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domingo, junio 28, 2026
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COMUNICADO SOBRE AFECTACIÓN DE LOS DEG

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El próximo 23 de agosto Argentina recibirá un importe estimado en DEG 4.300 millones.

Los DEG son derechos especiales de giro emitidos por el FMI.

Ello obedece a la decisión del organismo financiero internacional de asignar a cada Nación que lo constituye un importe proporcional de ayuda no reintegrable.

A nuestro país le corresponde algo así como el 0,668% del total de DEG 650mM.

De ese total los 2/3 van a economías desarrolladas que lo aplican a aumentar sus reservas y -eventualmente- a trasladar en forma de préstamos a países que lo demanden.

La tasa de cambio a u$ de los DEG es aproximadamente 1,40.

Los DEG se asignan a la Naciones y se liquidan a través de sus bancos centrales.

Se plantean dos alternativas de uso:

  1. Aumento de las reservas del BCRA
  2. Asignación presupuestaria como ingreso fiscal.

La economía argentina se muestra sobreendeudada por la gestión neoliberal del gobierno anterior, subocupada por la ausencia de inversión privada y con pobreza multimensional emergente de la retracción de la pandemia.

En ese contexto, La Capitana entiende que -luego de satisfacer las prioridades financieras estratégicas de mediano plazo- es imperioso asignar el monto de la liquidación de los DEG con criterio fiscal y afectación presupuestaria a programas de salud pública, atención de la pobreza extrema y ampliación de la empleabilidad ciudadana.

 

Marcelo Gallardo, el «vivir con lo nuestro» y los modelos de país

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La contundente derrota de River (club de mis pasiones, aclaro) frente al Atlético Mineiro, club de Belo Horizonte, en la serie por los cuartos de final de la Copa Libertadores, abrió una secuencia de interpretaciones y comentarios del periodismo deportivo que hizo emerger con una nitidez inédita el debate subyacente sobre modelos de país que atraviesa la Argentina presente. Veamos las secuencias.

En principio, todos los periodistas especializados se apresuraron a ponerle fecha de vencimiento, a finales de este año, al dilatado y exitoso ciclo de Gallardo en River.

Luego abundaron las críticas al planteo táctico desplegado en el campo de juego frente al equipo brasileño, reclamando la necesidad de un esquema defensivo, de cierre de espacios con marcación rigurosa y muy conservador en el traslado de pelota. Indudablemente, un partido abierto de ida y vuelta favoreció al rival.

Por último, remataron argumentando que la línea de juego ofensiva, de pases rápidos y apariciones sorpresivas de varios jugadores en ataque, era insostenible con el actual plantel de club millonario. Agregando que la actual crisis nacional obligaba permanentemente a exportar jugadores, debilitando la competitividad de los equipos locales frente a sus pares europeos y ahora también ante las formaciones brasileñas y mexicanas.

Este diagnóstico, repetido en forma sincronizada por los comentaristas deportivos de distintos medios, se exhibe como una verdad evidente que no necesita demostración, del mismo modo que las soluciones que se proponen, cuya evaluación abordaremos más adelante.

Marcelo Gallardo lleva siete años como director técnico del club de Nuñez, habiendo ganado en el terreno local tres torneos y dos supercopas derivadas de ese galardón, en tanto que en la dimensión continental se alzó tres copas y dos recopas resultantes de esos logros.

Con una mirada “bilardista” (por el DT Carlos Bilardo) de la gestión: los resultados mandan y los interrogantes se trasladan a la solvencia técnica que puede tener el plantel a futuro. Solvencia técnica que será restringida por la crisis diagnosticada por el periodismo deportivo.

Lo interesante del desempeño de Gallardo es la tenaz afirmación de una línea de juego que surca el funcionamiento del equipo desde el 2014, con independencia de los jugadores que lo integren en cada etapa y de los rivales que haya tenido que enfrentar a lo largo de este período.

El “Muñeco”, en las sucesivas conferencias de prensa, fue conceptualizando su práctica deportiva. Definió la línea de juego descripta ofensiva y abierta como una marca registrada del equipo, aceptando como costo la potencial vulnerabilidad defensiva que ello implicaba. Advirtió, mucho antes que ahora, los riesgos de competitividad que afrontaba el futbol argentino cuando señaló que la duración media de un plantel era de un año y medio frente los cuatro años de vigencia de un “team” europeo. Esto exigía a los directores técnicos la necesidad de reinventar cada dos años a los equipos para sostener los resultados, debiendo ser muy abiertos para obtener recursos escasos en plazo cortos. Esta restricción tal vez explique la escasa vida útil de los DT argentinos.

En uno de los equipos más importantes del país, donde la presión por los resultados es diaria, que alguien haya conseguido sostener una línea de juego agradable para los que amamos el fútbol durante siete años, reinventando al equipo cada año y medio con resultados que legitiman el proyecto en curso, es un hecho que trasciende lo deportivo. Al menos en el terreno del debate en curso que recorre la Argentina.

Para los cultores del “país pedorro”, la vigencia de un proyecto de largo plazo que agrade a las mayorías y se solvente con recursos propios autónomos, es un modelo a intolerable.

En la “república de morondanga”, apelar a nuestros recursos es inviable, el talento siempre es extranjero, el éxito es efímero y el fracaso intolerable.

Volviendo al fútbol, la derrota de River frente al Mineiro hizo que el periodismo deportivo resaltara las virtudes y la potencia de los clubes brasileños, con sus formas organizativas y de gestión. Expusieron como una evidencia irrefutable que tres equipos del país hermano alcanzaron la instancia semifinal de la Copa Libertadores. Si bien este año el seleccionado nacional ganó la final de la Copa América a la “verdeamarela” en el Maracaná y apenas tres años atrás la final de la copa del continente la jugaron dos clubes argentinos.

Como solución a la pérdida de competitividad futbolística argentina en el contexto latinoamericano, se propuso achicar el número de participantes en el campeonato local (“no deben ser más de 20”, reclaman desde los canales deportivos) y aumentar la cantidad de partidos semanales que se jueguen, sin modificaciones en las fechas previstas por las exigencias de los distintos torneos (“el diseño actual promueve la vagancia”, afirmó un comentarista).

Sin duda, el recorrido que se pretende es la concentración de los recursos disponibles en el fútbol local en pocos clubes y alcanzar la “competitividad” internacional desde esa escala. Una propuesta que también atraviesa la Argentina para resolver definitivamente el conflicto de proyectos. Pocos aptos -los más fuertes- muchos excluidos y el que no soporta la presión es un vago que requiere asistencia.

Durante las 48 horas siguientes al cierre de la serie de cuartos de final de la Copa, los programas deportivos machacaron con estos conceptos. Menos clubes con más poder económico y fin de los intentos de proyectos de largo plazo sustentados en una identidad futbolística y superadores de la escasez de recursos.

Más allá de cualquier devenir futuro, la convicción de Gallardo en una identidad futbolística y su capacidad para llevarla adelante con éxito durante un plazo largo, es muy superadora de todos los planteos interesados de las empresas periodísticas para brindar un “futbol competitivo”. Conflicto que trasciende lo deportivo.

 

https://www.eldestapeweb.com/economia/marcelo-gallardo/marcelo-gallardo-el-vivir-con-lo-nuestro-y-los-modelos-de-pais-2021822052

 

 

 

Desmontar mitos económicos

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La dictadura cívico-militar de 1976 vino a terminar con el modelo de industrialización y sustitución de importaciones para imponer el de acumulación basada en la valorización financiera. Dicho modelo procura mediante la deuda y la apertura externa, comercial, y de capitales, subordinar a la economía nacional a la mundial. Para ello fue necesario darle a los bancos el poder de organizar los mecanismos de deuda y de financiamiento del aparato productivo y, de esa manera, desplazar en esas funciones al Estado.

Primero carcomieron el poder del peronismo mediante el “Rodrigazo”, que al devaluar nuestra moneda en un 160% (el 4 de junio de 1975 el dólar pasó de valer 10 a 26 pesos) la depreció terminalmente. Esa fue una escala necesaria y obligatoria para dar lugar a la valorización financiera y a la puja constante entre el precio del dólar y los rendimientos de los títulos públicos que, a su vez, financian a un Estado que no cobra los impuestos que corresponden a los sectores rentísticos del país, empezando por el mismo sistema financiero, los que fugaron capitales, la renta agropecuaria y minera, etc.

Para ello cuentan con la reforma financiera de 1977, aún hoy en su esencia vigente, conformada por la ley 21.382 de inversiones extranjeras; la ley 21.495 sobre desnacionalización y descentralización de los depósitos; la ley 21.526, que estableció el nuevo régimen legal de las entidades financieras [i]; la ley 21.572 de creación de la cuenta Regulación Monetaria (de esa manera le remuneraba el BCRA los depósitos en cuenta corriente a los bancos), y las leyes 21.364, 21.547 y 21.571, que modificaban la Carta Orgánica del BCRA. Como no era suficiente, Domingo Cavallo profundizó la apertura en 1992 mediante la ley 24.144, que le confirió al BCRA el poder de comprar dólares al Tesoro de la Nación (divisas que el Estado nacional consigue esencialmente por endeudamiento) y, a su vez, estableció que sean los bancos los únicos que le pueden comprar esos dólares al BCRA. En consecuencia, la Administración Nacional se endeuda y esa deuda la fugan, como pasó en el gobierno de Cambiemos, que nos endeudó por más de 100.000 millones de dólares, de los cuales 45.400 millones son con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y una parte se empleó para pagar deudas anteriores (unos 24.000 millones de dólares), pero 86.200 millones de dólares se fugaron, según el Informe «Mercado de cambios deuda y formación de activos externos, 2015-2019” del BCRA.

