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jueves, junio 25, 2026
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Alarmante informe de la UCA: el 41,2% de los niños vive bajo pobreza estructural en Argentina

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No se trata de cifras sueltas. Es la grave situación que transita la Argentina y que golpea crudamente a los chicos menores de 17 años. Detrás de cada dato hay rostros y vidas castigadas. El 41,2% de los niños del país vive en estado de pobreza estructural, lo que representa a unos 4,7 millones de chicos cuyos padres no tienen ingresos suficientes para vivir, están mal alimentados, duermen en casas sin agua potable o cloacas, tienen problemas para acceder a la educación y escaso nivel de atención sanitaria.

La situación se agravó en los últimos años. Según el último informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA): mientras que en el 2017 el 37,1% de los niños en Argentina estaba alcanzado por esta pobreza estructural, en el 2018 esa cifra llegó al 41,2% de menores cuyas familias no solo tienen ingresos insuficientes sino que además no están cubiertos por más de un derecho básico.

«La pobreza de los niños debe medirse más allá de los ingresos y visualizar todas las carencias que hay en la población menor de la Argentina que se incrementaron sustancialmente en los últimos años», reflexionó ante Infobae Ianina Tuñón, investigadora Responsable del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la UCA.

Según las estimaciones del estudio, en el 2018 el 63,4% de los niños y adolescentes estaba privado de al menos un derecho y el 51,7% vivía en hogares pobres. Un 41,2% de la infancia era doblemente pobre (en el ejercicio de derecho y por pobreza monetaria). Esta doble carencia se incrementó entre 2017 y 2018 en 4,1 por ciento.

Cuando se analiza la propensión a la pobreza multidimensional, se advierte que dentro del 63,4% de chicos que no logran ejercer plenamente al menos uno de los derechos considerados, un 18,9% no logra hacerlo en niveles «humanamente inaceptables».

En este contexto de incremento de pobreza estructural hay más datos alarmantes en la situación de la niñez en Argentina: en el 2017 había un 7,1% de chicos con problemas de alimentación y esta problemática se agravó ya que el año pasado se registró un 11,2% de esta privación de derechos.

¿A qué se debe esta grave problemática de millones de chicos mal alimentados en un país donde hubo un refuerzo de los programas de asistencia alimentaria en comedores escolares?, preguntó Infobae a Tuñón.

«Entre 2016 y 2017, se observó un incremento significativo de los chicos/as que asistían a comedores escolares y comunitarios, y ello junto a las transferencias económicas pudieron sostener los niveles de inseguridad alimentaria preexistentes. No obstante, dicha ayuda directa en el último período interanual se estabilizó y la problemática alimentaria se disparó de modo sustantivo en las infancias», dijo la investigadora de la UCA a cargo del estudio sobre pobreza infantil.

Se observa, en cambio, en el análisis detallado de los datos una mínima reducción de problemas de saneamiento, vivienda y salud en los chicos. Así, en el 2017 había un 24,7% de menores de 17 años con problemas de saneamiento en sus hogares. Es decir, que no tenían cloaca o agua potable y en el 2018 este índice se redujo al 23,7%.

A la vez, la problemática de asistencia en salud bajó del 23,3% de 2017 al 22,4% en el 2018.

En la evolución 2010-2018, se advierten progresos importantes, se pasó de un 68,3% a un 63,4% de niños/as privados en el ejercicio de al menos un derecho. En el nivel de privación más severo se pasó de 30,5% a un 18,9%. Y en el último período, 2015-2018 ,se advierte estabilidad en la incidencia total y una leve merma en el déficit severo.

De esta manera, el informe del Observatorio de la Deuda Social de la UCA destaca que «sin dudas, lo relevante es que la mayoría de las infancias continúan experimentando privaciones inaceptables en múltiples dimensiones del desarrollo».

En números concretos: en el 2018 aún se percibe que hay 7,2 millones de niños con privaciones de derechos, lo que implica el 63,4%. Es cierto que hubo una pequeña disminución de esta variable respecto al 2017 donde había un 65,9%. Pero la gravedad de la situación de pobreza estructural en la Argentina sigue siendo muy alarmante.

Tuñón advirtió en este sentido que «disminuir la pobreza de tipo estructural requiere de transformaciones muy profundas en aspectos esenciales de la infraestructura de las viviendas y el hábitat, ello supone obras públicas a una elevada escala e inversión de las propias familias para acceder a los servicios en el interior de sus viviendas».

 

fuente:https://www.infobae.com/politica/2019/04/29/alarmante-informe-de-la-uca-el-412-de-los-ninos-vive-bajo-pobreza-estructural-en-argentina/

La vorágine

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Esto ocurre en circunstancias en que una crisis política y económica de magnitud insospechable desnuda las raíces de la estructura de poder y dinamita una estrategia de dominación centrada en la mentira sistemática y el armado de causas judiciales. Una estrategia que busca anestesiar a la población, dividir a la oposición e impedir toda posibilidad de pensamiento critico. Lo que esta en juego es algo mas que la reelección de Macri y el mercado lo intuye.

Las encuestas muestran la vulnerabilidad del Presidente. Sus amigos de antaño, los formadores de precios, olfatean el peligro y lo abandonan a raudales buscando alguien que lo reemplace. Varias son las apuestas: desde María Eugenia Vidal a los diversos zoquetes que a diario intentan bailar en el escenario político. Los hay de todos los colores y para todos los gustos: desde el blanco reminiscente de las boinas radicales a los variados tonos del vibrante azul celeste.

Mas allá de sus diferencias, todos se hermanan en algo esencial: reconocen la necesidad de “aliviar” la pobreza y prometen una reestructuración amistosa de la deuda externa (friendly, dicen los entendidos). Todo es cuestión de grados en el mundo de los zoquetes. Sin embargo, más allá de la virulencia que pueda o no adoptar el discurso político, lo cierto es que las gradaciones no existen ni en los estatutos del FMI ni en las experiencias que el país ha tenido con esta institución, ni en las intervenciones del FMI en el resto del mundo. En los términos de esta institución, no hay reestructuración de deuda sin ajuste, y no hay ajuste sin crecimiento de la pobreza y desintegración social.

Ajuste y usura

Tanto los “precios esenciales” del nuevo plan de Macri para llegar a las elecciones como la “reestructuración amistosa” de la deuda tienen algo en común: su índole efímera e irrelevante, destinada a disolverse en el agujero negro del ajuste. Allí reina la usura. Su esencia es, desde tiempos inmemoriales, morder a la presa y no soltarla hasta sacarle la ultima gota de sangre. Con dos experiencias fallidas en nuestra historia reciente, el FMI ha aprendido la lección: ahora el ajuste debe ser profundo y con rapidez alucinante. Si miramos lo ocurrido en los últimos tiempos tendremos una idea de lo que nos espera en el futuro.

A un año de la última corrida que culminó con el abrazo mortal del FMI, el país tuvo tres Presidentes del BCRA, el dólar mayorista subió 110%, el riesgo país se duplicó, el valor de las acciones en la bolsa medido en dólares cayó mas del 50% . En todo este período la inflación fue del 54.7% y la canasta básica —que incluye los bienes que consumen los más pobres— aumentó un 60.9%. Al mismo tiempo, las jubilaciones, pensiones y AUH que cobran ocho millones de personas perdieron un 25% de su valor; 250.000 empleos formales fueron borrados del mapa y los ingresos de cerca de 4 millones de empleados públicos se desvalorizaron en un 30%. Como consecuencia de estos fenómenos, vastos sectores de la población cayeron en la miseria y la indigencia. Hoy el endeudamiento se multiplica socialmente y el hambre cunde en un país que tiene el potencial de alimentar a cuatrocientos millones de personas.

El ajuste desolador no fue, sin embargo, igual para todos y todas. En efecto, el pago de los intereses de la deuda creció en este periodo un 106.7% y los subsidios un 86.1%. La mayor parte de estos últimos fueron a bendecir los bolsillos de empresas energéticas beneficiadas además por un tarifazo imparable. No por casualidad estas empresas pertenecen a un grupo selecto constituido por el Presidente, sus amigos y entenados. Así, una cuarta parte de lo recaudado por el Estado fue a parar a los bolsillos de los acreedores externos y de un grupo de empresas monopólicas. También se beneficiaron durante este período los bancos,y todos los capitales que pedalearon la bicicleta financiera, fuesen estos de origen local u extranjero. Y como frutilla del postre: los 56.000 millones de dólares que el FMI aporto al país a cambio de este ajuste se irán casi íntegramente a financiar la campaña electoral de este gobierno. Sin ellos, el país habría entrado en default hace un año. Con ellos, el gobierno ha estado ganando tiempo para llegar a las elecciones y perpetuarse en el poder.

Descontrol de la gestión diaria

No hay nada en el esquema de ajuste impuesto por el FMI que permita generar los dólares que se necesitan para pagar la deuda externa. Esta circunstancia, propia de todos los ajustes del FMI, ahora encrespa a la coyuntura política ante la evidencia de que este gobierno es incapaz de gestionar el día a día, acosado por una inflación descontrolada, por cuestionamientos internos y por una creciente crisis de legitimidad política. En este contexto, la volatilidad del periodo electoral es un dato más. Lo que ahora está en cuestión no es solo si Macri puede ser reelecto. A esto se agrega un nuevo imponderable: la posibilidad de un default y/o un estallido social antes de llegar a las elecciones del mes de octubre.

