A lo largo de la historia ha habido numerosas y frecuentes desapariciones de personas. Los registros de la existencia de las personas estuvieron en principio librados a la tradición oral como consecuencia del conocimiento personal. Los registros históricos a partir de su existencia se han referido a las clases dominantes, que se han considerado a sí mismas las protagonistas de la historia. La historia entonces ha registrado en general lo épico y no la vida de la gente común, estos registros de las personas de a pie y de la vida cotidiana han ido apareciendo más de la mano de la arqueología que de la historia.
Así cuando las bandas dirigidas por los señores de la guerra arrasaban campos o poblaciones, los muertos ignotos o los ignotos esclavizados quedaban perdidos no solo en la noche sino también en el día de los tiempos. Quizá la diferencia entre un desconocido y un desaparecido era solo trascendente para él mismo y para sus afectos cercanos, a tal punto la violencia de las clases dominantes ha hecho efímera la vida y la libertad de las personas.
Todo esto que debería parecer superado en su naturalización histórica en los siglos XX y lo que va del XXI, sigue siendo lastimosamente actual en algunas regiones del mundo como África, algunas zonas de Asia y entre los pueblos originarios de América (preguntar a Bolsonaro). ¿Quién registró el nombre de los nueve millones de africanos esclavizados y asesinados por Bélgica para generar su riqueza en diamantes? (Amberes sigue siendo la capital del comercio de diamantes en el mundo) ¿O el millón y medio de árabes del norte de África asesinados por los franceses cuyas clases dominantes olvidaron su liberté, égalité y fraternité? ¿Donde se registró el nombre del millón y medio de muertos y de varios millones de desplazados por las guerras étnicas entre Hutus y Tutsis en Ruanda y de las que salieron favorecidas, como siempre, las corporaciones multinacionales?
Obviamente hay mucho más para contar, pero el propósito de este texto no solo es ese sino analizar que ocurre con las personas y en la sociedad a partir de la desaparición forzada de sus integrantes, de sus hijos.
En toda célula social, sea esta la familia u otra instancia más numerosa; escuela, ámbito laboral, sindicato, club, etc, cada uno de sus integrantes ocupa un espacio funcional y afectivo que resulta de la interacción entre los integrantes de ese conjunto. Si por algún motivo ese integrante deja de estar, siempre dejará un lugar vacío en el espacio que ocupaba. La posibilidad de cerrar adecuadamente ese vacío funcional y afectivo estará condicionada a la existencia de una explicación lógica que nos diga que esa persona se retiró, se jubiló, falleció, y según el caso que sea, esto nos permitirá iniciar un proceso para aceptar esa pérdida, lo que normalmente llamamos duelo, que tendrá la impronta del tipo de pérdida acontecida.
A partir de que la humanidad pudo ser testigo de la muerte de sus semejantes con el sedentarismo, aunque este fuese transitorio, generó una cantidad de acciones que le permitieron procesar esas pérdidas de seres queridos (se han encontrado enterramientos en cuevas que aparentemente no eran ocupadas de manera permanente), de integrantes de la comunidad que por el fenómeno de pertenencia, ese vínculo maravilloso que nos permite sobrevivir, eran parte de ese cuerpo social. Estas acciones fueron y son lo que denominamos ritos. Son estos ritos los que permiten iniciar el proceso del duelo, proceso que en mayor o menor medida, permitirá recuperar el funcionamiento social habitual e irá cerrando el hueco afectivo que dejó la pérdida del integrante.
La dictadura cívico militar argentina nos dejó muchas cosas, nos dejó un país endeudado y atado a los organismos de crédito internacionales, miles de fábricas cerradas que conllevaron a una desindustrialización terrible, pensemos que pasamos de 1.600.000 trabajadores industriales
registrados en 1975 a 900.000 siete años después, habiendo pasado de 18 a 23 millones de habitantes aproximadamente, un notable retroceso en ciencia y tecnología, habitual en todas las dictaduras militares vernáculas, una moneda devaluada, una deuda externa que creció en siete años de 5.000 millones de dólares a 45.000, pero fundamentalmente nos dejó 30.000 desaparecidos. Las fuerzas armadas reconocieron en documentos enviados a sus amos de la casa blanca haber matado a 22000.
Ya teníamos el antecedente de que estos golpes de estado venían a destruir el patrimonio nacional y a extranjerizar el país, pero el emergente de este saldo atroz tuvo que ver con lo nuevo que hicieron y no valoraron, la desaparición sistemática de personas, este fue su error.
