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viernes, abril 17, 2026
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LOS USOS DEL HUMANITARISMO Y LOS DERECHOS HUMANOS

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Young boy shouting on a megaphone in a protest

«El problema que provocan los derechos humanos para cualquier orden jurídico nacional o global, es que ellos nunca cesan de no inscribirse. Son lo no dicho en cualquier sistema relacionado a las condiciones materiales por las que los humanos podemos perseverar en el ser. A saber: alimento, cobijo y cultura»

Este trabajo puede ser expuesto en pocas palabras. La extensión que tiene se hace necesaria para su justificación.

Los derechos humanos sólo pueden ser entendidos en contraposición con otra categoría: la del derecho de las personas, es decir, la capacidad de estar en el comercio. Los derechos humanos están en relación con la fragilidad del viviente. Por eso nunca pueden estar en un pie de igualdad un tratado de libre comercio y un tratado contra la tortura.

Los derechos humanos advienen, irrumpen como acontecimiento, portados por un sujeto colectivo. Su irrupción es la de un crimen absoluto, el que se postula como ley nueva frente a un estado de situación jurídica que no los contempla. Los derechos humanos dan cuenta de la necesaria incompletitud del sistema jurídico.

Los derechos humanos no son los tratados emanados de un legislador global, ellos son la ruptura que los sistemas de dominación tratan de suturar y para esto cuentan con los comités de ética, comisiones de expertos y sínodos de bienaventurados. El modo de “civilizarlos” es leerlos como un código más o como una inscripción en un cielo legible accesible sólo a los expertos. Este modo de recibir los derechos humanos vuelve a coronar al filósofo-rey platónico que sabe dónde está el bien.

El problema que provocan los derechos humanos para cualquier orden jurídico nacional o global, es que ellos nunca cesan de no inscribirse. Son lo no dicho en cualquier sistema relacionado a las condiciones materiales por las que los humanos podemos perseverar en el ser. A saber: alimento, cobijo y cultura.

Los derechos humanos aparecen en el momento en que las condiciones materiales se tornan demanda por la articulación de la palabra y encuentran la corporeidad de un sujeto colectivo que los porta. Por eso no se dicen con el discurso de la universidad, sino con el discurso del analista, no hay una enciclopedia de saberes, sino una escucha de un decir del sujeto que demanda que, en todo caso puede ser puntuada por el sujeto supuesto saber. Pues la verdad es lo que se anuda en el discurso del sujeto.

También por eso el verdadero nombre de los derechos humanos es el de la Seguridad Social, es decir, alimento, cobijo y cultura.

¿Existe algun derecho que no sea humano?

Juan Carlos Morando hace varios años me formuló la pregunta del título que resulta pertinente para pensar los derechos humanos. La pregunta pone en cuestión la existencia misma de estos, pues la afirmación de que todos los derechos son humanos niega a la categoría cualquier tipo de significación para convertirse en una simple expresión emotiva, un flatus vocis. En todo sistema de la lengua toda unidad significante encuentra su valor en la relación de diferencia con las otras unidades significantes. Si el termino derechos humanos es coextensivo con el término derecho, el agregado de humanos carece de valor.

Pero la pregunta de Morando da en el clavo sobre las corrientes de interpretación de los derechos humanos actualmente en boga desde la academia y los órganos de poder.

Los derechos humanos, en la concepción de la mayoría de los juristas, tienden a presentarse como un Código, como otro corpus de derecho positivo de naturaleza supra legal o supra estatal. De este modo, los derechos humanos obran como una materia más del derecho positivo, diferenciada sólo en cuanto a la materia y al órgano legislador. La matriz común de las corrientes principales con las que el derecho se piensa, suponen una preexistencia al sujeto, de los valores y los referentes y que la verdad de los derechos humanos sería una adecuación a un punto de referencia ideal. De este modo, para los positivistas, los derechos humanos no son otra cosa que lo que surge de los tratados internacionales con validez legal mientras que, para los jusnaturalistas, estos tratados serían simplemente la expresión de un bien superior ya inscripto en la naturaleza. En definitiva, en ambos supuestos, los DD.HH. están constituidos en un más allá del sujeto y su conocimiento se mantiene en la lejana definición de la adequatio intellectus ad rem.

De este modo los derechos humanos son dados desde una estructura inteligible cuyo conocimiento es el resultado de un saber. Así, “…se piensa en un sistema de referentes que fundamente criterios que guíen la acción, o en contenidos o normas de conducta con los que el sujeto pueda identificarse o conformarse” (Vasallo: 2014,7). La consecuencia inmediata de ello es la aparición de quienes se afirman en el lugar de sujeto supuesto saber (comités de ética, opinión de los expertos, etc.) y la justificación de intervenciones humanitarias de los países centrales por la ruptura del Código de los Derechos Humanos tal como esos mismos países lo conciben.

Esta correlación entre la presentación de los derechos humanos como un saber y las intervenciones humanitarias de los países centrales no es efecto de una casualidad sino que ambas se encuentran vinculadas por una razón de estructura discursiva. Mientras el amo clásico se presenta como tal en tanto asume por sí una posición de privilegio, cuando el lugar del agente es ocupado por el saber, los efectos de estructura son totalmente distintos. En el discurso del amo la posición privilegiada es efecto del acto performativo de investimento. Las resistencias, el cuestionamiento de esta posición, abren el espacio a la discusión política que cuestiona el lugar y la posición del amo.

El problema del discurso que instala en el lugar del agente al saber, es que se presenta no como el dominador sino como el sirviente de una razón universal objetiva, de un bien común del que el sabio es el garante.

Frente a este discurso toda oposición es barbarie contra la marcha de la Razón. El saber se presenta siempre como saber absoluto ordenado a partir de un significante amo que totaliza las proposiciones discursivas.

Es importante señalar que para que concurra esta característica de discurso ya acabado es indiferente que el mismo haya sido escrito en documentos positivos (tratados internacionales o universales de derechos humanos) o que se encuentren manifiestos en un cielo inteligible, tal como socarronamente se refería Sartre a esa posición. En uno u otro caso el efecto de cierre se produce, pues el discurso de la Universidad presupone un corpus al que se accede desde un saber completo o a completarse. Esta indiferencia también da cuenta de la extrema cercanía existente entre el jusnaturalismo y el juspositivismo, ambos productos del discurso de la Universidad. Si el proyecto de los derechos humanos no fuera otra cosa que un corpus a ser develado pero ya producido, el mismo sería simplemente una forma particular de derecho internacional público distinguido exclusivamente por la materia y por jerarquía que, contingentemente, ha sido discernida por ese mismo derecho internacional público.

Lo que quiero señalar fundamentalmente es que en este triunfo aparente de los Derechos Humanos plasmado en su reconocimiento (en que el reconocimiento supone un conocimiento no conciente de un objeto ya dado) por el derecho internacional público, el producto como tal borra el proceso de producción. La presentación de los derechos humanos como código de la comunidad de Estados olvida que, precisamente, los derechos humanos aparecen como la negativa a la totalización del corpus jurídico dictado en orden descendente, como una resistencia a la totalización del derecho en el derecho del Estado. La reificación de los derechos humanos como producto pretende borrar las huellas de su producción como resistencia a la totalización. Y esta resistencia, como un campo de fuerza en la determinación de contenidos jurídicos pone en riesgo la persistencia del discurso de la Universidad en la materia ya que, de ser así, se afecta la integridad del corpus jurídico y con ello la posibilidad del saber como materia accesible sólo a los expertos.

LO QUE HOBBES CUESTIONA

Tanto quienes conciben los derechos humanos como un código más, como quienes creen en la existencia de un cielo inteligible, abrevan en concepciones platónicas, premodernas, inspiradas en la imagen del filósofo-rey, de una categoría particular de sujetos que tienen un saber que los autoriza a mandar (para eso usa la imagen del timonel de un barco y otras similares). Ello supone que toda ley es cuestionable por la falta de adecuación a un orden superior que sería el que daría validez a los actos del legislador. De allí también se deriva la doctrina aristotélica de las formas puras e impuras de gobierno (monarquía-tiranía, aristocracia-oligarquía y democracia-demagogia) tan en uso por los republicanos de varieté autóctonos (1).

En la concepción de Platón que se mantiene en los adoradores y adoratrices de los comités de ética y sínodos de bienaventurados, existiría una epísteme, un saber cierto y justificado a la que tendrían acceso estos filósofos frente a las opiniones y prejuicios del vulgo. En la medida que los filósofos son los que conocen las ciencias de lo justo, lo bello y lo bueno es a ellos a quienes debe confiárseles el gobierno. Son ellos los que tienen el derecho a gobernar.

La reacción de Hobbes, que es el punto de partida explícito de la modernidad (cuyos primeros pasos debemos a Maquiavelo), consisten en señalar que cada quien considera por sí lo que es bello, considera bueno lo que le agrada y justo lo que le conviene. En este punto coincide con Spinoza del Tratado teológico político y del Tratado político y las meditaciones de Pascal.

Si no hay ciencia de lo bello, de lo bueno y de lo justo, quienes afirman poseer ese conocimiento sirven a un saber imaginado y, por otra parte, ningún conocimiento da derecho a gobernar. Del mismo modo que no es necesario que el gobernante sepa qué es lo bello, lo bueno o lo justo más allá que cualquier mortal.

Para la concepción moderna, no es el conocimiento la base de la autoridad política, sino el consenso. En el fondo, se reivindica a Protágoras del diálogo homónimo de Platón:

Entonces Zeus, temeroso de que nuestra especie se extinguiera del todo, envió a Hermes para que llevara a los hombres el respeto mutuo y la justicia, a fin de que hubiese ordenamientos y lazos que estrecharan su amistad. Hermes preguntó a Zeus de qué modo daría a los hombres tales dones: ¿acaso he de repartirlos en la forma en que las artes lo han sido? (…). Pues éstas lo fueron así: uno, solo, conocedor del arte médico, es suficiente para muchos que lo ignoran, y lo propio ocurre con los que ejercen otras profesiones. ¿Depositaré también de esta manera en los hombres la justicia y el respeto mutuo, o he de repartirlos entre todos? Entre todos -repuso Zeus– que todos tengan su parte, pues las ciudades no llegarían a formarse si sólo unos cuantos participaran de aquellos como de las otras artes. E instituye en mi nombre la ley de que, a quien no pueda ser partícipe del respeto recíproco y de la justicia, se le haga morir cual si fuera un cáncer de la polis.

Lo que afirma Hobbes es que las diferencias entre amos y siervos no se establecen por la diferencia de ingenio pues no abundan los necios que prefieren ser gobernados por otros y no por sí mismos. No tiene mayor relevancia si los hombres son iguales o son desiguales. Lo que tiene importancia es que los hombres desean ser tratados como iguales. Y es en esta matriz donde se inserta la expresión de Gramsci: “Todos los hombres son filósofos” y la diferencia con el matiz de Filósofo-Partido que fue adquiriendo el stalinismo y tiene el troskismo desde su origen.

La conclusión de Hobbes, es que teniendo en cuenta ese deseo de igualdad, esa resistencia a ser gobernado por quien se considera igual, hace necesario el pacto que acabe con el estado de naturaleza en la que el hombre es lobo del hombre. A similares conclusiones llega Spinoza:

El derecho natural de cada hombre no se determina, pues, por la sana razón, sino por el deseo y el poder. (…) No están pues, más obligados a vivir según las leyes de la mente sana, que lo está el gato a vivir según las leyes de la naturaleza del león. Por consiguiente, todo cuanto un hombre, considerado bajo el solo imperio de la naturaleza, estime que le es útil, ya le guíe la sana razón, ya el ímpetu de la pasión, tiene el máximo derecho de desearlo y le es lícito apoderarse de ello de cualquier forma, ya sea por la fuerza, el engaño, las súplicas o el medio que le resulte más fácil; y puede por tanto tener por enemigo a quien intente impedirle que satisfaga su deseo.

De lo anterior se sigue que el derecho e institución de la naturaleza, bajo el cual todos nacen y viven la mayor parte de su vida, no prohíbe más que lo que nadie desea y nadie puede; pero no se opone a las riñas, ni a los odios, ni a la ira, ni al engaño, ni a absolutamente nada que aconseje el apetito. (Spinoza: 2003, 336)

Tanto Hobbes como Spinoza sostienen que en el estado de naturaleza es lícito hacer cuanto puedo y que solo la institución de la ley evita ese estado de lucha por los apetitos, entre los hombres. La emergencia de la ley es lo que hace que algo sea justo o injusto, lícito o ilícito. La institución de la ley es la que permite a los humanos vivir con seguridad y sin miedo. Al no existir otra regla de la licitud que la establecida por el soberano, carece de sentido la discusión de la legitimidad del orden existente pues es éste el que introduce la legitimidad.

Pero en este exacto punto, sólo Spinoza es realmente coherente con los puntos de partida. Para Spinoza:

…sin la ayuda mutua, los hombres viven necesariamente en la miseria y sin poder cultivar la razón, (…) los hombres tuvieron que unir necesariamente sus esfuerzos. Hicieron, pues, que el derecho a todas las cosas, que cada uno tenía por naturaleza, lo poseyeran todos colectivamente y que en adelante no estuviera determinado según la fuerza y el apetito de cada individuo, sino según el poder y voluntad de todos a la vez. (…) Por eso debieron establecer, con la máxima firmeza y mediante un pacto, dirigirlo todo por el sólo dictamen de la razón …

… En efecto, es una ley universal de la naturaleza humana que nadie desprecia algo que considera bueno, sino es por la esperanza de un bien mayor o por el miedo de un mal mayor; (…) Digo expresamente, aquello que le parece mayor o menor al que elige, no que las cosas sean necesariamente tal como él las juzga. (…) Ahora bien, de esta ley se sigue necesariamente que nadie prometerá sin dolo ceder el derecho que tiene a todo, y que nadie en absoluto será fiel a sus promesas, sino por el miedo de un mal mayor o por la esperanza de un bien mayor. (Spinoza; 2003, 338-9)

Para Hobbes, la naturaleza de la justicia consiste en cumplir aquellos acuerdos válidos instituidos por el poder civil que obliga a cumplirlos (Hobbes: 1999, 132). Y de este punto de partida común llega a la conclusión que una vez establecida la sociedad civil se ceden todos los derechos y “…el que quebranta un pacto o convenio y declara que puede hacer eso conforme a la razón no puede ser aceptado en el seno de ninguna sociedad que se una para que los hombres encuentren en ella paz y protección” (Hobbes: 1999, 134). Es decir que, para Hobbes, realizado el pacto social, las partes han renunciado a la posibilidad de denunciarlo y quedan sometidas a la autoridad del soberano. Esto se expresa también en el mito contemporáneo del monopolio de la fuerza por parte del Estado.

En esta divergencia es donde la posición de Spinoza se asume claramente monista y materialista.

Concluímos pues, que el pacto no puede tener fuerza alguna sino en virtud de la utilidad y que, suprimida ésta, se suprime ipso facto el pacto y queda sin valor. Por tanto, es necio pedir a alguien que nos sea siempre fiel a su promesa si, al mismo tiempo no se procura que al que rompa el pacto contraído, se le siga de ahí más daño que utilidad. (Spinoza: 2003, 339).

Para Spinoza no existe renuncia alguna posible pues la fuerza y el deseo de perseverar en el ser permanecen en cada viviente. Y toda amenaza sobre este perseverar en el ser no es admitida sino por la esperanza de un bien mayor o el temor de un mal mayor. Por eso, para Spinoza, el arte de los tiranos para dominar a las multitudes consiste en el miedo y la esperanza (metus et spes). Y si bien “…ninguna sociedad puede subsistir sin autoridad y sin fuerza … nada pueden soportar menos los hombres que el servir a sus iguales y ser gobernados por ellos.” (Spinoza; 2003, 159).

De esto Spinoza concluye que las sociedades deben tener la forma democrática colegiada de gobierno de tal modo que todos estén obligados a obedecer a sí mismos y nadie a su igual y “… si son pocos o uno solo quien tiene el poder, debe poseer algo superior a la humana naturaleza o, al menos, debe procurar con todas sus fuerzas convencer de ello al vulgo”. Es por esta misma razón que Lacan decía que si quieren distinguir a los hombres de poder, que miren a los disfrazados. Es que el aparato de poder requiere de un boato y una ceremonia que impresione a los sujetos al poder. No es casual que tanto Spinoza como Hobbes fueran contemporáneos del barroco, el resultado de las tensiones de la modernidad entre conceptos, palabras, colores y formas. El barroco, en su exageración, en su horror al vacío, es la reacción ante una modernidad que abre espacios y tal, como muestran sus palacios y símbolos de poder, intenta mediante el ornato evitar que aparezca la vacuidad del poder como sustancia. Esto está expuesto en otros términos por Agamben (2008, 10-11) a partir de la interrogación de Schmidt en Estado de excepción.

¿Porqué el poder necesita la gloria? Si este es esencialmente fuerza y capacidad de acción y gobierno, ¿porqué asume la forma rígida, embarazosa y “gloriosa” de las ceremonias, de las declamaciones y los protocolos? (…) Identificar en la Gloria el arcano central del poder e interrogar el nexo indisoluble que lo liga al gobierno y a la oikonomía podrá parecerle a alguno una operación inusual. Y sin embargo, uno de los resultados de nuestra investigación ha sido que la función de las aclamaciones y la Gloria, en la forma moderna de la opinión pública y del consenso, está todavía en el centro de los dispositivos políticos de las democracias contemporáneas. Si los media son tan importantes en las democracias modernas no se debe, en efecto, sólo a que ellos permiten el control y el gobierno de la opinión pública, sino también, y sobre todo a que administran y otorgan la Gloria, aquél aspecto aclamativo y doxológico del poder que en la modernidad parecía haber desaparecido.

Hobbes es enteramente barroco. En las alambicadas formas del Leviathan se pretende dar cuenta de las pasiones, de las tensiones, pero ellas se cierran con la figura del Soberano que emerge del contrato social. De hecho, como se ocupa de señalar el mismo Hobbes, su obra debe ser conocida por todos (a la inversa de Platón que aconsejaba que fuera quemada una vez instalado su régimen) pues cumple también la misión de crear un imaginario que sostenga al soberano. Y, fundamentalmente, como ya se ocuparía de demostrar Hegel, que en el centro de la maquinaria acéfala de la burocracia, de los gobiernos de “gestión”, se encuentra un trono vacío.

Kelsen y todo el imaginario de una concepción dualista del derecho (dividida entre ser y deber ser) y un poder que, como establecía la doctrina hierocrática medieval, se distribuye de modo descendente, son deudores de la operación de Hobbes de cesión del poder absoluto al soberano que pasa a ser el representante de la sociedad, con su corolario de monopolio de la fuerza por el Estado y de que el poder legítimo existe porque alguien lo ha concedido desde arriba. En este imaginario del poder se ven las huellas de la forma particular que asumió el monoteísmo cristiano occidental como surge de los Evangelios. Non haberes potestatem adversum me ullam, nisi tibi datum esset desuper (No tendrías ningún poder sobre mí si no se te hubiera dado desde lo alto), Juan 19, 11.

Spinoza, por el contrario, mantiene la apertura, él sabe que el conatus no se cede, que los cuerpos pueden componerse y multiplicar su potentia en la multitudo.

Nadie, en efecto, podrá jamás transferir a otro su poder ni, por tanto, su derecho, hasta el punto de dejar de ser hombre; ni existirá jamás una potestad suprema que pueda hacerlo todo tal como quiera. En vano mandaría a un súbdito que odiara a quien le hizo un favor y amara a quien le hizo daño, que no se ofendiera con las injurias, que no deseara librarse del miedo, y muchísimas otras cosas similares que se derivan necesariamente de las leyes de la naturaleza humana. Pienso, además, que la misma experiencia lo enseña del modo más claro. Pues nunca los hombres cedieron su derecho ni transfirieron a otro su poder, hasta el extremo de no ser temidos por los mismos que recibieron su derecho y su poder, y de no estar amenazado el Estado por los ciudadanos, aunque privados de su derecho, que por los enemigos. (Spinoza; 2003, 353)

Por eso Spinoza es consciente de la necesidad de toda estructura de cubrir un rey desnudo e incorpóreo con jeroglíficos y abalorios.

Por eso, los reyes que habían usurpado antiguamente el poder, procuraron, a fin de garantizar su seguridad, hacer creer que descendían de los dioses inmortales. Pues pensaban que, si los súbditos y todos los demás no los miraban como iguales, sino que creían que eran dioses, aceptarían gustosos ser gobernados por ellos y se les someterían sin dificultad. (…) Otros, sin embargo, lograron más fácilmente, hacer creer que la majestad regia es sagrada y hace las veces de Dios en la tierra, que tiene su origen en Dios y no en los votos y el acuerdo entre los hombres, y que se conserva y se mantiene por una singular providencia y ayuda de Dios. (Spinoza; 2003, 358-359)

La constitución del Estado importa la creación de un poder superior a cualquier poder humano singular. Pero si los cuerpos son capaces de componerse su poder es superior al del individuo aislado. A partir de esto, enunciaré tres postulados: 1. No existe nada superior a la ley ni mirada alguna que lo pueda detectar pues no hay un cielo legible (en coincidencia con Hobbes y Spinoza). 2. No se renuncia a la humanidad ni a la libertad. 3. Los cuerpos pueden componerse e incrementar su potentia, es decir su libertad. Este último con Spinoza y no con Hobbes.

Creo que estos son los presupuestos para pensar los derechos humanos sin la necesidad de creer en trasmundos (el dualismo del ser-deber ser) ni realizar la hipóstasis (2) del Estado, su transustanciación en una sustancia sublime (la majestad regia es sagrada). En la medida que esta hipóstasis imaginaria requiere la exclusión o la limitación de las posibilidades de composición de los cuerpos (el empoderamiento de las bases), la mayor parte de las Constituciones de los Estados tienen normas similares a las de nuestro artículo 22: “El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución”. Esto nos introduce a otro de los problemas que es el de la representación del sujeto colectivo.

El lugar de los derechos humanos

Si no hay un cielo legible ni existe el filósofo rey platónico, la figura de los Derechos Humanos puede ser vista como un Código. Es decir, como una parte del ordenamiento jurídico de características especiales, dictado por el legislador internacional, un órgano del derecho internacional público de jerarquía predominante en el sistema jurídico. En el fondo, es el soberano de Hobbes que elevado a monarca global, cierra sobre sí el sistema jurídico como un todo completo y cerrado.

Sin embargo, los derechos humanos aparecen siempre como una ruptura del orden jurídico existente. El principio de voluntad popular e igualdad no era lo que contemplaba la convocatoria a los parlamentos franceses por Luis XVI. Incluso la condena de los jerarcas nazis en los juicios de Núremberg sólo puede entenderse como una ruptura del orden jurídico nacional entonces vigente.

Cuando se contemplan los derechos humanos como código se omite tener en cuenta que ellos aparecen en una situación de ruptura con el orden jurídico. Los derechos humanos en el momento de su aparición se parecen al crimen absoluto hegeliano, que es la instauración de una nueva ley, en el que el delito se convierte en mandato. De la cancha de pelota a paleta al juzgamiento de la monstruosidad nazi, del apartheid al derecho del trabajo, los derechos humanos aparecen siempre en los hombros de un sujeto colectivo empoderado que lo porta (es decir, mediado por la composición de los cuerpos, diría Spinoza).

En el triunfo aparente (4) de los Derechos Humanos plasmado en su reconocimiento (en que el reconocimiento supone un conocimiento no conciente de un objeto ya dado) por el derecho internacional público, el producto como tal borra el proceso de producción. La presentación de los derechos humanos como código de la comunidad de Estados olvida que, precisamente, los derechos humanos aparecen como la negativa a la totalización del corpus jurídico dictado en orden descendente (5), como una resistencia a la totalización del derecho en el derecho del Estado. La reificación de los derechos humanos como producto pretende borrar las huellas de su producción como resistencia a la totalización. Y esta resistencia, como un campo de fuerza en la determinación de contenidos jurídicos pone en riesgo la persistencia del discurso de la Universidad ya que, de ser así, se pone en riesgo la integridad del corpus jurídico y con ella la posibilidad del saber como materia accesible a los expertos.

Si los Derechos Humanos no se conciben como código sino como proceso, estos no cierran el corpus sino que se manifiestan como la apertura misma a lo nuevo, lo que presentado en un estado de situación no es objeto de representación. Los derechos humanos, en su realidad virtual o reconocida son la muestra permanente de la imposibilidad de cierre absoluto de cualquier sistema jurídico.

La presentación de los derechos humanos como código cristaliza su desarrollo (haciéndolos indiscernibles de los derechos constitucionales) y esconde su forma de producción suturando la falla en el sistema que su misma aparición supone. Precisamente esta presentación como Código y la necesidad de sutura de la falla determina la aparición de un discurso en que el agente es el saber que, constituye al discurso de la Universidad y que al mismo tiempo encuentra su verdad en el significante unario (S1).