La farsa inherente a los “precios esenciales” propuestos por el gobierno para “aliviar” a la población quedo expuesta desde un inicio. Los productos sometidos al nuevo plan no son 64, sino 14. El resto son variaciones de un mismo producto. Muy pocos pertenecen a la canasta básica esencial. Asimismo, los precios de los productos “esenciales” fueron remarcados brutalmente en días previos, y muchos de estos productos aún no están en las góndolas de los supermercados. Por si esto fuera poco, los caballeros que firmaron este acuerdo han dejado expresa constancia que la continuidad del mismo depende de las variaciones del dólar. A esto se suma la abierta renuencia de los principales formadores de precios a bendecir el acuerdo.

Bajo esta bruma se inicio la semana, y el dólar siguió levitando hacia el techo de la franja de no intervención. El martes el riesgo país llegaba a los 868 puntos, y el gobierno enfrentaba un escollo muy temido: la dificultad para colocar las LETES a su vencimiento. El miércoles el pánico cundió: el dólar trepo un 4% llegando al filo de los $45. Los inversores de títulos de deuda publica argentina levantaban polvareda vendiendo masivamente sus tenencias. Esto provocó una estampida en el riesgo país que llego a los 954 puntos y castigó a las acciones argentinas en Wall Street que perdieron en un día el 12% de su valor. Los bancos fueron los mas castigados.

Al día siguiente el pánico continuaba agitando a los mercados. El riesgo país superaba los 1000 puntos, el dólar perforaba los 47 $ y el BCRA, en una maniobra desesperada, vendía dólares a futuro y aumentaba las tasas de interés por encima de los 70 puntos. Paralelamente dos bancos oficiales y la ANSES vendían millones de dólares para frenar la corrida y lograban que el dólar retrocediera a los $46. En medio del frenesí, el gobierno brillaba por su ausencia y solo Durán Barba, el estratega del Presidente, se animaba a decir que los inversores extranjeros “habían exagerado el riesgo político” (bloomberg.com25.4 2019) Pocos días antes había comentado que “el déficit cero me importa un carajo… importa que la gente no esté angustiada… que se vaya a la mierda el FMI” (letrap.com 18 4 2014).

La dimensión de la crisis, sin embargo, no fue ignorada ni por el mercado financiero internacional ni por algunos exponentes destacados de la derecha liberal. Mientras el Financial Times anticipaba que la Argentina estaba al borde del abismo, un Morales Solá sumamente preocupado reconocía que “Macri no aguanta dos meses más de inflación al 4%” (la nación.com 24 4 2019) y Carlos Rodríguez anticipaba que “antes de las elecciones se les viene un plan Bonex” (ámbito.com 19 4 2019) Ponía así el dedo en la llaga. Ante la posibilidad de una corrida cambiaria, el BCRA no tiene cómo frenarla y al calor del fuego sagrado de las LELIQs, el sistema bancario no está en condiciones de resistirla. Esta semana, el pequeño grupo de poderosos inversores extranjeros con grandes inversiones en pesos empezó a asimilar el peligro de que una corrida cambiaria se transforme en una crisis bancaria ante la imposibilidad de los bancos de devolver los plazos fijos si estos son reclamados masivamente por sus inversores.

 

Crisis de legitimidad política y rol de la oposición

El descontrol oficial de la crisis económica, y el ruido ensordecedor de sus pormenores oculta un problema mayor: el desarrollo de la investigación de un juez federal, que en soledad pero de un modo implacable expone diariamente las entrañas de la mafia enquistada en el sistema institucional y la estrecha relación de funcionarios de los tres poderes del Estado, de los medios concentrados y de embajadas extranjeras con el negocio de la extorsión económica, el armado de causas judiciales; el espionaje ilegal, y movimientos de dinero en cuentas offshore. Esta investigación es radioactiva.

Con distintos artilugios el gobierno ha intentado frenarla. Por el momento no lo ha conseguido y los protagonistas de la saga continúan vulnerando el Estado de Derecho. El fiscal Stornelli rehúsa con total impunidad la convocatoria a prestar declaración indagatoria ante el juez Ramos Padilla. El juez Claudio Bonadío eligió el día jueves, en plena estampida del dólar y del riesgo país, para procesar una vez más a CFK. Dio así otra puntada a la trama de operaciones mediático judiciales con las que el gobierno ha pretendido impedir que CFK se presente en las próximas elecciones

Así, un gobierno que no puede gestionar el día a día de la crisis económica y manipula constantemente a las instituciones se come ahora vertiginosamente la cola y crea el caldo de cultivo para el estallido de una crisis de características imprevisibles. Mientras tanto, la fragmentación y dispersión de la oposición y el atronador ruido de su silencio le dan tiempo al ajuste del FMI para sembrar la paz de los cementerios y reproducirse cualquiera sea el gobierno que gane las elecciones en octubre.

La falta de discusión sobre lo que ocurre en el mundo que nos trasciende y las posibilidades que este brinda para salir del ajuste; y la falta de pronunciamiento sobre un proyecto económico y político alternativo al ajuste, que especifique el rol que deberá jugar cada uno de los sectores perjudicados por el actual proyecto de gobierno, reflejan la debilidad de la oposición. En estas circunstancias los zoquetes —los desconocidos de siempre que solo piensan en cómo agrandar el bolsillo propio a costa del ajeno y los vivillos que instigan a “vivir de lo ajeno…pero con códigos”— se preparan para una reestructuración amistosa de la deuda. Su friendliness contrasta con los improperios emitidos por el asesor político de Macri cuestionando las limitaciones impuestas por el FMI al manejo de la cosa publica.

Hoy vivimos un momento bisagra en la historia de nuestro país. El modelo de crecimiento económico con dependencia tecnológica está en crisis. Este modelo engendró una matriz productiva cuyo resultado ha sido la creciente concentración económica y el florecimiento de la patria contratista, la carencia estructural de divisas, las reiteradas crisis del sector externo seguidas de endeudamiento creciente y pobreza crónica. También está en crisis el modelo que este gobierno ha intentado imponer.

Hoy la dependencia tecnológica y el endeudamiento ilimitado han dejado al desnudo una estructura de poder que se reproduce con la corrida cambiaria, la inflación descontrolada y la fuga de capitales. Asimismo, el entramado mafioso que impide la vigencia del Estado de Derecho y reproduce el clientelismo y la corrupción aparece expuesto a la luz del día. De ahí la necesidad de plantear una alternativa nítida al ajuste que asegure participación y control de gestión de abajo hacia arriba y una fuerte intervención del Estado tanto en la administración de políticas como en la producción, a fin de lograr un crecimiento económico con inclusión social e integración nacional.

 

El mundo que nos trasciende

La integración económica y financiera del mundo ha alcanzado un nivel sin precedentes en la historia de la humanidad. La brecha entre la progresión del endeudamiento y la de la producción global es cada vez mayor y la banca central de los países más desarrollados no encuentra una política capaz de reactivar la producción sin explotar las múltiples burbujas que dominan al mercado financiero internacional.

En estas circunstancias, la falta de liquidez en dólares para afrontar una corrida bancaria que pueda ocurrir en cualquier parte del planeta expone la fragilidad del sistema financiero internacional y el rol explosivo de las economías emergentes, que, como la Argentina, poseen un alto grado de endeudamiento en dólares. Este peligro ha sido señalado por los organismos financieros internacionales y forma parte del contexto que tendrá que enfrentar el próximo gobierno, acuciado como lo estará por una deuda de más de 180.000 millones de dólares con diabólicos vencimientos en los próximos tres años.

En este mundo interpenetrado, endeudado y con crecimiento letárgico, la hegemonía del dólar como moneda internacional de reserva empieza a ser cuestionada tanto por países aliados a los Estados Unidos como por sus adversarios y enemigos. A ello ha contribuido la creciente militarización de la política económica norteamericana, que, si bien ha aumentado la tensión mundial, también ha engendrado una paradoja: la formación de alianzas entre países y bloques de países hasta hace poco tiempo imposibles de imaginar.

Las relaciones políticas, económicas y militares entre Rusia y China se han hecho más estrechas. Asimismo, el acercamiento de estos dos países a Alemania y otros países europeos ha tomado ímpetu en los últimos tiempos. Esto ha ocurrido en varios frentes: desde la articulación de un sistema de transacciones financieras independiente del dólar al aumento de la comercialización y aprovisionamiento de petróleo y gas ruso a Alemania. A esto se suma la penetración de la ruta de la seda China en el continente europeo a partir de la integración reciente de Italia y Grecia a este enorme emprendimiento (zerohedge.com 21 4 2019)

En vísperas de elecciones presidenciales en los Estados Unidos, los conflictos internos de este país se intensifican y el gobierno de Trump fuga hacia adelante con verborragia nacionalista y violentas amenazas de imponer por la fuerza cambios geopolíticos de magnitud. Sin embargo, el sonido de esta furia no debe oscurecer el hecho de que el mundo asiste a una multipolaridad creciente y aparecen nuevas oportunidades de asociación en la arena internacional.

fuente:https: https://www.elcohetealaluna.com/la-voragine/

El fin de la justicia ejecutiva

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Todo se derrumba en el parque temático de Macri. Pero como afirmó Walter Benjamin en la novena de sus Tesis sobre la filosofía de la historia, el ángel de la historia mira hacia el pasado y “ve una catástrofe única, que acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero una tormenta desciende del Paraíso (…y) lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro (…) Tal tempestad es lo que llamamos progreso”. Una de esas ruinas que deja Cambiemos para nuestra democracia es la administración de justicia.