Primer mito: la liberación de las fuerzas productivas

El mito era que había que liberar al sistema financiero para que se liberen las fuerzas productivas. El sistema por sí solo se expandiría y asignaría el ahorro de la población a los sectores más rentables, atribuyéndoles a los bancos esa capacidad que sólo puede tener un Estado. El resultado no pudo haber sido peor, con un PIB (Producto Bruto Interno, que es la cantidad de bienes y servicios finales que produce el país) en 2021 menor en dólares constantes que en 1974 (y con veinte millones más de habitantes).

EL PIB en 1974  fue de U$S 72.437 millones y en 2000 de U$S 379.845 millones. Pero la depreciación del dólar en estos 45 años supera el 524% que crece nominalmente el PIB argentino.
Producimos menos bienes (y sobre todo bienes) y servicios que en 1974,  la tasa de crecimiento del PIB  en la Argentina es menor que la depreciación del dólar. De hecho en dólares el PIB argentino es 20 veces menor que el de los EEUU y en 1974 era 10 veces menor.

En 1974 existían más de 800 entidades financieras distribuidas en todo el país, las cuales, mayoritariamente, eran cajas de créditos y sociedades cooperativas en que el total de préstamos al sector privado sobre el PIB era del 43,55%. La Argentina era la nación más integrada del continente, donde menor diferencia había entre un pobre (y una familia pobre) y un rico (y su familia). La tasa de desocupación abierta era del 4% y la pobreza, del 6%. Uno de los pilares de esa redistribución progresiva del ingreso era que el crédito se volcaba esencialmente a la producción y al consumo popular.

En 2021 quedan en pie 78 entidades financieras, de las cuales 65 son bancos. De ellos, 52 son de capital privado y 13 públicos (incluidos los oficiales nacionales, Banco de la Nación Argentina y BICE, 10 provinciales y el municipal de Rosario) y el crédito total al sector privado es sólo el 11% del PIB [ii]. La pobreza supera el 42% de la población, alcanzando a 19.300.000 personas, con el agravante que más de la mitad de los niños de la Argentina son pobres.

La reforma financiera de 1977 no sólo aumentó la rentabilidad relativa e importancia del sector, sino que, además, tuvo significativos impactos estructurales sobre la economía real. El primero de ellos fue la caída en la inversión productiva. Al contrario de lo que ocurría durante la industrialización, no se produjo un proceso de crecimiento económico por la expansión de la inversión, sino de estancamiento y crisis, porque los recursos que deberían haber impulsado la inversión bruta fija se fugaron al exterior.

Es más, se usa básicamente el endeudamiento externo, que artificialmente aumenta la oferta de divisas retrasando su precio, para favorecer el carry trade y, después, cuando se produce la corrida cambiaria, se estatiza la deuda. El resultado es una minoría enriquecida con capitales en el exterior, el Estado endeudado, el país con bajo nivel de inversión y con más población empujada a la desocupación y a la pobreza.

El dinero y su ahorro provienen del circuito productivo argentino y no pueden ser apropiados por los bancos y que sean ellos los que determinen en qué se emplean. La mayoría de las veces es para obtención de renta de muy corto plazo –en lugar de apuntalar planes de inversión–, por eso las LELIQs (letras de liquidez que coloca el BCRA en los bancos) son a siete días. Los depósitos, en su mayor parte, se renuevan cada 30 días y la renovación de las líneas de crédito es cada seis meses.

Continuar con el concepto de banca universal de la ley 21.526 va en desmedro de constituir la necesaria banca de inversión que fondee planes de mediano y largo plazo. El sistema financiero debe tener un piso de crédito para pymes por ley y se debe desalentar la compra y venta de dólares y de activos financieros como forma de aumentar ingresos. Por su parte, las LELIQs se deben emplear para constituir un activo consolidado de un año y prestar desde allí a la producción y a obras de infraestructura, tanto pública como privada.

Segundo mito: la restricción externa

Las relaciones de nuestro país con el exterior nos demuestran que no existe un problema de restricción externa clásico, esto es, no necesitamos que crezcan las exportaciones para que la economía lo haga en forma sostenida y compatible con la balanza comercial. De hecho, desde 2003 hasta los últimos datos oficiales a junio de 2021, se acumuló un superávit comercial total (las exportaciones superaron a las importaciones) en 163.452 millones de dólares, que es una suma significativa en cualquier lugar del mundo.

El problema real es que la legislación financiera y cambiaria heredada de la dictadura de Jorge Rafael Videla, del menemismo y del macrismo [iii], permitió que las empresas paguen supuestas deudas externas e importar en forma anticipada mercaderías, comprándole dólares al BCRA al precio oficial [iv].

La economía argentina es un importante exportador de alimentos, según informa la Bolsa de Comercio de Rosario. El nodo portuario del Gran Rosario, que abarca al complejo industrial oleaginoso y portuario en 70 kilómetros de costa sobre el río Paraná se convirtió, en forma creciente y desde hace varios años, en la principal zona portuaria de exportación de  granos, aceites y subproductos en el mundo. Le sigue, después, el distrito aduanero estadounidense de Nueva Orleans, Louisiana, en Estados Unidos, y en tercer lugar, por volumen exportado, se ubica el puerto brasileño de Santos. Entre Timbúes (al norte) de Rosario y Arroyo Seco (al sur de la ciudad) se encuentran localizadas unas 31 terminales portuarias que operan distintos tipos de cargas.

Se trata básicamente de diez empresas que comercializan y tienen los puertos sobre el río Paraná, que realizan las ventas externas por declaración jurada. No existe un control estricto de lo que exportan por parte del Estado. Los exportadores triangulan sus operaciones, como lo demuestra claramente el caso Vicentin, su asociación con la multinacional Glencore en “Renova S.A.” y la posterior venta de su participación, que implicó las presentaciones judiciales y el pedido de quiebra de dicha firma. También lo expone la denuncia sobre venta de carne a Uruguay a un precio mucho menor al internacional para que desde ese país se venda al mundo al precio real, entre otras maniobras.

Tercer mito: la prescindencia del Estado

Adam Smith fue un economista e ideólogo del imperio británico que escribió su libro La riqueza de las naciones en los albores de la revolución industrial, cuando sus colonias se dispersaban en todo el mundo y eran dueños de los mares, con el objetivo que ellos fueran los industriales y los demás, meros proveedores de alimentos y materia prima. Gran Bretaña no dejaba que se produzcan telas en sus colonias, de allí la lucha por la independencia de las 13 colonias en la costa este de América del Norte. En ese marco, inventa el mito de que “lo mejor que puede hacer el Estado por la economía nacional es dejar que esta funcione según sus reglas naturales, que son las de la oferta y la demanda”.

En verdad, la política económica, en el sentido amplio de la palabra, es el conjunto de estrategias y acciones que formulan los gobiernos, y en general el Estado, para orientar, influir y/o conducir la economía de los países. Como toda estrategia, debe responder a un plan global: grandes objetivos y distintas medidas que se deben adoptar para cumplir con esos objetivos.

No existe Estado sin fijar metas, que son en sí mismas la esencia del diseño del proceso de planificación de un gobierno, ya que, al orientar su gestión, le permiten alcanzar sus objetivos. Son parte también de la compleja interrelación de las políticas públicas como instrumentos para alcanzar los fines.

Conclusión

No hay un plan económico que nos abarque a todos. Lo demuestran los niveles de exclusión social y las débiles respuestas oficiales ante el drama. La legislación financiera y cambiaria que se emplea es la de la dictadura, con agravantes realizados por Menem-Cavallo y por la anulación del decreto 2581/1964 por parte de Macri, por un lado. Por otro lado, sabemos que los circuitos ilegales están directamente conectados con el sistema financiero formal, que no son compartimentos estancos, ni separados por exclusas. Los “financistas” son los dueños y CEOs de los principales bancos privados del país y conectan puntas entre inversores y tomadores de crédito [v]. El cruce de dinero entre plazas financieras puede vincular Montevideo, Nueva York, Hong Kong o Londres mediante el llamado “dólar cable” (que consiste en girar dólares en efectivo a través de una cueva financiera), que fondea parte de la oferta del dólar blue y que incide fuertemente en la fuga de capitales de las divisas originadas en el país.

Se sigue dejando al capital financiero el poder de organizar los mecanismos de deuda y de financiamiento del aparato productivo y, de esa manera, desplazar en esas funciones al Estado.

Así nos va y así nos va a ir.

 

 

[i] La ley 21.526 le concedió a los bancos comerciales realizar “todo aquello que esta ley no prohíbe”. Les otorgó ventajas exclusivas, al establecer que serían los únicos habilitados para captar depósitos en cuenta corriente y emitir cheques y poder captar depósitos en cualquier parte del país y prestarlos en los centros de decisión.
[ii] Crédito que representa el 11% del PIB, con casi un 5% del PIB para préstamos personales (45% de los préstamos otorgados) que financian, principalmente, descubiertos en las tarjetas de débitos y de créditos. Sólo queda un poco más del 6% del PIB para financiar a las empresas (créditos comerciales).
[iii] Macri anuló la Emergencia Cambiaria, que obligaba a exteriorizar la compra de divisas al BCRA mediante acuerdo firmado por la máxima autoridad de comercio exterior del país, de Aduana y del BCRA (decreto 2581/1964) y la redujo sólo al BCRA.
[iv] Que se hubiera evitado derogando el decreto 893/2017, que a su vez había anulado la Emergencia Cambiaria del decreto 2581/1964, vigente durante 53 años.
[v] BlackRock tiene participación accionaria en los cuatros mayores bancos privados por volúmenes de depósitos: Santander-Río, Galicia, BBVA y Macro.