La producción de este tipo de discurso es, precisamente el resto, la proliferación incesante de objetos a, que puede observarse en la producción inmensa de documentos, comunicaciones, monografías y tesis, hechos para decir nada, que caracterizan a la productividad académica producto de la garantía que da la autoridad académica de lo ya dicho.

Por supuesto, este hablar para no decir nada fundado en la autoridad del saber y sometido a un pensamiento único, es también la explicación del fracaso total de la social democracia europea y sus fórmulas vernáculas. Si se actúa bajo la garantía de la autoridad del saber que excluye la discusión auténticamente política que se sitúa en la agonística sobre el bien, lo único que distingue a la social democracia de los partidos conservadores es que mientras estos son dogmáticos sin principios (la verdad del mercado se encuentra fuera de discusión y cualquier forma o envase político sirve para aplicarlos) la social democracia aparece como un oportunismo con principios, en que la adhesión teórica a los principios del socialismo no impide que su acción política implique el desmantelamiento del Estado de Bienestar, la precarización laboral, la protección de los mercados, la privatización de empresas estatales y la negación del acceso al hábitat adecuado (5).

A su vez, para asegurar el cerco sobre los derechos humanos, se ha acudido a posturas extremas, como la de la Corte de Justicia argentina en que no sólo los derechos humanos son vistos como tratados, sino que incluso determinan el contenido por las opiniones consultivas de expertos, comités de ética y bienaventurados de toda laya que, desde la proliferación del saber, garantizan que los mismos se encuentren en buenas manos (esto es, asegurando los contenidos del significante unario) y suturando la forma de aparición.

La consagración de los derechos humanos está siempre vinculada a una falla general del sistema, es el resultado de una producción de lo presentado y no representado en la sociedad que deriva en un acontecimiento (el subsuelo sublevado de la Patria, en palabras de Scalabrini Ortiz, el aluvión zoológico en palabras de Ernesto Sanmartino). El carácter traumático, la irrupción de lo Real lacaniano requiere la producción de la sutura del marco acontecimental y afirmar que allí nada ha sucedido, sino un simulacro. La existencia del acontecimiento como intrusión de lo Real pone en jaque las cadenas del saber y el discurso de la Universidad. Por eso los derechos humanos, fruto de la irrupción, son devueltos como código interpretado sólo por expertos, al igual que la biblia sólo podía ser leída conforme la palabra autorizada de los Padres de la Iglesia.

Esta situación general se torna más urgente en América Latina donde, bajo el nombre de populismo se ha agrupado a los sujetos signados por la fidelidad al acontecimiento. Como señala Zizek (2004:158): “En ningún lugar la resistencia al acto político es hoy más palpable que en la obsesión del Mal radical, el negativo del acto. Es como si el Bien supremo consistiera en hacer que nada suceda realmente; es por ello que la única manera de imaginar un acto es bajo la forma de una perturbación catastrófica, de una explosión traumática del Mal”. Por esta misma razón los derechos humanos necesitan ser acordonados en su concepción como códigos y su custodia por los comités de expertos.

Lo que intentaremos demostrar con posterioridad es que el Mal radical, para el discurso de la Universidad, no es otro que la democracia. Pues democracia es, en esta inteligencia, la afirmación instituyente que desestructura la forma de lo ya instituido. Ya Platón, el más lúcido pensador antidemocrático de la Grecia clásica, había definido la anomalía básica del sistema democrático: la democracia es lo que no tiene ἀρχή. Es aquello que no tiene principios. No es casual entonces que el fundador del discurso de la Universidad, de las bellas formas y del principio único manifestara frente a ella su repugnancia.

Del mismo modo que no es posible identificar los derechos humanos con un código sino con una apertura, tampoco es posible afirmar la posibilidad de que los mismos se encuentren inscriptos en lo que Sartre denomina un cielo inteligible. La posibilidad de acceso a la regla noumenal es descartada desde la publicación de las críticas de Kant. La pregunta entonces es de qué modo pueden afirmarse los derechos humanos en un cielo vacío. De qué modo es posible mantener una actitud de apertura frente a la aparición de los derechos humanos en ausencia de garantías metafísicas (Dios, la historia, el progreso, etc.).

Y es aquí donde confluyen Lacan y Kelsen con la condición de la emancipación previa del discurso de la Universidad. Ni la ley ni los derechos humanos pueden constituirse en saber pues, como señala Lacan, la ley carece de objeto o, como indica Kelsen, la norma fundamental no es una norma, es, en términos semióticos, un significante vacío. Un significante que carece de significado, salvo el de su necesidad de sistema.

Lo Real lacaniano, al igual que el Ser del comienzo de la Ciencia de la Lógica, se manifiesta doblemente: como punto de partida, como base no simbolizable del proceso de simbolización, como la roca alrededor de la cual se deslizan los significantes; como punto de llegada, como el resto no simbolizable, como excremento del proceso de simbolización, como el vacío al que la cadena simbólica crea y circunda. Para Lacan, lo Real es aquello que nunca cesa de no inscribirse.

En otras palabras, lo Real no puede inscribirse, pero podemos inscribir esa imposibilidad, podemos ubicar el lugar que tiene: un lugar traumático que es causa de una serie de fracasos. Y en conjunto, la tesis de Lacan es que lo Real no es más que esta imposibilidad de su inscripción: lo Real no es una entidad positiva trascendente, que persiste en algún lugar más allá del orden simbólico como un núcleo duro inaccesible a éste, una especie de “Cosa-en-sí” kantiana –en sí no es nada, sólo un vacío, una vacuidad en una estructura simbólica que marca una imposibilidad central. (Zizek, 1992:225).

La norma fundamental no es sólo una construcción imaginaria, es un real en el sentido estricto lacaniano. Es decir, es una posición imposible, pero en su imposibilidad da cuenta de un trauma. Como todo Real es una construcción retroactiva por sus efectos. Es propiamente una construcción fantasmática que procura ocultar la falla en el Otro, el hecho de que la sociedad, como se ocupan de demostrar Laclau y Mouffe, no existe.

La norma fundamental tiene la característica de ser aquello que nunca cesa de no inscribirse, no puede ser objeto de simbolización, pero sin la cual ni siquiera es posible el acto del habla. En tanto Real, se presenta al mismo tiempo como un núcleo duro que persiste en su lugar y siempre regresa a él, resistente a la simbolización y, por otra parte como efecto de los tejidos simbólicos de cada sociedad. Al igual que el ser sin determinaciones hegeliano, la norma fundamental se manifiesta inmediatamente como una coincidencia de los contrarios.

Pero, a diferencia de Kelsen, que coloca a la norma fundamental en situación de metalenguaje, debe tenerse presente que lo Real denota en sí mismo la imposibilidad del metalenguaje. Si la norma fundamental no ocupa la posición de metalenguaje, es porque está presupuesta en los actos del habla pero, al mismo tiempo, ella no habla. La norma fundamental expresa el fantasma de hacer sociedad, pero en sí es muda. Como tal, la norma fundamental es una formación sin contenido alguno. Es la oclusión que permite afirmar Hay Sociedad, ocultando la falla en el Otro. Es lo que hace posible que el Otro hable en el sujeto del inconsciente (que no sabe que habla).

Si la sociedad no existe es porque, como tal, es el antagonismo entre ser lo único que cuenta respecto de los individuos y los individuos que son los únicos que existen. Entre la causación del sujeto por el ser social y su responsabilidad por los actos (en la que el sujeto aparece como causa sui). La norma fundamental aparece entonces como el fantasma que esconde el antagonismo fundamental que hace de la sociedad un Real imposible.

El antagonismo es precisamente un núcleo imposible de este tipo, un cierto límite que en sí no es nada; es sólo para ser construido retroactivamente, a partir de una serie de efectos que produce como el punto traumático que elude a éstos; impide un cierre del campo social. Así es como podríamos releer incluso la noción clásica de “lucha de clases”: esta no es el último significante que da sentido a todos los fenómenos sociales (“todos los procesos sociales son en último análisis expresiones de la lucha de clases”), sino –todo lo contrario- un cierto límite, una pura negatividad, un límite traumático que impide la totalización social del campo social-ideológico. La lucha de clases está presente sólo en sus efectos, en el hecho de que todo intento de totalizar el campo social, de asignar a los fenómenos sociales un lugar concreto en la estructura social, está siempre abocado al fracaso (Zizek, 1992:214).

El salto lógico, propiamente metafísico-dogmático de Kelsen, no está en la norma fundamental, está en la suposición de que la norma fundamental atribuye algo a alguien, la fantasía emanantista. La norma fundamental, en tanto Real es inerte, resiste a toda simbolización y, a su vez, tampoco puede simbolizar nada. A lo único que autoriza la norma fundamental es a suponer al Otro.

Es precisamente aquí donde la teoría pura del derecho no es formal, al atribuir un contenido necesario a una forma del juicio que como tal, está determinada por los lugares que lo hacen posibles. El interpretante del juicio jurídico, es lo que ocupa el lugar del Otro. Es el lugar de lo Sagrado lo que inviste al objeto de esas características y no el objeto lo que determina el lugar de lo Sagrado. El objeto, en sí, es un objeto absolutamente común. Pero, esto hay que reconocerlo, el falso reconocimiento es condición necesaria del advenimiento de la verdad.

La norma fundamental no es entonces un ente del trasmundo, sino la condición de aparición del habla y la cultura y, al mismo tiempo el efecto retroactivo de estos. En definitiva, el espacio vacío que oculta el antagonismo que designa a la sociedad como real imposible. En este sentido es presupuesto y efecto inmanente de lo que hay en cuanto que hay. De la existencia de la realidad. De esta manera, cuando desde el realismo se denuncia la inexistencia de la norma fundamental, se está denunciando una pérdida. Lo que no advierte es que la Ley fundamental es en sí la pérdida de una pérdida.

Ahora bien, si los derechos humanos aparecen como falla en el ámbito de representación del orden jurídico, en el que lo presentado y no representado de la situación exige su simbolización, el discurso que permite su apertura no es, por supuesto el del amo (que nada sabe y es voluntad nuda) ni el de la histeria (que vela por el sostenimiento del amo para mantenerse en posición de insatisfacción) ni el de la Universidad (que en tanto representación del orden ya dado como saber totalizado es la forma prototípica del amo totalitario moderno), sino el del analista.

El discurso del analista coloca en el lugar del agente al objeto a. Esto es, que el agente del discurso asume su carácter de resto, de lo que el orden como discurso no ha contemplado. Y en tanto el objeto a ocupa el lugar de agente, el lugar del trabajo es el del sujeto barrado, el sujeto dividido que es la antítesis del sujeto individuo (indiviso) del discurso liberal, para producir un enunciado nuevo S1. Y la verdad de este discurso es, precisamente, la pluralidad de saberes, la indecidibilidad del bien que hace posible la aparición contingente de un nuevo derecho. Esta posición es ilustrada muy didácticamente por el propio Lacan (1992:55-56)

A menudo he insistido en que no se supone que sepamos gran cosa. El analista instaura algo que es todo lo contrario. El analista le dice al que se dispone a empezar Vamos, diga cualquier cosa, será maravilloso. Es a él a quien el analista instituye como sujeto supuesto saber.

¿Qué es lo que define al analista? Ya lo he dicho. Siempre dije –sólo que nadie entendió nada, y por otra parte es normal, no es culpa mía – que el análisis es lo que se espera de un psicoanalista. Pero evidentemente, habría que tratar de entender qué quiere decir lo que se espera de un psicoanalista.

Está ahí, tan al alcance de la mano –de todos modos tengo la sensación de que no hago más que repetir –, el trabajo es para mí, el plus de goce para ustedes. Lo que se espera de un psicoanalista es que haga funcionar su saber como término de verdad.

¿Pero no es esta también la posición del analista jurídico de los derechos humanos? No la de quien prescribe una adecuación a una norma o a un tipo de vida, sino la de quien está dispuesto a escuchar al sujeto-pueblo en su aparición inesperada, extemporánea siempre, cuyo saber se empeña no en recetar, sino en prestar la escucha y la intervención que haga posible la palabra porque por la boca del sujeto se manifiesta una verdad que es el efecto de la situación, del mismo modo que la condición de la causación por libertad es el resultado de la finitud en Heidegger o del obstáculo mismo en Kant. Y cuando esa verdad se expresa dice claro: Yo, la verdad, hablo. Esa palabra no es la palabra del orden instituido. Probablemente instituyente, con seguridad agonística, pero siempre distinta a lo ya dado y refractaria a la enciclopedia de saberes.

Sujeto colectivo, representación y manifestación

Concebir la existencia del colectivo como una pluralidad de sujetos individuales que lo conforman, lleva a la concepción antropomórfica de la portada del Leviatán de 1651. En ella, el sujeto colectivo (el Leviatán) era imaginado como un monarca cuya figura se formaba por innúmeros hombres diminutos.

Este hombre colectivo no existe como realidad. No hay un sujeto formado de los muchos, los sujetos no son cuerpo de otro cuerpo. Pero este ser mítico sigue llenando la imaginación jurídica. De allí de esta función del cuerpo de otros cuerpos, puede presentarse el ente colectivo como lo que subsume la totalidad de quienes lo integran, y esa fue la salida que encuentra Hobbes para explicar la sociedad civil o, por el contrario, la sociedad no es otra cosa que los deseos de la mayoría, y esa fue la salida de Spinoza que lo lleva a afirmar que la democracia es el más absoluto de los gobiernos pues nada puede estar por encima de la voluntad del Pueblo. Es el gobierno de los muchos que, al contar como Uno, toman el valor del todo.

Pero en uno u otro caso, lo colectivo personificado en su representante cuenta como totalidad, frente a la cual los sujetos humanos finitos no son otra cosa que parte, esto es, los particulares. A estos últimos no les queda otra cosa que su parte. El problema de los derechos humanos, al que pertenece la huelga como derecho y como libertad, es el problema de la parte de los sin parte, como se verá más adelante.

Se suele homologar la democracia con la representación, como si la representación, por sí misma garantizara la presencia de la democracia. Hobbes introduce la idea de representación para justificar la monarquía absoluta. Establecido que el hombre es incapaz de sociedad y derecho en el estado de naturaleza, el paso a la sociedad civil se constituye por la delegación de todo el poder en la figura del representante. Para que el hombre no sea lobo del hombre, es necesario que todo poder pase al representante. Sin afirmarlo explícitamente, la fórmula de Spinoza “mi derecho es lo que puedo”, tiene su precedente en Hobbes en la medida que el derecho de la naturaleza sin la mediación de la sociedad civil es siempre un derecho de agresión, por lo que todo derecho sólo es tal si es mediado por la sociedad civil. De allí que, a diferencia de la teoría medieval de las dos espadas, el Leviatán empuña en una mano la espada que representa el poder terrenal y en la otra el báculo que representa el poder espiritual.

La representación, para Hobbes, es constitutiva de cualquier derecho. La sociedad civil se constituye como tal por la existencia del soberano a quien se ha delegado todo el poder. No puede haber colisión con los derechos de la sociedad civil porque la sociedad civil es el efecto de la mediación del soberano.

Hobbes utiliza la metáfora de la representación teatral afirmando que los seres humanos pueden expresarse por sí o por medio del actor que hace presente su voz. En esta metáfora los sujetos individuales son los autores y el representante actor. No hay actuación de la sociedad civil sin la mediación del actor en el escenario. Si no hay derecho por fuera de la mediación del Soberano, no hay posibilidad de reclamo jurídico de derecho alguno. No sólo no se debe desobedecer, hacerlo es una contradicción en tanto es actuar contra uno mismo.

En este razonamiento, no hay colectivo sino por la mediación del representante que, a la vez, es el elemento que lo constituye como tal. Coincide con la estructura argumental de la CSJN en el caso Orellano. Se centra en la oposición entre el “colectivo de trabajadores organizados en función de intereses comunes” al que se considera equivalente a los sindicatos reconocidos por el Estado y los “trabajadores individuales” o “cualquier grupo de trabajadores”. Como puede advertirse, lo que es considerado derecho del colectivo, sólo puede ser actuado por el representante legítimo. No son los trabajadores individuales ni un grupo de ellos los que tienen esa facultad de declarar la huelga.

Brevemente, se está condicionando el ejercicio de un derecho humano al reconocimiento por el Estado del sujeto que la ejerce. Esta atribución del ejercicio de los derechos humanos a los sujetos reconocidos por el Estado constituye el centro de la concepción corporativa, de la que el Estado fascista es un ejemplo. Y esto, con independencia de que el sujeto autorizado sea único o plural. Lo que importa es que la atribución de la capacidad de ser actor (utilizando la metáfora de Hobbes) está atribuida exclusivamente al sujeto autorizado por el Estado (el autor).

Como ya se ha mostrado, la equivalencia democracia=representación no es admisible en términos teóricos pues, como lo demuestra Hobbes, es también el fundamento de la monarquía absoluta. Menos aún es admisible en condiciones prácticas, sobre todo si se tiene en cuenta el fenómeno de la burocracia que consiste en la apropiación del poder del representado por el representante que lo actúa en su beneficio y alcanza en ocasiones proporciones obscenas.

Cabe preguntarse ahora por la existencia del sujeto colectivo. Como ya se ha señalado no es una cosa en sí ni un cuerpo formado de cuerpos plurales. Si el sujeto colectivo no existe como realidad material. ¿Puede derivarse de ello su inexistencia? ¿No es el sujeto colectivo representado por aquello que es designado por la representación misma?

En este punto es necesario aclarar significaciones. En primer término, de lo que existe tenemos conocimiento por las representaciones y, como tal, lo representado es aquello que es evocado por la representación pero no se encuentra en ella. Tiene función de signo, es aquello que representa algo para alguien. Por tanto, nada hay cognoscible sin representación. Pero, por otra parte, lo representado no se identifica con su representación (6).

Hay siempre una alteridad entre lo representado y la representación que no puede ser suprimido. De allí que la equivalencia organización sindical inscripta = sujeto colectivo del derecho sindical es inadmisible. La organización sindical representa al sujeto y, por tanto, no actúa por sí sino en procuración del representado. Ello lleva a discutir la idea de la representación libre o con mandato (que fuera objeto de las discusiones de la convención constituyente revolucionaria francesa), pero es índice de que la titularidad del derecho no se encuentra en el mandatario sino en el mandante.

Afirmar que no hay otra cosa que la corporalidad de los sujetos individuales implica simplemente negar la posibilidad del realismo de los universales, no necesariamente significa afirmar la postura nominalista.

¿Cuál es entonces el modo de existencia del colectivo representado? La realidad del colectivo es virtual. Debe designarse como tal aquello que no es una creación subjetiva (como cualquier fenómeno mental). Obviamente lo colectivo no es un ente material (el cuerpo de otros cuerpos) ni tampoco una forma de real no simbolizado. El sujeto colectivo existe como tal en tanto es postulado como fundamento de creencias y conductas que no son meramente subjetivas, que actúan en la objetividad social. Es de la misma naturaleza que la figura del Derecho. Si un sujeto suspende su creencia en el Derecho en tanto inexistente en la realidad material, ello no será suficiente para eludir las consecuencias en la carne que provocará la reacción jurídica como objetividad social.

El sujeto colectivo, como tal, tiene la consistencia de los lazos y respuestas que unen a los sujetos en identidad de situación en un algún sentido o determinación. Sirva como ejemplo la llegada del Espíritu Santo a la iglesia cristiana. En tanto dos o tres fieles se reúnan en su nombre Él estará presente. Es el Espíritu Santo el que se reúne y hace actuar a los creyentes del modo en que ellos no lo harían solos. El interés sindical, social, o la idea misma de comunismo, hallan su actualidad en la reunión de los militantes emancipatorios, pero a partir de esa reunión es la Organización o el Partido el que organiza a los sujetos como objetividad.

Este sujeto virtual es el sujeto representado, con prescindencia de la voluntad empírica de los sujetos individuales. Cuando un sujeto colectivo se constituye a partir de la afirmación de una verdad, como es el supuesto de una organización sindical o un partido político emancipador, la firma de la mayoría de los trabajadores de un convenio a la baja o la abdicación de los principios constitutivos no exime la responsabilidad del representante por no haber actuado al representado. Por tanto, lo representado no son los sujetos empíricos sino su interés como fundamento de la organización. Y este interés determina el carácter infiel del representante.

Y es ese interés emancipatorio el que es sujeto y fundamento de la actuación colectiva de los derechos humanos y no la persona jurídica. De hecho, agotar la representación del colectivo en la figura del representante-persona jurídica, deja en la penumbra de la ilegalidad la otra forma de representación de este otro interés que lleva el nombre, casi equivalente, de manifestación. Si hay manifestación del sujeto y el interés colectivo esta virtualidad se hace presente.

El discurso jurídico y, con más intensidad el discurso judicial, tiende a presentar la opinión establecida como dada, indiscutible. Los objetos conceptuales no son analizados pues los argumentos hallan su utilidad en la justificación y no en el conocimiento. De allí también el desprecio por la contrastación empírica, el llamado a lo obvio, a lo evidente, a lo que resulta claro. Es que desde el momento mismo en que se apela a la claridad del concepto, se está renunciando al objeto mismo del pensamiento que no es la claridad sino la clarificación.

Un concepto no es claro por su nominación como tal, sino por efecto de haber sido tratado como problema. Y los problemas no se plantean por sí mismos, son el resultado de una interrogación. Cuando en una exposición se remite a lo evidente o a lo obvio, lo que se declara implícitamente es la decisión de no problematizar. Decisión de privilegiar el saber como tesoro y no el conocimiento como proceso de búsqueda. No es racional, ni democrático ni republicano, pero sirve a la afirmación de la autoridad de quien se coloca en el lugar de quien enuncia un discurso de poder. Ayuda a la validación de este discurso el hecho de que el destinatario prefiera lo que confirma su saber y no lo que lo cuestiona, por eso prefieren las respuestas y no las preguntas.

Sin esas preguntas sobre lo que se presume conocido, la opinión fundada en lo que “todos sabemos” se identifica con las categorías de la conservación del orden existente. La realidad, en tanto tiene estructura de ficción, es ya un constructo ideológico. Por eso a veces, la única verdad es la verdad de las clases dominantes.

En particular, con relación a la manifestación del interés colectivo, la reacción “natural” es la del control sobre ésta, en tanto foco de agitación. En el territorio trillado de “lo evidente”, la manifestación colectiva no es primariamente un derecho sino un objeto a controlar o encauzar.

Una pauta del éxito del discurso hegemónico es que la reacción contra el retorno a la política represiva del conflicto social, sea el de luchar contra la criminalización de la protesta y no el de la afirmación de un derecho humano fundamental reconocido expresamente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (artículo 20.1), el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (artículo 21) y la Convención Americana sobre Derechos Humanos (artículo 15).

El discurso dominante hace caso omiso de las características indisolublemente colectivas del derecho a reunión que, para ser tal, implica el uso del espacio público y la acción concertada con un objetivo. Esta hegemonía que coloniza el discurso “resistente” (7) se manifiesta en la discusión exclusivamente penal de la manifestación colectiva, obviando que, en tanto derecho de los ciudadanos, el ámbito judicial es el del amparo, cuyas reglas deben adecuarse a las características del derecho amenazado, de conformidad a la regla supraconstitucional de tutela judicial efectiva. No se trata de analizar si los ciudadanos que ejercen un derecho de máxima jerarquía han cometido un delito, se trata de analizar si el control o reglamentación de este derecho lo desnaturaliza (artículo 28 de la Constitución Nacional).

Si la manifestación colectiva es un derecho, tal como lo señala el artículo 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, la manifestación mediante las prácticas del colectivo no puede ser cercenada so color de que el único legitimado para expresar la validez de la práctica es la organización reconocida por el Estado. El campo del espacio público es, precisamente aquello que está más allá de los ámbitos propios del Estado o de los particulares. No hay libertad pública sino en el ámbito de este espacio público que existe en la medida en que no es apropiado o apropiable por los particulares o el Estado. La interpretación de la CSJN, al atribuir la manifestación legítima de la declaración de huelga a la persona jurídica reconocida por el Estado al efecto, lo que hace es excluir del espacio público la manifestación de la necesidad de la huelga.

1. Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de tener o de adoptar la religión o las creencias de su elección, así como la libertad de manifestar su religión o sus creencias, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, mediante el culto, la celebración de los ritos, las prácticas y la enseñanza.

3. La libertad de manifestar la propia religión o las propias creencias estará sujeta únicamente a las limitaciones prescritas por la ley que sean necesarias para proteger la seguridad, el orden, la salud o la moral públicos, o los derechos y libertades fundamentales de los demás.