Cambiemos el voto

En 1976, C.B.Macpherson publicó La democracia liberal y su época, y describió en ese libro cuándo y cómo se había abandonado el desarrollo de la persona –el desarrollo humano— como fin moral de la democracia, según había introducido John Stuart Mill, especialmente en Principios de economía política (1848) y Sobre la libertad (1859).

Había sido bajo la influencia de Capitalismo, Socialismo y Democracia (1942), de Joseph Schumpeter, un economista que toda su vida había trabajado con modelos de mercado, cuando se pasó a entender a la democracia como un mecanismo para elegir y autorizar gobiernos y no como un tipo de sociedad o un conjunto de objetivos morales. Ese mecanismo no era más que una competencia entre grupos de políticos que actuaban como élites. Y así, la democracia dejó de ser un camino para el progreso ético mediante la práctica política.

Macpherson dice que a partir de entonces se sostuvo que “la democracia debe tomar nota de los deseos de la gente y no contribuir a lo que sería deseable de alcanzar (…) es sencillamente un mecanismo de mercado: los votantes son los consumidores; los políticos son los empresarios (…) Hay una conjunción de modelo político (el voto) y modelo económico (el mercado)”.

Pero cuando los politólogos adoptaron este enfoque, los economistas ya lo abandonaban en favor de un modelo oligopólico de bloques de poder en la economía. Sin embargo, se siguió aceptando ese concepto de soberanía del votante/consumidor para justificar la nueva economía.

 

Democracia neoliberal y seguridad nacional

 

Thatcher: el único camino.

 

Cuando Macpherson publicó su libro todavía no gobernaban Margaret Thatcher (1979-1990) ni Ronald Reagan (1981-1989), que consolidarían el modelo neoliberal asesorados por Milton Friedman. Y tampoco se había adoptado el modelo económico del Consenso de Washington postulado por el economista John Williamson en 1989. Por eso es que a los modelos de protección del hombre de mercado (1820-1848), desarrollo de la persona (1848-1942), y soberanía del consumidor (1942-1975), no le siguió un modelo participativo de democracia sino uno neoliberal.

El crecimiento progresivo de los oligopolios globalizados y del capitalismo financiero marcó la economía a partir de entonces. Pero los atentados del 11 de septiembre de 2001 reformularon las coordenadas políticas y de seguridad neoliberales para abandonar los supuestos previos de dignidad, verdad y justicia. Dos días después del ataque, el Congreso de los Estados Unidos autorizó al Presidente Bush para emplear la fuerza contra cualquier país, organización o individuo, que de cualquier modo estuviera relacionado con los atentados realizados o con cualquier actividad futura de terrorismo.

Con ese poder, Bush autorizó a la CIA a abrir centros de detención e interrogatorio en otros países. Un par de meses después firmó el decreto (Orden Ejecutiva) para la “Detención, tratamiento y enjuiciamiento de ciertos extranjeros en la guerra contra el terrorismo”, autorizando a tener extranjeros detenidos sin cargos y por tiempo indefinido. Y a fin de año ordenó acondicionar a la base de Guantánamo como cárcel para comenzar a usarla de inmediato.

 

Bush: la seguridad nacional.

 

La guerra es militar y jurídica

Fue entonces (29 de noviembre de 2001) que el coronel de la USAF Charles Dunlap, en su conferencia “El derecho y las intervenciones militares. Preservando los valores humanitarios”, en el Centro Carr para Política de Derechos Humanos de la Universidad de Harvard, utilizó el término “Lawfare”, al preguntarse ya en su primer párrafo: “¿Está la guerra jurídica (lawfare) volviendo injusta a la guerra (warfare)? En otras palabras, ¿está el derecho internacional socavando la habilidad de los Estados Unidos para conducir intervenciones militares efectivas? (…) En breve, ¿está el derecho llegando a ser parte del problema en la guerra moderna en lugar de ser parte de la solución?”

Y precisó: “Las secuelas de aquel conflicto (los Balcanes), junto a las repercusiones de los terribles eventos del 11 de septiembre, parecen haber puesto en movimiento fuerzas que disminuirán el rol del derecho (si no a los abogados mismos) más allá de los hiperlegalismos”.

Aunque se ha asociado el término usado por Dunlap al significado con el que hoy entendemos “lawfare” (guerra jurídica) —en tanto uso de la administración de justicia como instrumento de persecución y dominación política, particularmente contra los gobiernos populistas de América Latina—, aquel sentido inicial que él definió como “el uso del derecho como un arma de guerra” se dirigía a rechazar ”un nuevo derecho internacional, profundamente antidemocrático”, de “normas irrealistas” (particularmente los Convenios de Ginebra de 1949), que ponía límites a la OTAN en contra de los intereses nacionales de los Estados Unidos.

 

Charles Dunlap.

 

Por eso Dunlap sigue a David Riviken y Lee Casey cuando dicen: “El derecho internacional puede llegar a ser una de las armas más potentes nunca desplegadas contra los Estados Unidos”. Y no se priva de analizar en su ponencia el rol de la globalización económica y los países europeos, las ONGs, la revolución informática y las comunicaciones, en el uso de esas armas. Era una interpretación defensiva que buscaba desprenderse del corsé de concesiones legales dadas en la posguerra mundial a los instrumentos de derechos humanos. Ese era el fin (inmoral) de la Justicia ejecutiva de Bush.

Pero, “legitimado” el abandono de toda sujeción al derecho internacional en aras de la defensa nacional, lo que siguió fue la etapa ofensiva de violación de derechos y libertades fundamentales, manipulación sin límites de la verdad y la mentira, y una administración de justicia de carácter vengativo y punitivo (el medio), en la que la figura del acusador pasó a ser esencial.

Esa reformulación por Estados Unidos de la concepción de justicia en la democracia liberal, en términos de nosotros/los otros, le fue útil en su primera etapa para la venganza y la protección militar de su dominio en el orden económico global. Pero hoy tiene su continuidad en la justicia ejecutiva que pasada la guerra no puede sostener para el “nosotros”, pero le es útil para que “los otros”, como la Alianza Cambiemos, instrumenten al modo de protectorados neoliberales.

La Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, que condenó durante años la situación de los presos en Guantánamo, hoy afirma en un informe que en esa cárcel el Poder Ejecutivo de los Estados Unidos “hace el papel de juez, fiscal y abogado defensor”, violando el derecho a un juicio justo. Toda una definición del nuevo paradigma de administración de justicia.

 

La prueba diabólica

 

 

Desde el inicio, el gobierno de Macri mostró que su concepción neoliberal de la democracia incluía una versión de esa justicia subordinada al Ejecutivo en su prevaricato persecutorio, vengativo y punitivo. Los ejemplos pasaron a ser tan numerosos que no cabe a esta nota detallarlos en su totalidad. Sin embargo, cuando hace un par de meses estalló el escándalo del caso D’Alessio, se puso al descubierto ese modelo de una violación asociada y sistemática de los supuestos más elementales de justicia. El caso resultó paradigmático de la nueva concepción de justicia en las democracias neoliberales (si es que bajo esa concepción se puede seguir hablando de democracia).

Porque si la tarea de un fiscal democrático es imputar y probar, la novedad de los nuevos acusadores pasó a residir en la restauración de la inquisitorial prueba diabólica. Así lo dijo Marcelo D’Alessio a una de sus víctimas (todo hace suponer que operando para el fiscal Stornelli): “No importa si vos lo conocés o no a Campillo. Él te va a acusar de ser su tesorero. Es la prueba diabólica. La verdad es subjetiva, no es real. Yo te armo una prueba, y vos tenés que desmentirla”.

 

El final y los fines

Una cuestión es la del fin de algo entendido como final, ruptura, caída. En este sentido, aquello que llegó a su fin es el dejar de ser o la degradación terminal de lo que fue. Otro sentido de la palabra fin, de importancia fundamental en la ética, es la de aquello a lo que dirigimos nuestros actos.

Benjamin habló de la tempestad que arrastra al ángel de la historia. La tempestad que hoy preanuncia el final jubiloso de la concepción de justicia ejecutiva en nuestra democracia, nos deberá arrastrar, irresistiblemente, hacia un futuro de progreso moral. Ese es el fin.

Crisis del dólar: el Gobierno entró en pánico

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Desde esta columna hemos planteado el conflicto suscitado entre los agentes financieros locales y los tenedores de deuda soberana por apropiarse de una oferta de dólares que resulta insuficiente para cancelar la renta financiera acumulada en las letras de liquidez (LeLiq) en el mercado local y el cumplimiento de los servicios de deuda pública en lo que resta del año y de 2020.Decíamos que el gobierno intentaba suturar esta grieta con una oferta desde aquí hasta agosto cercana a los U$S 13.000 millones, conformados por el stock acumulado por el Tesoro Nacional remanente del 2018 (U$S 4.200 millones) y el estimado de liquidaciones de la publicitada buena cosecha (U$S 8.500 millones).