 

EEUU, LA ARGENTINA Y LA ESTABILIDAD

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Una Guerra Fría desestabilizadora

Las relaciones interamericanas durante la Guerra Fría estuvieron determinadas por la dinámica de la disputa integral entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La hegemonía de Washington en el continente fue, por décadas, la nota dominante. Sintéticamente, y en especial después de la Revolución Cubana, Washington no estaba dispuesta a permitir la proyección de poder de Moscú. Contaba para ello con cinco elementos a su favor: tenía su “casa en orden” con un fuerte consenso bipartidista en política exterior; disponía de una condición notable de seguridad pues nadie en América Latina, de modo individual o colectivo, amenazaba a Estados Unidos; poseía abundantes recursos en términos de inversión privada y asistencia oficial al desarrollo para garantizar su influencia en la región; había elites empresariales y políticas en Latinoamérica que sintonizaban enteramente con los objetivos estratégicos de Estados Unidos; y existía una Unión Soviética que promovía una ideología alternativa pero que carecía de recursos materiales (inversiones, comercio, ayuda) para respaldar y expandir, más allá de La Habana, su influencia en la región. En apretado resumen, para Estados Unidos la clave era controlar gobiernos para asegurar mercados.

En ese contexto, el manejo de la inestabilidad fue consustancial a su estilo diplomático durante la contienda Este-Oeste. Si había que escoger entre socios que impulsaran cambios socio-económicos y gobiernos que tuvieran una agenda medianamente progresista que, de ese modo, cimentaran democracias reformistas o, por el contrario, asegurar los intereses estratégicos de Washington y el consentimiento del establishment en cada país –sea bajo la forma de un régimen militar o de una democracia esterilizada– para frenar el presunto ascenso del comunismo, se optaba por lo segundo así ello debilitara la institucionalidad democrática y condujera a una violación extendida de los derechos humanos. Los manuales desclasificados del ejército estadounidense y de la CIA así lo corroboran. Primaba el interés de garantizar aliados afines en la lucha contra la Unión Soviética: la estabilidad se imponía domésticamente en las naciones del área a sangre y fuego con el beneplácito tácito o el empujón expreso de Washington. De hecho, eso evidenciaba que en realidad se imponía más inestabilidad a largo plazo; algo que no afectaba la hegemonía de Estados Unidos en la región ni era usufructuado por una Unión Soviética que, desde finales de los ‘70 en particular, no podía asegurar su área de influencia inmediata (Europa Oriental), su vecindario cercano (Afganistán) ni sus avances en la periferia. Sin embargo, la Guerra de las Malvinas mostró los efectos aberrantes de sostener dictaduras presuntamente estables: la Argentina autoritaria terminó desafiando militarmente al principal aliado de Washington en la OTAN; el Reino Unido. Desde mediados de los ‘80, Estados Unidos prefirió, entonces, no alentar más golpes de Estado en América Latina.

Desde los vaivenes de la Posguerra Fría al desafío de China

La fase inicial (1991-2001) de la Posguerra Fría reveló una apreciación de la estabilidad por parte de Washington. La estrategia del Presidente Bill Clinton denominada “Compromiso más Ampliación” (Engagement plus Enlargement) consistió en que Estados Unidos no se replegaría como después de la Primera Guerra Mundial y que tenía la voluntad, la capacidad y la oportunidad de moldear de modo decisivo el sistema internacional, al tiempo que procuraría propagar la economía de mercado y el pluralismo político. El colapso soviético; la expansión de la OTAN y la Unión Europea hacia Europa Oriental; las expectativas por entonces promisorias de la globalización; y el gradual despliegue de lo que se denominó la “tercera ola” de la democracia re-significaron, así fuera temporalmente, el valor de la estabilidad, entendida en aquel momento como simple orden. En el fondo, en los ‘90 predominó una mirada acotada de la estabilidad: el mayor énfasis se colocó en el statu quo, desatendiendo la cuestión de la creciente desigualdad en el mundo y la demanda de justicia del Sur global.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 inauguraron una nueva fase de la Posguerra Fría en la cual, en esencia, Estados Unidos se auto-asignó el papel de imponer la estabilidad, mientras que en la práctica se transformó en un promotor de más inestabilidad. La estrategia de primacía desplegada de manera agresiva por el Presidente George W. Bush, de modo calibrada por el Presidente Barack Obama y de forma ofuscada por el Presidente Donald Trump apuntaba a que Estados Unidos no aceptaría ni toleraría la presencia y el encumbramiento de un poder competidor de igual talla. Las guerras perpetuas iniciadas en el pos-11/9, el resurgimiento de una política orientada a promover cambios de régimen, el socavamiento paulatino del multilateralismo, el debilitamiento de los derechos en la delicada ecuación libertad-seguridad, entre otros, reforzaron la menor estabilidad que ya recorría el mundo de principios del siglo XXI. No se trató de algo planeado ex profeso sino del resultado de la búsqueda de preponderancia mundial. Por supuesto que hubo matices nada despreciables entre Bush, Obama y Trump. La consecuencia de aquella ambición excesiva fue doble: la inestabilidad –incluso para Washington que la padeció con la administración de Trump con la erosión de la democracia estadounidense– se tornó cada vez más disfuncional en el mundo y coadyuvó a facilitar el ascenso de China, que apareció como una potencia sensata y cautelosa que no pretendía cambiar las “reglas de juego” sino aprovechar sus beneficios y tener más influjo en su reconfiguración. La debacle estadounidense en los últimos días en Afganistán manifiesta cómo la prepotencia puede derivar, a la larga, en impotencia.

En ese sentido, desde el comienzo de su mandato la administración del Presidente Joe Biden apuntó a recuperar credibilidad y recomponer poder. Y para ello la estabilidad, tanto interna como internacional, resulta crucial. Eso, a su turno, busca evitar un mayor deterioro de la institucionalidad interna; liderar una coalición de democracias; y frenar a China. En esa dirección, respecto a América Latina y a diferencia de lo que fue la contienda soviético-estadounidense, el triángulo Estados Unidos-China-Latinoamérica tiene algunos rasgos novedosos: Estados Unidos tiene hoy su “casa en desorden” con un franco disenso bipartidista en política exterior; posee menos recursos en términos de inversión privada y asistencia oficial al desarrollo para asegurar su influencia en la región; no cuenta con elites empresariales y políticas que sintonicen plenamente con su política hacia Beijing; y enfrenta a una China que no promueve hasta ahora una ideología alternativa pero que dispone de recursos materiales (inversiones, comercio, ayuda) para respaldar y aumentar su influencia en la región. En breve, para China la clave es controlar mercados para incidir en los gobiernos.

Washington y la estabilidad

La Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 abandonó definitivamente el término de “Estado fallido” y lo reemplazó por el de “Estado frágil”: la idea central era que la debilidad y deficiencias de tales Estados “podrían magnificar las amenazas a la seguridad estadounidense”. Dos años después se aprobó la Ley de Fragilidad Global que estipulaba la confección de una estrategia al respecto. Así, en 2020, y de manera conjunta entre el Departamento de Estado, el Departamento de Defensa, el Departamento del Tesoro y la Agencia de Desarrollo Internacional (USAID), se publicó la Estrategia para Prevenir el Conflicto y Promover la Estabilidad. Básicamente, se advertía la disfuncionalidad de una mayor inestabilidad internacional para los objetivos de Washington; máxime en un contexto de una rivalidad acentuada con Beijing.

Para las elecciones de noviembre de ese año América Latina no fue, como suele suceder, un tema de campaña. Sin embargo, el único programa específico para la región –un plan asistencial de 4.000 millones de dólares para América Central– del entonces candidato Biden reflejaba la inquietud con la inestabilidad en las cercanías de Estados Unidos y el impacto de ciertos temas como la migración en la política interna. Ya como Presidente subrayó cómo el cambio climático estaba “acelerando la inestabilidad en nuestro propio país y alrededor del mundo”. La preocupación con el problema de la estabilidad en América Latina se hizo manifiesta en la declaración del almirante Craig Faller, jefe del Comando Sur, ante el Senado en marzo pasado, en la que se refería a las protestas ciudadanas de 2019-2021 en la región y a la confluencia de agravantes socio-económicos de larga data y altas tasas de mortalidad por Covid-19 como factores generadores de mayores disturbios. Finalmente, las preguntas y respuestas en la audiencia del Senado para la confirmación de la nueva jefa del Comando Sur, teniente general Laura Richardson, el pasado 3 de agosto, confirmaron la intranquilidad creciente entre civiles y militares en Estados Unidos respecto a Latinoamérica: en 14 oportunidades se mencionó la cuestión de la estabilidad/inestabilidad en la región. Con ese telón de fondo, Washington pasó a remarcar el presunto nexo entre una espiral potencialmente desestabilizadora y la posibilidad de que China aprovechase ese terreno fértil para afirmar sus intereses en la región.

Indudablemente América Latina no ocupa un lugar prioritario en las políticas exteriores y de defensa de Estados Unidos. En eso influye, entre otras, la pérdida de gravitación de la región en el mundo. Este menor peso específico se trasluce en ejemplos como la dispersión del voto regional en Naciones Unidas; indicadores pobres en materia de participación en las exportaciones mundiales; creciente nivel de primarización de las economías; baja inversión en ciencia y tecnología; persistentes altos índices de desigualdad; escasos atributos militares; y una tentación preocupante, en particular en América del Sur, hacia la desintegración económica. Sin embargo, no debe confundirse baja prioridad con alta indiferencia. Washington no es indiferente frente a la región ni se retiró de Latinoamérica; de hecho, siempre regresa con un abanico variado de instrumentos, incentivos, advertencias, exigencias y propósitos. Este “nuevo” retorno a la región está marcado por la proyección de poder, influencia y prestigio de China. Los movimientos y las turbulencias en la región que pueden ser interpretados como una movilización en pos de la ampliación de derechos y a favor de una democratización efectiva son vistos en ciertos círculos estadounidenses como una demostración de volatilidad, descontrol y riesgo, algo que Beijing podría aprovechar para incrementar no sólo su presencia comercial y financiera sino también su incidencia militar y tecnológica.