No se advierte la justificación de la restricción con relación a las razones de seguridad, orden, salud o moral públicas o derechos y libertades fundamentales de lo demás. Es probable que, si estas consideraciones hubieran sido enunciadas, hubiera aparecido una escala valorativa que aproxima el contenido de la sentencia a una concepción moral autoritaria esquiva a los principios de libertad, democracia e igualdad.

La idea de la representación política o del mandato libre está en directa relación con el concepto de soberanía. A partir de la Constitución Francesa de 1791 se asienta la idea de que la representación política no es una representación vinculada a una voluntad empírica de personas o de grupos. El pueblo, en tanto identidad representada, sólo halla su expresión soberana en la voluntad de su representante. Pero este principio, que es admisible con relación a los Estados soberanos, no es transmisible a personas de derecho privado (como son los sindicatos o las organizaciones sociales) en materia de tutela de derechos humanos. Este es el principio de legitimación que, con respecto al amparo sostiene el artículo 43 de la Constitución Nacional en cuento se trate de la gestión del interés colectivo.

En realidad, lo que se está excluyendo es la base del principio democrático que es la existencia del espacio público. Sólo hay democracia en la medida que entre los particulares (lo que incluye a las personas jurídicas de existencia ideal) y el Estado existe un ámbito de actuación en la que puede manifestarse lo colectivo.

Esto es expresamente reconocido en el artículo 21 del Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos.

Artículo 21. Se reconoce el derecho de reunión pacífica. El ejercicio de tal derecho sólo podrá estar sujeto a las restricciones previstas por la ley que sean necesarias en una sociedad democrática, en interés de la seguridad nacional, de la seguridad pública o del orden público, o para proteger la salud o la moral públicas o los derechos y libertades de los demás.

La manifestación colectiva (por eso es derecho de reunión pacífica) halla su reconocimiento convencional en tanto derecho de los sujetos que son capaces de decir nosotros. No hace falta una persona que aparezca como interlocutor legítimo pues de lo que se está hablando es del derecho de manifestación colectiva en el espacio público. Por supuesto, las corrientes autoritarias de derecha pretenden hacer desaparecer el espacio público, único lugar donde es posible la manifestación colectiva mediante la regimentación estatal o la privatización. Por tal motivo, la defensa del Estado de derecho no puede preocuparse por la no criminalización de la protesta social sino por la necesidad de criminalización de los intentos estatales o privados de hacer sucumbir el espacio público y, con él el Estado democrático.

Y este derecho de manifestación pública, uno de cuyos corolarios es la huelga, es diferente del derecho de sindicalización contemplado en el artículo 22 del mismo pacto y en el artículo 8 del Pacto internacional de Derechos Sociales. Por tanto, la identificación que realiza la CSJN no tiene justificación jurídica. El derecho de sindicación es, claramente un derecho. La huelga es una libertad del sujeto humano de ejercicio colectivo vinculado al derecho de reunión pacífica y especificado por los vínculos de dependencia en una sociedad capitalista.

De ello, podemos concluir: 1. Que hay sujeto colectivo cuando los cuerpos se componen en una dirección (como sentido, no necesariamente como jerarquía); 2. Que el sujeto colectivo es evanescente, no es una cosa, un it sino una relación particular, una composición de los cuerpos; 3. Que ese sujeto político puede ser representado pero la figura de representado y representante no pueden ser confundidas; 4. Cuando el sujeto colecto adquiere su presencia la representación es sucedida por la manifestación.

La Materia y el efecto de los derechos humanos

En todo el derecho clásico los humanos, los hablantes o los mortales, como nos referimos a nosotros mismos o, los que pueden tener posteridad y habitar un suelo (es decir, poner de resalto la relación sexualidad, mortalidad, cultura y lenguaje) como dice la Constitución, no somos personas, tenemos persona. La persona (de per sonare, lo que suena a través) es la máscara que permite ingresar a la esfera del comercio jurídico (adquirir derechos y obligaciones, tener un patrimonio).

Esto lo ilustra Hobbes en el Leviatán

La palabra persona es latina; los griegos la designaban con el término πρόσωπον, que significa la faz, igual que persona, en latín, significa el disfraz o el aspecto externo de un hombre a quien se representa ficcionalmente en el escenario. Algunas veces, el término significa, más particularmente, la parte del disfraz que cubre el rostro, como una máscara o careta. De la escena se ha trasladado a cualquiera que representa un lenguaje y una acción, tanto en los tribunales como en los teatros. De manera que una persona es lo mismo que un actor, tanto en el escenario como en una conversación ordinaria. Y personificar es actuar o representarse uno mismo o a otro. Quien representa el papel de otro se dice que asume la persona de éste o que actúa en su nombre. (Hobbes; 1999, 145)

Bartolomé Clavero, por su parte en su libro Happy Constitution, lo explica del siguiente modo:

Persona venía desde antiguo técnicamente la facultad social o la legitimación procesal para actuar en el mundo del derecho en nombre de intereses propios, de los ajenos mediante mandato o de unos colectivos o comunes en los casos y en la medida en que estos también fueran objeto de representación. De una u otra forma, con anterioridad se dice que el individuo tiene persona u que puede por ello actuar jurídicamente, operar como actor social. Persona es tradicionalmente algo que se posee, no que se sea. Desde tiempos antiguos el sintagma jurídico se formulaba como habere personam, no como essere persona (Clavero, 1997:13).

Giorgio Agamben (2016:55-56) en el mismo sentido cita a Boecio:

Con esta definición hemos delimitado o fijado lo que los griegos llaman prósopa (máscaras) por el hecho de que se ponen delante de los ojos y cubren el rostro: para toû prós toús opas-títhestai (colocada delante de los ojos). Pero como, puestas estas máscaras (personis inductis) los actores representaban en las tragedias o comedias a los que querían representar, por ejemplo, a Hécuba, o a Medea, o a Simón o a Cremes. Por eso llamaron personae también a los demás hombres que pueden ser identificados con seguridad por su aspecto. Así los llamaron unos y otros. Los latinos personae y los griegos prosopa. Pero los griegos denominaron con mucha mayor claridad la sustancia individuada de una naturaleza racional con el término hypóstasis, mientras que nosotros, por falta de palabras, hemos conservado el término recibido, y la llamamos personas a lo que los griegos llamaban hypóstasis.

El gran logro de la modernidad burguesa, consistió en pasar del tener una persona a ser una persona. De este modo, por este arte de prestidigitación, si lo esencial es ser y no tener una persona, lo que se custodia es esa capacidad de estar en el comercio. Frente a la universalidad de las personas, entendidas como ente susceptible de adquirir derechos o contraer obligaciones, son tan personas los que sufren y mueren como las corporaciones o sociedades comerciales. Pasa a segundo plano el hecho de habitar un suelo y tener posteridad (constituidos por la sexualidad, la mortalidad, la cultura y el lenguaje) frente al estar en el comercio juridico (adquirir derechos, contraer obligaciones y tener un patrimonio y un nombre). Estas son precisamente las marcas semánticas vinculadas a los derechos humanos y, particularmente, en el preámbulo de la Constitución Argentina y que vinculan la garantía de la libertad a la fragilidad del viviente.

En el momento en que se produce este cambio del tener una persona a ser una persona, ya tienen pleno desarrollo otras personas como son las corporaciones, dedicadas al arte de navegar, bancario, etc. La aparición de personas no humanas es contemporánea con la humanización de la persona. Ellas aspiran, en consecuencia, a ser tratadas, no como un medio de derecho sino como un sujeto humano. Es cierto que estas características diferenciadas de la persona de existencia ideal siempre se ponen de manifiesto, pero la hominización del concepto persona (antes solo un medio de actuar en el comercio jurídico) lleva a contemplar a éstas de modo similar.

Tampoco debe dejar de señalarse que, al pasar el modo de producción esclavista de la esclavitud de raza a la esclavitud de crianza, aún el esclavo, que carecía de persona, pasa a ser objeto de protección y límites frente a la posibilidad de abuso del amo. Por otra parte, el esclavo también actuaba en el comercio por intermedio de la persona del amo, como es el caso de los profesores de griego o matemáticos. Por esa misma razón en la medida que su rendimiento económico depende de la voluntad del esclavo, estos podían comprar su libertad mediante el producido de su trabajo.

Por la vía del cambio de significación se naturaliza (falsamente) que el objeto de la protección humanitaria son las personas, que pueden ser tanto el mortal, el hablante, como se decía en la tradición griega, los que tienen una cultura (una polis) como los entes de existencia ideal cuyo ser no es otro que el de ser un dispositivo de autorreproducción en la lógica de acumulación. Eso, sin perjuicio de que toda persona de existencia ideal no es otra cosa que la simple capacidad de adquirir derechos o contraer obligaciones a la que se le adjudica un patrimonio y un nombre.

En esta equiparación entre humanidad y persona, se oscurece con el nombre de «Tratados Internacionales» lo esencial de los derechos humanos, que son los derechos del que sufre, del que ama, del que goza, del que expresa una cultura, del que es sexuado y del que muere. Por eso jamás puede equipararse la protección jurídica contra la tortura o cualquier acto de genocidio con los tratados internacionales de libre comercio.

De allí que a la pregunta sobre si existe otro derecho que no sea de los humanos, debe responderse sin hesitaciones que sí, que existe el derecho de las personas, que tutela a las personas jurídicas en su estar en el comercio. Pero los derechos humanos son aquellos que tienen en cuenta la posibilidad del hablante, del mortal, como proyecto, como finitud. Y, como decía Heidegger es la finitud la que hace posible la causación por libertad, como causa distinta de las cuatro causas clásicas.

De lo expuesto surge que, frente a la oposición aparente de los derechos humanos como universalidad abstracta, tal como son presentados por el discurso de la Universidad, y lo singular concreto de las identidades singulares es necesario no tomar partido so pena de hacer desaparecer los derechos humanos como proceso (si nos atenemos a los derechos humanos como código) o como producto (si negamos el efecto de los derechos humanos frente a la singularidad concreta de las identidades culturales). Creo que no es necesario avanzar mucho para observar que la primera opción sirve de cobertura a las intervenciones “humanitarias” del imperialismo, mientras que la segunda da cobertura antiimperialista a los desmanes locales. En su lugar, propongo, con Zizek (2006:32), que la aparición de los derechos humanos como tales es la de la singularidad universal: “algo verdaderamente Nuevo aparece como eternidad en el tiempo, y trasciende sus condiciones materiales. Percibir un fenómeno pasado en devenir (como habría dicho Kierkegaard) es percibir lo potencial virtual en él, la chispa de eternidad de la potencialidad virtual que está ahí para siempre. Una obra verdaderamente nueva se mantiene nueva para siempre; su novedad no deja de sorprender cuando su “valor de sorprender” se disipa”.

¿Quién puede dudar del valor que para los derechos humanos tiene hoy la Revolución Francesa? Esa novedad desencaja para siempre, es siempre nueva, para los sostenedores del antiguo régimen. Pero si los logros de la revolución francesa se hubieran mantenido como código universal, sus contenidos se habrían manifestado –y de hecho así lo hicieron – como opresión. Por esto razón los derechos humanos no se cierran en sistema porque ellos son, en tanto tales, el lugar de aparición de lo Nuevo, de lo que en la sintaxis de los sistemas jurídicos se encuentra no simbolizado. Y todo sistema jurídico vigente, toda ley, necesita poner en la sombra una diferencia, una distancia, que por definición no puede aparecer. Por eso en cada sociedad lo que no aparece es negado como realidad, de allí el carácter de intrusión de lo real no simbolizable de los incontados que exigen entrar en la cuenta. De institucionalizarse, esta aparición es un simulacro, una sombra corrupta que imita la forma verdadera y pura (la solidaridad de Eva Perón era solamente teatro, frente a la verdad que significaban los viejos partidos de izquierda de la Unión democrática). Por supuesto, esta aparición nueva del sujeto portador del derecho no tenido en cuenta puede ser reprimida, pero en tanto real que aparece (empieza a simbolizarse) necesita inscribirse. Se produce entonces el retorno de lo reprimido. Frente al acontecimiento la posición conservadora es que nada ha sucedido, la subjetividad fiel, por el contrario, apuesta al retorno (aún sea en un avión negro). La posición de apertura frente a los derechos humanos del analista jurídico obliga, por la naturaleza de los mismos, a pensar sin garantías.

Hay algo descaradamente ridículo e inadecuado en la presentación de una panoplia de filósofos. Los lectores “sentimos” de alguna manera que esto no es filosofía, que una “verdadera” filosofía debe explicar sistemáticamente esa multitud de “opiniones” (posiciones), no limitarse a enumerarlas. Lo que esperamos, en suma, es que se nos informe cómo aparece una “opinión” a partir de las inconsistencias o insuficiencias de otra “opinión” hasta que la cadena de estas opiniones llega a configurarse como un todo orgánico; o, como el mismo Hegel lo habría expresado, la historia de la filosofía es ella misma parte de la filosofía, y no sólo un informe comparativo sobre si y en qué manera estas opiniones son verdaderas o falsas. (Zizek, 2006:69)

Esta crítica sobre el método adocenado de algunos manuales de historia de la filosofía es particularmente aplicable a determinados modos de exposición del derecho como un catálogo de “opiniones” de sujetos o tribunales (doctrina y jurisprudencia). Más grave aún, la primera intención del autor de toda investigación jurídica de carácter novedoso es esconder su novedad. El ejemplo más claro son las decisiones de los tribunales superiores de justicia que suelen afirmar en matices impensados la existencia de un precedente. Es que en general, el comportamiento de todos los sectores que ejercen el poder es el de esconder que el rey está desnudo, retirar la opinión del que decide de la agonística. Y es imposible dejar de señalar que en el derecho tienen una gran influencia quienes ejercen poder en el ámbito. A saber, los tribunales. Si esta práctica es discutible en el ámbito del derecho común, no cabe duda que la misma es incompatible con la naturaleza misma de los derechos humanos.

Si tomamos el pensamiento de Pascal: “La igualdad de los bienes es, sin duda, justa; pero al no poder hacer que sea forzoso obedecer a la justicia, se ha hecho que sea justo obedecer a la fuerza. Al no poder justificar la justicia, se hace necesario justificar la fuerza para que lo justo y lo fuerte permanezcan unidos y que exista la paz que es el bien soberano”, debe tenerse en cuenta que esta falta de equivalencia entre justicia y fuerza no es la consecuencia de infortunadas circunstancias que han de terminar con una parusía. La justicia es como tal fuerza justificada encarnada en un orden jurídico.

Frente a ese orden jurídico los derechos humanos se presentan como el crimen absoluto, el crimen que no se conforma con ser tal sino que exige la abolición de la ley que lo vuelve crimen. El principio de igualdad racial, por ejemplo, en la Sudáfrica del apartheid. Es lo mismo que sentían los nazis al ser juzgados por los crímenes de lesa humanidad ¿Cómo podía convertirse en un crimen lo que era legalidad del Estado? Por esta razón, la invocación de los derechos humanos no es jamás la invocación a un orden jurídico entendido como código o el resultado de la voz de los expertos, porque los derechos humanos no son otra cosa que la apertura a la insuficiencia necesaria de toda ley. Si hay algo que resulta incompatible con los derechos humanos es la sacralización del precedente pues los derechos humanos son en el ámbito jurídico, la Novedad en cuanto tal.

Ahora bien ¿Qué sentido tiene la inclusión de los derechos humanos en los tratados o en las constituciones? Quizás sirva recordar a Pablo en su epístola a los Romanos 7,7 “¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? De ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás”. La ley es causa del conocimiento del pecado, no del pecado en sí. La inclusión de los derechos humanos importa la necesidad del conocimiento de los mismos, pero ello no puede hacer olvidar la naturaleza singular universal de los derechos humanos. La función del tratado es completar la función de la aparición del derecho humano en cuestión estableciendo lo Universal del punto, pero ello no cierra la cuestión sino que la abre a la tensión entre lo Singular de la aparición contingente en una forma particular de cultura y lo Universal que surge de la forma misma de la legalidad: Para todo A es función B.

Tropezamos a menudo con un caso particular que no “entra” plenamente en su especie universal, es decir un caso atípico. El siguiente paso es reconocer que cada particular es “atípico”, que la especie universal existe sólo en las excepciones, que hay una tensión estructural entre lo Universal y lo Particular. En este punto nos hacemos conscientes de que lo Universal ya no es un simple contenedor vacío y neutral de sus subespecies sino un ente que está en tensión con cada una de sus especies. El concepto universal adquiere de esta forma una dinámica propia. Más precisamente, lo Universal verdadero es esta misma dinámica antagonista entre lo Universal y lo Particular. Es en este punto cuando pasamos del Universal “abstracto” al “concreto”; el punto en que reconocemos que cada Particular es una excepción, y, en consecuencia, que lo Universal, lejos de contener su contenido particular lo excluye, o es excluido por él. Esta exclusión da lugar a que lo Universal mismo se convierta en particular (no es verdaderamente universal, puesto que no puede aprehender o reconocer su contenido particular), pero esta misma incapacidad es su fuerza: Lo universal se pone así, de manera simultánea como lo particular (Zizek, 2006: 69-70).

Lo universal concreto es entonces la aparición de la ley como forma impura en el caso. No hay forma que un particular coincida con la libertad sindical, por ejemplo. Pero cada aparición de casos de libertad sindical hace presente la libertad sindical como tal en una configuración nueva, no como una serie generalizada sino como medida intrínseca de su aparición. No es casual que esta aparición concreta de cualquier problema de derechos humanos necesite ser aplastada, olvidada en su aparición misma porque lo que se encuentra en juego es el Estado de Situación y sus identidades socio simbólicas con sus rangos, jerarquías y privilegios. No es posible olvidar que los derechos humanos son, en sí mismos, la aparición de lo no contado, de la plenitud aparente, qua apariencia del orden simbólico y, en particular, del orden jurídico. Siempre hay un resto no simbolizado que insiste. Y ese es el lugar y la función de los derechos humanos.

Los derechos humanos y el sujeto colectivo

Como ya se ha expresado más arriba, los derechos humanos no son los derechos de las personas ni existen como un código cerrado. De hecho, la regla de interpretación de los derechos humanos, es que ellos no se encierran en lo reconocido por los códigos o los tratados, sino que se fundan en la incompletitud, en la falta que es consustancial al viviente.

En este orden de ideas una persona jurídica nunca puede ser confundida con el sujeto titular de un derecho humano. La persona jurídica reconocida como tal por el Estado tiene a su cargo la actuación o representación de una determinada demanda fundada en los derechos humanos en el ámbito de gestión estatal. Pero ello no identifica al gestor con el sujeto protegido. El argumento de la Corte Suprema de Justicia de la Nación en el caso Orellano, que escinde los aspectos colectivos e individuales del derecho de huelga para atribuir el ejercicio de los aspectos colectivos al sindicato-persona jurídica, es equiparable a la decisión de un juez de familia que se negara a reconocer los derechos del niño porque el representante no realizó una petición a favor del derecho vulnerado y simplemente se dedicó a violarlo.

Si, por ejemplo, el derecho de huelga es el derecho de las “entidades gremiales”, o la demanda por hábitat o alimentación adecuado, la huelga o la demanda deja de ser un vehículo de realización de derechos humanos con una finalidad emancipadora y se convierte en un instrumento de una organización que tiende a sustituir al sujeto humano representado. De este modo, es la propia organización sindical o, en su caso, las organizaciones sociales, que se sirven a sí mismas. Aún la eucaristía en el misterio católico representa la muerte y resurrección de Cristo y lo trae a presencia, pero no tiene sentido como sacramento en tanto ingestión de pan y vino. La actuación de las organizaciones sociales (personas) es siempre vicaria de un sujeto (el colectivo) constituido desde un interés que compone los cuerpos.

El sujeto no se identifica con una sustancia (individual o colectiva) como parece desprenderse de una psicología ingenua. El sujeto es solidario del corte mayor que efectúa en las ciencias del hombre la inversión saussereana. Cuando Saussure afirma que un significante nada es sino diferencia respecto de otro significante, está cuestionando la tradición metafísica que afirma que la nada no tiene propiedades. Sobre esa afirmación se ha construido toda la onto-teología de la sustancia.

El efecto de la revolución saussereana implica que todo elemento de un sistema es tal sólo por la relación de diferencia. Es la diferencia en sí la que atribuye las propiedades de un sistema. “Existe una relación de diferencia que nada debe a las propiedades de los términos pues le es anterior” (Milner, 1996: 103). Por otra parte, el modelo saussereano recusa la determinación del signo teorizada por los lógicos de Port-Royal y que constituye aún hoy el fundamento del sentido común. Para la escuela de Port-Royal el signo es el representante de una realidad simbolizable y, al mismo tiempo, no representada. Esto implica una asimetría: es verdad que el humo es signo del fuego, pero no a la inversa.

Para Saussure, por el contrario, existe reciprocidad en los signos. No hay significado sino en la medida que hay significante; el significante no es tal sino en la medida en que hay un significado (Milner, 2003: 30).

El significante rompe, en su estructura misma, con el fundamento de la metafísica precedente y que actúa en todas las representaciones imaginarias, que puede resumirse en la sentencia de Tomás de Aquino: Omne ens est unum. Si el significante es el efecto de la diferencia pura y su ser no es otra cosa que el atravesamiento de las diferencias del sistema, la asignación de un valor uno a un ente es un efecto de la constitución imaginaria del sujeto hablante. Aquí puede apreciarse la diferencia en los modos de operación del pensamiento en el orden simbólico y en el registro imaginario. Porque los sistemas matemáticos y lógicos se afincan primordialmente en el orden simbólico, los sistemas constriñen, son coactivos respecto del lazo de pensamiento. Por el contrario, el registro imaginario, no conoce de coacción.

Si las cosas nombradas y el nombre de las cosas sólo son tales en tanto distinguidos por el valor de la cadena y la subjetividad es un efecto de la lengua, en cuyo ámbito el sujeto puede constituirse, entonces:

La sutura nombra la relación del sujeto con la cadena de su discurso; ya veremos que él figura en ésta como el elemento que falta, bajo la forma de algo que hace sus veces. Pues faltando en ella, no está pura y simplemente ausente. Sutura, por extensión, la relación en general de la falta con la estructura de la que es elemento, en tanto que implica la posición de algo que hace las veces de él. (Miller, 2003: 55).

La consecuencia de todo ello es que el sujeto no tiene identidad, que su identificación es también un efecto de estructura, en la que un significante asume, respecto del conjunto del sistema de significantes, la función de representar al sujeto y con el cual el sujeto se identifica. Hay sujeto porque es hablado en un lenguaje que preexiste al sujeto que ya le daba su lugar aún antes de que naciera. En tal sentido el sujeto es transindividual. Y porque carece de identidad es sujeto a identificarse y no una identidad. Hay identificación como proceso porque ninguna identidad lo precede, simplemente el sujeto es la diferencia respecto del sistema de enunciados que constituyen la lengua.

Si hay sujeto es por el efecto de una interpelación de estructura. Esto es lo que constata Levi-Strauss:

No sabemos ni sabremos jamás nada del origen primero de creencias y de costumbres cuyas raíces se hunden en un pasado remoto; pero en lo que respecta al presente, lo cierto es que las conductas sociales no son manifestadas espontáneamente por cada individuo bajo la influencia de emociones actuales. Los hombres no obran, en su calidad de miembros del grupo, conforme a lo que cada uno de ellos siente como individuo: cada hombre siente en función de la manera en que le ha sido permitido o prescrito comportarse. Las costumbres son dadas como normas externas, antes de engendrar sentimientos internos, y estas normas insensibles determinan los sentimientos individuales, así como las circunstancias en que podrán o deberán manifestarse. (Levi-Strauss, 2013:105-106).

El sujeto tiende a consolidarse en el enunciado, como expresión de la ex-sistencia (8) evanescente del sujeto de la enunciación.

… usar “yo pienso” como una frase completa no es legítimo, ya que exige una continuación: “Yo pienso que… (va a llover, tienes razón, vamos a ganar..)”. Según Kant, Descartes cae presa de la “subrepción de la conciencia hipostasiada”, concluye erróneamente que, en el “yo pienso” vacío que acompaña cada representación de un objeto, obtenemos una entidad fenoménica positiva, la res cogitans (un ”trozo del mundo”, en palabras de Husserl) que piensa y es transparente a sí misma en su capacidad de pensar. En otras palabras, la conciencia de sí da autopresencia y autotransparencia a la “cosa” en mí que piensa. De esta manera, se pierde la discordancia topológica entre la forma “yo pienso” y la sustancia que piensa, es decir, la distinción entre la proposición analítica sobre la identidad del sujeto lógico del pensamiento, contenido en el “yo pienso”, y la proposición sintética sobre la identidad de una persona en cuanto cosa-sustancia pensante. (Zizek, 2016:35-36).