Los acontecimientos de esta semana revelaron que el flujo ofrecido es insuficiente para la demanda existente. Las tensiones se expresaron en un Riesgo País que cerró en 965 puntos y un dólar mayorista que lo hizo en casi $ 46.

El Destape

@eldestapeweb

Marcos Peña no descartó que el dólar se dispare a más de 50 pesos https://www.eldestapeweb.com/marcos-pena/marcos-pena-no-descarto-que-el-dolar-se-dispare-mas-50-pesos-n59099?fbclid=IwAR3w073Zf3BRE9t9raSmzQGUCIB3E4ycyqaA-pknEhCMMFMjiVHghhIIQD0 

Marcos Peña no descartó que el dólar se dispare a más de 50 pesos este viernes

El jefe de Gabinete afirmó que la divisa podría continuar su subida dentro de las bandas cambiarias.

eldestapeweb.com

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En este escenario, el presidente Macri, su jefe de Gabinete y su equipo económico hicieron gala de su absoluta incapacidad para enfrentar y encausar los desequilibrios. El mandatario comenzó a culpar a los argentinos por sus preferencias electorales, causantes de la «incertidumbre» de los mercados; el jefe de Gabinete salió a respaldar la candidatura de Macri, a la vez que la gobernadora Vidal desmentía reiteradamente, en un cónclave empresario, sus aspiraciones presidenciales. Los comunicadores oficialistas intentaron culpar a Cristina no ya de los males del pasado, sino de los que podrían ocurrir en el futuro. Cayendo en una suerte de contradicción esencial, su línea argumental indica que la ex presidenta ha hecho el peor gobierno de la historia, mientras tiene posibilidades de ganar las próximas elecciones.

Enmarcado en esta confusa verborragia discursiva, orientada a culpar a todos menos al gobierno de los hechos acontecidos, el equipo económico se planteó alterar el acuerdo alcanzado con el FMI y utilizar las reservas acumuladas en el Banco Central para financiar la dolarización de carteras en pesos. Este accionar conllevaría el abandono del programa financiero de cumplimiento de compromisos con el exterior que se había trazado y exhibido en Davos y en la propia asamblea de Primavera Boreal del organismo multilateral en Washington. Este último comportamiento aceleró la venta de títulos valores argentinos, sólo contenidos en su caída de cotización por compras urgentes que hizo el Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la ANSES.

Con un llamado sin respuesta en el FMI, Dujovne viajó raudo a Brasilia para intentar concretar un acuerdo con el país vecino que le permita financiar las importaciones brasileñas, del mismo modo que ya lo ha hecho con China, y así ampliar la capacidad del Banco Central de vender dólares libremente.

Ni el Presidente de la Nación, ni su jefe de Gabinete, ni su ministro de Economía son capaces de generar confianza en los agentes económicos y recomponer cierta oferta privada de dólares. No lo han sido a lo largo de tres años de gobierno, más difícil es aún que eso ocurra en esta coyuntura.

Numerosos voceros ligados al mercado financiero argentino han comenzado a reclamar que se aflojen las restricciones impuestas por el FMI para la venta de dólares y, de ese modo, desarmar sin tensiones las carteras de activos financieros en pesos, con la consabida realización de ganancias en dólares. Este recorrido se haría a expensas de los recursos aportados por el organismo multilateral para pagar la deuda.

Este conflicto, disparado a partir de marzo, es el que puede terminar de desmoronar a un gobierno inerme frente a la presión de las fuerzas que él mismo desencadenó.

Si triunfa el planteo de los financistas locales en contra del acuerdo original con el FMI, se estaría repitiendo un escenario similar al del año 2001, en el que se vendieron U$S 20.000 millones de reservas del Banco Central a una paridad cambiaria U$S 1 = $ 1, acto detonante del default.Argentina debe evitar el default utilizando los recursos aportados por el acuerdo con el FMI para cumplir sus compromisos e impedir que los mismos se dilapiden en pagar una renta financiera descomunal, similar a la ocurrida el año pasado con las LeBaC.

Un «golpe de mercado» es, en definitiva, el conflicto entre agentes económicos poderosos por una torta de divisas cada vez más chica, ante un gobierno debilitado e incapaz de ordenar la situación. Esto le permite deshacerse del gobierno débil pero, a la vez, condicionar a un nuevo gobierno surgido del voto popular.

fuente:https://www.eldestapeweb.com/dolar/crisis-del-dolar-el-gobierno-entro-panico-n59152

Orden queremos todos

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Del adelanto del libro de Cristina retengamos la palabra «caos». La usó para definir a Macri. El «caos» podría ser algo que define bastante la experiencia de los gobiernos no peronistas; que llegan en nombre de la modernidad y una normalidad perdida. Vienen a emprolijar el país y terminan en llamas. En torno a Lavagna (con su blend de tradiciones) y el peronismo federal también subrayan una idea de «orden». Orden queremos todos.

No sabemos qué es un país normal. Pero que los hay, los hay: y siempre fueron bajo presidencias justicialistas. Quienes cultivan la tradición republicana suelen eludir los nombres propios de esos períodos de estabilidad institucional: las presidencias de Perón, Menem y Kirchner. Con diferencias obvias entre esos tiempos y esos líderes, pero no en su temperamento de pacificación social. Dicho rápido: el peronismo es un constructor de «orden» aunque muchas veces no lo llame así. No es una palabra de «izquierda», aún cuando ese orden sea justo.

Las crisis son las que dejan sociedades politizadas. La supuesta «culpa» del kirchnerismo de haber politizado en exceso a la sociedad argentina es falsa: la crisis de 2001 lo hizo. Esa crisis sacó a la calle a mucha gente que no había salido literalmente nunca antes. Había que ir a una asamblea y oír el runrún de la desdicha. De hecho uno de los chismes porteños de esos días era que en las distintas asambleas los más avispados les sacaban la careta a militantes de izquierda que iban a mojar el pan a ese tuco. Y dije «porteños» porque el estallido de la crisis de 2001 fue metropolitano, y por ende, por la histórica inequidad territorial argentina, «nacional». En un mapeo rápido se podría decir que el 2001 de Bahía Blanca fue en el año 2000, en las calles de Ingeniero White, cuando hubo un escape de cloro en el puerto y polo petroquímico. O el 2001 correntino fue en diciembre del 99, cuando el gobierno de la Alianza amaneció con su primer baño de sangre en el puente. Cada provincia es un mundo (o un país). Y se incubó la explosión en muchas explosiones previas. El final de la larga mecha de la crisis estalló en Plaza de Mayo.

Pero suponer que el kirchnerismo politizó de arriba hacia abajo es una omisión sobre las raíces de esa época. Diríamos que el kirchnerismo intentó ordenar esa politización heredada que incluyó tanto que mucha gente volviera de la asamblea barrial a la vida privada, como que mucha de las militancias se plegaran a su política y al Estado. El kirchnerismo también despolitizó, porque «volvimos a trabajar». Y sobre todo: a consumir. E incluso a organizar nuestra pequeña economía familiar en dólares. Recompuso de algún modo una sensibilidad de la «gente común» que luego, mucha, iba a ser reactiva a su ímpetu ideológico. Quedando un poco preso de su mismo deseo de normalidad. Se trató de una normalidad inestable, sometida al recalentamiento de una economía a la que le iba a llegar su restricción externa. Y llegó.

No sos vos, soy yo

Los famosos primeros años de Kirchner podrían ser vistos bajo el foco de ciertas narraciones del cine de industria y la televisión. Pasamos del costumbrismo social de Campanella a las películas de la clase media común. De «Luna de Avellaneda» a «No sos vos, soy yo» de Juan Taratuto. De un cine del sentimentalismo barrial de la crisis a uno que borra el contexto social. Esa profesionalización del cine alcanza la figura de Ricardo Darín, que de ser «el hijo de la novia» al borde del ACV en su negocio o el chorro anfibio del Microcentro porteño de la crisis (ese enjambre de pungas, guita negra, cheques voladores y cuevas, que aún no deja de ser) pasó a protagonizar películas de género. De «Nueve reinas» a «El aura».