Es importante detenerse y destacar brevemente el estado de situación de América Latina y la razón por la cual hoy Washington está más pendiente y preocupado por el devenir de los acontecimientos en el área. De acuerdo con el índice de malestar social informado, el continente –incluido Estados Unidos– se convirtió en el de mayor convulsión del mundo según el ratio global de manifestaciones, superando a las regiones de Medio Oriente y África subsahariana. Los reclamos y las protestas ciudadanas, que se multiplicaron antes del estallido de la pandemia en Chile, Ecuador y Bolivia y que siguieron a paso firme en Perú, Brasil y Colombia, no surgieron en el vacío; fueron el resultado de un profundo malestar social acumulado. El coronavirus encontró a América Latina en medio de la desilusión generada por la desaceleración económica, la convulsión política, el descontento social y la disgregación diplomática. El sexenio 2014-2019 fue uno de los de menor crecimiento, sólo comparable con los que incluyen a la Primera Guerra Mundial o la Gran Depresión. En el último año, no sólo se llegó a la mayor contracción del producto bruto interno desde 1900 y a que se registrara el peor desempeño entre las regiones en desarrollo, sino que la tasa de pobreza alcanzó el 34%, la desigualdad –medida por el coeficiente de Gini– en la distribución del ingreso aumentó al 3% y la inseguridad alimentaria alcanzó a 40% de la población. Estos indicadores objetivos de deterioro y expresiones subjetivas de malestar no son desconocidos por Washington.

Ahora bien, como ha sido usual entre los círculos decisorios en Estados Unidos, las dos preguntas elementales suelen ser: ¿Quiénes están bajo el control estatal en América Latina? ¿Quiénes pueden ser inducidos al descontrol? Desde esta perspectiva, un pilar para establecer acuerdos, dirimir cuestiones sobre la “amenaza predatoria china” o imponer la lógica del quid pro quo en diferentes temas es hallar contrapartes en la región cuya autoridad sea sustentable en el tiempo más allá de las simpatías ideológicas que pueda tener Washington con esos gobiernos. La estabilidad política es un valor central y no accesorio; supone la capacidad de los gobiernos de mantenerse o durar sin peligro de derrumbarse en una región convulsionada y ante un escenario pos-pandémico eventualmente explosivo. El grado de gobernabilidad importa a Washington tanto o más que la forma de gobierno.

En la actualidad, y en especial respecto a América del Sur, la administración Biden pareciera valorizar el control efectivo por sobre la afinidad política y el no caos por sobre el orden deseable. Así parece suceder en ciertos casos. Por ejemplo, respecto a Venezuela se desecharon aquellas iniciativas más extremas de la administración Trump acerca de una intervención militar y se pasó a suscribir, al menos en el corto plazo, el diálogo entre Maduro y la oposición, manteniendo las presiones y sanciones económicas. En Suramérica, Washington no interfirió en el último proceso electoral a la presidencia en Perú, no incidió en la reciente elección de convencionales constituyentes en Chile y procura mantener una “relación de confianza” con Bolivia, país con el cual no tiene relaciones diplomáticas desde 2008. Las inquietudes sobre la compleja situación política de dos aliados muy cercanos de Estados Unidos, como Brasil y Colombia, parecen reflejarse en un tono menos admirativo del que tuvo el antecesor de Biden con Iván Duque y Jair Bolsonaro, quienes, a su turno, respaldaron la reelección frustrada de Donald Trump. Es imprescindible, sin embargo, subrayar que la situación en América Latina en conjunto es altamente delicada pues se combina, en muchos latitudes, una mayor inestabilidad con una menor legitimidad; combinación que a su vez revela un vacío de conducción política.

La Argentina y la estabilidad

Es bueno recordar que hay indicadores que muestran un decrecimiento de los atributos de poder de la Argentina mucho antes del estallido de la pandemia. Por ejemplo, según datos del Banco Mundial, el PIB de la Argentina en 1966 era el 9º en el mundo, en 1999, era el 16º y en 2019 fue el 27º. En el índice sobre Desarrollo Humano de Naciones Unidas, la Argentina ocupaba el lugar 34 en 2005, el 40 en 2015 y el 48 en 2019. En términos de Poder Militar, según los datos que provee Global Firepower, la Argentina estaba en el puesto 24 en 2007 y en 2019 se situaba en el puesto 38. Según el índice elaborado por la Universidad de Porto sobre la calidad de las elites, la Argentina se ubicó en el puesto 31 entre 32 casos analizados. Sin embargo, y a pesar de este evidente declive, quizás la elección de 2019 y su resultado hayan evitado un cuadro social y político más complejo. La Argentina, con importantes debilidades internas y notorias fragilidades externas, preservó una relativa estabilidad. Probablemente ella sea el resultado de una serie de circunstancias presentes desde el advenimiento de la democracia en 1983: por ejemplo, la desmilitarización de la política en un contexto donde en México, Centroamérica (salvo Costa Rica), Venezuela, Colombia, Perú y Brasil, entre otros, muestran un creciente reposicionamiento institucional de las fuerzas armadas; la gradual ampliación de derechos en una región en la cual en varios países se han bloqueado o retardado; la ausencia de una mayoría de actores sociales y políticos radicalizados, coordinados y con una agenda anti-democrática a pesar de la polarización existente; y un esquema de partidos erosionado pero no deshecho, a diferencia de lo que ocurre en tantos países latinoamericanos. En esa dirección, la condición estable que aún se preserva es fundamental para el país y funcional para Estados Unidos.

La estabilidad es además un activo diplomático relevante en la actualidad. El país no necesita, por supuesto, frentes hostiles en el plano internacional. Pero tampoco que la hostilidad surja del seno mismo de la coalición que gobierna. Nada indica que Washington esté interesado en la inestabilidad argentina y es crucial que esta no sea auto-infligida. Lo que sí motiva hoy la relación de Estados Unidos con la Argentina es el lugar de China en la política exterior y de defensa del país. El ejemplo más reciente es de la nueva comandante de Southcom, Laura Richardson, quien afirmó el 3 de agosto pasado la disposición de Estados Unidos para que la Argentina adquiera aviones de combate en Occidente antes de que los compre a China.

Por lo general, si se hace un repaso de los últimos lustros de los vínculos bilaterales se puede observar que la significación de la Argentina para Estados Unidos es, comparativamente con otras naciones de la región como México y Brasil, baja. En la actual coyuntura, la Argentina tiene tres elementos que interesan a Washington: tiene el potencial de un temario constructivo pues los asuntos principales entre los dos poco inciden, a diferencia de lo que su sucede con la agenda (migración, criminalidad organizada, seguridad, etc.) de las naciones de la Cuenca del Caribe, en la política doméstica estadounidense; es, otra vez comparativamente con numerosos países latinoamericanos, relativamente estable; y posee relaciones muy desarrolladas y variadas con China. Sin embargo, no hay que olvidar que el país es, también, bastante vulnerable.

Todo lo cual nos lleva a sugerir una política exterior moderada y prudente frente a la administración Biden. Tal política no es sinónimo de indecisión, de pasividad o de incapacidad. Hay razones históricas y coyunturales que la justifican. Es imprescindible eludir algo que ya ha ocurrido en distintas oportunidades y bajo diferentes gobiernos en las relaciones bilaterales: euforias iniciales acompañadas de frustraciones posteriores. El escenario positivo que supone la valoración de Washington de la estabilidad argentina y el reconocimiento estadounidense del peso alcanzado por la relación entre Buenos Aires y Beijing podría desdibujarse de manera repentina, y de ese modo el péndulo ilusión-desilusión podría repetirse. Nos parece oportuno destacar que sería un error exagerar las expectativas. Lo relevante, a nuestro entender, es comprender que al parecer en ocho meses de gobierno del Presidente Biden se generó una convergencia promisoria en algunos temas de la agenda argentino-estadounidense que coloca el vínculo bilateral en un terreno de predictibilidad. Y asimismo es fundamental no olvidar que para la Argentina es y será vital reconstruir poder material.

Adicionalmente, no parece que en el corto plazo la post-pandemia derive en un replanteo sustantivo y progresista de las relaciones internacionales. Más aún, es altamente probable que se refuercen tensiones y contradicciones vigentes y que ingresemos a un escenario más pugnaz, fruto del aceleramiento de la transición de poder global. En ese sentido, la creencia de que a raíz de la promisoria visita de Jake Sullivan, Consejero de Seguridad Nacional, se estaría ante la posibilidad de una amistad profunda con Estados Unidos, o de que el Presidente argentino haya sido presuntamente ungido como líder en la región, o de que se habrían consolidado una infinidad de oportunidades en la relación bilateral, no sólo es una simplificación, sino un diagnostico errado del mundo, de las prioridades de Estados Unidos y del lugar que ocupa la Argentina en esas consideraciones. Esta presunción, además de pecar de ambiciosa, podría implicar compromisos más allá de las capacidades reales que el país posee. Advertir esos fenómenos es primordial para entender los condicionamientos que deberá afrontar un ajuste mutuo.