Todo sujeto, y más particularmente el sujeto del derecho, no es una cosa del mundo fenoménico ni una máscara. El sujeto en tanto causa de sí, en tanto causación de libertad es el sujeto de la enunciación y no del enunciado. La libertad que asegura el derecho no es la opción predeterminada por lo que Kant llama determinaciones patológicas. Afirmar la existencia de una libertad desde el punto de vista jurídico es afirmar la indeterminación del sujeto respecto de lo existente, en tanto ex-siste. El sujeto es esa nada de mundo que sirve de marco a la percepción del mundo. El sujeto de la enunciación es un operador lógico vacío.

La libertad jurídica es la apertura a esa causación por libertad refractaria al discurso del amo. La libertad jurídica no obliga a la aparición del sujeto de enunciación, pero da marco a su aparición por fuera de la constricción del discurso del amo, que es el discurso del Derecho objetivo en tanto orden y que, en esa medida, toda libertad fundada en los derechos humanos, pone en cuestión. El derecho de lo conmensurable, del orden es, por el contrario, el que se aplica a las personas en tanto máscara y no al sujeto de la enunciación, que es el sujeto de los derechos humanos.

Las teorías del derecho no son otra cosa que teorías de la soberanía, comprendidas como aquellas que enuncian un discurso del orden sin fricciones en el que sujeto, unidad y ley son presupuestos. Estas teorías no tratan de explicar lo jurídico como aquello que por ser en la sociedad crea disposiciones de orden sino que se pretende una unidad fundamental, más allá de las fricciones y violencias. (Foucault; 2006, 49-66) (9)

Si esto es así, la representación imaginaria del trabajador individual o del colectivo o de la “clase en sí” como ente sustancial, devela la insistencia de la metafísica de la sustancia. Es lógico que esta pervivencia metafísica pretenda reemplazar al sujeto del derecho por la persona que lo representa (sea la persona jurídica de existencia visible o la de existencia ideal), en tanto es la persona la que se presenta en los tribunales. Pero esta metonimia (de confundir la representación de la persona por el sujeto representado) no demasiado relevante en el ámbito de los derechos patrimoniales, se revela catastrófica en el ámbito de los derechos humanos. Atribuir los derechos humanos a las personas jurídicas autorizadas por el Estado ha sido en todo tiempo la llave que habilita el totalitarismo.

De una politica sobre los cuerpos a una politica de los cuerpos

Entender el derecho como hecho social impone hacerse cargo, en primer término, del reproche que Kelsen le hiciera a la formulación de Ross. En cuanto el derecho es analizado como hecho social, desaparece la norma que no puede ser expresada como tal por la descripción de las conductas. Si se pierde la normatividad del derecho se pierde la sustancia misma de constitución del objeto y el derecho se reduce a un capítulo secundario de la sociología. Sin embargo, este reproche no va dirigido a la concepción del derecho como hecho

social sino a las consecuencias teóricas que resultan de la aplicación al tejido social del punto de vista positivista. En otras palabras, no afecta el punto de partida, sino los resultados a los que arriba por la asunción de un determinado marco teórico.

El punto de vista positivista, al que Ross se pliega, parte fundamentalmente de dos preconceptos o reglas: 1) la unidimensionalidad del fenomenalismo, es decir, todo conocimiento humano se agota en los datos empíricos; 2) el nominalismo estricto, que considera a todo concepto o generalidad una simple abreviatura de hechos individuales. En estas condiciones, es obvio que el sentido debe escaparse porque el derecho, dado su carácter intersubjetivo, no puede ser captado desde el individualismo metodológico y, desde otro punto de vista, omite toda consideración crítica respecto de la misma subjetividad. En mi opinión, para la inteligencia del derecho, el hecho social que el derecho significa, es necesario desarrollar tanto la dimensión problemática de la intersubjetividad (con el conflicto entre todo y parte que no puede ser captado desde el prejuicio nominalista) como la problematicidad de la propia conciencia que establece el campo primario para el surgimiento de la intersubjetividad.

La comprensión del fenómeno jurídico es imposible desde el individualismo metodológico. El punto de partida que critico condena a: 1) afirmar que el modo de existencia de una norma es la validez, con lo que se queda sin explicación la sustancia de la validez o, en otras palabras, el espacio óntico en el que las normas existen. Alternativa idealista que se resuelve en un poder mítico; 2) Considerar exclusivamente al derecho como un sistema de obstáculos o de relaciones de fuerza con lo cual se pierde el sentido de la enunciación normativa.

El racionalismo parte de ideas innatas o evidentes y el empirismo parte de las sensaciones o de la percepción. Uno, naturaliza el “sentido común” de una sociedad determinada, el otro olvida la performación social de las sensaciones y las percepciones. Olvida que un dato sólo es tal en la medida en que está integrado en una estructura significativa. “Nada les ocurre a los hombres y a los objetos fuera de su ser material y de la materialidad del ser. Pero el hombre es precisamente esa realidad material por la que la materia recibe sus funciones humanas”(Sartre; 1995, 318).

Edward P. Thompson al caracterizar la clase social en el prólogo de “The making of the english working class”, señala precisamente la inexistencia de la clase (o cualquier otro agrupamiento humano que pueda llamarse sujeto colectivo del siguiente modo:

Hoy en día existe la tentación, siempre presente, de suponer que la clase es una cosa. Este no fue el sentido que Marx le dio en sus propios escritos de tipo histórico, aunque el error vicia muchos de los escritos “marxistas” contemporáneos. Se supone que “Eso”, la clase obrera, tiene una existencia real que se puede definir de una forma casi matemática. –Así, cuántos hombres son los que se encuentran en una cierta relación respecto de los medios de producción. Una vez que esto se asume, se hace posible deducir la conciencia de clase que “Eso” debería tener (pero raras veces posee) si tuviera clara conciencia de su posición y de los intereses reales. Hay una superestructura cultural a través de la cual el reconocimiento se desvía por caminos ineficientes. Estas distorsiones y atrasos culturales son una molestia, así que es más fácil pasar desde esta situación hacia una teoría de la sustitución: el partido, la secta o el teórico que descubre la conciencia de clase, no como es, sino como debería ser.

(…)

Si nosotros recordamos que clase es una relación y no una cosa, no podemos pensar de esta manera. “Eso” no existe, ni para tener una conciencia o un interés ideal ni para yacer, como paciente, en la mesa del Ajustador…

La cuestión, por supuesto, es cómo los individuos llegan a tener ese “rol social” y cómo una particular organización social (con sus derechos de propiedad y su estructura de autoridad) llegó a existir. Y esta es una cuestión de historia. Si nosotros paramos la historia en un determinado punto, entonces no hay clases sino una multitud de individuos con una multitud de experiencias. Pero si observamos a esos hombres a través de un período suficientemente largo de cambio social, observaremos pautas en sus relaciones, sus ideas y sus instituciones. La clase es definida por los hombres mientras viven su propia historia y, a fin de cuentas, ésta es su única definición (Thompson; 1966, 10-11) (10).

Esto lleva también a redefinir el punto de partida para el análisis del estudio del derecho. No son las normas las que determinan las conductas sino que son las conductas y valoraciones que, en su interferencia, construyen las reglas. Pero, al mismo tiempo, las conductas y valoraciones no surgen directamente de lo indeterminado sino de la propia estructura del ser que se manifiesta en las reglas. No hay entonces espacio para una dimensión del sollen ajena al sein y viceversa.

Esto es tomar la propuesta de Foucault (2006, 51): “… hay que tomar el triple punto de vista de las técnicas, su heterogeneidad y sus efectos de sometimiento, que hacen de los procedimientos de dominación la trama efectiva de las relaciones de poder y los grandes aparatos de poder”. Pero en definitiva es reconocer la herencia de Spinoza, de su panteísmo monista que echa las bases del pensamiento materialista.

Las reglas de la sociedad y la fuerza que las hace coercibles no son independientes de los sujetos que las realizan y de las expectativas que estas mismas reglas producen.

… en la medida que alguien, por fuerza o espontáneamente, transfiere a otro parte de su poder, le cederá necesariamente también, y en la misma medida, parte de su derecho. Por consiguiente, tendrá el supremo derecho sobre todos, quien posea el poder supremo, con el que puede obligarlos a todos por la fuerza o contenerlos por el miedo al supremo suplicio, que todos temen sin excepción. Y sólo mantendrá ese derecho en tanto en cuanto conserve ese poder de hacer cuanto quiera; de lo contrario, mandará en precario, y ninguno que sea más fuerte, estará obligado a obedecerle si no quiere. (Spinoza; 2003, 340)

La potestas del Soberano está siempre en zozobra. Siempre está amenazado por el conatus de la multitudo.

… las supremas potestades sólo poseen este derecho de mandar cuanto quieran, en tanto y en cuanto tienen realmente la suprema potestad; pues si la pierden, pierden, al mismo tiempo, el derecho de mandarlo todo, el cual pasa a aquél o aquellos que lo han adquirido y pueden mantenerlo. Por eso, muy rara vez puede acontecer que las supremas potestades manden cosas muy absurdas, puesto que les interesa muchísimo velar por el bien común y dirigirlo todo conforme al dictamen de la razón, a fin de velar por si mismas y conservar el mando. (Spinoza; 2003, 341-342)

Durante la preparación del presente trabajo, Alejandro Bresler me puso de resalto la distinción entre poder y potencia, objeto de una mala sinonimia. Hobbes no usa potencia (conatus) a partir de la aparición del soberano a quien le atribuye el poder (potestas). En cambio, Spinoza utiliza con más frecuencia el término potencia (conatus) y reserva el uso del término poder al soberano (potestas). Cuando Spinoza piensa en la democracia como la forma absoluta de gobierno está pensando en la composición de las potencias (conatus) de la multitud que constituyen el poder (potestas) absoluto que vuelve en la elevación de las potencias de cada humano, es decir en una mayor capacidad y, por ende, en una mayor alegría.

Por eso Arturo Jauretche decía que “El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza”. Es que la tristeza es en sí una pérdida de potencia y, por otro lado, la tristeza es la consecuencia de la pérdida de potencia.

La composición de los cuerpos es justamente una acumulación e incremento de potencia. Pero la potencia no es una abstracción matemática, es la materialidad del viviente que quiere perseverar en su ser. Es que ser humano remite directamente a la fragilidad, a la mortalidad, a la capacidad de ser afectado por el entorno o de afectarlo y, fundamentalmente, a esa capacidad de componerse.

Los seres humanos somos mortales, los únicos animales propiamente mortales en tanto sabemos de nuestra finitud. Perseverar en el ser implica asegurar las condiciones materiales de la vida. La muerte, como amenaza, no pende sólo de la espada. Nadie vive solo, se vive en comunidad.

Las condiciones materiales de reproducción de la existencia son tres: 1. Alimento; 2. Cobijo y; 3. Cultura. El modo en que se tiene acceso a éstas es lo que determina la potencia, es decir la alegría de los sujetos y toda otra necesidad humana vital se reconduce a éstas.

En tanto vivientes necesitamos reproducir nuestras condiciones biológicas de un modo adecuado a las posibilidades que la sociedad puede brindar. Llamo a esa cobertura alimento.

Al vivir en relación con un entorno externo del cual es posible hallar posibilidades para la vida o frente al cual debemos protegernos. Llamo a esa necesidad cobijo.

Finalmente, el modo particular de relacionarnos con otros y devenir humanos constituye lo que yo llamo cultura. Cuando los humanos perdemos la cultura perdemos el mundo, como lo da cuenta el muselmann de los campos de concentración, que relata Agamben (2008). La nuda vida ya no es humana cuando se pierden los lazos, cuando el sujeto es abandonado por las estructuras jurídicas y políticas. Sin cultura no hay palabra, ni pensamiento ni rostro.

Alimento, cobijo y cultura son simplemente modos de señalar áreas, pero el cobijo es también alimento y cultura y viceversa. Esto ya lo explicó Carlos Marx en los Grundrisse. Las condiciones materiales de reproducción de la existencia o el perseverar en el ser están mediados por la interacción con los otros elementos.

El hambre es hambre, pero el hambre que se satisface con carne guisada, comida con cuchillo y tenedor, es un hambre muy distinta del que devora carne cruda con ayuda de las manos, uñas y dientes. No es únicamente el objeto de consumo, lo que la producción produce no solo objetiva sino también subjetivamente. La producción crea, pues, al consumidor. La producción no solamente provee un material a la necesidad sino también una necesidad al material. Cuando el consumo emerge de su primera inmediatez y de su tosquedad natural –y el hecho de retrasarse en esta fase sería el resultado de una producción que no ha superado su tosquedad natural- es mediado como impulso por el objeto. La necesidad de éste último sentida por el consumo es creada por la percepción del objeto. El objeto de arte –de igual modo que cualquier otro producto- crea un público sensible al arte, capaz de goce estético. De modo que la producción no sólo produce un objeto para el sujeto sino también un sujeto para el objeto. (Marx; 1971, 12)

Toda carencia adquiere su carácter a partir de las significaciones sociales que configuran el contexto. En este contexto adquiere sentido el aforismo marxiano de que una sociedad sólo puede plantearse los problemas que está en condiciones de resolver. No es el carácter “objetivamente injusto” de una sociedad o su mayor “racionalidad” lo que determina el cambio de las instituciones. La India, con su sociedad de castas, puede resultar el ejemplo arquetípico de una sociedad desigual fundada en distinciones imaginarias. Sin embargo, ese régimen ha durado siglos y sólo empieza a derrumbarse como consecuencia del contacto y dominación por otra civilización con presupuestos incompatibles con los propios de la primitiva sociedad.

Nunca puede hablarse de la “mayor racionalidad” de una sociedad determinada porque cada sociedad instituye imaginariamente el tipo de “racionalidad” a la que responde. La misma lucha de clases tiene como presupuesto la construcción de un sujeto colectivo dominado capaz de significar el carácter antagónico de la distinción social en la que esa sociedad concreta se funda. No es la clase “en sí” sino la clase “para sí” la que puede ocupar el rol de sujeto antagonista. Esto se refleja en la distinción que realizan Laclau y Mouffe entre relación de subordinación, relación de opresión y relación de dominación. En la que la primera viene a significar el sometimiento de un agente respecto de las decisiones de otro; la segunda la situación del agente que, sometido al poder, la evalúa como ilegítima y abre la posibilidad de antagonismo, mientras que la tercera es la relación de ilegitimidad atribuida por un sujeto (tercero) ajeno a la relación en sí (Laclau y Mouffe; 2004, página 196).

Una carencia o una necesidad no vehiculiza al sujeto de los derechos humanos por sí, requiere devenir demanda por la mediación de la palabra. No por eso comparto la idea de estos autores que realizan a continuación: “Esto significa que no habrá relación de opresión sin la presencia de un ‘exterior’ discursivo a partir del cual el discurso de la subordinación pueda ser interrumpido”. Esta referencia al exterior omite analizar las condiciones de historicidad que son inmanentes al discurso y la condición de imaginación creadora que se encuentra al interior del carente. Las valoraciones del orden social se encuentran sobredeterminadas por las relaciones de fuerza existentes en una sociedad. Eso es cierto, pero las estrategias que adopten los agentes están siempre sometidas a experiencias que, o alteran directamente las relaciones de fuerza o crean un imaginario virtual que también indirectamente afecta las relaciones de fuerza y las condiciones de producción de los discursos. Metafóricamente lo señalaba el presidente de la República Bolivariana de Venezuela Hugo Chávez: “Los gobiernos hacen lo posible, a los pueblos les corresponde cambiar el marco de lo posible”. Expresión que da una imagen invertida, respecto de las tesis de Laclau y Mouffe sobre la producción interior o exterior de las significaciones.

Esto se encuentra vinculado al tipo de discurso que puede acompañar a una política de derechos humanos. Desde el ¿Qué hacer? la tesis del “desde afuera” ha tenido un gran predicamento en la militancia política y social. Tanto esa práctica en la promoción de los derechos humanos, como la interpretación de los derechos humanos con fundamento en la opinión de los expertos tienen en común la restauración de la idea platónica del filósofo-rey. Una política antidemocrática, es aquella que se afirma en la perennidad de las estructuras discursivas vigentes de un saber completo. Es aquella que, renegando del no-todo, se afirma en la epísteme, en el saber de los expertos y sus comisiones, en la renegación de toda voluntad que salga del barro maloliente del demos. El amo totalitario contemporáneo no tiene otro discurso que el discurso de la Universidad. Ese mismo discurso es el que esgrimía Platón, en La República, para proponer su Consejo Nocturno, el de aquellos que detentan el saber. Frente a ello, tanto en la militancia como en la interpretación la postura que favorece al advenimiento de los derechos humanos es la que encarna el discurso del analista.

Es que los derechos humanos no surgen de un más allá. Surgen de la incompletitud de cualquier sistema jurídico en la medida que, como señala Spinoza, en el pacto social no se abdica al derecho y la composición de los cuerpos, el conatus de la multitudo, hace posible la lucha para perseverar en el ser. Desde el sujeto mismo. No fueron los intelectuales los que promovieron la lucha por el hábitat adecuado desde afuera. Va a haber sujeto colectivo cuando la palabra circula entre los dominados, los carentes que en la conciencia de la carencia hacen demanda y hacen poder por el incremento de la potencia del sujeto colectivo.

Mi derecho, como decía Spinoza, es lo que puedo. Colocar la interpretación de los derechos humanos en la boca de los sabios hace a la preservación del sistema de dominación pues siempre, desde la posición del privilegio que importa también la posesión del capital cultural, importa retardar o retacear la aparición de lo nuevo que camina a hombros del sujeto colectivo desposeído. Por supuesto, esta tentativa de sutura para mantener la integridad imaginaria del sistema jurídico, no logrará detener su aparición. Los derechos humanos aparecerán siempre. Pero poner de resalto esta función de los derechos humanos no pretende solamente crear una descripción más adecuada de lo que efectivamente sustenta los sistemas jurídicos. Se trata también de ahorrar el dolor que provoca la tentativa de sutura, fundamentalmente entre los humildes. Y tampoco es posible olvidar que el intérprete no es un observador en una relación incontaminada entre sujeto y objeto. La mirada del intérprete, en su medida infinitesimal, es también una fuerza que incide en el acompañamiento de quienes en la conciencia de su carencia propician su perseverar en el ser.

Menos aún es admisible la utilización de adjetivos para no significar otra cosa que un vago tufillo a moral, como cuando se dice vivienda digna o trabajo decente, tan del gusto de las ONG y de los filántropos de toda estofa. No hay un quien que pueda calificar a una vivienda como digna o indigna o al trabajo como decente o indecente, menos aún los autodenominados académicos que no han conocido la carencia sino por informes estadísticos o por un tour caritativo. No es problema la dignidad de la vivienda o la decencia del trabajo. Las viviendas no son dignas o indignas. Son simplemente adecuadas o inadecuadas para dar cobijo. Tampoco lo es que el trabajo sea decente o indecente, solo se trata de ver la adecuación entre las condiciones en las que se presta el trabajo y su contrapartida de modo que haya acceso adecuado al alimento, al cobijo y a la cultura. Y el juicio sobre la adecuación no es de los planificadores y sabedores, es de los sujetos cuando sienten inadecuado el acceso a sus condiciones materiales de reproducción. Pero para eso, los sujetos carentes deben dejar de ser considerados objeto de la asistencia, para entenderse que son sujetos desposeídos por la estructura social. Son ellos los que deciden.

Por otra parte, el derecho humano no es a la provisión de una vivienda o un trabajo adecuado, el derecho humano es el derecho al acceso a esos bienes. Por eso, el verdadero nombre de los derechos humanos es el de la Seguridad Social. Los derechos humanos no son el ala light del derecho penal. Es todo lo que se dirige a la creación de potencia, a perseverar en el ser y a la creación del proyecto de vida de cada ser humano.

No existe un grado cero de la mirada como pretendía el liberalismo clásico (y justifica a los planificadores) cuando decía que el ser es aquello que se percibe. Por cierto, nuestra capacidad para percibir los hechos que nos rodean en esa primera mirada “ingenua”, es solidaria de los prismas y cegueras que hacen posible que cualquier orden social se constituya y sostenga.

Los siglos XIX y XX trajeron consigo la asunción de subjetividades nuevas que, en las luchas y conquistas emancipatorias mostraron que la mirada objetiva y fuera del tiempo sobre la verdad y la sociedad no era otra cosa que la perspectiva desde arriba de los dominantes de cada sociedad. Junto a esa verdad del dominante se hace presente la verdad de los pueblos sin historia, del sexo oscuro, de la fuerza de trabajo apropiada en un intercambio formalmente igual.

Sin embargo, en la batalla cultural por el sentido común, esta idea de objetividad e independencia fue agitada hasta hace pocos años por las concentraciones mediáticas. Una idea que ha sido desplazada de los círculos académicos y científicos sigue teniendo efectividad en tanto no se combata en el ámbito mismo de las subjetividades populares.

Una concepción no se transmite sin afecto. De allí la esterilidad del socialismo «científico» y la potencia emancipatoria de los movimientos sociales y las organizaciones sindicales de base. Lo que hace utópico al socialismo no es su falta de cientificidad, sino su falta de realización práctica. «Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento» (2ª tesis sobre Feuerbach). Por eso, cuando una concepción se hace cuerpo, el sentido común hegemónico tambalea y se empieza a construir una nueva hegemonía.

La respuesta de los dominantes a la crisis de sus disciplinas de verdad fue el neoliberalismo, construido sobre el relativismo, el escepticismo y el régimen de posverdad. Si toda verdad es relativa, si en nada se puede creer, ninguna emancipación tiene sentido y aunque lo dado no sea sacralizado como eterno, el único camino racional es acomodarse a lo existente para construir un nicho donde sobrevivir como emprendedor individual.

Una apuesta por la emancipación es una apuesta por la verdad. Pero ya no es la verdad como correspondencia entre el pensamiento y la cosa, sino la verdad en tanto síntoma de lo social. La verdad de una concepción se manifiesta en las marcas que deja. La verdad de la financierización de la economía son los cartoneros, los sin techo, los sin pan. La verdad habla, aunque no haya palabras que la digan. Se manifiesta entonces como marca en el cuerpo de la sociedad y de cada humano. Es ese dolor que no puede ser dicho. En palabras del Poeta Depuesto, la Patria es un dolor que no tiene bautismo.

La verdad que aparece como síntoma fija el límite del proyecto de restauración neoliberal. Aunque se pretenda cercar los contenidos de lo que puede ser dicho.

Estas resistencias de las cooperativas, de los movimientos sociales y de trabajadores desocupados, de los pueblos originarios y de las mujeres, de la sociedad civil al incremento del control policial, y de los trabajadores al aumento de los poderes empresariales en las relaciones de trabajo, a primera vista independientes, se entrecruzan, se solapan, se potencian, se confrontan.

No se trata de demandas principales o secundarias o de artilugios para distraer de los problemas económicos. Se trata de demandas auténticas, plurales. Sin embargo, pareciera que la aceptación de una demanda particular –como tal – tampoco daría la satisfacción esperada por quienes las promueven. Es que ellas dan cuenta de una crisis general en la que lo nuevo no termina de nacer porque lo viejo no termina de morir.

Lo que las articula en su particularidad es la resistencia a una política sobre los cuerpos, en la que estos son sustancia de goce, objeto de control. Es que la política sobre los cuerpos se manifiesta en una despolitización del cuerpo. Cuerpos que, si no se trata de los que dan trabajo, han de acostumbrarse a vivir en la incertidumbre y disfrutarlo. Ni el marqués de Sade fue tan claro.

En la portada del Leviatán, Hobbes manda a inscribir un hombre inmenso que porta el báculo y la espada, para simbolizar el poder material y espiritual. El cuerpo de este hombre está formado por innumerables hombrecitos. Habrá a quien le toque ser cabeza, cuerpo, brazo o pié, incluso báculo o espada. Cada uno de ellos tiene un lugar y función. Cuerpos sumisos sometidos al orden organicista. Como ejemplificara el cabecilla del golpe de estado de 1955 “Sepan ustedes que la Revolución Libertadora se hizo para que en este bendito país, el hijo de barrendero muera barrendero”.

Esta articulación es expuesta por todos los autores prerrevolucionarios, de Locke a Kant, pasando por Adam Smith y Blackstone, en el ámbito de lo doméstico. En el ámbito de lo doméstico se encuentran los hijos, que son hombres y mujeres inmaduros a los que hay que someter en su salvajismo natural, la mujer, a quien el cuerpo que se pone por naturaleza sobre ella debe dirigir y poseer y los sirvientes o trabajadores que por su falta de talento o dotes naturales han de seguir la voluntad del amo. En este ámbito de lo doméstico el pater familias es, al decir de Locke, un monarca absoluto con un poder reducido y corto. Por eso, el hogar del inglés es su castillo. Toda la lucha de la modernidad es la lucha por desabsolutizar estas relaciones de dominio, uso y goce sobre el cuerpo del otro. De los derechos del niño, a las relaciones de género al derecho del trabajo, lo que se pretende es limitar ese poder de disposición.