La televisión abierta de esos primeros años kirchneristas, según el historiador Eduardo Minutella, «se vació prácticamente de contenido político», ya que migró al cable, y a un cable más de nicho que el actual. Quedó Mariano Grondona en el canal 26 de Pierri. Daniel Hadad, otro cronista en vivo de la caída de De la Rúa, se retiró de escena, al menos de las luces de la escena. «Día D», de Lanata, cumplió su ciclo a fines de 2003, cerrando un período como periodista ante las puertas de un gobierno de masas del siglo XXI realmente existente. Lo mismo «Los Simuladores», la ficción de vengadores anónimos de la crisis que además organizan su intercambio con la «devolución de favores» en una Argentina sin cash. Es el «club del trueque» de la clase media. En 2003 se terminaron. Apunta Minutella que «la sociedad, a su modo, recuperaba las mieles de la recuperación». La memoria se hacía género: «Montecristo» contado en clave de desaparecidos o la «Televisión por la Identidad» (la remasterización televisiva del «Teatro por la identidad») que coronaban en Telefe, el gran canal de la Familia, la institucionalización del consenso de los derechos humanos. La serie «Casados con hijos», con Francella y Florencia Peña, reponía el humor costumbrista de una familia que la peleaba pero que era dueña de su casa y con un estándar de consumo que naturalizaba: se iban de vacaciones, hacían compras en el shopping y sostenían una sexualidad de pareja más cerca del gran Darío Vittori que de la deconstrucción. CQC seguía siendo CQC, pero con la pólvora mojada ante una clase política que se había reinventado y a la que ya no supo cómo seguirle el ritmo. El menemismo explicaba a CQC, pero el kirchnerismo no lo podía explicar.

«Desde la segunda mitad de los noventa había ocupado un lugar fundamental en la televisión abierta y se había constituido en modelo de referencia el periodismo de investigación», continúa inteligentemente Minutella. Seguramente era un modo para muchos jóvenes de intervenir socialmente ante el descrédito de la política y el sistema judicial. Agrega: «en los primeros años del kirchnerismo, aquella impronta de investigación y denuncia comenzó a ser reemplazada por programas que ponían el acento en las crónicas urbanas, con un registro de la que podía rozar lo morboso y voyeurista».

Repasemos. Con el 3 a 1 entre el peso y el dólar, los superávit gemelos y las tasas chinas, con la banda ancha, había mucho de «de casa al trabajo y del trabajo a casa». Néstor Kirchner absorbía la energía de la crisis y disimuladamente también mandaba la gente a su casa. Flotaba en los pliegues de su traje cruzado el sueño de «un país normal». Kirchner no tenía nada de normal, pero tal vez de eso se trata representar: de no ser como tus representados. Un presidente cacerolero para un país en el que promovía su abandono. Diríamos entonces que lo insoportable no era el «caos» de la intensidad ideológica, sino la nueva «normalidad», que incluía una dosis de distribución de la renta. Recuperar esa tendencia igualitarista. Es «normal» que la gente no se muera de hambre, es «normal» que tenga trabajo, estudie y no emigre. Y ese crecimiento a tasas chinas asordinó las críticas por derecha, y cuando las vacas empezaron a estar flacas… en fin, lo que ya sabemos: empezó la «crispación», la «batalla cultural», las condiciones de una política que llega hasta estos días.

¿Cómo se sostenía esa «normalidad» que todos abrazamos? ¿Y cómo se construye una nueva? Siempre parece ser: tras un estallido. Y una pista más: hay un cruce entre la estabilidad menemista y la normalidad nestorista, aunque invoquen fuentes ideológicas distintas: el de una sociedad que desea que con democracia se gobierne la economía. La fórmula secreta y mestiza de Kirchner: cierta retórica anti capitalista y a la vez frente a la dificultad por ofrecer movilidad ascendente ofrecer acceso al consumo.

La segunda transición

Probablemente lo que el peronismo ofreció históricamente a la sociedad no sea politización sino estabilidad. El conflicto, en tal caso, siempre viene por añadidura, ocurre, se desprende de la dinámica de los hechos. Escuché decir a un argentino imprescindible, el obispo auxiliar de Buenos Aires, Gustavo Carrara, algo sencillo: se trata «de poner en el centro de la discusión la dignidad humana». Desprendo de esa síntesis también un giro: que el conflicto no te obliga al lenguaje conflictivo. En Argentina hay demasiado discurso teórico colado ahí donde debiera primar la seducción, porque aún persiste en la memoria reciente un «tiempo dorado» que le permitió a algunas generaciones gozar movilidad y consumo, coronando el álbum de fotos de una época «feliz».

La pregunta de la democracia post 2002, cuando comienza esa «segunda transición», en el país de la restricción externa, puede ser reducida: «¿hay democracia sin retenciones?». Soja y democracia: los dólares para ponerle un respirador a la vida industrial de los conurbanos argentinos y que garantizan políticas sociales. Ese equilibrio tenso, por momentos implícito, entre la «integración al mundo» (el anhelo agroexportador de ser supermercado del mundo) y el piso mínimo de una economía de inclusión más cerrada, más amiga del «vivir con lo nuestro». Se trata de caminar ese equilibrio, de atravesar la tensión. Argentina es una experiencia sin paradigma. Ni siquiera nuestra excepcionalidad se llama solamente «peronismo», aunque ésta identidad la organice. Nunca llegó la solución estructural a los problemas argentinos, que siempre juzgan pendiente al sacrificio de algunas generaciones. Quizás podamos decir: no estamos dispuestos a sacrificar generaciones. Y ahora, otra vez, otra enorme piedra de deuda en el camino. Los años que vienen serán duros. Y el gobierno si gana promete retomar la tarea que ahora dice «suspender» para ganar.

Pero insistamos: no sabemos qué es un país normal, pero tuvimos la excepción de serlo por un rato. Ya vivimos una segunda transición democrática, la que se inició en 2002. La del «No matarás» y «retenciones a la soja», los dos mandamientos que Kirchner tomó, amplió, profundizó. Tal vez faltó el salto a una reforma impositiva. Pero, ¿y ahora? El macrismo rompió ese consenso. Flotamos con la pregunta ante su fracaso en la duda seria de cómo reelaborar un horizonte de justicia y reparación, ese equilibrio exigente que hizo de la Argentina este país de excepción. Este país excepcional. Y mientras tanto, Netflix se paga en dólares.

fuente:https://www.lapoliticaonline.com/nota/martin-rodriguez-orden-queremos-todos/

DURÁN BARBA, MACRI Y “LOS SIMIOS CON PRETENSIONES CARTESIANAS”

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El título bien podría sugerir una referencia  a la película  n°9, de la serie El planeta de los simios,  donde los protagonistas no humanos exhiben un cierto uso de razón. Pero no, no es ficción, se trata de una  polémica afirmación del estratega político electoral del Presidente de la Nación, Jaime Durán Barba, en su libro El arte de ganar.

Como su nombre indica, es una obra que vende triunfos, de modo que desde la perspectiva del negocio editorial, seguramente ha resultado sumamente exitosa. En cuanto al contenido, propone herramientas ya conocidas del marketing electoral, relata numerosas anécdotas de campañas electorales y su lectura resulta algo tediosa por el exceso del autoelogio. Pese a ello es aconsejable leerlo, con paciencia, porque en los capítulos finales desnuda su visión del mundo, de la Argentina y de los humanos. No tiene prejuicios al exponer sus ideas ni las esconde, de modo que aún el lector más desprevenido, podrá decir respecto a la realidad argentina en todos sus aspectos: ahora entiendo todo.

La página 363 contiene una audaz impugnación a la filosofía de Renato Descartes, cuando dice que “los humanos somos simios con pretensiones cartesianas. Suponemos que vivimos guiados por la mente pero, incluso los que nos creemos más racionales actuamos arrastrados por nuestras supersticiones, sentimientos e instinto”. Lo cual de verificarse en la práctica dejaría sin objeto a la ciencia política y a las ciencias sociales en general. Cuestiones como la lucha por el poder, las ideologías, los sistemas políticos o los modelos económicos pasarían a ser materia, tal vez,  de la ciencia veterinaria y la nueva síntesis para expresarlo sería “no pienso, luego no existo”( una existencia sin conciencia crítica, por cierto).

No podemos negar que, inicialmente y aunque parezca raro, Durán Barba tuvo mucho éxito con esas ideas y su mejor carta de presentación es haber logrado que Mauricio Macri sea Presidente, una hazaña para nada menospreciable. Pero a medida que transcurre su período gubernativo iniciado en diciembre de 2015,  los resultados de la gestión se alejan cada vez más de lo que muchos de sus votantes esperaban. Veamos algunas  muestras.

“NOOO! EN NUESTRO GOBIERNO LA INFLACION NO SERÁ UN PROBLEMA”

Lo dijo el candidato en 2015 y agregaba: ”la inflación es una muestra de tu incapacidad para gobernar”; “si tenemos inflación yo seré el único responsable, no le echaremos la culpa a nadie”.

En diciembre de 2015, el ex Presidente de la Rua, al salir del acto de asunción de Macri expresó su satisfacción por haber recuperado la “república”, pero pocos días después, el Poder Ejecutivo intentó designar dos jueces de la Corte Suprema por decreto.

En 2016 Alfonso Prat Gay, ministro de Economía decía: “si el dólar está más cerca de 15 pesos es que hicimos las cosas bien, pero si está más cerca de 19 pesos, es que hicimos las cosas mal”.

2019, dice el Presidente: ”tuvimos inflación los últimos 80 años”; “la inflación es un problema cultural”.

Según datos oficiales del INDEC, la inflación de marzo de 2019 fue del 4,7 por ciento, se estima una aún mayor para abril y el acumulado desde diciembre de 2015 a la fecha es del 200 por ciento y hasta fin de año se estima un 250 por ciento. En tanto que el dólar oscila entre 43 y 45 pesos pero hasta diciembre podría llegar al límite de la banda de flotación acordada con el FMI, de 51 pesos aproximadamente. Mientras tanto el riesgo país no para de subir.