En todo caso, sería bueno empezar a superar la dos modalidades habituales de desengaño: en Washington, la sensación de que la Argentina es incorregible; en Buenos Aires, la de que Estados Unidos es fastidioso. Toda relación asimétrica combina convergencia y divergencia. La armonía total hace innecesaria la negociación pues el más poderoso no tiene incentivos para la transacción; la presencia de la discordia, por el contrario, es fundamento para tramitar y alcanzar acuerdos que generen beneficios a las partes. Un asunto clave será no sumarse a “coaliciones en contra”, por ejemplo, de China, máxime cuando el propio Estados Unidos mantiene una estrecha interdependencia económica, financiera y comercial con el país asiático. Inversamente, será clave sumarse a “coaliciones a favor”, por ejemplo, del multilateralismo, cuya renovación y adaptación adquiere un mayor valor frente a una coyuntura internacional crítica. Por último, sería valioso diseñar una agenda limitada en torno a temas en los cuales ambas partes cumplan los compromisos que se vayan a acordar. Una alternativa sería procurar lo que Miles Kahler llamó una “colaboración de pequeños números”. Se trata de identificar unos asuntos concretos en los que existan intereses coincidentes. En breve, la idea es cimentar una agenda factible para ir avanzando, a largo plazo, hacia una relación razonable. Ello, creemos, incrementará, así sea de manera paulatina, nuestra autonomía internacional, hoy severamente condicionada por dinámicas internas, regionales y mundiales.

 

* Juan Gabriel Tokatlian es vicerrector de la Universidad Torcuato Di Tella.
** Bernabé Malacalza es profesor de Relaciones Internacionales e investigador del CONICET.

 

EEUU, la Argentina y la estabilidad

Alquileres: ¿Quién defiende a los inquilinos de la Capital Federal?

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La Dirección General de Estadísticas y Censos de la Ciudad de Buenos Aires publicó con fecha de junio su último informe sobre el relevamiento del precio promedio de los alquileres en el distrito para departamentos nuevos y usados. El cuadro que sigue muestra la evolución de este indicador durante el primer semestre del año:

Evolución del precio promedio de los alquileres en la Capital Federal

ENCADENADOS

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El capitalismo financiero es una corriente económica caracterizada por el predominio de los fondos y entidades en el mapa económico mundial. Su actividad es centro y nexo de unión de la política socioeconómica a nivel global y condiciona y limita las políticas de sus deudores, sean personas físicas, jurídicas, o Estados.

El capitalismo financiero hace que la economía global sea controlada y se subordine a la banca y al entorno financiero mundial. De hecho, muchas industrias pasan a la propiedad y el control de entidades de crédito e inversión.

La mejor demostración del poder del capital financiero en nuestro país y en nuestro presente es BlackRock.

Es un fondo de inversión, esto es, administra como si fuera un agente fiduciario fondos que le confían porque supuestamente tiene el conocimiento, la técnica y los medios para hacerlos rendir más que en otras inversiones. Fue fundado por su CEO, Larry Fink, y se infiere que administra activos por más de 6,5 billones de dólares [i]. Emplea a más de 14.000 personas en más de 60 países donde tiene oficinas que venden su servicio y tiene importante participación en el capital de empresas de todo el mundo (se estima en unas 17.000 compañías), así como acreencias de países y sociedades.

Sus clientes son fondos de pensiones, gobiernos, aseguradoras, inversores institucionales y fundaciones. Incluso la Reserva Federal de Nueva York contrató a BlackRock para desplegar su plan de estímulo ante la crisis del coronavirus, en una medida que despertó oposición de amplios sectores en los Estados Unidos.

El servicio que ofrece a los capitales le permite comprar títulos públicos y privados (acciones, obligaciones negociables, etc.) por grandes montos que, incluso, lo lleva –en el caso de títulos de deuda pública– a negociar en mejores condiciones con los Estados deudores. Con las empresas logra sumarlas a su corporación al comprar la cantidad de acciones suficientes para tener voto decisivo en el directorio. Esto le ha permitido ser, por ejemplo, el mayor accionista en el grupo Bayer-Monsanto y en Netflix. Erigido en gendarme del capital financiero global en alianza con las empresas de inteligencia artificial, comanda el conflicto de élites en los Estados Unidos, pero, a la vez, traslada ese rol de preservación del valor de los activos financieros al mundo en crisis por el Covid-19 [ii].

En la Argentina es el principal acreedor privado. Se estima que posee títulos de deuda externa del país por unos 2.000 millones de dólares, de los cuales la mayor parte es bajo legislación internacional. A su vez, declara ser accionista del Banco Galicia con el 18,8% de las acciones, del Banco Macro, y ser socio de los bancos españoles Santander y BBVA.

En empresas del país es accionista de YPF [iii] y en el grupo Pampa Energía [iv], Central Puerto, Loma Negra, IRSA, Telefónica, Coca-Cola, Bayer, ExxonMobil, Chevron, Apple, Microsoft, Procter & Gamble, Tenaris, Mercado Libre, TGN, Arcos Dorados y Adecoagro, entre otras.

Declaran poseer el 6% del paquete accionario de Glencore, empresa que en la Argentina compró Oleaginosa Moreno y la bautizó Viterra S.A., que está entre las 10 principales empresas acopiadoras y productoras de granos, harinas, aceites y biocombustible del país. Además, Glencore posee molinos de arroz, crushing de soja (General Villegas, Necochea y Daireaux), realiza siembra directa, produce aceites vegetales y molinos en Chajarí y Paso de los Libres, además de acopios en Bahía Blanca, Conquistadores y Bonpland. Exporta el 25% del arroz que produce el país y maneja la mina Bajo La Alumbrera, un yacimiento de cobre, oro y molibdeno y otros minerales (llamados “tierras raras”) que explota en superficie Minera Alumbrera desde 1997. En este proyecto posee el 50% de las acciones, en sociedad con las empresas canadienses Goldcorp y Yamana Gold que cuentan con 37,5% y 12,5%, respectivamente. También maneja las minas El Aguilar en Jujuy, Agua Rica en Catamarca y El Pachón en San Juan.

BlackRock fue acusada en 2014 por la entonces Presidenta Cristina Kirchner de buscar “desestabilizar” a la Argentina: fue cuando le compró a Paul Singer, cara visible del fondo Elliott y el rostro más conocido de los denominados “fondos buitre”, una participación en la imprenta Donnelley, que ese año presentó la quiebra y despidió a 400 operarios.

La realidad supera a la fantasía y el personaje creado por William Shakespeare en El mercader de Venecia sería un filántropo de nota al lado de los CEOs y administradores de estos fondos que sólo buscan esquilmar a sus deudores, pero no matarlos. De lo contrario, no cobran la “libra” de carne.

La Argentina es dependiente de ellos en tres frentes: la deuda externa, la interna, y las Leliqs y Pases Pasivos del Banco Central de la República Argentina (BCRA). Detrás de los tres activos, está BlackRock.

Deuda externa

En lo que respecta a los títulos de deuda externa por 66.238 millones de dólares al 31 de agosto de 2020, se presentaron divididos en tres grupos: Grupo Ad Hoc de Bonistas Argentinos (encabezado por BlackRock, Fidelity y Ashmore), el Comité de Acreedores de Argentina (liderado por Greylock), y el Grupo de Bonistas del Canje (liderado por Monarch, HBK, Cyrus y VR) y otros tenedores (tales como Pimco y Prudential). Aceptaron canjear los mismos y conceder cuatro años de gracia, de manera tal que el primer vencimiento de capital es en el segundo semestre de 2024. Esto fue así porque el nuevo gobierno, ante una deuda irracional y sobredimensionada, en el marco de la pandemia de Covid-19, podía no pagarles. Ellos son administradores de fondos, no los dueños (no al menos en parte importante) y hubieran sufrido el reclamo y hasta el retiro de capitales de los que le dieron los fondos para que los administre.

Deuda interna

En cuanto a la deuda interna del Tesoro de la Nación, que supera en estos cinco meses que restan para que termine el año los 700.000 millones de pesos, sus poseedores pretenden, para renovar los títulos a su vencimiento, una mayor retribución. Por eso, pese a que el roll over fue total, e incluso el Tesoro de la Nación logró tener un financiamiento extra en los primeros siete meses del año, en las dos licitaciones que vencieron en estas dos semanas de agosto de 2021 se renovó en torno al 60%, obligando al BCRA, para financiar al Tesoro, a transferir utilidades por 120.000 millones de pesos. Además, según dicen los medios –pero no lo demuestra el balance semanal del BCRA cerrado el 5 de agosto 2021– el BCRA emitió 40.000 millones de pesos más, sumando una asistencia total en lo que va de agosto de 160.000 millones a las cuentas de Hacienda.

En lo que va de 2021, el BCRA le giró al Tesoro de la Nación 670.000 millones de pesos: 480.000 millones en concepto de utilidades y 190.000 millones en concepto de adelantos transitorios. En paralelo, la Secretaría de Finanzas consiguió una partida de 311.431 millones, al aumentar la colocación de títulos de deuda en pesos, con la peregrina idea de cubrir con recursos del BCRA, cuando no es suficiente el roll over.

Deudas del BCRA

El stock de Leliqs (Letras de liquidez del BCRA), que son títulos de corto plazo (la mayor parte a siete días) con los que el BCRA remunera a los bancos para inmovilizar esos fondos [v], supera los 2 billones de pesos y devenga intereses en el segundo semestre de este 2021 por casi 900.000 millones de pesos. A eso hay que sumarle los “Pases Pasivos”, que son préstamos de los bancos al BCRA por uno a seis días y que, al 5 de agosto de 2021, alcanzan los 1,8 billones de pesos. La suma de los préstamos de esos bancos al BCRA totaliza 3,8 billones de pesos. Basta decir que los que poseen casi la mitad de las Leliqs, de los Pases Pasivos, y de los títulos de deuda pública en pesos, son los diez principales bancos del país, de los cuales, en los cuatro más grandes por volumen de depósitos, tiene participación BlackRock.