Una política sobre el cuerpo es lo contrario a la política de los cuerpos, la política sobre el cuerpo requiere su despolitización, su objetalización. Por eso se habla y se trata de individuos, de emprendedores, de consumidores, de víctimas solitarias. Una política sobre el cuerpo no entiende los vínculos cooperativos y pretende destruir el extendido vínculo asociativo que existe en nuestra Patria para reemplazarlo por empresarios prestadores e individuos consumidores. Es que el asociado, por ejemplo, a una cooperativa de prestación eléctrica no es sólo el comprador de un producto sino un sujeto que al decidir con otros, hace de su cuerpo y del cuerpo común un sujeto político.

El cuerpo-objeto tiene precio, algo se da para obtener, es un cuerpo integrado al circuito de intercambios, cuando no lo es de apropiación como en la violencia callejera del improperio o la violación, o de segregación, cuando se lo coloca como otro absoluto, algo que no merece ser considerado, como el cuerpo de los pueblos originarios.

El orden de los cuerpos sumisos es el de las masas, de los individuos en relación directa con el lugar de excepción, del Uno, del líder o de lo que siempre ha sido así. El sujeto-masa es el que hace lo que hay que hacer. Así sea dirigir Auschwitz.

La democracia para el consumidor-masa es la elección entre dos marcas de zapatillas. Es algo ajeno que se elige como espectador. La democracia de masas es, paradójicamente, la de un demos sin pueblo. Es el efecto de las políticas sobre el cuerpo. Las resistencias, por el contrario, se llenan de voces plurales, polifónicas, implican al sujeto como tal con sus relaciones y sus faltas. Del mismo modo, la libertad es potencia, no posibilidad de zapping. Las resistencias están llamando al Pueblo. Es la política de los cuerpos.

Los ricos sólo dan lo que tienen, es decir lo que les sobra y esa sobra empieza a circular en los intercambios. Por eso los ricos no entrarán al reino de los cielos y bajo el nombre de democracia suministran su contrario, la oligarquía.

Uno de los chistes freudianos más conocidos es más o menos así: cuando un vecino va a reclamar a otro la devolución de la tetera, éste responde “nunca me prestaste la tetera, cuando me la prestaste ya estaba rota y además ya te la devolví”.

Este modo de argumentar se hace cada vez más presente en el discurso público (es decir, publicado). El desempleo no existe, es la consecuencia de la herencia recibida y además ya ha sido superado. Este tipo de discursos es refractario al principio de contradicción y de allí su carácter enloquecedor.

Uno podría preguntarse cómo discursos tan burdamente contradictorios pueden ser convalidados en grandes públicos. Pero lo que se olvida -y en esto radican las dificultades históricas de los movimientos de izquierda para penetrar masivamente en los sectores cuyo interés se pretende representar – es que la creencia no es el resultado de una convicción racional sino, fundamentalmente de una adhesión a lo que “se sabe”. Así, se llega a justificar la detención de una dirigente social en que “se sabe” o muchos creen que cometió uno o muchos delitos indeterminados.

El sujeto de la creencia, en la que se descansa, es el sujeto interpasivo. Uno cree porque el otro cree. Esto es lo que sabe cualquier catequista. Un creyente católico, por ejemplo, no reafirma su fe en la doctrina del primer motor inmóvil, cree porque otro cree, cree porque el sacerdote X le da muestra de su fe y la comunidad de laicos en la que se integra lo acompaña en la creencia. Y en este estatuto de la creencia no hay distinciones de ideologías. De allí la importancia de la manifestación. La manifestación, en el peor de los casos pone en cuestión la “doxa” de los medios dominantes y la convierte en “ortodoxia” que, como tal, ya implica una rebaja en el estatuto de verdad pues pasa a ser una verdad junto a otras. Dos ejemplos sirven para escenificar el poder de la manifestación. Cuando en 2010 todos los medios habían creado la verdad de sentido común de la desaparición del kirchnerismo, las masivas manifestaciones de luto dejaron lo que “se sabe” en el lugar del ridículo. La misma derrota de la doxa publicada fue propinada tras el acto cumbre de la doctrina negacionista expresada en el fallo “Muiña”. El carácter multitudinario de la manifestación impuso un rechazo legislativo unánime, aún de aquellos que supieron lucirse en una foto con el cartel “nunca más a los negocios con los derechos humanos”. No son los representantes ni los textos los que preservan los derechos humanos y los acrecientan. Son los cuerpos materiales, el conatus de la multitudo.

El otro que cree es el reaseguro y garantía de mi propia creencia. Por eso es tan importante entender que la manifestación de las creencias en el espacio público ocupado por los cuerpos (nadie se manifiesta en el patio de su casa) constituye una libertad pública fundamental y precondición de la existencia de un estado democrático de derecho.

Por otra parte, mientras que el discurso científico presupone la condición hipotética de todo enunciado, cuando el discurso de poder se presenta como discurso científico, asume la variable expresada por un filósofo castrense: “la duda es la jactancia de los intelectuales”. Es que la función de estos “científicos” es la construcción de una iglesia.

Por eso los economistas neoliberales o los expertos de los comités internacionales pueden intentar vendernos trampas para capturar tigres de Bengala. En cuanto se les señala que en Argentina no hay tigres de Bengala, no se sonrojan, indican que eso demuestra su eficacia. Lo que crea creencia no es la racionalidad del enunciado sino la seguridad con la que se lo enuncia.

El problema es que estas prácticas discursivas cuando no están limitadas por reglas éticas (no me refiero a reglas morales o moralina) ponen en crisis la legitimidad de la república. Si todo vale en el proceso de autovalorización de la propia persona, ninguno de los elementos de la dignidad humana se encuentra a salvo. Es la reducción de la vida humana a nuda vida, el paso de Bios a Zoé.

El proyecto neoliberal es el de la destitución subjetiva sin reglas éticas. Un discurso perverso que, por un lado, pone en cuestión la idea misma de Ley (en tanto igualdad y alteridad entre los sujetos a los que ella se dirige) para reemplazarla por un discurso de individuos incomunicables entre sí y homogeneizados desde el discurso de reproducción del capital en el que la providencia del mercado predestina a ganadores y perdedores.

Por el otro, el precio de esa completitud imaginaria es la aparición de prácticas de culpabilización sin hechos y la pulsión escópica perversa de la transparencia frente a la cual ninguna intimidad halla resguardo. Como en el estalinismo, la defensa de la intimidad es la manifestación de que algo se quiere ocultar. Por este motivo el discurso neoliberal está en una tensión antagónica con el discurso de la Constitución y de los Derechos Humanos, en la que el sujeto de derecho no es el capital ni los sujetos valorizados, sino el sujeto del Preámbulo, el nosotros, que puede tener posteridad, es decir que pare, que está sexuado y por ello es mortal (las amebas son eternas, como la circulación del capital).

La discusión jurídica, sin mistificaciones, es la discusión sobre el sujeto de la república y la democracia. Para nosotros ese sujeto es aquél que, como ser finito y ser en falta, sufre, cree y ama. El de ellos, es el sujeto imaginario que, desde un no-lugar, observa el drama sub specie aeternitatis.

El sujeto colectivo sólo aparece cuando se politizan los cuerpos, cuando dicen “ni una menos” o, “no en nuestro nombre”. Y la condición de politización es dar lo que no se tiene, compartir la falta como se comparte el pan. De allí los términos compañero, compañera. El sujeto colectivo sólo nace como lazo con otro, del compartir la falta, solo nace como acto de amor. Es el efecto de una política de los cuerpos, de un afecto.

Lo que une las rebeldías es el pasaje del poder de unos pocos con dinero (la oligarquía) al poder de los indistintos (democracia), de las políticas sobre el cuerpo a una política de los cuerpos.

Parafraseando a Freud se puede decir, donde era la masa ha de advenir el sujeto colectivo.

NOTAS

(1) Olvidando la división materialista que también hace Aristóteles entre monarquía, como gobierno de uno, aristocracia, como el gobierno de quienes tienen la areté o mérito, la oligarquía como gobierno de los que tienen dinero y la democracia como el gobierno de los que no tienen ninguna característica en especial, modernamente diríamos, el gobierno de los nadies.

(2) La hipóstasis es un concepto de la teología católica que denota la transustanciación del pan y el vino en la carne y la sangre de cristo. Del mismo modo, el estado no es otra cosa que la composición de los cuerpos determinada por tradiciones, instituciones y maquinarias sociales. Como sabemos los argentinos, el estado bien puede ser una gavilla de criminales como sucedió entre 1976-1983.

(3) Aquí uso aparente no como algo meramente ficcional sino en cuanto aparece en el orden jurídico.

(4) Para un análisis más completo de la producción del derecho como estructura normativa descendente y su naturalización en el occidente cristiano me remito al capítulo 10 de mi tesis doctoral (Arias Gibert, 2006: 198-235), donde se pone especial énfasis en la forma de producción de esta estructura descendente del orden jurídico, reificada luego, en el producto, como la estructura natural del derecho, al punto que Kelsen la denomina estructura universal.

(5) Zizek (2004:155) señala: “Si la pospolítica de hoy es el oportunismo pragmático sin principios, entonces la reacción izquierdista predominante puede ser descripta apropiadamente como oportunismo con principios; hay una simple adhesión a viejas fórmulas (Estado de bienestar, etcétera), y se los llama principios, obviando los análisis detallados de los cambios en la situación y conservando así la propia posición del Alma Bella. La estupidez intrínseca de la izquierda de principios es claramente discernible en su acostumbrado reproche a todo análisis que proponga un cuadro más complejo de la situación, renunciando a las simples prescripciones sobre cómo actuar: No hay una clara posición en su teoría, y esto dicho por gente sin ninguna posición más que la de su oportunismo con principios”.

(6) Como en el ejemplo de Marx, tener la idea de 100 táleros no es tener los 100 táleros o, como en el cuadro de Magritte de una pipa que contiene la aclaración, esto es el marco que pone de resalto la diferencia, que “Esto no es una pipa”

(7) En este punto es tentador citar a Gramsci (1986:22-23): “…si ayer era irresponsable porque era ‘resistente’ a una voluntad extraña, hoy se siente responsable porque ya no es resistente, sino operante y necesariamente activo y emprendedor”.

(8) Utilizo ex-sistencia para indicar aquello que consiste afuera de un campo de enunciación. No en el sentido de existencia en la realidad o en el sentido existencialista del término.

(9) “…la teoría de la soberanía muestra, se pretende mostrar, como puede constituirse un poder no exactamente según la ley sino según cierta legitimidad fundamental, más fundamental que todas las leyes y puede permitir a éstas funcionar como tales” (Foucault; 2006,50).

(10) There is today an ever-present temptation to suppose that class is a thing. This was not Marx’s meaning, in his own historical writing, yet the error vitiates much latter-day “Marxist” writing. “It”, the working class, is assumed to have a real existence, which can be defined almost mathematically –so many men who stand in a certain relation to the means of production. Once this is assumed it becomes possible to deduce the class-consciousness which “it” ought to have (but seldom does have) if “it” was properly aware of its own position and real interests. There is a cultural superstructure, through which this recognition dawn in inefficient ways. The cultural “lags” and distortions are a nuisance, so that is easy to pass from this to pass form this to some theory of substitution: the party, sect, or theorist, who disclose class-consciousness, not as it is, but as it ought to be. (…) If we remember that class is a relationship, and not a thing, we cannot think in this way. “It” does not exists, either to have an ideal interests or consciousness, or to lie as a patient on the Adjustor’s table (…) The question, of course, is how the individual got to be in this “social role”, and how the particular society organization (with its property rights and structure of authority) got to be there. And these are historical questions. If we stop history at a given point, then there are no classes but simply a multitude of individuals with a multitude of experiences. But if we watch these men over an adequate period of social change, we observe patterns in their relationships, their ideas and institutions. Class is defined by men as they live their own history, and in the end, this is its only definition. La traducción castellana: La formación de la clase obrera en Inglaterra, Crítica, Barcelona, 1989, páginas XIV y XV, tiene ligeras variaciones con la traducción que aquí propongo. Deliberadamente acentúo el carácter polémico, agonístico que se encuentra en el original.

BIBLIOGRAFÍA

AGAMBEN, Giorgio (1998), Homo Sacer I. El poder soberano y la nuda vida, Valencia, Pre-textos

AGAMBEN, Giorgio, (2016), El final del poema, Buenos Aires, Adriana Hidalgo.

CLAVERO, Bartolomé (1997), Happy Constitution, Madrid, Trotta

FOUCAULT, Michel (2006), Defender la sociedad, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

HOBBES, Thomas (1999), Leviatán, Madrid.

LACLAU, Ernesto y MOUFFE, Chantal (2004), Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

LEVY-STRAUSS, Claude, Nous sommes tous des cannibales, Seuil, 2013

MARX, Karl (1971), Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, Siglo XXI, México.

SARTRE, Jean Paul, Crítica de la Razón Dialéctica, Losada, Buenos Aires, 1995.

SPINOZA, Baruch (2003), Tratado teológico político, Alianza, Madrid.

THOMPSON, Edward P. (1966), The making of the English working class, Vintage Books, New York.

ZIZEK, Slavoj (2004), Violencia en acto. Conferencias en Buenos Aires, Buenos Aires, Paidós.

ZIZEK, Slavoj (2016), La permanencia en lo negativo, Buenos Aires, Godot.

Argentina, ¿en vísperas de ser un Estado fallido?

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boats sailing on the sea
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l anuncio del salvataje al gobierno de Milei por parte de Estados Unidos fue un hecho significativo en las relaciones argentino-estadounidenses. Coincidió con la elección de medio término y contribuyó, en algún sentido y junto a otros factores probablemente más gravitantes, a la victoria de La Libertad Avanza.

Es posible que las variantes de la oposición (el peronismo y la izquierda, especialmente) confiaran en que la intervención, bastante humillante, de Trump, los favoreciera reavivando un proverbial nacionalismo, hoy debilitado.

El equívoco se sustentó, quizás, en una confusión respecto al impacto de las palabras del mandatario estadounidense en procesos electorales; impacto que podemos evaluar analizando el caso de las elecciones para el ejecutivo en Canadá.

Desde enero de 2024 hasta febrero de 2025 distintas encuestas daban un cómodo triunfo al líder conservador Pierre Poilievre; quien, como Trump, se presentaba con un discurso anti-elite y anti medios de comunicación y pro baja de impuestos, recurriendo usualmente a insultos.

Asumió Trump y anunció la imposición de aranceles, acusó al vecino de ser un gran exportador de fentanilo a Estados Unidos y propuso anexar a Canadá a su país. En la elección del 28 de abril venció el liberal Mark Carney. Los “garrotes” de Trump, sin duda, facilitaron la victoria del candidato opositor.

En la Argentina, y a los fines de la elección legislativa, la mayoría de las encuestas posteriores al triunfo de Fuerza Patria en la provincia de Buenos Aires, anticipaban la victoria del principal contrincante de la oposición.

Apareció Trump y se hicieron dos promesas de US$ 20.000 millones cada una. Resultado: ganó el oficialismo. Las generosas “zanahorias” de Estados Unidos contribuyeron, en alguna medida, a ese éxito. Dos contextos diferentes, pero en medio de situaciones de pánico social, tuvieron efectos distintos sobre los y las votantes.

El rol de Estados Unidos operó no solo en razón a su diseño estratégico hacia el continente (recuperar, por la fuerza y/o la cooptación, su esfera de influencia) y las afinidades con el gobierno de Milei (socios de una Internacional Reaccionaria), sino también mediante un hecho curioso: cuando el Secretario de Tesoro, Scott Bessent, oficializó el swap, aseveró que Estados Unidos lo hacía pues “no queremos otro Estado fallido en América Latina”.

¿Sería la Argentina un nuevo Estado fallido? No hay indicadores de ningún tipo que muestren una fragilidad ineludible y el potencial colapso del Estado en nuestro país. En consecuencia, más que la evidencia fáctica hay que comprender a qué apunta la identificación de un Estado fallido en la política exterior de Estados Unidos.

En breve, precisar cómo y para qué se cimenta tal idea. En 2008 publiqué “La construcción de un Estado fallido en la política mundial: El caso de la relación entre Estados Unidos y Colombia”, en donde afirmo que esa “construcción” fue decisiva para legitimar una creciente y masiva intervención de Washington en los asuntos colombianos.

Para los tomadores de decisión en EE.UU. un Estado fallido es, por lo general, una mezcla de Estado ineficiente e indolente, potencialmente ingobernable y que requiere una injerencia externa para guiarlo, tutelarlo o disciplinarlo. Dicha intervención exógena deja ver que ese Estado es altamente relevante para Washington, y en consecuencia “se debe hacer algo” según la Casa Blanca y ciertos departamentos en el Ejecutivo.

El Estado fallido es percibido como uno que ha ido perdiendo o carece de una soberanía efectiva; lo que podría derivar en la toma del poder por actores no amigos de Estados Unidos. De ningún modo se asume que el involucramiento activo y directo de Washington en los asuntos internos de un Estado en vías de fracaso pueda conducir a más desorden doméstico y a mayor rechazo.

Al contrario, se presume una injerencia benévola en el proceso de “des-fallecer” a un Estado en trayectoria de resquebrajamiento. Más aún, en algunos casos el Estado fallido, que atraviesa una crisis de envergadura, solicita auxilio y, en consecuencia, se produce el fenómeno de “intervención por invitación”. Es decir, existen dinámicas que inducen a que factores externos empujen y factores internos atraigan la intervención.

La relación que se establece entre el Estado fallido y el Estado poderoso es una de asimetría consentida y profundizada: el actor poderoso promete y cumple, parcial o totalmente, con recursos de distinto tipo, siempre significativos para el Estado desfalleciente, mientras éste asiente a las exigencias y estrategias de la potencia.

Esto, a su turno, implica un sostén para las élites dirigentes en el Estado fallido, a pesar de que hayan sido incapaces de revertir la situación interna que llevó a la intervención externa. Ello está atravesado, a su vez, por una lógica geopolítica vinculada al valor que tiene el Estado descalabrado.

No se trata solo de un vínculo entre estados sino que se involucra a agentes no estatales para evitar el colapso total del Estado fallido. Esa fue la experiencia de Colombia, a raíz del tema de las drogas, desde finales de los años ‘90.

No es necesario recordar que la cuestión de las drogas, producto del prohibicionismo, no se ha resuelto; al contrario, ha empeorado. Habrá que evaluar entonces para qué y a quién le sirve ser categorizado como Estado fallido.

https://www.clarin.com/opinion/argentina-visperas-estado-fallido_0_fejPXk5mhB.html

Con el diario del lunes

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Con el diario del lunes, literalmente hablando, tenemos el dato de la realidad; lo que no tenemos con la misma claridad es la causa de la realidad a la que asistimos.

            El análisis político suele ser resistente a la mirada epistémica, ya que al lado de lo ocurrido hay un sinnúmero de ‘podría haber sido, no verificables’.

            Lo primero que pensé la noche del domingo, al conocer los resultados de la elección, fue que habían ganado la extorsión y el miedo. El miedo a que el dólar se disparara y eso trajera un aumento desmesurado de precios, la vuelta a la inflación; que en realidad nunca se fue, porque estamos entre el 2 y 3% mensuales, casualmente parecido a lo que había con Massa, si hacemos memoria.

            Por otra parte la extorsión del jefe virtual de campaña de Milei, Donald Trump, diciendo que Argentina agonizaba y que estaba dispuesto a ayudar solo si Milei ganaba. Esto logró tapar los ‘errores’ de la ultraderecha libertaria. Ya no importó el narcodiputado, el Garraham, los discapacitados, las coimas ni los jubilados.

            Ahora bien, sería infantil pensar que esta estrategia precisa y efectiva por parte del imperio, los mandantes de Milei, surgió como una casualidad. Todo indicaría que, entre otras cosas, además del fracaso del no plan económico, fue la consecuencia de una buena lectura de la realidad que le dimos nosotros con el desdoblamiento de las elecciones en la provincia de Buenos Aires. Mientras nosotros, inocentes y con candidez política celebramos y creímos, yo incluído, que ampliaríamos esa exitosa diferencia en la elección de octubre; le mostramos al imperio cual era el punto débil de su pupilo.

            Recuerdo que alguna vez escuche una frase arrabalera que me quedó grabada: “el que aviva un gil, mata cuatro héroes”. Y ellos, teniendo claro su interés en tierras raras, litio, cobre y uranio, además del petróleo y el gas que por ahora son para ellos secundarios, ya tienen el agua con Mekorot; generaron entonces esta exitosa estrategia de miedo y extorsión.

            Siempre el hilo se corta por lo más delgado, y lo más delgado es en este caso el miedo a la pobreza que podría suceder a partir de una devaluación. Incluso nosotros alentamos el tema cuando pensamos que el lunes, post elección, sería un estallido económico que se llevaría puesto a Milei; no notamos que estábamos también alentando el miedo.

            ¿Y nosotros? ¿Con que estrategia llegamos a la elección? ¿Cuáles fueron las propuestas movilizadoras que ofrecimos a nuestro pueblo para encolumnarnos en un plan de lucha y mejoría de la situación actual? ¿Tuvimos alguna propuesta o solo nos dedicamos a ser oposición, contemplando inermes como el oficialismo fija agenda y solo se discute los que ellos plantean?            Ellos ya nos han mostrado que pueden bombardearnos con propuestas, mucha veces absurdas, pero que nos tienen ocupados en discutirlas mientras lo real va por otra puerta.       Lamentablemente el peronismo agotó sus propuestas en la gestión de Alberto Fernández, con dos agravantes: 1- Con las dos propuestas más llamativas se dio marcha atrás en pocos días. La primera fue la expropiación de Vicentín, en la que también debería haber sido denunciado el delincuente González Fraga, que una semana antes de que se presentara en quiebra le dio a Vicentín un préstamo del Banco Nación, que él presidía, de 18.000 millones de pesos, estafa o latrocinio absoluto. La segunda fue el sonado impuesto a las grandes fortunas, que nunca se materializó. Por otra parte, a pesar de la pandemia y la sequía hubo crecimiento económico con aumento del PBI, pero ese crecimiento solo se verificó en lo macroeconómico, en la microeconomía, en la mesa popular, no se vio.

            ¡Un gobierno peronista en el que importantes sectores de la población no llegaban a fin de mes!

            Y si bien el gran incremento de la pobreza se había dado con Macri, manteniéndose con Alberto más o menos en las mismas cifras, en la subjetividad social, pobreza con un gobierno de derecha es esperable; pero con un gobierno peronista resulta escandaloso.

2- El segundo agravante fue que si bien Cristina como vicepresidenta estuvo todo el tiempo reclamándole a Alberto la lapicera y demás, para la gente, ella formaba parte del mismo gobierno y se la veía como responsable a la misma altura o parecida.

            En definitiva, para un gran porcentaje de la población el gobierno peronista no solo no cumplió  sus propias propuestas sino que no respaldó la mesa popular. Seguramente esta fue en gran parte la génesis del voto bronca del 2023.

            Ahora en 2025 toda propuesta, todo programa, aunque se habló muchas veces sobre la necesidad de una propuesta programática, estuvo ausente; solo hubo discursos de oposición, de denuncia ética y moral, pero con una conducta reaccionaria ante la agenda que plantea la derecha, la dueña de las propuestas. 

            Obviamente, en un país que tiene en su historia la década infame con el fraude patriótico y la complicidad de varios partidos políticos, casualmente algunos de ellos hoy colaboracionistas de esta ultra derecha libertaria, la posibilidad de fraude no puede excluirse; más considerando que estos fungen como representantes o cipayos de un imperio que planificó golpes de estado desde el 55 en adelante y, en dictadura o en democracia nos ha atenazado a través de una deuda externa falaz e impagable.

            Oh, casualidad, el enjambre de aviones con directivos de JP Morgan que vinieron a monitorear sus últimas adquisiciones coloniales, no puede resultar menos que sospechoso. Además comienzan a aparecer evidencias de fraude que considerando la banda de delincuentes que son los militantes de la libertad bla bla, narcos, corruptos, violentos y demás, no resulta extraño.

            Pero hasta aquí el rasgarse las vestiduras y mesarse los cabellos por lo que pasó ayer. ¿Que tenemos para hoy y para mañana? Posiblemente lo primero será bajar de los caballos, abandonar la militancia testimonial y bajar al llano, a lo territorial.

            La historia nos mostró que cuando las burocracias sindicales cómodamente sentadas en sus despachos dejaron de representar a los trabajadores de sus gremios, en muchos de ellos florecieron cuerpos de delegados que se manejaban con mandatos de asambleas y verdadera representación de sus bases; lo mismo ocurre cuando hay militancia territorial. Allí donde el estado no da respuesta debe ser la organización popular la que la de y eso ya es una propuesta en sí misma. El poder parece ser que se construye de abajo, por lo menos el poder popular, y tener propuestas serias es dar respuestas a los problemas. Posiblemente volveremos a encontrarnos con las propuestas en la medida que tengamos un contacto cotidiano y visceral con la realidad, ver el problema de piel a piel nos puede sugerir propuestas y soluciones que no sean difíciles de comunicar. Tal vez imaginar los problemas detrás de la computadora solo nos genere elaborar propuestas extemporáneas o disociadas del sentimiento popular.