“NO PODEMOS VIVIR DE PRESTADO”

Mauricio Macri decía en 2015 “uno de los problemas de la Argentina es que vivimos gastando más que lo que tenemos. No podemos vivir de prestado”.

Pero en su gestión, Argentina  fue el país emergente que más se endeudó y en menos tiempo, en el mundo. En menos de treinta meses debió recurrir al FMI para salir del default porque desde febrero de 2018,  los prestamistas internacionales privados avisaron que para nuestro país ya no habría más crédito.

Según un estudio de la UMET (Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo) en el período 2020 a 2023 los vencimientos por deuda externa serán por casi 150 mil millones de dólares.

En cuanto a lo que la ortodoxia económica denomina carry trade (en criollo bicicleta financiera o lisa y llanamente especulación financiera), vemos que los 2.764 millones de pesos menos de gastos previsionales por Reparación Histórica, equivalen a 48 horas de pago de intereses de Letras de Liquidez (Leliq) y un día de intereses que el Estado nacional paga por Leliq, equivalen al 74% del presupuesto anual del Conicet. Las Leliq son letras que manejan sólo los bancos  y su margen de ganancias es único en el mundo,  por lo alto, obviamente.

Por último, la fuga de capitales en lo que va de la gestión asciende a unos 97.274 millones de dólares que equivalen al 50,22 por ciento de toda la deuda emitida por el gobierno. O sea, es dinero que  salió del sistema financiero y probablemente, ya se encuentra lejos del país.

EL AMOR EN TIEMPOS DEL FMI

Cuando Mauricio Macri firmó el acuerdo con el FMI, expresó su anhelo de que los argentinos nos enamoráramos como él,  de Christine Lagarde. Veamos las consecuencias de ese amor extremadamente caro.

Es oportuno un paréntesis para recordar el debate de candidatos presidenciales, antes de la segunda vuelta. Cuando Scioli dijo que si ganaba Macri volveríamos al FMI,  éste respondió ofuscado: “Daniel, qué te hicieron, pareces panelista de 678. Eso es falso”.

Ganó y en poco más de dos años volvimos a golpear las puertas del FMI, para evitar el default. Default es cuando un país debe pagar sus deudas y no puede porque no tiene recursos ni de donde obtenerlos. En este caso se recurre al FMI como prestamista de última instancia, cuando el gobierno no tiene  quién le preste. Pero la diferencia con los prestamistas privados, es que la deuda con el FMI es con sus países miembros y el programa económico a cumplir lo aportan ellos.

Ahora, Christine Lagarde en sus más recientes declaraciones públicas,  hizo una advertencia al gobierno que vendrá a partir de diciembre. Dijo que “Sería una tontería para cualquier candidato dar la espalda al trabajo en curso”. Que no es otra cosa que un programa económico impuesto, dentro de los cánones del ideario económico ortodoxo (neoliberal), cuyo único objeto es recuperar lo prestado. Además de favorecer los negocios del poder económico global en los países deudores.

Joseph Stiglitz, Nobel de Economía que trabajó en el organismo, cuenta que el programa del FMI es igual para todos, los formularios instructivos ya están impresos y sólo cambian los nombres de los países.  No hay registro en el mundo, de algún país que haya  podido superar sus crisis con la ayuda del  FMI y un ejemplo muy reciente es Grecia.

Vale la pena una referencia a la novela “Liquidación final”, del autor griego contemporáneo Petros Márkaris. Comienza con el suicidio simultáneo de cuatro jubiladas que dejan una nota explicando la decisión: “Somos cuatro mujeres jubiladas, solas en el mundo. No tenemos hijos ni perros. Primero nos recortaron la pensión, nuestra única fuente de ingresos. Después tuvimos que buscar un médico privado para que nos recetara nuestros medicamentos, porque los médicos de la Seguridad Social estaban en huelga. Cuando por fin conseguimos las recetas, en la farmacia nos dijeron que no servían, porque la Seguridad Social les debe dinero y que tendríamos que pagar las medicinas de nuestro bolsillo, de nuestra pensión recortada. Nos dimos cuenta de que somos una carga para el Estado, para los médicos, para las farmacias y para la sociedad entera. Nos vamos, así no tendréis que preocuparos por nosotras. Con cuatro jubiladas menos, mejorarán vuestras condiciones de vida”.

Se trata de ficción, en una novela situada en la Grecia de la Troika (FMI, Unión Europea, Banco Central Europeo) como denominan en Europa al temible trio, pero es evidente que cualquier semejanza con la realidad no es simple coincidencia. En Buenos Aires, una jubilada intentó suicidarse arrojándose a las vías del subterráneo en la estación Lavalle, pero el tren pudo detenerse a tiempo.

DURAN BARBA Y EL CAPITALISMO DEL SIGLO XXI

El dominio del discurso público es una herramienta indispensable del poder contemporáneo, lo que no es otra cosa que la posibilidad de fijar la agencia diaria,  con los temas de debate que veremos cotidianamente y hasta el cansancio en las tapas de los diarios, la tv o la radio y ahora también, en las redes sociales, intentando colonizar nuestra subjetividad y direccionar nuestro sentido común, adoctrinado por la posverdad.

La meta es lograr una sociedad despolitizada, con un gobierno reducido al rol de administrador del status quo, siempre bajo la atenta mirada del gran hermano mediático y las corporaciones.

En ese contexto Durán Barba ha sido muy eficiente, pero no es infalible, porque en Brasil le fue muy mal como asesor de Marina Silva.  Sí es evidente que se trata de un hábil e inescrupuloso manipulador. Es un ejemplo de lo que en política se denomina “el vale todo”.   Y corresponde aclarar que a pesar de  sus múltiples destrezas y cualidades, no  hubiera logrado su objetivo sin contar con el enorme dispositivo comunicacional aportado por los grandes  grupos mediáticos  de Argentina,  o extranjeros  como Cambridge Analytica, compañía multinacional especializada en trolls y fake news.

Los denominados “simios”  pueden  ser considerados un exabrupto desmedido,  una mala metáfora o una subestimación elitista,  pero es lo que  pretende el capitalismo del siglo XXI:  una sociedad de sujetos pasivos, individualistas y desinformados, con  su conciencia crítica anestesiada.

Qué hacer entonces, nosotros, simples ciudadanos. Para empezar podríamos seguir la recomendación de José Pablo Feinmann, ”seamos cartesianos: creamos solo en lo que nosotros creemos y no en lo que nos hacen creer sofocantemente todo el tiempo…”. La historia enseña que el poder no dura para siempre y por lo visto en estos últimos años, el arte de ganar no siempre es compatible con el arte de gobernar.

Fuente: http://box5538.temp.domains/~aguardie/2019/04/26/duran-barba-macri-y-los-simios-con-pretensiones-cartesianas/

«El ajuste expansivo»: la última carta electoral de Macri

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El término “ajuste expansivo” fue acuñado a mediados de la década del 80 y reflejaba el esfuerzo que el Gobierno del presidente Raúl Alfonsín realizaba para compatibilizar las exigencias de pago de la deuda externa heredada de la dictadura cívico-militar -que formulaba la por entonces banca acreedora- y la necesidad de legitimar la naciente democracia con una economía en crecimiento. Este esquema se conoció como “Plan Austral” y consistió en un congelamiento de precios y tarifas, aumento progresivo de salarios, control del tipo de cambio, acumulación de divisas alcanzada por fuertes superávits comerciales y respaldo del FMI. La mejora de la economía durante 1985 y 1986 le permitió al Gobierno sortear con éxito las primeras elecciones legislativas, pero a partir de 1987 la falta de divisas y el fuerte déficit del sector público obligaron a sucesivos ajustes que desembocaron en la suspensión de pagos de la deuda pública en abril de 1988 y el fracaso del último retoque, el denominado Plan Primavera, desembocó en el estallido hiperinflacionario en febrero de 1989. Al igual que en 2001, el FMI le retiró el apoyo a la administración y el Gobierno concluyó antes de tiempo.

El Gobierno de Cambiemos, por su parte, chapotea en su propio pantano, dado que la voluminosa deuda que tiene que afrontar y que le impide dinamizar la economía fue generada en su mandato y sirvió para financiar la salida del circuito económico de la Argentina de casi u$s 100.000 millones en tres años, superando con creces la gestión de José A. Martínez de Hoz en ese sentido. No hay herencia a la que culpar.

Además, carente de la profunda vocación democrática del presidente Alfonsín, Macri parece haberse acordado súbitamente de que para continuar en el poder debe acudir a la urnas y entonces desempolva de manera impúdica y al borde de la espiral inflacionaria un “programita” de freno a los feroces aumentos tarifarios de aquí a fin de año y una canasta básica alimentaria de 60 productos cuyos precios permanecerán congelados también hasta diciembre, agregando una oferta menguada de cortes de carne tradicionales.