Todo esto es comprensible si vemos de donde venía el golpe. En el año 1973, año en que finalizaron los acuerdos de Bretton Woods, que habían establecido después de la segunda guerra mundial la convertibilidad del dólar en oro por lo quedó como moneda mundial de intercambio, también se formó la OPEP, organización de los países exportadores de petróleo, quitándole a las petroleras estadounidenses y británicas la potestad de fijar el precio del crudo. Entonces EEUU organizó la primera reunión de la ‘Trilateral Commission’. La ‘Comisión Trilateral’ reunía a las bancas estadounidense, europea y japonesa, representadas por varias decenas de corporaciones. El relator oficial fue David Rockefeller; en su discurso planteó centralmente que el combustible del año 2000 serían los alimentos y ellos debían impedir que los países productores de materias primas en los que tuvieran influencia se industrializaran; utilizó la frase “a como de lugar”. Ya se había producido el autogolpe de Bordaberry en Uruguay, en septiembre del mismo año golpe en Chile, luego nosotros; Plan Cóndor a full.
Obsérvese que en estas directivas de Rockefeller y sus acólitos ya estaba el germen de la desaparición, había que desaparecer la industria para dejar solo un modelo agroexportador. También destruyendo la industria iba a sobrar gente en el país, ya que la industria era la gran generadora de ocupación. Ellos lo extendieron a desaparecer a los luchadores sociales que organizaban al pueblo a través de las organizaciones sindicales y de las organizaciones sociales y políticas. Además para el neoliberalismo la desocupación debe ser estructural al sistema como disciplinador social.
El modelo que usaron fue una fusión entre las cátedras de tortura de la Escuela de las Américas de Panamá en donde entrenaban a nuestras ‘heroicas’ fuerzas armadas y de seguridad y las enseñanzas de las tropas de ocupación francesas en Indochina (así llamaban a Vietnam, Laos y Camboya) y Argelia; de allí vino la práctica de la moderna desaparición de personas, las fosas colectivas y el dinamitamiento de cadáveres. Ese fue el error.
En nuestro país, con una cifra de pobreza en esos momentos relativamente baja, con una participación en la distribución de la renta nacional de aproximadamente 50% y 50% entre el capital y el trabajo (otra de las causas del golpe ya que la dictadura llevó esa proporción a 70% para los empresarios y 30% para los trabajadores) y con una ley de registro civil que abarcaba a más del 95% de la población, desaparecer a un ciudadano representaba negarle el duelo a una persona registrada, no a un ignoto. Así la imposibilidad del duelo por parte de nuestras madres y de las futuras abuelas, madres de las compañeras embarazadas al momento del secuestro, se transformó en lucha. Parió a unas fabulosas militantes sin militancia previa que con coraje, persistencia e inteligencia aprovecharon cada resquicio para poder expresarse y fueron capaces de llegar a los oídos del mundo. Así hoy el reclamo por los 30000 desaparecidos sigue uniendo a la mayoría del pueblo argentino superando internas y diferencias políticas.
Pero cuidado, así como Estados Unidos desactivó la escuela de las Américas al final de la década del 80, activó otro mecanismo igualmente perverso y posiblemente más eficiente. Desde la década del noventa, durante el fatídico ‘menemato’ que vino a completar en el área económica los que los militares no lograron, los fiscales y jueces son “invitados” todos los años a Miami para recibir
cursos de capacitación de su madre patria. Obviamente no es solo para los argentinos sino para todos los latinoamericanos. Este es el origen del “lawfare”. Y aquí están los protagonistas de las nuevas desapariciones, en este caso lo que desaparece son las causas judiciales contra los empleados del imperio que son prolijamente desestimadas, archivadas o cajoneadas según la conveniencia o las posibilidades que vea la embajada. El enemigo sigue siendo el mismo, el imperialismo, sus mercenarios tienen nombre y apellido; son los dueños de las grandes empresas formadoras de precios, fundamentalmente las alimenticias, responsables de la inflación, y los medios hegemónicos que la alientan, son los personajes del macrismo y de un radicalismo traidor a sus orígenes y a la patria y por supuesto, últimamente, los payasos mediáticos de la ultraderecha inventados por la embajada para correr el tablero a la derecha y que parezca que Larreta es de centro.
En un año muy difícil, ojalá que dejemos los egos para la derecha y los pañuelos nos sigan marcando el camino.