Argentina, China y Estados Unidos: una dinámica triangular inconveniente

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El profesor emérito de MIT, el politólogo Stephen Van Evera, acuñó un principio que considera aplicable a las grandes potencias: NUPIMBY (No Unfriendly Powers in My Backyard). En breve, remite a la idea de que ningún poder inamistoso se inmiscuya en el patio trasero de una superpotencia. Al menos tres supuestos parecen guiar el predicamento de Van Evera.

El principio de NUPIMBY

Primero, los actores poderosos se tornan beligerantes cuando contrapartes consideradas hostiles se acercan a su vecindario próximo; lo cual es percibido y codificado como una amenaza a la seguridad nacional. Se trata de la construcción del “otro” en clave adversarial, haciendo hincapié en los recursos tangibles más la intención aviesa de ese otro. Segundo, se entiende que las grandes potencias procuran afianzar su preponderancia exclusiva sobre una determinada esfera de influencia territorialmente específica. Por ejemplo, durante la Guerra Fría, América Latina y el Caribe constituyeron tal esfera para Estados Unidos y los países de Europa Oriental lo fueron para la Unión Soviética. Se trata de un axiomático diktat geopolítico que gravita decisivamente en el comportamiento de las partes. Y tercero, en general se suele resaltar la existencia de alguna doctrina subyacente que contribuye a racionalizar el principio de NUPIMBY.

Por ejemplo, como destaca Stephen F. Jackson, en el caso de Estados Unidos la Doctrina Monroe de 1823; en el caso de la URSS la Doctrina Brézhnev (o “doctrina de la soberanía limitada”); en el caso de la India la llamada Doctrina Indira respecto a Asia del Sur; y en el caso de Nigeria la denominada Doctrina de Jurisdicción Continental respecto a África Sub-sahariana. Se trata, en esencia, de doctrinas de exclusión regional para impedir la proyección de poder de potencias contendientes.

En consecuencia, ¿cómo localizar el principio enunciado por Van Evera en la dinámica entre Estados Unidos, China y la Argentina? Esto exige algunas precisiones básicas. En primer lugar, es importante recordar que los atentados del 11 de septiembre de 2001 facilitaron una decisión terminante respecto a la gran estrategia a desplegar por parte de Estados Unidos: la primacía, que significa que Washington no toleraría la existencia de un poder de igual talla. En ese sentido, China fue, básicamente, el principal punto de referencia para la implementación de tal grand strategy. Con sus particularidades y matices, George W. Bush, Barack Obama, Donald Trump I y Joe Biden procuraron darle continuidad a la primacía como eje central de la política exterior y de defensa. En ese sentido, Trump II expresa la enorme dificultad de Washington de sostenerla por el debilitamiento de los pilares internos y las mutaciones notables en el terreno internacional.

Una triple brecha entre aspiraciones y logros, entre medios y fines, y entre las condiciones domésticas y la realidad mundial incide para hacer hoy difícil, si no inviable, una gran estrategia tan inmoderada. En otras palabras, la sobre-extensión de Estados Unidos enfrenta límites críticos; lo cual implica que, en la práctica, se ha ido pasando del activo repliegue externo (mayoritariamente militar) a un relativo repliegue interno (revitalización de la economía). La segunda administración Trump refleja esto, con una singularidad: ambiciona recuperar América Latina y el Caribe como su “America’s Backyard”. Ello, a su vez, convierte a la región en laboratorio de control de la Casa Blanca y una prueba de su capacidad para disciplinar al área. Si no lo logra en este continente, a duras penas lo podría alcanzar en otras regiones donde la proyección de poder material y militar de distintos actores es creciente.

En segundo lugar, históricamente China no ha desarrollado algo que se asemeje a la Doctrina Monroe. A diferencia de Estados Unidos que ha convivido y convive en una zona muy segura donde ningún país del continente o coalición de países de América ha puesto en riesgo los intereses vitales de Washington, Beijing ha tenido y tiene relaciones tensas y hasta conflictivas con naciones como Japón, India, Rusia (en especial, durante la existencia de la URSS) y Vietnam, entre otros. No hay, por tanto, una ponderación idéntica entre dos partes que coinciden respecto a sus hipotéticas doctrinas; por el contrario, persiste una lectura unilateral y cultural de su propia experiencia histórica entre los decisores en Washington que asumen que Beijing es su espejo en materia doctrinal. Por ello, para algunos analistas Washington y Beijing (y quizás sumando a Moscú) debieran concebir un regreso a las tradicionales esferas de influencia; algo complejo de acordar y cumplir en medio de vertiginosos y profundos cambios de diversa índole y ante la irrupción de un Sur Global que no se contentará con ser un espectador pasivo y condescendiente de los asuntos internacionales.

En tercer lugar, la presencia hoy de China en América Latina no se parece a la de la Unión Soviética en la región después de la Segunda Guerra Mundial y hasta 1991. Moscú enfatizó la dimensión ideológica en su intento de aproximación al área, lo hizo sin cash y buscó obstruir la manifiesta superioridad de Estados Unidos en su proverbial “patio trasero” durante el cenit de su hegemonía continental. Beijing incrementó notablemente su influjo latinoamericano y caribeño de modo pragmático, con aportes materiales concretos, procurando revertir los vínculos diplomáticos de varias naciones con Taiwán y evitando irritar a Washington. Como bien lo consigna un informe de febrero de 2025 del Parlamento Europeo, “los intereses principales de China en América Latina y el Caribe continúan siendo económicos y diplomáticos. El involucramiento militar no es un aspecto significativo de las actividades chinas (en el área) ni constituye un objetivo prioritario de su estrategia hacia la región. Los y las analistas consideran que la probabilidad de que China establezca una esfera de influencia militar en Latinoamérica y el Caribe es relativamente baja”.

Que algunos actores civiles y castrenses en Estados Unidos sobredimensionen el componente militar de la creciente relevancia de China para América Latina  —en particular, en América del Sur— no significa que tal perspectiva deba ser aceptada sin cuestionamiento en la región. Por ejemplo, si bien China ha avanzado en su capacidad de provisión de armamentos, aún está muy por debajo de la venta de armas a nivel internacional en comparación con los países de la OTAN y difícilmente los pueda alcanzar o suplantar en los años por venir. Adicionalmente, según un estudio de 2023, el porcentaje de las exportaciones chinas de armas a Latinoamérica en 2017–2021 en comparación a Estados Unidos, Europa, Rusia e Israel fue de apenas 0.03%.

Es un hecho, a su turno, que China ha demostrado un mayor interés por proyectar su presencia en puertos de América Latina. Sin embargo, las paradas de buques militares chinos en puertos de la región en el período 1997–2024 fue escasa — 6.3% — por debajo de Medio Oriente (23%), Sudeste de Asia (19.9%), África (13.6%), Europa (13.6%), Asia del Sur (9.4%) y Oceanía (8.7%). Como señala Isaac B. Kardon, “la correlación de fuerzas en el hemisferio occidental hace desaconsejable para el liderazgo chino testear su capacidad militar contra Estados Unidos en el Canal de Panamá o en las cercanías”. Las ventajas estadounidenses en materia militar en el área son tales que Beijing no puede llevar a cabo algún tipo de acción en ese frente; entre otros por los costos de diverso tipo que ello generaría para China. De hecho, según el autor, “es improbable que la inversión china en puertos en el hemisferio produzca una amenaza a la seguridad nacional estadounidense o desafíe su preponderancia militar en la región”. Y agrega, “el control militar chino de los puertos en el hemisferio occidental es improbable y es contrario a los objetivos estratégicos de Beijing en la región”.

Y en cuarto lugar, en tiempos más recientes — especialmente desde la primera presidencia de Donald Trump — se ha tornado más evidente el deterioro, en particular en el Sur Global, del soft power de Estados Unidos y el persistente ascenso del poder blando de China. Ello repercute en la percepción positiva de Beijing y su proyección de poder en lo diplomático, económico y asistencial. A su vez, la fabricación del omnipresente “peligro chino”, principalmente en Estados Unidos, se ha vuelto menos creíble en muchas latitudes; incluida América Latina. Por ejemplo, la opinión favorable de China en una encuesta de julio de este año del Pew Research es de 56% en México, de 51% en Brasil y de 47% en la Argentina. En otra encuesta de The Economist, y ante la pregunta de quién respetaba a la región, China superaba con creces a Estados Unidos en Colombia, Venezuela, Brasil y la Argentina, con los mayores márgenes en los dos países andinos. Lo mismo ocurría respecto a la transparencia y lo justo en el trato comercial: Beijing aventajaba claramente a Washington.

Sintéticamente, desarticular o romper lazos con China puede resultar disfuncional para las naciones de la región; más aún cuando Washington despliega muchos garrotes y promete exiguas zanahorias. Latinoamérica no necesita una nueva Guerra Fría; salvo que actores domésticos la alienten como una forma de asegurar sus propósitos y privilegios. La distensión y no la exacerbación de las relaciones entre Estados Unidos y China es fundamental para una región que enfrenta desafíos internos y retos externos extraordinarios.

La dinámica triangular en cuestiones sensitivas

El Diccionario de la Real Academia Española nos recuerda que “complejo” remite, en una de sus acepciones, a un “conjunto o unión de dos o más cosas que constituyen una unidad”. En ese sentido y en términos geopolíticos estamos ante un “complejo estratégico”. Asistimos a una revaloración simultánea de los recursos críticos (alimentos, agua, energía, minerales y metales) terrestres y marinos; de los estrechos como conectores claves en materia comercial y militar; de los océanos por su enorme y variada significación; y de los polos con sus vastas riquezas y su trascendencia ambiental. Más allá del actual gobierno del presidente Javier Milei es fundamental recalcar que la Argentina es parte de un reducido puñado de países en el mundo en el que se manifiesta nítidamente ese complejo estratégico. A la hora de una evaluación de la dinámica triangular entre Buenos Aires, Beijing y Washington, este es, a mi entender, un dato esencial.

En ese contexto, y apelando al principio NUPIMBY mencionado es posible preguntarse si tal idea aplica a esa dinámica. De entrada, eso exige ver las condiciones objetivas reales que facilitan (o no) su concreción. Eso implica distinguir los factores que empujan y los que lo traen, por igual. En otras palabras, los tomadores de decisión en Estados Unidos pueden creer que la Doctrina Monroe aún está vigente, que Washington puede recuperar su esfera de influencia en la región y que la amenaza china es de tal envergadura y perentoriedad que resulta imperativo disciplinar por la fuerza o por la cooptación a los países de América Latina. Pero es indispensable que determinados gobiernos y sus elites, así como sus comunidades epistémicas (comunicadores, intelectuales, organizaciones sociales, etc.) afines conciban que eso es necesario, benéfico y posible.

Bajo ese marco, la administración del presidente Javier Milei es una suerte de caso testigo del entrelazamiento de los factores que empujan (Estados Unidos) y los que atraen (Argentina) mediante una combinación de convencimiento y conveniencia. En ese sentido, la clave es la sincronía de ideología y negocios entre sectores influyentes en ambos países y los vínculos inter-personales en el mundo político/partidista y empresario/financiero. La cuestión esencial para descifrar remite a la economía política: ¿cui bono? Ahora bien, mientras que en Washington predominan las motivaciones estratégicas para rehabilitar su poderío, en Buenos Aires sobresalen razones circunstanciales para asegurar la supervivencia del proyecto de La Libertad Avanza.

En ese cruce, y en medio de profundas transformaciones globales, el lugar de China es singularmente gravitante. A lo que se suma, una Latinoamérica y el Caribe en la que la inmensa mayoría de los gobiernos negocia o concede para no ser objeto de represalias comerciales, migratorias y militares de la Casa Blanca; el mandatario estadounidense tiene varios fieles seguidores en el Ejecutivo (El Salvador, Ecuador, Paraguay y la Argentina) y como candidatos presidenciales a decisivas elecciones próximas (Chile, Perú, Colombia y Brasil); los regímenes autoritarios se encuentran severamente debilitados; y hay, al momento, escasa oposición asertiva a Trump en el área. Este no es un dato menor pues, en ese marco, la Argentina de Milei es prácticamente el único caso donde la Casa Blanca parece tener disposición a prometer zanahorias en vez de aplicar garrotes.

Ahora bien, la implícita y resignada aceptación de parte de Buenos Aires de que China es, en el fondo, tanto una amenaza letal para Estados Unidos como un peligro efectivo para la Argentina, es un dato inédito y a la vez incongruente respecto a la política exterior del país. La inflación discursiva respecto a la naturaleza de ese fenómeno — la amenaza china — para la Argentina no se condice con la evidencia disponible. Los ejemplos son varios. Voy paso a paso.

De acuerdo con Ryan Berg y Rubi Bledsoe, y según la base de datos del Stockholm International Peace Research Institute, para el período 2000–2022, los porcentajes de armamentos adquiridos por la Argentina fueron, respectivamente, 94.90% provenientes de Estados Unidos y 0.34% de China. Durante el gobierno del presidente Milei se descartaron los aviones de combate JF-17 de China y se optó por comprar, bajo acuerdo con Estados Unidos, aviones F-16 adquiridos a Dinamarca. El valor de este acuerdo es de US$ 941 millones. Además, Washington aprobó la venta de aviones Basler BT-87 por valor de US$ 143 millones. En 2016, durante el gobierno de Mauricio Macri, la Argentina, a través del Ministerio de Defensa, firmó un acuerdo con la Guardia Nacional del Estado de Georgia. El compromiso se inscribió en el marco del National Guard State Partnership Program en el contexto de los Security Cooperation Programs del Departamento de Defensa. En la actualidad hay acuerdos de distintas guardias nacionales con 30 naciones latinoamericanas y caribeñas bajo la órbita del Comando Sur. Con la llegada al gobierno de La Libertad Avanza se relanzó el vínculo con la Guardia Nacional de Georgia en sintonía con una estrecha colaboración con el Comando Sur. No debe sorprender, por lo tanto, que en 22 meses de gestión de la presidencia de Milei los comandantes del US Southcom hayan visitado el país en tres oportunidades: en una ocasión la comandante Laura Richardson y en dos el comandante Alvin Hosley.

Por supuesto que en años recientes ha habido algunos contactos y cierta cooperación — cursos, intercambios, visitas — entre las fuerzas armadas argentinas y chinas, pero de ningún modo en la intensidad, profundidad y alcance histórico que existe en el vínculo militar entre la Argentina y Estados Unidos. No es serio hacer una comparación fáctica entre los lazos militares argentino-estadounidenses y argentino-chinos. Las diferencias en la hondura, la diversidad, la magnitud, la ascendencia, la trayectoria y la trascendencia de una y otra han sido y son elocuentes.

Previamente, se mencionó la sensibilidad de Estados Unidos ante una paulatina presencia portuaria china en América Latina. Entre los más relevantes emprendimientos de Beijing en el área no figura la Argentina — a diferencia de México, Perú, Venezuela y Brasil, en particular. Más aún, en agosto de 2023, la Terminal Portuaria Bactssa, en Buenos Aires, del grupo chino Hutchinson cesó sus operaciones en el país después de treinta años de presencia en el país. La eventualidad de un puerto construido por China en Tierra del Fuego constituyó una maniobra y un objetivo provincial, pero nunca tuvo refrendación ni apoyo a nivel del gobierno central. Probablemente ahora se esté invirtiendo eso: el gobierno nacional prefiere que Estados Unidos sea la contra-parte de un eventual puerto y el gobierno provincial denuncia una presunta base militar en Tierra del Fuego. Cabe recordar, por lo demás, que en marzo de 2024, Estados Unidos y la Argentina firmaron un Memorándum de Entendimiento entre el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos y la Administración General de Puertos, para desarrollar intercambio de información y capacitaciones sobre hidrovía y ríos interiores. Como se sabe la empresa china CCCC Shanghái Dredging Co. Ltd. quedó fuera de la licitación de la hidrovía Paraná-Paraguay debido a que se incluyó en el pliego de condiciones la exclusión de empresas controladas o financiadas por los Estados.

Paralelamente, la Argentina solicitó ser Socio Global de la OTAN; se sumó, como único miembro de América Latina, al Grupo de Contacto sobre Asuntos de Defensa en Ucrania organizado por el Pentágono y se incorporó a las Fuerzas Marítimas Combinadas, con sede en Baréin, creadas por Estados Unidos. Además, el gobierno de Milei rechazó la invitación del grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) a sumarse como miembro pleno y en las votaciones en Naciones Unidas en 2024 la coincidencia de la Argentina con China, como mostró Esteban Actis, fue tan baja como la de 1971; esto es, en el marco de un gobierno militar y en un año en que el país aún reconocía a Taiwán. Conviene recordar que China ha respaldado a la Argentina en el tema Malvinas desde 1965. Y que desde 2009 a la fecha gobiernos de distinto signo — incluidos los de Macri y Milei — han logrado formalizar y renovar el swap con Beijing sin generar condicionalidades para las administraciones de turno.

Asimismo, mientras que en febrero de 2022 el gobierno de Alberto Fernández, a través de Nucleoeléctrica, firmó un acuerdo con la Corporación Nuclear Nacional de China para la construcción de la central nuclear Atucha III, la administración Milei congeló el acuerdo y prefirió, mediante Nucleoeléctrica, avanzar un plan sobre reactores modulares pequeños destinados a proveer energía a centros de datos de inteligencia artificial. En particular, la relación que cultivó Javier Milei con Sam Altman, CEO de OpenAI y quien desplazó a Elon Musk y ganó un espacio prominente en la cercanía del presidente Donald Trump, apunta a lograr inversiones en esa área. Trump y Altman coinciden en frenar y desplazar a China ante los avances de Beijing en el área de la inteligencia artificial. Quizás resulte importante subrayar que un centro de datos consume millones de litros de agua; aproximadamente lo que diariamente usa “una ciudad de 10.000 a 50.000 habitantes”. En asuntos energéticos, resultaba y es expresiva la inclinación por Estados Unidos y adversa a China. No obstante, vale la pena mencionar que, en materia de desarrollo de energía renovable en la Argentina, “China ha sido clave” según Javier Lewkowicz. Conviene añadir que en 2024 la inversión de China en energías limpias fue de US$ 680.000 millones y la de Estados Unidos alcanzó a US$ 315.000 millones. En el frente externo, Beijing ha dedicado desde 2023 unos US$ 100.000 millones en ese tipo de energías, superando largamente a Washington: varios proyectos de ese tipo los lleva a cabo en la Argentina.

Otro frente sensible en la dinámica triangular entre Estados Unidos, China y la Argentina ha sido el de los llamados minerales críticos. Según la información disponible, la presencia china en el país ha sido ascendente atravesando gobiernos de distinta orientación política, al tiempo que la estadounidense ha sido reducida. Es ya habitual en el último lustro que Washington comunique su “inquietud” por el avance de Beijing, pero también lo es el hecho de que los inversores privados estadounidenses no se han movilizado en la Argentina, en particular, y en buena parte de América Latina, en general. Por ejemplo, de acuerdo con un informe de 2024 de la Bolsa de Comercio de Rosario, China viene invirtiendo en proyectos de litio por valor de US$ 3.400 millones de dólares, superando ampliamente a Estados Unidos. (A su vez, Rosario será un nuevo puerto de exportación de litio a China). Un trabajo del Institute for Development & Security Policy, ubicado en Estocolmo y con nexos con el conservador think-tank American Foreign Policy Council ubicado en Washington, destaca el lugar crucial de China en torno al litio argentino y el menor rol de Estados Unidos al respecto; subrayando la intensificada competencia geopolítica en cuanto a este activo estratégico.

Al litio se suman el cobre, el manganeso, el níquel, entre otros, como productos centrales en la contienda por recursos estratégicos. A ese tablero hay que añadir las tierras raras que, aunque la Argentina no es un jugador mayor en ese frente, sí posee una combinación relevante y atractiva de minerales, metales e hidrocarburos. Resumiendo, la mayor visibilidad china en relación a esos productos es debido a sus evidentes inversiones, en oposición, no premeditada, a la falta de movilización e interés de capitales estadounidenses; no se ha tratado de una disposición política pro-China y anti-Estados Unidos de las diferentes administraciones argentinas del siglo XXI.

También es foco de atención el ámbito tecnológico. Washington ha insistido en que la Argentina restrinja el acceso a tecnología china. Pareciera que los líderes políticos y empresariales argentinos desconocen lo que está sucediendo en ese campo. Desde hace lustros el Australian Strategic Policy Institute realiza un seguimiento de lo que denomina “tecnologías críticas”. Entre 2003 y 2007 Estados Unidos lideraba en 60 de las 64 y para 2019–2023 su liderazgo se redujo a 7. China apenas comandaba en 3 de las 64 entre 2003 y 2007; para 2019–2023, China pasó a liderar en 57 de las 64. La innovación en materia de patentamiento, producto de los resultados de las crecientes inversiones en ciencia y tecnología, muestra un fenomenal avance de Beijing. China pasó de representar el 45% de las nuevas patentes en 2014 a llegar al 74% en 2024. Desaprovechar las oportunidades que China — tal como otros países, por supuesto — ofrece en materia de tecnología en virtud de presiones de Estados Unidos y debido a razonamientos dogmáticos constituye un error mayúsculo para el país si es que aspira a tener un proyecto productivo sustentable. En el cuadro internacional presente y futuro los países que carezcan de autonomía tecnológica serán apenas espectadores de la política mundial.

Ahora bien, el asunto más delicado en las relaciones argentino-estadounidenses con impacto en el tipo y alcance del lazo del país con China ha sido el de la Estación del Espacio Lejano (EEL) en Neuquén, derivado del acuerdo firmado en 2012. Cabe aclarar que China ha acordado compromisos similares en materia de estaciones espaciales con Namibia, Pakistán y Kenia.

Las conjeturas y sospechas han marcado la posición de Washington, ya sea en gobiernos demócratas como republicanos, ya sea entre sectores civiles como militares. En los últimos años han sido los responsables del Comando Sur quienes han asumido la voz crítica más audible respecto a China en la región y en la Argentina. En la presentación de 2024 ante el Congreso de la postura de US Southcom, Laura Richardson uso la palabra “maligna” 24 veces: “actor maligno”, “influencia maligna”, “esfuerzo maligno”, “actividades malignas”, “intención maligna”, “narrativas malignas”, “conductas malignas”, “agenda maligna”, “acción maligna”. El “misterio” en el exterior sobre la estación es un dato recurrente. La “imaginación geopolítica” respecto a la EEL también ha sido notable en los medios de comunicación argentinos como lo ha mostrado Daniel Blinder.

En ese contexto, es fundamental examinar las conclusiones de dos textos distintos desde sendas miradas militares. Por un lado, existe un informe del Ejército de Estados Unidos en el marco de un proyecto específico del Pentágono sobre seguimiento de la influencia militar de China en el mundo. En ese caso, se trata de una evaluación de los instrumentos chinos de influencia en la Argentina. Después de analizar exhaustivamente los componentes diplomáticos, informacionales, militares y económicos de la proyección de Beijing en el país, la investigación concluye que: a) “la influencia (en esas cuatro áreas) actual de China en Argentina se evalúa como baja” y b) respecto a la estación neuquina, ella “no ha sido empleada para propósitos militares y no hay razón para esperar un cambio al respecto”.

Por otro lado, está la tesis de maestría del capitán de la Armada Argentina, Juan Espíndola, obtenida en la Marine Corps University que versa sobre las relaciones militares argentino-estadounidenses-chinas; tomando en consideración la estación espacial mencionada. Su argumento central es que “la presencia de China en la Argentina no compromete la asociación e interoperabilidad entre Estados Unidos y la Argentina pues China prioriza su desarrollo estratégico fundamentalmente en la región del Indo-Pacífico, mantiene limitadas sus acciones en América del Sur y encuentra resistencia en aspectos de la diplomacia argentina”.

A modo de reflexión final

La Argentina de Milei ha aceptado y promovido una lógica inapropiada y anacrónica en materia de inserción internacional: internalizar la política exterior de la administración Trump respecto a China, coquetear con una agenda anti-Beijing que no reditúa para los intereses nacionales y exponerse a una relación patrón-cliente con Washington que condiciona el futuro de la diplomacia en momentos de hondas transformaciones globales que se caracterizan, principalmente, por el tránsito hacia un mundo pos-occidental y un orden no hegemónico.