Comentamos en la columna del domingo pasadoque el Banco Central comenzaba a liquidar un estimado de u$s 12.700 millones -u$s 8.500 millones provenientes de la liquidación de la cosecha y u$s 4.200 millones del ahorro fiscal del 2018- hasta agosto y con esta suma apuesta a contener la cotización del dólar hasta las elecciones primarias. Esta semana, el Ente Rector redobló la apuesta y en línea con el ejecutivo “congeló” hasta fin de año el techo de la banda cambiaria en $51,45, cotización de la divisa partir de la cual puede vender las reservas internacionales indiscriminadamente.

El Gobierno ha comenzado a liquidar cualquier posibilidad de salir ordenadamente de la crisis que él mismo ha creado

Decisión esta última que provocó un aumento del riesgo país por encima de 800 puntos, pues se teme que la estabilidad cambiaria se alcance a costa de rifar las divisas provistas por el FMI para honrar los vencimientos externos.

Con dólar estable, tarifas y canasta básica congeladas, la Alianza Cambiemos aspira a que los cierres paritarios salariales de mayo/junio y el medio aguinaldo de julio se encuentren con una capacidad de consumo ampliada, capaz de expandir precariamente el nivel de actividad hasta las elecciones.

En realidad, se tratará de la campaña electoral mas cara de toda la historia, pues se destinarán en el arranque casi u$s 13.000 millones de dólares a permitir la fuga de capitales sin volatilidad cambiariay tal vez esa cifra aumente después de las PASO.

La reseñada experiencia de la década del 80 revela que combinar una expansión económica de corto plazo con fuertes desequilibrios macroeconómicos es inviable y sólo produce males mayores en la economía, la sociedad y las instituciones.

Irresponsablemente, en un contexto de déficit de la cuenta corriente del balance de pagos que supera el 5% del PBI y del sector público nacional que alcanza el 7% del PBI, el Gobierno ha comenzado a liquidar cualquier posibilidad de salir ordenadamente de la crisis que él mismo ha creado, considerando a las elecciones como una molestia en la que debe distraerse por un rato sin medir las consecuencias de su accionar.

En el video de presentación del “programa de estabilización”, el Presidente Macri conversa con una familia muy agredida por la crisis y alude como respuesta que su administración ha adoptado todas las políticas similares que llevaron adelante Chile, Perú, Colombia y Paraguay, pero sin embargo no le dieron resultado.

Tal vez ese sea el problema de fondo: nuestra sociedad y su democracia son lo suficientemente vigorosas para obligarlo a distraer la atención en sus demandas.

Fuente:https://www.eldestapeweb.com/ajuste/el-ajuste-expansivo-la-ultima-carta-electoral-macri-n58846

No hay salida para la inflación sin política de crecimiento

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 Cada día se produce el cierre de alrededor 25 pymes. Fue muy difícil  adaptarlas al entorno de una industria más desarrollada a la que puedan proveer. Costó mucho tiempo ponerlas en pie y  convertirlas en buena parte con una prometedora inserción internacional.

A tal punto, es grave lo que ocurre en el sector pymes, que se demorará más de veinte años reconstruir las que se ubican en el plano industrial y que están asociadas también a la falta de perspectivas inmediatas.

Por su vinculación con el sector tecnológico, presentan una perspectiva muy favorable que no se podrá concretar sin una clara estrategia industrial y tecnológica a través de una política estatal orientada decisivamente en planificarla. Así queda en claro en el ejemplo de los países asiáticos que enfrentaron la fuerte crisis que tuvo lugar en ellos en los noventa atacando la inflación con ajustes que incluían limitaciones cambiarias y, sobre todo, un fuerte predominio de la política de desarrollo industrial.

El problema del ajuste nacional es que el gobierno, lo mismo que sucedió con otros programas estabilizadores previos, no apostó a la producción y los orientó con un sentido exclusivamente monetarista y financiero. Corea es uno de los mejores ejemplos de una política productiva muy dinámica centrada en la industria y el desarrollo tecnológico de base industrial, mientras que los planes de estabilización argentinos insisten en refugiarse en un pasado centrado en la economía primaria, que no combate la fuga de capitales. Esto es inherente al modo de acumulación de capital en la Argentina porque el uso de excedentes en una economía de base primaria, si no se usa para el desarrollo industrial, te que lleva a depender del endeudamiento externo.

La desindustrialización ha llegado a alarmar a una parte del círculo rojo, que o bien atribuyen los resultados del modelo económico a una incompetencia del equipo que lo conduce y que quedó bastante clara con el sobreendeudamiento que sólo empeoró las perspectivas, y empieza a mirar con un sentido más crítico al modelo, sobre todo en una mayoría de industrias, y no sólo entre las pymes o las industrias más castigadas, como los textiles, sino en las grandes empresas nacionales, que observan con desconfianza como la devaluación y la contracción del mercado interno las debilitó frente al capital extranjero.

La disconformidad se extiende al Mercosur, porque la dirección política actual de Brasil se inclina hacia una integración mayor al mundo a través de Estados Unidos. Esto puede tener el peligro de desbaratar la estructura regional, que sigue siendo una instancia imposible de eludir en un sistema mundial que converge cada vez más hacia la integración de cadenas productivas, donde el actual auge del proteccionismo es una expresión de la crisis y del intento del gobierno del presidente Trump de que esa integración siga estando subordinada al dominio estadounidense (el Americafirst) característico de la inmediata posguerra.

La posición actual de la Argentina desestima al Mercosur en favor de acuerdos de libre comercio al margen del mismo y el acercamiento a la Alianza del Pacífico, en que se encuentran los países en desarrollo que se asimilan a la política de Trump. La crítica con respecto al pasado inmediato fue que el Mercosur se fue convirtiendo cada vez más en una construcción política, poco ensamblada con las necesidades y reclamos empresarios. Pero no  puede prescindirse de una región de la importancia del Mercosur, en una economía global en que la integración puede reforzarse mediante las regiones, pero con una voluntad de desarrollo industrial y tecnológico que no parece tener el gobierno argentino, que apuesta exclusivamente al agro, la energía y la minería y que coloca a la política monetaria como condición previa a los proyectos productivos, mientras que el combate a la inflación se presenta cada vez más como un imperativo de crecimiento.

El fracaso de la política económica tiene que ver con la imposibilidad que tuvieron las medidas de ajuste de contener la inflación, y en gran medida consiste en no comprender sus causas, que en la Argentina se deben a ante todo al uso de dos monedas, en que el dólar no sólo reemplaza al peso en algunas operaciones sino que lo hace en todas aquellas destinadas a fugar capital o riqueza en forma de ahorro, un procedimiento vinculado a la estrategia general de acumulación de capital, que al ponérsela en práctica provoca también un vaciamiento económico que conduce a un lento crecimiento, por lo que un modelo económico que lo encauce de ninguna manera puede combatir la inflación sólo a través de corregir el déficit fiscal primario y menos contrayendo la economía para corregirlo.

En esas condiciones, la continua evasión de dólares sólo puede sostenerse con un endeudamiento continuo que, además fue irresponsablemente sobredimensionado. En línea con esa política equivocada el gobierno quiere que el objetivo central y casi excluyente del BCRA sea combatir la inflación mediante esos métodos, para lo que envió un proyecto de ley para reformar su Carta Orgánica y cumplir de esa manera con las exigencias del FMI, concretadas en el acuerdo por el crédito stand by concedido al país.

Cada vez más, hay que vincular la suerte de cada economía nacional a lo que acontece en el mundo. El préstamo excepcional del FMI a la Argentina fue, más que un intento de resolver la crisis argentina, una manera de salvar a los bancos prestamistas de las consecuencias de esa crisis, que podía resultar fatal para el conjunto del sistema financiero. Por eso no es de extrañar que la receta haya sido extrema y suma al país en una situación de profundización del retroceso económico, ya que la ineludible reestructuración de la deuda restará posibilidades de recuperación en el crecimiento y acentuará la fuga de capitales.

Por lo pronto, el ajuste tal como lo diagramaron el gobierno y el FMI, además de la irresponsabilidad local, es una manifestación del error de creer que una política económica de ese tipo puede ser exitosa, como ya sucedió con políticas similares adoptadas desde 1976 en adelante.

En lo que atañe al FMI, muestra que su principal función –como no podía ser de otra manera- no es salvar a los países que se han endeudado sino, ante todo, resguardar a los bancos prestamistas, a costa de que el peso del ajuste se traduzca en una caída del PBI y en un decenio de estancamiento, como sucedió en Grecia y como seguramente va a volver a suceder en la Argentina, con la particularidad que como su crisis se inserta en una situación mundial sumamente inestable, esta vez ni siquiera podría llegar a evitar consecuencias graves para todo el sistema.

Se trata de algo que deberá tener en cuenta cualquier política de salida de la actual situación, que sólo podrá encarrilarse si se inserta en una estrategia de crecimiento en función de la experiencia de los países asiáticos que han logrado altas tasas de crecimiento.