Estados contables de los bancos privados del sistema financiero argentino al 28/02/2021

BANCOSPRIVADOS Títulos públicos y privados
Depósitos Préstamos
Santander – Río 789.118.896 371.915.282 197.258.434
Galicia y Bs. As. 735.539.923 443.306.455 180.480.971
BBVA 494.823.902 256.112.538 135.868.716
Macro 466.241.289 262.110.623 260.531.133
Credicoop 360.154.160 67.759.744 190.789.521
HSBC 265.073.816 125.926.636 78.080.655
ICBC 261.057.085 121.010.193 97.202.355
Patagonia 233.950.496 102.535.628 96.218.309
Citibank 210.744.059 53.086.838 42.999.379
Supervielle 195.944.374 96.387.495 60.630.337
SUB TOTAL 4.012.648.000 1.900.151.432 1.340.059.810
TOTAL 8.463.723.600 3.660.313.000 3.103.721.600
Porcentaje $/total 47,4% 51,9% 43,2%

En miles de pesos. Fuente: BCRA.

El hombre, ¿dónde estuvo?

Piedra en la piedra, el hombre, ¿dónde estuvo?, se preguntaba en el poema La revelación de Macchu Picchu el gran Pablo Neruda. Podríamos hacer el mismo razonamiento que el ilustre chileno, dado que en medio de la ola de Covid-19 no se pagó la cuarta cuota del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), que eran unos 90.000 millones por vez, una ayuda a quien no tiene o no pudo trabajar. Por su parte, el Plan Potenciar Trabajo abarca a 870.000 trabajadores [vi]. Si se le aumenta a cada uno de ellos 55.000 pesos por mes (y de esa manera cubren la Canasta Básica Total) significa un costo total de 48.000 millones de pesos mensuales. En cinco meses serían 240.000 millones de pesos. La gran diferencia es que con esa remuneración y los materiales correspondientes, pueden construir, por ejemplo, 260.000 casas por año.

Para poner de pie a la Argentina real se deben utilizar la masa de Leliqs (Letras de Liquidez del BCRA) y gran parte de los Pases Pasivos (que suman 3,8 billones de pesos), en lugar de que estén inmovilizados y paguen interés a sus administradores, porque son depósitos de la población que los grandes bancos usan sin riesgo alguno. Deben ser empleados en financiar un vasto plan de obra pública que genere empleo y reactive la economía nacional. A su vez, que permita apuntalar la construcción de viviendas populares y el apoyo a planes de autoconstrucción que no requiere insumos importados y es un importante multiplicador de la producción local, acompañado de las imprescindibles inversiones de infraestructura (poner en funcionamiento los astilleros y las cooperativas de empresas metalúrgicas recuperadas para hacer barcos y barcazas, por ejemplo). Y finalmente, debe permitir asistir a los beneficiarios del IFE, a los trabajadores y jubilados y pensionados que perciben remuneraciones por menos de la Canasta Básica Total, a los inscriptos en el Plan Potenciar Trabajo, a las pequeñas y medianas empresas y al Estado.

Paralelamente, con intervención directa del Estado nacional, provincial y municipal se deben crear mercados concentradores locales y regionales de abastecimiento de alimentos, evitando los innecesarios gastos de transporte y generando trabajo y mercado en el lugar.

Se requiere de un Estado presente y que asuma los riesgos que el capital financiero no va a tomar. Y lo que es peor, como la economía no crece, la rentabilidad financiera se fuga. Además, los pasivos financieros del BCRA (Leliq y Pases Pasivos), como no pueden pagarse sus intereses, se capitalizan, incrementándose la deuda del BCRA en forma exponencial, hasta que una vez estalle. Hacia ese fin vamos: Piedra en la piedra, el hombre, ¿dónde estuvo?

Sistema financiero argentino

 

Diferencia Porcentaje
INDICADORESMONETARIOS 30/12/2019 30/12/2020 05/08/2021 05/08/2021 05/08/2021
30/12/2020 30/12/2020
Base Monetaria 1.829.109 2.470.260 2.972.359 502.099 20,33%
Circulación Monetaria 1.147.080 1.897.825 2.136.845 239.020
Cuenta Corriente en el BCRA 682.028 572.435 835.513 263.078
Reservas Internacionales 45.190 39.410 42.207 2.797 7,10%
LELIQ 758.453 1.633.620 2.047.896 414.276
Pases Pasivos 426.655 1.220.889 1.809.259 588.370
Esterilización 1.185.108 2.854.509 3.857.155 1.002.646 35,13%
Adelantos al Tesoro 792.730 1.260.450 1.450.450 190.000 15,07%
Créditos al sector privado 2.476.189 3.224.544 3.654.500 429.956 13,33%
Crédito /PIB 11,15% 11,09% 11,00%

Nota: En millones de pesos o de dólares, según corresponda. Créditos al sector privado en pesos más dólares. Fuente: Gerencia de Estadísticas Monetarias del BCRA.

 

 

[i] Si fuera un país, sería el tercer PIB del planeta, detrás de los Estados Unidos y China (y no tiene que mantener ejércitos, ni planes de salud).
[ii] El trabajo focaliza en la disputa globalizadores-continentalistas en torno a la potencial propiedad de las empresas de inteligencia artificial, Google-Apple-Facebook-Amazon-Microsoft (GAFAM), rescatadas con fondos federales, y reseña la constitución de un fondo administrado por BlackRock que protegería dichos paquetes accionarios de una “compra hostil” (“take over”) por parte del gobierno.
[iii] BlackRock posee en YPF 9,77 millones de acciones correspondientes al 5,67% de los papeles en circulación en los mercados de capitales de Buenos Aires y Nueva York. Es el segundo inversor institucional privado luego del fondo mutualista Wellington.
[iv] La venta de su participación a Edenor al grupo Vila-Manzano-Filiberti se explica por la fuerte deuda que la firma tenía con CAMMESA. Según sus cálculos, no justificaba tenerla en su poder.
[v] Esto es para no prestar. El BCRA le paga a los bancos para que no presten.
[vi] El Ministerio de Desarrollo Social aplicará un aumento del Plan Potenciar Trabajo, cuyo montó será de $14.040 desde agosto de 2021. El monto del Plan Potenciar Trabajo equivale al 50% del Salario Mínimo, Vital y Móvil (SMVM).

 

 

Encadenados

EE.UU: cambios en el “patio trasero”

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Histórica y comparativamente la amplia Cuenca del Caribe (que baña a México, Centroamérica, Panamá, Colombia, Venezuela, las Guayanas y el Caribe insular) ha sido vital para Estados Unidos.

Por ende, no sorprende que, de acuerdo al informe (Instances of United States Armed Forces Abroad, 1798-2020) del Congressional Research Service, entre 1900 y 2020 EE.UU. desplegara allí en 37 ocasiones la fuerza mediante la ocupación, la invasión y la acción armada.

Solo una vez lo hizo en Suramérica (la Operation Blast Furnace en Bolivia en 1986). Además es en la Cuenca del Caribe en donde se ubica la presencia militar estadounidense: la base de Guantánamo en Cuba y las Forward Operation Locations en Honduras (Soto Cano), El Salvador (Comalapa), Aruba (Reina Beatrix) y Curazao (Hato International). Después de los atentados terroristas de 2001, la Cuenca se transformó en el principal perímetro de defensa de EE.UU y, sin duda, gran parte de la agenda interamericana se refleja en esa zona.

En materia económica, EE.UU ha firmado solo 14 tratados de libre comercio. El tratado T-MEC, reemplazo del NAFTA, incluye a México; el CAFTA (por su sigla en inglés) cubre a Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Honduras y República Dominicana; y tiene tratados bilaterales con Colombia y Panamá.

En 2019, el último año sin pandemia, el total de las exportaciones de Estados Unidos a América Latina y el Caribe fue de US$ 419 mil millones de dólares y las importaciones a EE.UU. alcanzaron los US$ 467 mil millones de dólares. México representó el 61% de las exportaciones estadounidenses y el 65% de las importaciones provenientes de la región.

Colombia fue el cuarto exportador a EE.UU. y el tercer importador de ese país con un intercambio de US$ 29 mil millones dólares. Venezuela supo ser el segundo socio comercial estadounidense con un intercambio que, en 2008, llegó a US$ 64 mil millones de dólares pero en 2020 apenas superó US$ 1 mil millones de dólares.

En materia de migración, el 25% del total de personas que llegan a EE.UU. proviene de México, el 10% de las islas del Caribe, y el 8% de Centroamérica. Es decir, el 43% procede de la Cuenca del Caribe.

En cuanto a las drogas ilícitas, la Cuenca es un epicentro continental de producción, procesamiento y tráfico de sustancias psicoactivas ilícitas, a pesar de los programas anti-narcóticos de Washington como el Plan Colombia, la Iniciativa Mérida, la Iniciativa Regional de Seguridad de América Central y la Iniciativa de Seguridad de la Cuenca del Caribe.

Además, en una Latinoamérica con graves problemas de violencia, varios países de la Cuenca del Caribe concentran los niveles más severos de violación de derechos humanos y las mayores manifestaciones (criminal, armada, institucional) violentas.

En cuanto a la cuestión de la equidad, un estudio del Banco Mundial de 2018 sobre el boom de los productos primarios mostró que, a pesar de ese auge, 6 de los 10 países con mayores índices de desigualdad en el mundo seguían siendo México, Colombia, Haití, Honduras, Panamá y Costa Rica.