Confiar ciegamente en Trump, habilitar su intervención en la política interna, supeditarse a él y su imprevisibilidad es no solo improcedente, sino sumamente riesgoso para la nación. La sumatoria de mayores concesiones a Estados Unidos y potenciales restricciones contra China no garantizan más supervivencia al gobierno y mayor bienestar general para la sociedad. Beijing no es una amenaza a la seguridad nacional argentina por más que Milei y Trump coincidan en sus visiones reaccionarias. El país no debiera ser el testcase donde se libra la presunta “hostilidad” de China contra Estados Unidos ni puede ser el espacio de una contienda geopolítica en la cual la Argentina no tiene control efectivo de variables cruciales. No corresponde que el principio de NUPIMBY sea tácitamente bienvenido, así los partidarios de Milei crean que de ese modo la Argentina ingresa a las “ligas mayores” de la política internacional y los principales opositores guarden un inquietante silencio táctico.

Una política exterior binaria, incapaz de mantener relaciones simultáneamente balanceadas, positivas y benéficas para el país, hará de la Argentina un actor altamente vulnerable, paulatinamente irrelevante y crecientemente dependiente en las actuales circunstancias mundiales.

La Argentina en loop

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selective focus photo of stacked coins
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Las declaraciones del secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Scott Bessent, del 9 de octubre de 2025, en las que manifestó que a “medida que la Argentina se libera del lastre del Estado y deja de gastar para la inflación, grandes cosas son posibles”, corroboran lo que dice el art. 1 del Proyecto de Ley de Presupuesto 2026 enviado por el gobierno de Milei al Congreso de la Nación. Este fija como regla fiscal que “el presupuesto general de la administración nacional, al cierre del ejercicio fiscal 2026, deberá presentar una ejecución con resultado financiero equilibrado o superavitario”, priorizando el cumplimiento de los compromisos de la deuda pública como norma imperante a partir de la cual se subordinan recursos y gastos y la libre ejecución del Poder Ejecutivo. Esto garantiza que, antes que gastos en salud, en educación, previsionales, en obras públicas, etc., debe realizarse el pago de los servicios de la deuda.

Tanto la intervención vendiendo dólares a nombre del Tesoro de los Estados Unidos en el mercado de cambio local argentino (MULC), por los bancos Santander, JP Morgan y Citi en el día jueves 9 de octubre de 2025, como la decisión de emplear parte de los DEG (derechos especiales de giros) que tiene ese país como acreedor del FMI (se estima que la suma de las acreencias ronda los 150.000 millones de dólares), por 20.000 millones de dólares, para acordar un intercambio de moneda con el gobierno argentino, garantizan en el corto plazo el aumento de la oferta de divisas en la Argentina [1].

Obviamente, en la decisión del Tesoro de los Estados Unidos y en la intervención del FMI, existe un plan de ajuste del Estado y de la economía argentina mayor que el ya realizado. Este incluirá reformas laborales, previsionales e impositivas para aumentar el excedente físico de producción del país (reflejado en el menor consumo local, el freno de las importaciones y el mayor saldo exportable), que garanticen el pago de la deuda contraída por los swaps de los Estados Unidos, el cual se debe cancelar a un precio del dólar mayor.

Además, el problema es que han ingresado muchos dólares al país en la gestión de Milei, pero nunca son suficientes ante el pago de la deuda y la fuga de capitales imperantes.

Fuente: BCRA.

Durante la gestión de Milei hasta la fecha, se infiere que se pagaron intereses y capital de deuda por un poco más de 20.000 millones de dólares. Además, la fuga de capitales de la Argentina, realizada por personas físicas y jurídicas que compraron dólares y los sacaron del mercado argentino, supera los 20.000 millones de dólares. Esta cifra es similar a la que ahora ingresa como swaps desde Estados Unidos. No se ha tomado ninguna medida para frenar esta dinámica.

El trasfondo económico

Tanto el capital financiero de Manhattan (encabezado por BlackRock y Vanguard Group, principales accionistas del JP Morgan), que tiene en su poder títulos de deuda argentina en pesos por no menos de 45 billones de pesos, como los bancos que operan en el país, que poseen bonos argentinos por no menos de 60 billones de pesos, saben que pierden mucha plata si los liquidan a un dólar con un precio sensiblemente mayor.

Igual pasa con la pléyade de empresas locales fuertemente endeudadas en obligaciones negociables en divisas que lo que menos desean es una devaluación de nuestra moneda. Se trata principalmente de las empresas petroleras YPF, Pampa Energía, Tecpetrol, Compañía General de Combustible, Pluspetrol (familia Rey Rodríguez y familia Poli por 1.700 millones de dólares para comprarle la participación en Vaca Muerta a Exxon Mobil), Vista Oil & Gas (así se llamaba en el 2024), TGS, CAPEX-CAPSA (familia Götz) y otras que no son precisamente petroleras, como IRSA, Cresud, Edenor, Genneia, Telecom (sociedad entre el grupo Clarín y David Martínez, que se endeudó por 1.425 millones de dólares para comprar Telefónica Argentina S.A.), etc., por un total de 23.932 millones de dólares, durante el desgobierno de Javier Milei.

La venta de empresas extranjeras aumentó desde que Javier Milei fue nombrado Presidente de la República: Shell (vende estaciones de servicios y operaciones), ExxonMobil, Equinor, Petrobras, Petronas, Total Energie y Total Austral, Enap Sipetrol (de Chile), en Profertil SA vendió su parte en esa sociedad la empresa Nutrien (canadiense-norteamericana), Walmart, Falabella, Bradesco (compañía de seguros de Brasil), Procter & Gamble, Clorox (empresa norteamericana, conocida por su marca Ayudín), Telefónica Argentina (Movistar), Danone, Mercedes Benz, Latam Airline, Norwegian (aerolínea noruega), Atria (Southern Cross) opera en la Hidrovía del Paraná, Glovo, Xerox, Eli Lilly Farmacéutica (de los Estados Unidos), el Grupo Paramount decidió vender el canal de aire Telefé, etc. Todas ellas recibieron a cambio dólares comprados en divisas a precio oficial. El problema es cuál será el valor del dólar dentro de unos meses; de allí los swaps con el Tesoro de los Estados Unidos para amesentar el precio del dólar en los meses venideros.

Canje de deuda

Por lo tanto, el nivel de endeudamiento es grave. Tarde o temprano comenzará un proceso de reestructuración de deuda soberana emitida por la Administración pública. En este, acreedores privados y organismos multilaterales de crédito acordarán refinanciar y postergar los pagos en concepto de capital (amortizaciones) a cambio de una mayor tasa de interés sobre la deuda.

En nuestra historia, esta reestructuración se denominó “Megacanje”. Se realizó en el año 2001, tras el fracaso del llamado “blindaje” financiero, conformado con aportes del BID, del Banco Mundial, del gobierno de España (el mayor inversor extranjero de la Argentina de esa época) y de un grupo de bancos comerciales que operaban en el país.

El llamado “blindaje” se inició en noviembre de 2000 y preveía apoyo financiero que se iba a desembolsar a lo largo de los años 2001 y 2002 (como ahora se plantea el swap del Tesoro de los EEUU).  No obstante, el retiro creciente de los depósitos en los bancos y la exponencial fuga de capitales (en el año 2001 fue de 29.913 millones de dólares) provocó la implosión del modelo.

En ese marco, Domingo Cavallo, nuevamente ministro de Economía, nombrado por De la Rúa en mayo de 2001, logró firmar un acuerdo con el FMI; para ello obtuvo atribuciones extraordinarias del Congreso de la Nación. Pero, como el retiro de depósitos de los bancos y la compra de divisas persistía, Domingo Cavallo junto a Federico Sturzenegger firmaron el Decreto 648/01 del 4 de junio de 2001. Este decreto canjeó los títulos de deuda vigentes por nuevos, por tres años más de plazo, pero reconoció tasas en dólares del 16 al 18% anual. Esto aumentó el monto de la deuda —sumando capital e intereses— en 53.000 millones de dólares [2]. Por esta operación fueron ambos procesados por la Justicia argentina, junto al banquero estadounidense David Mulford.

Eso fue casi ayer, pero hoy se vuelve a repetir el mismo proceso. Esto es, los grupos extranjeros (encabezados por el capital financiero de Manhattan) y los bancos locales ganaron mucha plata con los títulos en pesos, pagaron tasas y/o se ajustaron por el IPC del INDEC muy por encima de la devaluación de nuestra moneda, lo que les dejó una renta extraordinaria en dólares. Ahora, ante el derrape cambiario, van a utilizar los ingresos en dólares del swap para cambiar esos títulos en moneda argentina y jurisdicción local por bonos argentinos en divisas y con jurisdicción extranjera. O, al menos, que reconvertirán en títulos dólar linked (que se ajustan por el precio oficial de la divisa). Esto es lo que ya hicieron parcialmente en la licitación del viernes 26 de septiembre de 2025, en que cambiaron sus títulos ajustables por tasa TAMAR o por el IPC del INDEC, por títulos ajustados por dólar linked, que representó un 54% de lo colocado, mientras que el 46% restante fue con letras y bonos capitalizables a tasa fija a muy corto plazo.

En síntesis

Hasta el día miércoles 8 de octubre de 2025 en el mercado local, la dupla Caputo y Bausili ha vendido prácticamente casi 6.000 millones de dólares ingresados tras el Decreto 682/2025 del 22 de septiembre de 2025 (retenciones cero a las exportaciones agropecuarias). Es más, van a vender antes del 26 de octubre de 2025 el ingreso de dólares por el Decreto 726/2025 que dispone la suspensión temporal de las retenciones a la exportación de aluminio, acero y una serie de productos derivados. Obviamente, ingresos con que el país no va a contar en el futuro. En lugar de financiar la deuda pública o gastos del Estado, lo emplean para frenar la corrida cambiaria y los principales compradores son los bancos y el capital financiero de Manhattan.

El gobierno había vendido casi la totalidad de los fondos que el Tesoro de la Nación debía sumar para pagar los vencimientos de deuda externa por 8.100 millones de dólares hasta enero de 2026.  Y en la semana que comienza el lunes 13 de octubre 2025, van a vender las reservas del BCRA que son deudas con el FMI (14.000 millones de dólares) y el encaje de los depósitos en dólares que captan los bancos y que al 2 de octubre sumaban 15.460 millones de dólares.

Dólares que se necesitan para pagar la deuda de capital e intereses en divisas que vence en el año 2026 por 19.400 millones de dólares, y en el año 2027 por 14.800 millones de dólares, total de los dos años: 34.200 millones de dólares.

Pero, como dijo en varias oportunidades Luis Caputo, no tienen reparo en vender divisas en lugar de aumentar las reservas internacionales del BCRA, porque contaban para este año con la ayuda del Tesoro de los Estados Unidos. Pero esos dólares prestados vía swaps van a financiar el pago de los vencimientos previstos, y también van a ser empleados para pagar los títulos de deuda, esencialmente los emitidos en pesos.

Aumentan la deuda pública para garantizar el cobro de los acreedores y frenar una debacle anticipada. Han ganado tiempo a cambio de mayor deuda, pero la economía productiva se deteriora, el consumo desciende y la pobreza y exclusión social se acrecientan, un modelo primario exportador que, ante la imposibilidad de pagar, termina cediendo nuestras empresas públicas y nuestros recursos naturales a los acreedores.

La economía nacional se dirige hacia un nuevo seguro de cambio y un megacanje financiado por quienes quieren nuestras empresas públicas y recursos naturales.

[1] Esto significa que entregan dólares al tipo de cambio oficial y reciben pesos, en tramos a designar según las necesidades de la Argentina de Milei, y en un contrato con fecha fija (por ejemplo, a un año).
[2] Antes del megacanje, la Argentina debía pagar en el período 2001-2031 por los vencimientos de su deuda un valor que alcanzaba los 60.500 millones de dólares. Luego del megacanje, ese valor se incrementaría en un 63% y llegaría a los 98.400 millones de dólares. Los intereses de la deuda treparían de 82.300 millones de dólares hasta los 120.700 millones de dólares.

Trump II, la posguerra fría y los estados forajidos

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El que la Posguerra Fría fue un ciclo corto de la política internacional y que ya ha terminado es algo sobre lo que hay un extendido acuerdo. Si hay divergencias, estas giran alrededor de las fechas de su comienzo y de su final. Algunos afirman que la Posguerra Fría empezó con el derrumbe de la Unión Soviética, en 1991 y que Estados Unidos titubeó por unos años antes de redefinir su gran estrategia.

Para otros, la fecha crucial fue el 11 de septiembre de 2001, cuando el trauma de los atentados terroristas impulsó a Washington a optar, definitivamente, por una agresiva política de primacía sine die y global.

Para varios, el breve ciclo se fue cerrando, paulatinamente, con tres fenómenos distintos que expresaban la fragilidad del sistema vigente: el estallido de la crisis financiera de 2008 y sus derivas; la anexión de Crimea en 2014 por parte de Rusia y sus consecuencias; y el triunfo de Donald Trump en 2016 y su proyecto de hacer “Estados Unidos Grande Otra Vez”.

Otros más consideran que la expansión de las tensiones geopolíticas en Eurasia a partir de 2017 y la agudización de la competencia entre Washington y Beijing definieron el eclipse inminente de la Posguerra Fría.

A mi entender, el arranque conceptual y estratégico de la Posguerra Fría se produjo un 11 de septiembre, pero no de 2001, sino de 1990. Entre diciembre de 1989 y enero de 1990, Estados Unidos invadió Panamá. Entre marzo y junio de ese último año, la URSS ya había adoptado medidas que reflejaban su acelerada desintegración.

En agosto, Irak invadió Kuwait. El 11/9/1990 George H. W. Bush dio un discurso trascendental en el Congreso. Declaró que su encuentro previo con Mijaíl Gorbachov reflejaba que los dictadores (se refería a Saddam Hussein) ya no podían “contar con la confrontación Este-Oeste”; que Estados Unidos estaba comprometido internacionalmente con “el Estado de Derecho”; que nada ni nadie “sustituye” el liderazgo mundial de EE. UU.; y que el “involucramiento del país en el Golfo tendrá un carácter duradero”.

Bush subrayó que el liderazgo externo “y la fortaleza doméstica son recíprocas y se refuerzan”. En ese marco, anunció “el sueño de un nuevo orden mundial”, cuyo arquitecto principal sería Estados Unidos; la “nación indispensable” según la expresión de la secretaria de Estado, Madeleine Albright.

En esencia, Estados Unidos le comunicaba al mundo que estaba dispuesto a extender su poderío más allá de las áreas en las que su influjo y superioridad se habían manifestado durante la Guerra Fría. Le informaba a la comunidad internacional su intención de desplegar una hegemonía benévola.

Sin consultar con contrapartes cercanas o distantes, asumía que tal ejercicio de preeminencia sería naturalmente aceptado y acatado, tanto por Estados como por actores no estatales. Comenzaba la larga marcha de sobre-extensión que tiempo después sería contestada por gobiernos y fuerzas no gubernamentales.

De hecho, la alocución del presidente Bush sintetizó un ideal y un proyecto de tres pilares. Por un lado, la noción de que el mundo ingresaba a lo que se conoció desde entonces como un “orden basado en reglas” o un orden liberal internacional.

Por el otro, quedaba en claro que Washington sería el primus-inter-pares de Occidente en el contexto de una distribución de poder unipolar que, históricamente, ha sido dudosa sino imposible de perpetuar. Y finalmente, el recurso a la fuerza se tornaría habitual a los efectos de asegurar el orden enunciado.

Un informe del Congressional Research Service sobre “Instances of Use of United States Armed Forces Abroad, 1798-2023” es elocuente: enumera en 3 páginas las diversas operaciones militares realizadas entre 1945 y 1990 y le dedica 38 páginas a las efectuadas desde 1991 hasta 2023.

Considero que el fin de la Posguerra Fría tuvo tres eventos sucesivos emblemáticos. En 2022, la invasión de Rusia a Ucrania; conflicto que oscila entre el estancamiento y la exacerbación por la acción y reacción de múltiples actores con intereses diversos.

En 2023, el ataque terrorista de Hamás en el sur de Israel y la feroz retribución del gobierno de Benjamín Netanyahu, mientras Occidente agrandó la percepción, en gran parte del Sur Global, de su bancarrota moral. Y en 2024, el nuevo triunfo de Donald Trump, el espectro de una eventual guerra civil en Estados Unidos y la dificultad de la Casa Blanca de moldear el escenario mundial y cultivar un liderazgo internacional legítimo. En los tres casos hay involucrados países con arsenales nucleares.

Del designio de George H. W. Bush casi nada está en pie. Hubo varios hitos y protagonistas que fueron horadando el “orden basado en reglas”. Sin embargo, lo más relevante es que quien más socava el orden liberal internacional no es China sino Estados Unidos y, con inusitado éxito, desde la llegada del segundo Trump.

En materias tales como la legalidad del uso de la fuerza, las regulaciones del comercio mundial, el papel del multilateralismo, la cuestión del desarme y la protección ambiental, su administración se asemeja cada día más a lo que en los años’90 el gobierno de Bill Clinton denominó un “Estado forajido” (rogue state). Estados que deliberadamente violan las normas internacionales y las obligaciones internas, estados difíciles de disuadir, notablemente impredecibles y generadores de incertidumbre para la paz mundial.

https://www.clarin.com/opinion/trump-ii-posguerra-fria-estados-forajidos_0_mEt46skQS5.html

Permanecer en la dependencia

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La colonialidad es en sí misma un patrón de dominación de lo que llamamos sistema-mundo moderno y capitalista. Se originó por el colonialismo europeo a partir del siglo XVI y se expresó, durante los siglos XIX y XX, a partir de una nueva versión: el proceso de expansión capitalista-burgués, primero en Europa y América del Norte y luego lanzado a la búsqueda de nuevos mercados y de materias primas en los territorios coloniales de ultramar. 

Dicha fase de desarrollo de las políticas coloniales se presentó como difusora de las ideas políticas emancipatorias, surgidas en la Europa de la modernidad, aquella que alumbrara la Revolución francesa (1789), como su más fino producto. Contaba de antemano con el concurso de las ideas del libre comercio o libre mercado como herramienta de lo que sería la penetración post o neocolonial. Esta estaba dirigida, en particular, al control de las economías latinoamericanas, a las que las usinas del colonialismo alentaron a independizarse con un altísimo costo geopolítico. Así fue, por ejemplo, el de terminar con la idea de la patria grande sudamericana, según expresaran Simón Bolívar, José de San Martín y José Artigas, entre otros. 

El concepto de colonialidad no equivale a colonialismo. Es más significativo, ya que trasciende los procesos de independencia de las naciones, que tuvieron lugar durante la primera mitad del siglo XIX. Así, sirvieron para garantizar la permanencia de culturas y políticas de dominación, a cargo de nuevos actores económicos internacionales y de la connivencia de estos con elites políticas que terminaron, con el tiempo, reemplazando a las autoridades coloniales depuestas. De esta manera se aseguró el sostenimiento de hábitos de dependencia y subordinación política, económica y cultural de las clases dirigentes.

Dicha situación puso en evidencia que los poderes emergentes de la modernidad, lejos de tener planes de independencia real para las colonias al sur del río Grande, fueron conscientes de que los mismos fundamentos políticos, filosóficos y culturales de la revolución europea podrían servir como guías para una independencia real. Sin embargo, no era absoluta. Es decir que generaban la profundización de la hegemonía europea en Latinoamérica, a partir de gobiernos y élites dirigentes, asociadas directamente con el capital financiero y comercial internacional de entonces.

Para el caso argentino en particular, luego de 40 años de guerras civiles, los sectores triunfantes en las batallas de Caseros (1852) y Pavón (1861), enemigos del federalismo y especialmente interesados en insertarse en el mercado mundial como “granero del mundo”, determinaron su futuro con una fuerte limitación: la renuencia a iniciar un proceso de desarrollo autónomo industrial que permitiera compensar la diferencia entre materias primas y manufacturas. 

De esta manera, quedó garantizada la custodia de los intereses de los nuevos patrones imperiales en lo que fueran las ex colonias españolas. Contaron para ello con la reproducción del patrón político moderno. Esto se hizo a partir de la configuración de un Estado nacional de signo claramente oligárquico, con políticas de penetración territorial, integración nacional y asimilación cultural, coerción social, extracción de recursos y represión de las poblaciones adversas al modelo instaurado. El proceso tuvo particular ferocidad para el caso de comunidades originarias (a las que se decidió exterminar, al igual que en Estados Unidos durante la posguerra civil).

Para la población no blanca en general, se reservaron criterios de discriminación y racialización practicada durante casi dos siglos en la Argentina. Hechos evidentes, por ejemplo, en los comienzos de la “civilización y barbarie” sarmientina, la neurosis biologicista de cierta intelectualidad de la década de 1880 que sigue vigente en conceptos como los de “chusma”, “cabecita negra”, “negros de mierda”, “cabeza”, etc.

El nuevo Estado nacional configuró los criterios políticos y económicos para una organización social profundamente desigual, así como para modelos de vida y explotación del trabajo, difusión de la cultura y la educación. Todos ellos sustentados en el concepto de raza heredado de los europeos, puesto en práctica desde los tiempos de la mal llamada “conquista de América”.

La educación en la Argentina

La educación argentina no podía resultar ajena a dichos contextos. Constituyó, desde sus inicios y con la sanción de la Ley 1420 en 1884 en adelante, uno de los pilares más fuertes para el consumo en sociedad de la “pauta de colonialidad”, a cargo de un Estado conservador, autoritario, centralista y pseudodemocrático.

La creación de un sistema educativo de nivel primario, común, gratuito y obligatorio, financiado por el Estado nacional, fue una herramienta de alfabetización para millones de argentinos. Pero también significó un instrumento de difusión para el eurocentrismo y adoctrinamiento de los saberes y simbologías que la escuela debía garantizar como referencias insustituibles para los argentinos. 

Semejantes contextos no hicieron más que reafirmar las condiciones que en aquel momento constituyeron una escuela primaria difusora de conocimientos básicos, lo que no era poco para la época. No ocurrió lo mismo con la escuela secundaria. Esta, además de ser privada y reservada para las élites políticas y religiosas, presentó una estructura educativa y un diseño curricular que aportaron a la formación de conductas de subordinación y ausencia de ideales emancipatorios, tanto en términos personales como colectivos. Se excluyeron así, deliberadamente, hechos e interpretaciones históricas que pondrían en evidencia que existieron y existen otras opciones posibles para el presente y futuro de la Argentina.

El eurocentrismo de la cultura implicó modalidades distorsionadas y distorsionantes sobre cómo producir sentido, explicación y conocimiento. Introdujo afirmaciones, ideas, secuencias, creencias, narrativas, estéticas, modelos de ética, preferencias, necesidades, incluso simbologías y valores ajenos al acervo popular de una nación periférica, sujeta a la colonialidad del poder y del saber.

No es casualidad la ausencia de un pensamiento crítico en la escuela actual, sobre todo en el nivel secundario, que no asume desde la enseñanza misma al conocimiento como un todo integrado, sino que lo presenta fragmentariamente en materias aisladas entre sí. 

Peor aún, los desafíos que plantea la cultura digital masiva, en particular las llamadas redes sociales financiadas por capitales hegemónicos que no encuentran límite. Hace tiempo que manejan a su antojo el sistema democrático y podría decirse que el “educativo”, fomentando todo lo contrario al pensamiento y la reflexión.

Nos ha interesado destacar, por ser ejemplo de colonialidad, la propuesta educativa de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires llamada “Buenos Aires Aprende”. Esta incluye control y persecución ideológica de los docentes, cierres y fusiones de cursos y un ataque directo al corazón de las ciencias sociales, al pensamiento crítico y a la heterogeneidad cultural. 

“Buenos Aires Aprende” forma parte de un proceso de ajuste y desfinanciamiento de la educación que se encuentra en desarrollo. Se manifiesta en la ciudad de Buenos Aires desde 2008, año de la primera gestión del PRO en dicha jurisdicción, y apunta a mercantilizar y privatizar la educación pública, gratuita y obligatoria, clausurando de este modo el ascenso social por la vía de la educación pública. 

El modelo sostenido intenta implementar un sistema educativo dual y desigual. De este modo se conforma un sistema educativo para los sectores más pobres de la sociedad, en el que desarrollan tareas con menor exigencia de conocimientos. Paralelamente se instaura el funcionamiento de escuelas para los jóvenes de los sectores sociales más acomodados, que son los que en definitiva accederán a la inteligencia artificial, al conocimiento de nuevas tecnologías, concurrirán a la universidad y podrán formar parte de las clases dirigentes. En ambos casos, la educación quedará subordinada a las necesidades del mercado, y el sistema educativo se convertirá en proveedor de recursos humanos, según sus requerimientos. 

