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Los números comentados corresponden a OCTUBRE, siempre sorprenden algunos cambios. Hoy congelamientos especialmente de Alimentos, podremos apreciar resultados en los próximos meses y, si todo sale como espera el Gobierno, la inflación debería mostrar algún freno. Observamos otros indicadores, el CCL (dólar contado con liquidación), el Riesgo País y la Tasa de Interés. Por ahora sin frenos.

El congelamiento es la jugada más fuerte de las autoridades económicas. La inflación promedio de octubre se mantuvo en los niveles elevados de los meses recientes. Conjeturamos que la tormenta continuará a la espera del funcionamiento de los planes del Gobierno. Los diez meses del 2022 son para el olvido, que nadie olvidará. La marca del acumulado del año se destaca claramente de los últimos años.

 El BCRA aumenta la variación mensual del dólar oficial mayorista (se deprecia el peso) e incluso en el mes supera los porcentajes de aumento de los precios. Otro tanto hace con la Tasa de Política Monetaria (interés). La tasa de interés, considerando la nominal, alcanza el 75 % y la efectiva anual el 107.3 %; aumentan los plazos fijos. Se supone que todo esto se hace para que la gente no se distraiga con el dólar, tarea casi imposible.

Tanto en el promedio mensual (octubre) y en lo que va del año (10 meses) los IPC no muestran señales de agotamiento. Algunas instituciones arriesgan un número elevado para el 2022 que alcanza el 100 % anual. Mes de octubre promedio de los IPC: 6.3 %. Acumulado diez meses: 75 %. Interanual: 86.3 %.

El dólar CCL en octubre creció respecto de lo que venía mostrando. El promedio resulta superior al mes anterior, alcanzó $ 307.7. El dólar oficial mayorista promedió en octubre los $ 152.6 con un aumento en el mes del 6.6 %. Si se proyecta la tasa mensual de octubre (6.6 %), alcanza en términos anuales el 115 %. El Riesgo País elevado promedió octubre en 2.712.

El mundial de fútbol es parte de las preocupaciones de Inodoro y Mendieta. Como no tienen televisor, lo solucionan en forma muy natural y utilizando los medios disponibles.

Mendieta: “¡Ayá viene don Inodoro!”. Se refiere a un pequeño pájaro.

Inodoro: “¡Era hora, caracho! ¡Abájese, mi pequeño vigía lombardo!” “¡Ahí ta! Ahí ta! ¡Ahí yegan las noticias! ¡Vivimos la era de las comunicaciones!”. “¡Con la paloma mensajera… el mundo es un pañuelo!”

Inodoro: “¿Cómo va la cosa? ¡Contá hermana! ¡Contá!”

Mendieta: “¡Hable, criaturita e´ Dios!”

Paloma: “¡Gol de Italia!”.

Inodoro: “¿Gol de Italia? ¿Quién…? ¿Quién lo hizo?”.

Paloma: “A los cinco minutos del alargue, Schiavio bate al arquero checoslovaco Planicka”.

Mendieta: “Sonamos, don Inodoro. Esta paloma nos trae resultaus del Mundial del 34”.

 

2022 OCTUBRE proc. NOV IPC INFLAC.