En materia de asistencia de los Estados Unidos, un reciente trabajo de Sophie Egar en el Security Assistance Monitor, muestra que entre 2010 y 2020 cuatro países de la Cuenca del Caribe concentraron el 89.4% de la ayuda en seguridad que brinda EE.UU.: Colombia (43.7%), México (30.5%), Guatemala (2.8%) y Haití (2.4%), al tiempo que, entre 2000 y 2020, el total de efectivos (militares y policías) entrenados por EE.UU. fue superior en Colombia (108.727) que en Afganistán (86.825). En cuanto al sistema de sanciones, 3 de las 11 naciones castigadas por EE.UU. son de la Cuenca: Cuba, Nicaragua y Venezuela.

A pesar de las sanciones Washington no logró en ningún caso el cambio de régimen que pretendía.

Respecto a la proyección de China en el área, algunos indicadores son claves. Venezuela ha sido el principal destino de sus inversiones, con US$ 67 mil millones. Beijing logró que tres países abandonaran su relación con Taiwán: Panamá, República Dominicana y El Salvador. Por último, 12 de los 19 países de la región que firmaron memorandos de entendimiento para sumarse a la Iniciativa de la Franja y la Ruta se sitúan en la Cuenca del Caribe.

En este contexto no nos debe asombrar que el primer viaje al exterior de la Vice-Presidente Kamala Harris haya sido a México y Guatemala; que la primera travesía a Latinoamérica del Secretario de Estado, Antony Blinken, haya sido a Costa Rica; que el primer periplo a la región del Secretario de Seguridad Nacional, Alejandro Mayorkas, haya sido a México y que los dos primeros países del área visitados por el director de la CIA, William Burns, fueran México y Colombia.

Sin embargo, la administración Biden carece aún de una política integral para una Cuenca del Caribe muy inestable.

Las urgencias domésticas y el disenso bipartidista en política exterior, la mayor preocupación externa centrada en la relación con China y el papel de sus mayores aliados y la menor disposición de recursos internacionales inciden en esa ausencia.

La Cuenca ya no es el “patio trasero” de una potencia hegemónica y Washington ya no es el “only big kid” en la geopolítica caribeña. Necesita acompañantes discretos y creíbles para evitar allí más turbulencia. Naciones como la Argentina podrían identificar temas de colaboración con Washington respecto a la zona bajo el principio de que los intereses de ambos resulten coincidentes y mejoren la capacidad negociadora y la autonomía del país.

 

https://www.clarin.com/opinion/ee-uu-cambios-patio-trasero-_0_KLU9m4yOK.html

Informe económico mensual

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La velocidad de crecimiento de las variables es realmente significativa. Pero el riesgo de este andar vertiginoso da un resultado inverso al de las carreras de Fórmula 1. El que llega primero incrementa la posibilidad de derrapar. Las variables a lo largo de los años son determinantes del día, mes o año siguiente. No mencionamos aquellas que usualmente se asocian al crecimiento de la economía, como el Producto Bruto Per Cápita o la Inversión, sino las que incluyen inflación, tipo de cambio y otras, que han demostrado y demuestran que fijan los carriles por donde corre la economía. Las variables pueden ser analizadas desde sus raíces ideológicas o teóricas diferentes, pero por el momento no se ha encontrado la solución. Otras cuestiones se pueden apreciar siguiendo los índices, tales como el crecimiento de las Leliqs y la marcha de los gastos. La inflación, los tipos de cambio y los salarios pareciera que se alimentan en forma recíproca.

En la primera parte del documento explicamos cómo se fueron elaborando los índices y sus resultados. Ahora consultamos a Inodoro Pereyra para ver si tiene una explicación que aliente futuras correcciones. Como suele usar metáforas, contamos con la siguiente que la podemos interpretar de varias maneras modificando algunas palabras, cosa que se la dejamos a los lectores. La preocupación gira sobre aquello que parece ser raro, innovador o distinto para enfrentar nuevas situaciones complicadas o modificar las conocidas. Se presenta el cacique Lloriqueo con sus indios pampas y le pregunta a Inodoro: “Inodoro Toro… Indios teniendo duda existencial… Los pampas… ¿Somos transgresores o no somos transgresores?”. Responde Inodoro: “Lamento decirles que ustedes no son transgresores, cacique Lloriqueo”. La respuesta puso nerviosos a los pampas y a coro le responden: “¡Miente!” “¡Huinca”, “Boca torcida!” ¡En boca del mentiroso lo cierto se hace dudoso!” “¿Por qué no?”. Inodoro siempre acompañado por Mendieta les explica didácticamente: “Porque de ustedes se esperan que hagan malones… y hacen malones. Se espera que quemen ranchos… y queman ranchos. Nunca una sorpresa”. Esa fuerte argumentación de Inodoro convence a los pampas: “Parece razonable, Inodoro Toro, huinca sabio, ¿Qué somos, entonces? Otra vez nuestro viejo problema de identidá”. Finalmente Inodoro reflexiona con Mendieta: “Transgresores… lo que se dice transgresores… quedamos pocos, Mendieta”.

 

2021 Agosto -8 Indicadores nominales-.docx

LA ESTRATEGIA DE LA DEUDA

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La estrategia es un plan general y se conforma de una serie de acciones pensadas, premeditadas y encaminadas hacia un fin determinado. En el caso de la deuda externa, es claro que los acreedores tienen un frente común, que se interrelacionan entre sí y que tienen un centro de decisiones.

Desde su origen mismo, la deuda se realiza para esquilmar y detraer la riqueza de la sociedad endeudada. Ya lo decía John Adams, primer Vicepresidente y segundo Presidente de los Estados Unidos: “Hay dos formas de conquistar y esclavizar a una nación. Una es la espada, la otra es la deuda”.

El gobierno de Néstor Kirchner, con su estrategia de canjear obligaciones del Tesoro con una fuerte quita, nos desendeudó fuertemente y canceló la totalidad del crédito tomado con el Fondo Monetario Internacional (FMI) tras 50 años en los que, directa o indirectamente, nos encontrábamos condicionados por sus políticas. Posteriormente, el déficit fiscal de 2015 de 221.344 millones de pesos –equivalente en ese momento a unos 25.000 millones de dólares (un 5% del PIB)– fue el pretexto para que el gobierno de Cambiemos tomara deuda en dólares sin límite alguno. Es decir, propusieron endeudarse en divisas para financiar el déficit fiscal, que es en pesos, con el argumento de que no se podía emitir porque era inflacionario y de que no había capacidad para colocar títulos de deuda en nuestra moneda en el mercado local. Deuda externa que fue aprobada en los presupuestos de 2016 y 2017, cuando legisladores que hoy son importantes figuras del Frente de Todos votaron sin miramiento y sin responsabilidad.

La deuda externa en diciembre de 2015 era de 222.703 millones de dólares y el 60% era intra sector público, 9% con organismos internacionales (sin el FMI, al que se le habían pagado todas las acreencias en enero de 2006) y 31% con el sector privado. En diciembre de 2019 pasó a ser de 323.177 millones de dólares, 40% de la misma, intra sector público, 22,7% con organismos internacionales (mayormente el FMI, por un equivalente a 45.400 millones de dólares) y 37,3% con el sector privado. La deuda se incrementó en más de 100.000 millones de dólares y desmejoró sensiblemente su distribución, sobre todo, por la perentoriedad de los plazos.

Con fecha 21 de mayo de 2020, el Banco Central de la República Argentina (BCRA) publicó el informe “Mercado de cambios, deuda y formación de activos externos, 2015-2019”, donde demuestra que de la deuda tomada por la gestión de Cambiemos, la fuga de capitales del período comprendido entre diciembre de 2015 y octubre de 2019 alcanzó los 86.200 millones de dólares. Aumentaron la deuda y prácticamente el 85% de la misma no se invirtió en el país y se convirtió en activos financieros de residentes argentinos en el exterior. Es más, ese informe sostiene que, en total, 6.693.605 personas físicas y 85.279 personas jurídicas compraron los 86.200 millones de dólares durante la gestión de Cambiemos, pero los 100 mayores adquirieron 24.679 millones de dólares.

Nunca dieron a conocer oficialmente el listado de los que compraron las divisas con las que se endeudaba el Tesoro de la Nación de la gestión de Cambiemos, pero sí lo hizo El Cohete a la Luna en una nota titulada “Los 100 de Macri”, del 24 de mayo de 2020, donde se publicó una lista jamás desmentida por los interesados ni por el BCRA. Entre esos grandes fugadores están Telefónica Argentina con 1.248,2 millones de dólares y Pampa Energía S.A. (del grupo Mindlin y Joseph Lewis) con 903,9 millones de dólares [i]; Monsanto Argentina S.A. (donde hizo toda su carrera Gustavo Idígoras, actual presidente de CIARA-CEC y conspicuo miembro del Consejo Agroindustrial Argentino); Grupo Clarín, con Directv Argentina S.A. y Telecom Argentina S.A.; el grupo Techint, con Siderar S.A.; Hidrovía Paraná S.A. (la empresa que tiene la concesión del dragado del río Paraná, que vence este 30 de septiembre de 2021) y Aceitera General Deheza, una de las grandes beneficiadas con tres puertos propios (uno de ellos, socio con la multinacional Bunge) en los 70 kilómetros del nodo portuario del Gran Rosario-Santa Fe. También están Arcor S.A. de la familia Pagani; el Grupo Galicia de los Braun, Ayerza y Escasany [ii]; el Banco HSBC y el Grupo IRSA de Eduardo Elsztain, entre otros.

La inconsistencia

No existe el castigo moral ni a los funcionarios del gobierno de Cambiemos que instrumentaron el endeudamiento, ni tampoco a los legisladores que se lo aprobaron. Pero si debería existir la pena fiscal por la deuda tomada con el FMI que no fue autorizada por el Congreso de la Nación, como lo determina el artículo 75, inciso 4 de la Constitución Nacional que dice que es atribución del Congreso “contraer empréstitos sobre el crédito de la Nación”. La deuda con el FMI se tomó entre gallos y medianoche por 45.400 millones de dólares y se fugó en su totalidad. No es que con esa plata no se hizo una vivienda, es que ni siquiera se compró un ladrillo.