Para terminar, parecería que la Argentina adoptó para su educación —con excepciones, breves en el tiempo— aquello de que “el pasado es la norma por la que se rige el presente”. Por supuesto que hubo modificaciones de planes y programas de estudio, pero nunca serias intervenciones curriculares a la matriz educativa sostenida en Civilización y barbarie, modelo que ha permanecido intocable por casi 200 años. De allí, lo permeable de la escuela al fenómeno de colonialidad, de un modelo de saber y de poder, a partir de una ciega creencia en valores eurocéntricos. Esto se profundiza cada vez más en la medida en que el neoliberalismo hace menos concesiones a la política y a la democracia.

Resulta prioritario plantear un giro decolonial a la educación argentina, un cambio epistémico, político, estético, ético y cultural, que enseñe a pensar, a reconsiderarnos como nación independiente, a construir subjetividades para la emancipación, a recuperar utopías y a encontrar la identidad y la memoria históricas, que parecieran olvidadas. 

Tiempo de fuga

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El diccionario dice que fuga es la huida o evasión, abandono de un lugar o situación habitual o una composición musical basada en la repetición de un tema. El significado más usado es el que se refiere a la acción de huir o de escapar.

La definición aplica para la situación del capital financiero internacional (y en menor medida local) en la Argentina de hoy. Apostaron al carry trade (bicicleta financiera) convirtiendo dólares en títulos públicos en pesos. Ganaron fortuna, tras la devaluación del 12 de diciembre de 2023, por la diferencia entre la tasa de interés (incluido el ajuste por IPC del INDEC) contra el ajuste cambiario fijado directa o indirectamente por intervención del Ministerio de Economía argentino. Sostenían la creencia de que nuestro pueblo iba a seguir votando por su verdugo, lo que fue desmentido drásticamente en las elecciones de la provincia de Buenos Aires, donde el acuerdo de La Libertad Avanza con el macrismo no logró capitalizar los votos de Juntos por el Cambio de 2023.

Si esta actuación se repite en las elecciones a legisladores nacionales del 26 de octubre de 2025, sería el fin de un desgobierno que ha priorizado la renta financiera en desmedro del trabajo y la producción. Ellos pensaban seguir así.

El derrape eleccionario se convirtió en derrape del precio de los títulos públicos (y arrastró el valor de las acciones de empresas locales) en las bolsas del país y del exterior. Entre el 17 y el 19 de septiembre de 2025, el BCRA debió vender de las reservas internacionales 1.110 millones de dólares, las cuales no son propias, sino que son básicamente deuda.

Entre los principales compradores de divisas se encontraron BlackRock Latin American Fund y el Banco Galicia (entidad local donde tiene participación accionaria BlackRock).

El lunes 22 de septiembre de 2025, las Reservas del BCRA eran negativas en 9.010 millones de dólares; por ende, el BCRA está vendiendo dólares que son deuda.

Pero como si fuera el Séptimo Regimiento de una película de cowboys, en la mañana del 22 de septiembre y antes de que abrieran “los mercados” en el país, el secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Scott Bessent, anunció que ellos otorgarían la suma de 20.000 millones de dólares vía swap. Además, dijo que podrían dar un préstamo de “estabilización cambiaria” mediante la compra de títulos de deuda de la Argentina. En ese momento no dijeron cuándo y, ante la crítica fundada de la oposición política, dejaron trascender que sería después del 26 de octubre de 2025.

Obviamente, esto frenó la compra grande de divisas con la consiguiente pérdida de reservas del BCRA, que el gobierno refrendó con el Decreto 682/25, que reduce a cero los derechos de exportación de los productos agropecuarios con dos límites: a) hasta una declaración jurada de ventas al exterior total por 7.000 millones de dólares, y/o b) hasta el 31 de octubre de 2025, lo que se produzca primero.

Las declaraciones juradas de ventas al exterior no son de los productores, son de los exportadores. Por eso, en tres días de operaciones con retenciones 0%, los grandes acopiadores y comercializadores de granos y derivados presentaron las declaraciones juradas por el cupo, permitiéndole a la ARCA (Agencia de Recaudación y Control Aduanero) contabilizarlas sin confrontar si tenían el permiso de embarque de la exportación.

El comunicado de ARCA es directo y lineal: “Se ha alcanzado la registración del cupo de 7.000 millones previsto por el decreto 682/2025, por lo que se ha dado de baja la opción de registración de las declaraciones juradas de venta al exterior (DJVE) que se encuentren amparadas por el beneficio del citado decreto. A partir de ahora, solo podrán registrarse DJVE bajo el esquema vigente anterior al decreto 682/2025″.

Independientemente de cómo y en qué tiempo ingresaron los 7.000 millones de dólares al Tesoro de la Nación (al menos el 30% de esa suma ingresó al 26 de septiembre de 2025), es claro que el gobierno tomó la medida para contar ya con esas divisas y poder venderlas en el mercado cambiario local, pero no va a contar con ese ingreso en el futuro inmediato. Por ende, lo hace para financiar la fuga de capitales, bajo el pretexto de controlar el precio del dólar, que no solamente mal vende, sino que le cuesta al Estado una pérdida de ingresos por 2,1 billones de pesos por las retenciones no cobradas.

Es claro que los productores (que deben, que pagan, y tienen que seguir pagando la tasa del derecho de exportación) acusan, y con razón, a CIARA (Cámara de la Industria Aceitera de la República Argentina) y a CEC (Centro Exportador de Cereales) de haberse apropiado del beneficio.

El centro de estudio MATE (Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía) sostiene que estas exportaciones no se embarcarán automáticamente. Los tiempos de embarque declarados indican que sólo un 9% de lo declarado tiene permiso para octubre de 2025. En noviembre de 2025 se embarcará un 20% y en diciembre un 50%; el 20% restante recién se enviará a lo largo del año 2026, pero el pago de las retenciones es con la debida anterioridad ante la presentación de las declaraciones juradas.

Las operaciones de DJVE son en divisas porque el precio de los productos agropecuarios en el mercado internacional se fija en dólares. Sin embargo, el exportador recibe el pago final en pesos argentinos (con los descuentos correspondientes si los hubiere), ya que no se trata de una liquidación directa de dólares. Hecha la salvedad, MATE hace el cálculo estimado en dólares.

El siguiente cuadro muestra quiénes son los principales beneficiarios.

La pérdida de ingresos para el fisco es equivalente a 0,25 puntos del PBI, que es un monto levemente menor al costo de la Ley de Financiamiento Universitario (según la Oficina Pública del Congreso, por 1,96 billones de pesos) y de emergencia pediátrica del Hospital Garrahan (de 40 millones de pesos), ambos hasta fin de año de 2025.

El Banco Central, a través de la comunicación «A» 8336, determinó que, a partir del 26 de septiembre de 2025, cuando una persona o empresa quiera comprar dólares al tipo de cambio oficial, deberá firmar una declaración jurada comprometiéndose a no vender dólar MEP o CCL durante 90 días corridos subsiguientes (la semana pasada lo habían hecho para las empresas y sus directivos), para evitar “el rulo” local, pero las grandes corporaciones acopiadoras y comercializadoras de granos, con lo que no le pagaron al Estado nacional (y que van a cobrar a los productores), van a comprar dólares para fugarlos. El gobierno no frena la fuga; en sus comienzos, para que ofrecieran dólares en el mercado local, les dejaban liquidar el 20% del ingreso de las divisas de sus ventas al exterior en el CCL (contado con liqui).

Los farmers norteamericanos criticaron que la eliminación de las retenciones (principalmente a la soja) favorece a los acopiadores y comercializadores de granos de la Argentina (entre los más grandes en este país están las empresas del rubro de los Estados Unidos), y fue la razón por la que en su discurso del día miércoles 24 de septiembre de 2025, Scott Bessent dijo que estaba acordando con la Argentina que se vuelvan a cobrar los derechos de exportación, de allí el apuro de las declaraciones juradas.

Pero el gobierno, mediante su vocero presidencial, anunció el viernes 26 de septiembre de 2025 que continuará hasta el 31 de octubre de 2025 y sin cupo la tasa cero para los derechos de las exportaciones de carne vacuna y aviar. Esto fue un pedido expreso de la Sociedad Rural Argentina tras sentirse estafada por la utilización del cupo por las cerealeras. Ello implicará una suba en el precio en el mercado interno de esas carnes porque las retenciones funcionan como desacople de sus importes. La carne de cerdo también aumentó su precio al encarecerse los insumos de maíz y soja para su alimentación.

La situación financiera presente

Si bien los fondos prometidos por el Tesoro de los Estados Unidos no ingresaron y no tienen fecha cierta de hacerlo, los operadores financieros saben que detrás de esas decisiones están los fondos de inversión de Manhattan, que siguen teniendo una elevada posición de títulos de deuda en pesos.

El fuerte incremento de la deuda en pesos, carry trade mediante, lo pensaban transformar en dólares, en principio a lo largo de dos años más de mandato de Javier Milei y, si era posible, con su reelección. Sin embargo el resultado eleccionario que esperan para el 26 de octubre es muy distinto al que tenían antes del 7 de septiembre de 2025.

Favoreciendo a las grandes corporaciones granarías (donde el capital financiero de Manhattan tiene participación) y propiciando la compra y fuga de divisas, deben sortear fuertes vencimientos de títulos en pesos.

El marco favorable creado permitió que, en la licitación de títulos en pesos del viernes 26 de septiembre, se renovaran la totalidad de los vencimientos, y hasta un monto mayor, pero con tasas altas y plazos muy cortos en pesos, solo extensible en títulos en dólar linked (se ajustan por devaluación del dólar oficial).

La cantidad de bonos dólar linked representó un 54% de lo colocado, mientras que el 46% fue con letras y bonos capitalizables a tasa fija. En función de los resultados obtenidos, para octubre de 2025 hay en total vencimientos por 25 billones de pesos, mientras que para noviembre hay otros 20 billones. En diciembre saltan a unos 36 billones de pesos, totalizando en los tres meses que faltan para terminar el año 2025 la suma de 81 billones de pesos.

A ese monto deben agregarse los vencimientos en dólares que son, hasta enero de 2026 inclusive, de 8.100 millones, de los cuales 3.800 millones corresponden a los pagos de Globales y Bonares, más 1.200 millones en Bopreal y 3.100 millones a organismos multilaterales. Es obvio que la deuda con el sector privado no la van a renovar y van a exigir su pago, de allí que necesiten la renovación de los organismos internacionales de crédito y la posibilidad cierta de los swaps de moneda, y hasta la promesa de recompra de títulos de deuda por parte del Tesoro de los Estados Unidos.

Tanto en la licitación en pesos del viernes pasado como en el precio de los distintos tipos de cambio, hay cierta confianza en que los Estados Unidos no le van a soltar la mano a Javier Milei, que es su fiel seguidor y principal punto de apoyo en su patio trasero.

Y menos se puede pensar que el capital financiero de Manhattan, que ha avanzado fuertemente en la economía del país, esté dispuesto a ceder posiciones.

Pero también es cierto que un desastre electoral de Milei los obligará a replantearse la situación. En el caso del gobierno de los Estados Unidos, no van a poder realizar todo el aporte que dijeron, por la simpe razón de que es un “barril sin fondo” y es plata del Tesoro de ese país que no recuperarán fácilmente.

Y en el caso del capital financiero de Manhattan, deberán acelerar los plazos de conversión de sus acreencias en pesos, con el riesgo siempre de reperfilamiento o default por un nuevo gobierno. Es plata que administran, pero no es propia, y el retiro de capitales de sus fondos de cobertura es una realidad.

Informe económico mensual

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·        El tipo de cambio oficial se fue moviendo en el cortísimo plazo. ¿El peso está apreciado? Los esfuerzos del gobierno para no cruzar la banda superior generan dudas. En distintos periodos de comparaciones entre el tipo de cambio y el IPC, se podría decir que sí. En los meses (12) del 2025 agosto – 2024 agosto, el IPC aumentó el 34 % y el tipo de cambio oficial mayorista el 40 %. El dólar logró un salto, venía perdiendo en los meses anteriores pero provocó un ataque de espasmos en el gobierno. Luego de octubre se verá si se mantiene la banda o nos deslizamos a tipo de cambio abierto.

·        Este documento se concentra en los precios, o sea inflación de AGOSTO más algunos otros indicadores asociados. Algunos datos pueden aparecer como ya avinagrados (los acontecimientos caminan muy rápido, por ejemplo en septiembre), pero mantenemos la continuidad en los números de la inflación. En el próximo documento abordaremos cuestiones monetarias del gobierno.

·        Las noticias más importantes tanto en julio como agosto resultaron los movimientos del dólar, arrastró la tasa de interés y genero idas y vueltas en el equipo económico y BCRA. Y aparece Trump.

·        El gobierno necesita dólares, sean del colchón, del saldo entre las exportaciones e importaciones, de las inversiones y otras fuentes como ventas de activos. Sale a buscarlos de todos lados. Septiembre lo mostró.

·        Milei ingresa plenamente en proceso electoral para la gran final nacional de octubre 2025 y supuestamente también para el 2027. Lo de Buenos Aires le dejó algunas arrugas que no se planchan fácilmente. Todo gira y girará con esos objetivos.

·        Retorno del FMI, desde abril las bandas a toda orquesta (por ahora) y un fuerte aporte de fondos, pero no dejan de estar preocupados con el principal deudor. Doblemente preocupados por la extensión de plazos de medidas solicitadas por el gobierno. No les queda otra que continuar apoyando. Pero ahora contando con el apoyo de Trump, Milei parece que descorcha. Está por verse, la economía (y la política) siempre trae sorpresas debajo de cada baldosa y con Trump doblemente.

·        El tipo de cambio es un precio más, pero más no cualquiera. Primeramente el gobierno apuntó a la banda inferior pero le erró feo, en la actualidad se preocupa que no supere la banda superior. ¿Pero?

·        El riesgo país disminuye y sube o sube y disminuye, no logra una senda en baja. El Índice de tipo de cambio real multilateral (ITCRM) se adelantó unos pasos, subiendo o sea mejorando.   Se logró con el incremento del dólar y con la baja de la inflación.

·        Mirando afuera: Trump, con los aranceles, los sube, los baja, los suspende y desconcierta a todo el mundo, migraciones, retiro de organizaciones internacionales. Ucrania, no se sabe y la Franja de Gaza sin paz y con hambre. Cuáles serán los nuevos problemas para cerrar el 2025.  Con Trump, Putin y tantos otros completan una caja de malas sorpresas. Pero ahora Trump expande su sombra a la Argentina.

·        CEPO parcial en abril. Un tipo de cambio flotante. ¿Cómo se comportará el dólar en el corto plazo y mediano? Muchos compraron y menos vendieron. Para comparaciones odiosas debemos retroceder a agosto 2019. Verlo en el gráfico correspondiente.

·        Conjeturar que ocurrirá con la inflación en el horizonte del 2025 no resulta sencillo. Lo reciente es el pronóstico de Milei sobre la inflación del 2025, lanzó una cifra del 24 % anual, significa una inflación mensual del 1 % en los cuatro meses restantes. Y para el 2026 inflación: CERO. ¡Pajarito! Mendieta.

·        La inflación (alrededor del 1.8 % promedio) en el mes de agosto 2025. Alimentos con valor algo menor.

·        El BCRA aumenta o baja la tasa nominal de interés, positiva en agosto en términos reales, Cómo serán los meses próximos? 

Milei, hipermasculinidad y política exterior

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La masculinidad se manifiesta a través de un conjunto de atributos, valores, creencias, significados y comportamientos propios del hombre, resultado de una construcción arraigada en una sociedad determinada. Esa masculinidad se expresa en múltiples ámbitos; entre ellos, en la política exterior. Al tiempo que lideres políticos de diferente signo y en distintas coyunturas apelan a aquella en la conducción de las relaciones internacionales de un país.

En esa dirección, la masculinidad condensa una retórica y una práctica. Asume, básicamente, un sentido binario: refleja y asevera agresividad, dominación y asertividad en oposición a comprensión, compasión y empatía. Subraya una doble condición: por un lado, una relación de opuestos que puede devenir en enemistad y, por el otro, un vínculo de superioridad/inferioridad. En ese contexto, la exaltación de la polarización, en lo interno y lo externo, se torna prioritaria y se promueve con ahínco inusual.

Ashis Nandy en los ochentas introdujo la noción de hiper-masculinidad en tanto una modalidad extrema de machismo y, más recientemente, Xiaoting Han y Chenjun Yin han trabajado el concepto de masculinidad reaccionaria para explicar un tipo de masculinidad acentuada que refuerza un discurso anti-feminista y enfatiza rasgos de una subcultura varonil crecientemente misógina. En ambos casos, se denota la necesidad de exagerar lo masculino ya que habría una amenaza — lo femenino — que cuestiona el predominio del hombre. Eso, a su turno, conlleva al intento de restituir un orden y poder subvertidos por los avances de la justicia social, la cuestión de género, los derechos de las minorías, la diversidad de opciones sexuales, el pluralismo identitario y el multiculturalismo, etc. De ese modo, se pretende la recuperación de una hegemonía masculina jaqueada. Lo bombástico e hiperbólico sobresale mediante una narrativa que llama a una cruzada en defensa de (¿un pre-moderno?) Occidente que se pretende liderar: en breve, la nueva “batalla cultural” que, en el fondo, apunta, entre otras, a la dominación masculina.

En el caso del presidente Javier Milei, él se ha convertido en un referente del peso de la hipermasculinidad reaccionaria en el manejo e implementación de la política exterior; algo que, cabe subrayar, cuenta con el apoyo, así sea tácito, de una parte no insignificante de la sociedad y el sorprendente silencio de los sectores opositores.

Para el mandatario, en el marco de la Liberty International World Conference realizada en Buenos Aires, “la República Argentina fue víctima de una nueva clase política que hizo de la justicia social su bandera… la República Argentina es, por lo tanto, un campo de batalla donde está en juego el futuro de millones de personas, y en donde se enfrentan dos modelos de país totalmente antagónicos”. A su entender existe una plaga de “parásitos sociales”, entendidos como ideas prevalecientes, que deben combatirse con vigor: “Un primer ejemplo de parásito mental es la noción de justicia social…Y esto naturalmente nos lleva a otro parásito mental que es la noción de derechos sociales… Llevan décadas de inocular en nuestra población estos parásitos mentales… y por eso es tan importante la batalla cultural”.

A su vez, durante su última visita a Israel, volvió a resaltar, como lo ha hecho desde el comienzo de su gestión, que la “supervivencia de Occidente” está amenazada y que prevalece una “pasividad de Occidente” que hoy cuenta con la “impotencia o complicidad de los organismos multilaterales”. En ese marco, una combinación, “por más disímiles que parezcan”, de terrorismo y wokismo “conducen a la desaparición total de Occidente”. Y por ello, él “ha estado proponiendo una Liga de Naciones Libres”. Mediante un argumento típicamente viril, proclamó que “la lucha contra la barbarie (que se supone incluye el terrorismo y el wokismo según su argumentación previa) requiere de decisión y coraje en cada paso del camino, junto con la firmeza para ignorar las críticas de quienes prefieren — por temor — no transitarla”.

En su discurso ante Knesset señaló: “Lo aceptemos o no, Occidente — hoy — se enfrenta a una prueba de fuego…(pues) está viéndose envenenado por una barbarie interna y autoinfligida, que es la ideología woke con su relativismo moral”. En ese sentido, “párrafo aparte para la ex activista climática que se convirtió en una mercenaria del activismo para cualquier cosa que le dice la izquierda internacional, a cambio de un poquito de prensa y cámaras. Hablo de Greta Thunberg que — en los últimos días — hizo una performance de victimización”. A lo que agregó que, “tal como hizo Israel en Medio Oriente”, él aspira a “convertir a la Argentina en el faro austral que ilumine desde el sur y guíe en el camino el progreso del resto de las naciones. Porque de eso se trata: ser un faro en un mundo que ha caído en tinieblas; ser un norte para un Occidente que ha perdido contacto con los valores que representa, deambulando hacia el suicidio colectivo”.

En su discurso ante la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC en si sigla en inglés), el presidente fue frontal y preciso: “Solo mediante esta internacional de derecha podremos poner fin a la casta política con la que nos enfrentamos, que está hundiendo a Occidente en la más oscura profundidad”. Y, adicionalmente, remarcó: “Tener un enemigo bien definido es un aspecto fundamental de nuestra batalla cultural…(y por ello) estamos dando una batalla crucial para el futuro de la humanidad”. En consecuencia, resultaría esencial luchar contra “aberraciones” tales como “la agenda de la paranoia climática, los excesos de la ideología de género”; entre otras.

Durante su alocución de 2025 en Davos, Javier Milei explicitó varias de sus creencias y principios. Así, subrayó que la idea de justicia social es “siniestra, injusta y aberrante”. Según su pensamiento, “(el) feminismo, (la) diversidad, (la) inclusión, (la) equidad, (la) inmigración, (el) aborto, (el) ecologismo, (la) ideología de género, entre otros, son cabezas de una misma criatura cuyo fin es justificar el avance del Estado”. Para Milei, “el feminismo radical es una distorsión del concepto de igualdad”; procura la “búsqueda de privilegios”; y ha llegado, “incluso al punto de normalizar que muchos países supuestamente civilizados si uno mata a la mujer se llama femicidio”. Las mujeres “no se quejan de que la mayoría de los presos son hombres, ni de que la mayoría de los plomeros son hombres…y ni que hablar de la mayoría de las personas que murieron en guerras”. Casi con estupor, afirmó: “Pero si uno plantea estas cuestiones, desde los medios de comunicación o incluso desde este foro, nos tildan de misóginos… No es casualidad que estos mismos sean los principales promotores de la agenda sanguinaria y asesina del aborto”. Asimismo, aseveró que en “sus versiones más extremas la ideología de género constituye lisa y llanamente abuso infantil. Son pedófilos…”. Todo lo anterior sería una prueba de que “Occidente se ha desviado y debe ser reencauzado”. Presumiblemente, él sería encargado de tal misión.

En sus intervención antes la Asamblea General de Naciones Unidas en 2024, el presidente Milei arremetió contra la Cumbre del Futuro y su agenda; que incluye, entre otros, aspectos relevante en materia de cuestiones de género. Fue claro en rechazar ese “nuevo contrato social a escala global…que no es otra cosa que un programa de gobierno supranacional, de corte socialista, que pretende resolver los problemas de la modernidad con soluciones que atentan contra la soberanía de los Estados Nación y violentan el derecho a la vida, la libertad y la propiedad; una agenda que pretende solucionar la pobreza, la desigualdad y la discriminación con legislación que lo único que hace es profundizarlas…Se ha promovido, además, una relación tóxica entre las políticas de gobernanza global y los organismos de crédito internacional”. Sorprendentemente, quien descree de la soberanía en materia financiera y militar y tampoco reivindica un papel promisorio del Estado, aboga por un soberanismo estatal a ultranza.

Paralelamente, la hipermasculinidad reaccionaria de Milei en política exterior no fue apenas una cuestión de retórica. En la OEA, en la ONU, en las cumbres internacionales y regionales, el gobierno argentino se desasoció de asuntos vinculados a la agenda de género, el cambio climático, y la justicia social y votó en contra de resoluciones que tuvieron un apoyo continental o mundial elocuente en esos temas. Como mostramos con Bernabé Malacalza mediante el análisis de los discursos, los posicionamientos y las votaciones de La Libertad Avanza, la actual administración ha buscado “frenar el avance de los derechos humanos, negar la existencia del cambio climático, obstruir acuerdos multilaterales para enfrentar pandemias y combatir el principio de justicia social que subyace en consensos” internacionales de distinto tipo y alcance.

Esa práctica concreta se ha encuadrado en una mirada bastante apocalíptica de Occidente y ante lo cual el presidente parece autoasignarse la condición de salvador. El peligro en tanto excitación; el heroísmo en tanto ímpetu; y la crueldad en tanto credo, son propios de la personalidad hipermasculina. La exageración y la distorsión son constitutivas a la noción de una masculinidad reaccionaria. Ello facilita el despliegue de iniciativas internacionales que, en el particular caso argentino, no parecen despertar ni gran entusiasmo (salvo en algunos seguidores muy militantes) ni profunda inquietud (entre sus oponentes políticos). Todo lo cual, contribuye a que Javier Milei utilice su reconocida visibilidad mundial para lanzar lo que Richard Shorten denomina “diatriba reaccionaria”, es decir; el recurso sistemático a la digresión, la repetición y la insistencia. Es muy probable que en lo personal, la masculinidad del mandatario, muy semejante por ejemplo a la de Donald Trump, le haya dado resultados individuales. De eso, creo, no hay dudas.

Sin embargo, la cuestión básica a evaluar rigurosamente es la misma que he formulado el 10 de diciembre de 2023 y tiene que ver con la defensa y promoción del interés nacional: “Una política exterior exitosa será la que incremente el poder relativo del país, mejore la calidad de vida de los ciudadanos y afiance la autoestima nacional”.