El Presidente de la Nación, en la inauguración de las sesiones ordinarias del 1 de marzo de 2021, dijo: “Una deuda tomada por un gobierno irresponsable que obtuvo un crédito otorgado en su favor por motivos absolutamente políticos, merece una revisión y un tratamiento adecuado a la hora de su renegociación. Tanta mala fe de los tomadores del crédito y tanto desdén de funcionarios políticos de un organismo multilateral por privilegiar a un gobierno en la coyuntura, no puede ser visto como un caso más”. El crédito incluso viola el inciso a del artículo 6°del Convenio Constitutivo del FMI [iii] que obliga a la institución a realizar un monitoreo para ver el destino de los fondos. Eso no sólo no se hizo, sino que se le prestó al gobierno de Cambiemos en plena corrida cambiaria, cuando el BCRA de esa gestión vendía sin límite las reservas internacionales, hecho que de por sí tornaba más previsible que se endeudaba al país para posibilitar la fuga.

Nicolás Dujovne y Federico Adolfo Sturzenegger, como ministros de Hacienda y presidente del BCRA, respectivamente, durante la gestión de Cambiemos, firmaron que el crédito tomado se cancelaría en tres años. Su primera cuota vence el 30 de septiembre de 2021 por 1.687,5 millones de dólares. Un despropósito que tanto el gobierno de Macri, como el FMI, sabían que era imposible de llevar a cabo.

Nos endeudaron para que nos subordinemos a la política del FMI, como efectivamente pasó en el gobierno anterior. Además, esto es evidente que influye sobre la gestión actual, al suspenderse en septiembre del año pasado el cuarto tramo del IFE (Ingreso Familiar de Emergencia) y al reducirse en el primer semestre de 2021 el gasto en jubilaciones y pensiones y en inversión pública [iv] para lograr un déficit primario (antes del pago de los intereses de la deuda) del 0,5% del PIB, cuando estamos enfrentando la llamada segunda ola de Covid-19.

Paralelamente, el FMI, con el fin de que los países miembros puedan hacer frente a la pandemia, amplía los Derechos Especiales de Giro (DEG) por una suma equivalente a 650.000 millones de dólares, de los cuales a la Argentina le corresponden unos aproximadamente 4.350 millones de dólares, para que se destinen a los programas de salud, educación, vivienda, trabajo, reducción de la pobreza e indigencia, entre otros. Sin embargo, el gobierno decidió pagarle al Club de París 226 millones de dólares en el pasado mes de julio y se dispone a pagar la cuota del FMI del 30 de septiembre de 2021. Queda pendiente otra cuota igual que vence el 30 de diciembre de este año.

Las otras deudas

Recordemos que el gobierno de Cambiemos, que pretextó para tomar deuda externa que no podía colocar títulos en pesos, lo hizo igual. Aun peor, la defaulteó cuando decidió, en agosto de 2019, que las deudas de corto plazo en pesos (Letes, Lecap, Lecer y Lelink) se abonen en cuotas, un 15% al vencimiento, un 25% a los tres meses y el 60% restante a los seis meses.

Actualmente se estima que los vencimientos de los distintos títulos públicos en pesos para los cinco meses que restan del año rondan los 700.000 millones, importe al que se le debe sumar el déficit fiscal que la Secretaría de Hacienda de la Nación prevé en unos 1.300.000 millones de pesos (o sea, 1,3 billones de pesos), conformando un total de 2 billones de pesos. Para lo cual se confía en un roll over (renovar deuda vieja por nueva) del total de los 700.000 millones de pesos en títulos que vencen en el período y en que el BCRA asista al Tesoro de la Nación en torno a los 900.000 millones de pesos, que se suman a los 220.000 millones de pesos correspondientes a Transferencias de Utilidades realizadas y a los 190.000 millones de pesos por Adelantos Transitorios otorgados hasta el 2 de agosto de 2021.

Sistema financiero argentino

Diferencia Porcentaje
INDICADORES 30/12/2019 30/12/2020 02/08/2021 02/08/2021 02/08/2021
MONETARIOS 30/12/2020 30/12/2020
Base Monetaria 1.829.109 2.470.260 2.949.040 478.780 19,38%
Circulación Monetaria 1.147.080 1.897.825 2.116.035 218.210
Cta Cte en el BCRA 682.028 572.435 833.005 260.570
Reservas Internacionales 45.190 39.410 42.504 3.094 7,85%
LELIQ 758.453 1.633.620 2.015.279 381.659
Pases Pasivos 426.655 1.220.889 1.746.376 525.487
Esterilización 1.185.108 2.854.509 3.761.655 907.146 31,80%
Adelantos al Tesoro 792.730 1.260.450 1.450.450 190.000 15,07%
Créditos al sector privado 2.476.189 3.224.544 3.682.993 422.175 13,09%
Crédito /PIB 11,15% 11,09% 11,00%


En millones de pesos o de dólares, según corresponda. Créditos al sector privado en pesos más dólares. Fuente: Gerencia de Estadísticas Monetarias del BCRA. 

Los títulos de deuda del BCRA –las Leliq (Letras de Liquidez del BCRA) y los Pases Pasivos– totalizan 3,7 billones de pesos (al tipo de cambio oficial, unos 39.000 millones de dólares), cifra que supera ampliamente la base monetaria y también al total del crédito al sector privado, demostrando el grado de incoherencia de la política monetaria. La deuda de corto plazo es la variable que más creció y que más crece desde que asumieron las actuales autoridades, casi triplicándose. No tiene freno alguno, porque devenga un interés efectivo anual del 45,4% que, como no se pagan, se suma a los vencimientos, conformando una bola de nieve que no para de crecer y que depende de la voluntad de los 10 grandes bancos privados del sistema para que se sigan renovando. En cuatro de ellos (Santander, BBVA, Galicia y Macro), el CEO de BlackRock, Larry Fink, reconoce tener participación accionaria; los otros cuatro son extranjeros (Citi, HSBC, ISBC, Patagonia-Banco Do Brasil) y dos son nacionales (Supervielle y Credicoop), que tienen en su poder la mitad de las Leliq y/o de los títulos del Tesoro en pesos.

El crecimiento de las reservas internacionales de menos de 3.000 millones de dólares en los primeros siete meses del año es insuficiente para financiar una parcial no renovación de las Leliq y/ o de los títulos del Tesoro en pesos.

En esas condiciones de extrema debilidad, el gobierno adelanta que va a pagar al FMI con el aumento de los DEG que recibe de ese organismo, con lo cual la deuda con el FMI queda igual, tal vez a menor tasa de interés. Además, así seguramente el país obtendrá un financiamiento a diez años con cuatro o cinco años de gracia para no amortizar capital. Pero, a cambio, se reconoce toda la deuda que paga el pueblo argentino con menos obras, menos salarios y menos jubilaciones y pensiones. Y con una economía internacionalizada en la cual se vende todo afuera (el FMI lo denomina “sustentabilidad externa”) y, si se quiere comprar acá, hay que pagar ese precio internacional, produciendo la inflación del 50% anual, cuando los salarios crecen 10 puntos menos por año, como demuestra el mismo INDEC.

La pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué el pueblo argentino debe pagar la deuda que fugaron unos cuantos? ¿Por qué no se llama a los cien primeros compradores de divisas en la gestión de Cambiemos y se les pregunta, dado que no declararon ni pagaron el Impuesto a las Ganancias por los 24.679 millones de dólares que compraron, de dónde sacaron los recursos y se los multa por ello?

La única respuesta es que esos cien grandes fugadores están entrelazados entre sí y con los acreedores, y que responden a la misma estrategia para con los “condenados de la deuda”.

 

 

[i] En ambas empresas (Telefónica y Pampa Energía) Larry Fink, titular del fondo BlackRock, reconoce que tiene participación en su capital.

[ii] Larry Fink reconoce participación en el capital accionario del Grupo Banco Galicia por un 18,8% del total.

[iii] Artículo 6°, inciso a: “Ningún país miembro podrá utilizar los recursos generales del Fondo para hacer frente a una salida considerable o continua de capital, y el Fondo podrá pedir al país miembro que adopte medidas de control para evitar que los recursos generales del Fondo se destinen a tal fin. Si después de haber sido requerido a ese efecto, el país miembro no aplicara las medidas de control pertinentes, el Fondo podrá declararlo inhabilitado para utilizar los recursos generales del Fondo.

[iv] El gasto de capital del primer semestre de 2021 fue sólo del 29,4% del presupuesto, cuando la inflación del semestre fue del 25,3%.

 

https://www.elcohetealaluna.com/la-estrategia-de-la-deuda/

¿Quién paga la deuda?

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La reestructuración de deuda pública con el sector privado llevada adelante en septiembre del año pasado permitió reprogramar los vencimientos abultados hasta el año 2025 y un descenso de los servicios de intereses desde una tasa anual promedio del 7,2% al 3,1%.

Al momento del exitoso canje de títulos, el riesgo país se ubicaba en los 1100 puntos básicos y, contrariamente a lo esperado, dado que la reestructuración debía dotar de sustentabilidad al programa financiero alcanzado, el riesgo de los títulos soberanos comenzó a ascender hasta flotar en torno a los 1500 puntos básicos.

Esta contradicción puede explicarse en el perfil de vencimientos a un lustro vista, tal como lo refleja el cuadro siguiente:

Promedio Anual de Vencimientos de Deuda Pública con el Sector Privado

Estimación período 2021/2030

 

https://www.eldestapeweb.com/economia/quien-paga-la-deuda–20218719057