¿Hacia el fin del trabajo? Mitos, verdades y especulaciones

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En los últimos años, los trabajadores de todo el mundo se habituaron a escuchar que la tecnología se está desarrollando de manera vertiginosa, con serias implicaciones para su propia existencia. Es más, algunos filósofos han vaticinado un futuro distópico en el que los trabajadores se vuelven «personas inútiles». Si bien muchos consideran que estos pronósticos son exagerados, una percepción relativamente generalizada considera que las nuevas tecnologías crearán un elevado nivel de desempleo en todas partes. Sin embargo, un examen cuidadoso de la evidencia empírica permite cuestionar la veracidad de este discurso sobre el desempleo tecnológico. Se trata de un discurso altamente funcional a las elites de todo el mundo, porque el miedo paraliza y debilita los reclamos de los trabajadores. Poner el acento en la automatización y en la pérdida de empleos distrae a los trabajadores de una evaluación más realista de los impactos potenciales del desarrollo tecnológico. Nuestra investigación señala que este tipo de preocupaciones por el impacto de la tecnología en los empleos y en la sociedad afloran durante los periodos de crisis económica, un fenómeno también observado por Daniel Akst en 2013 y por Joel Mokyr, Chris Vickers y Nicolas L. Ziebarth en 20151. Ya en la década de 1960 existía una preocupación generalizada por la automatización, y en la década de 1980, por la microelectrónica, por dar algunos ejemplos. Es decir, hay una correlación entre las crisis económicas y sociales y el creciente temor por el impacto de la tecnología. Claramente, estos temores tienen su raíz en la realidad social. En las décadas de 1960 y 1970 preocupaba lo que la gente haría con su tiempo libre y sus altos ingresos. Hoy, se teme que los trabajadores se vuelvan superfluos.

La mayor parte del mundo (excepto China) quedó sumergida en la crisis económica y social que se inició en 2008. La crisis afectó seriamente a las elites porque destruyó la falsa percepción difundida por Francis Fukuyama según la cual el desarrollo humano había alcanzado su apogeo en el capitalismo neoliberal globalizado liderado por Estados Unidos. También puso en cuestión la idea de que la adopción de la comunicación digital y de internet garantizaría el crecimiento económico en el futuro. La crisis de 2008 le demostró al mundo desarrollado hasta qué punto la desigualdad había erosionado los cimientos de sus sociedades y cómo el sistema funcionaba en favor del «1%». Esto produjo una mayor polarización política y una expansión del descontento social que debilitaron seriamente las instituciones de los países más desarrollados. La elección de Donald Trump, las numerosas crisis de la Unión Europea y, por supuesto, el Brexit, todos son síntomas de este fenómeno. El andamiaje filosófico que sostenía el orden mundial capitalista globalizado y neoliberal se ha desplomado y todavía falta construir otro para reemplazarlo. Este es el contexto en el cual debemos analizar los discursos en torno de la tecnología.

La falta de evidencias empíricas queda a la vista cuando observamos las fases que atravesó el discurso dominante sobre la tecnología, como queda en claro tras un breve análisis de las principales publicaciones especializadas. Según Philip Staab, del Instituto sobre la Historia y el Futuro del Trabajo de Berlín, el foco inicial estuvo puesto en el big data y en la «internet de las cosas», luego viró hacia la robótica y la automatización, y ahora se centra en la inteligencia artificial. El cambio de enfoque refleja la búsqueda desesperada de respuestas a los problemas que el capitalismo global enfrenta en la actualidad.

Para los trabajadores, el elemento más relevante de este discurso sobre la tecnología es el debate sobre la posible pérdida de empleos. Los medios de comunicación de todo el mundo informan de manera rutinaria sobre la pérdida de empleos atribuida a los vehículos sin conductores o a otras formas de automatización; y decenas de libros, charlas ted, informes de consultoría y artículos de prensa afirman que la tecnología está a un paso de ser «inteligente» y cada vez más proclive a reemplazar a los trabajadores2.

Sin embargo, los trabajadores tienen buenas razones para ser escépticos respecto a los pronósticos sobre la pérdida de empleos. En primer lugar, las cifras de los expertos dedicados a esta problemática varían de manera considerable. La mayoría de los esfuerzos por calcular la pérdida de puestos de trabajo se basa en el famoso informe de Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne de 2013 sobre automatización y trabajo. Su afirmación de que la tecnología actualmente disponible permitiría automatizar 47% de los puestos de trabajo es aún ampliamente citada3. Su método básico fue replicado con variantes en otros estudios. Pero los críticos no tardaron en señalar que la automatización involucra no los puestos de trabajo en sí, sino tareas específicas. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (ocde) usó este nuevo enfoque para sus estimaciones, que arrojaron porcentajes muy inferiores, de 9% en países de la ocde y 5% a escala mundial4. Por otro lado, McKinsey intervino en el debate usando información similar, pero modificando las ponderaciones5. Consideró las tareas, no los trabajos en su conjunto, y llegó a la conclusión de que en eeuu menos de 5% de los puestos de trabajo podría automatizarse completamente, mientras que 60% podría automatizar un tercio de las tareas involucradas. PriceWaterhouseCoopers volvió a utilizar luego diferentes ponderaciones y llegó a la conclusión de que en Reino Unido y eeuu podría automatizarse más de 35% de los empleos6. La enorme disparidad de estas cifras es un llamado a la reflexión. Las cifras dependen de los supuestos que asumen los autores. Si cambian estos supuestos, las cifras cambian. Por ende, los números no nos dicen mucho más que el hecho de que la automatización reemplazará algunos trabajos y que muchos otros podrían automatizarse de manera parcial, si es que se dan las condiciones necesarias. Al igual que con otras muchas falacias, el discurso sobre la automatización y la pérdida de empleos tiene un componente de verdad –los estibadores del mundo desarrollado pueden acreditarlo–, pero ello no significa que en el futuro inmediato millones de trabajos vayan a desaparecer sin ser reemplazados.

El problema es que estas predicciones no incluyeron en el análisis muchos factores externos que determinan la introducción de tecnología7. Por ejemplo, la interrelación entre los costos laborales y los tecnológicos. O el deseo de reducir el peso económico y político de trabajadores como los estibadores. O el nivel de complejidad del entorno, o cualquiera de los innumerables problemas que pueden determinar si una tarea o trabajo será o no efectivamente automatizado. Los informes más honestos sobre la automatización son conscientes de este problema e incluyen importantes advertencias como esta:

es importante tener en cuenta que estas estimaciones refieren a posibilidades tecnológicas, haciendo abstracción de la velocidad de la difusión y de las probabilidades de adopción (…) La adopción, en particular, podría verse influenciada por muchos factores, incluidos la legislación sobre el despido de trabajadores, los costos laborales unitarios o las preferencias sociales (…) Además, la tecnología creará, sin duda, muchos nuevos empleos.8

No obstante, como son pocos los que leen las advertencias, lo que queda en el imaginario colectivo son las cifras. Esto nos lleva a pensar que las cifras de pérdida de empleos son en general poco relevantes, porque el resultado depende de una amplia variedad de factores interrelacionados. Resulta interesante que al analizar la «revolución microelectrónica» a comienzos de la década de 1980 The Economist haya observado algo similar:

El enfoque más honesto para calcular la ecuación de empleos es el utilizado por un grupo de estudio establecido por el departamento de empleo de Gran Bretaña. Arribaron a la conclusión de que se requerían tantos supuestos sobre variables macroeconómicas y otras cuestiones que no tenía sentido construir un modelo de previsión.9 Si esto era cierto entonces, deberíamos preguntarnos por qué no lo sería hoy. El problema de hacer predicciones precisas sobre los impactos potenciales del cambio tecnológico se ve agudizado por el hecho de que en el mundo financiarizado de hoy, algunos expertos y compañías tecnológicas están utilizando predicciones más extremas como un instrumento de marketing. Mientras tanto, los medios las usan para vender más periódicos o sumar clics, porque el miedo vende. Los matices no venden tan bien ni sirven en la misma medida a los fines discursivos de las elites.

Además de que existe una justificada sospecha en torno del realismo del discurso sobre la pérdida de empleos debido a lo difícil que resulta ponerle un número al impacto de la automatización, el propio impacto de la automatización es en sí mismo un proceso complejo y no lineal.

Si bien es evidente que toda nueva tecnología tiende a eliminar las tareas existentes y, por ende, a reducir el número de puestos de trabajo, también crea tareas y empleos nuevos. Existe un desfase entre los procesos de destrucción y creación, y los empleos nuevos a menudo no surgen en los mismos sectores. Sin embargo, si vemos lo que sucede hoy en el mundo, ¿cabe alguna duda de que hay mucho trabajo por hacer? En todas las economías, los procesos económicos, sociales y políticos crean y destruyen trabajos constantemente. Las predicciones y mediciones sobre la pérdida de empleos ocasionada por la automatización y las nuevas tecnologías están dentro de los parámetros de rotación de empleos (jobs churn) en los países desarrollados10.

Además, algunos expertos sostienen que la relación entre la automatización y la pérdida de empleos no es lineal. La investigación de James Bessen muestra que la automatización puede producir más empleo en las distintas ocupaciones: al reducir el costo de un producto, estimula la demanda, lo que a su vez genera una mayor demanda de trabajo en ese rubro. La automatización aumenta la eficiencia de la mano de obra y, a la vez, la demanda en ese tipo de ocupación11. Bessen llega a la conclusión de que la informatización tiene como correlato el aumento de la disparidad salarial en el seno de las ocupaciones y una «reasignación» del trabajo que requiere que los trabajadores adquieran nuevas habilidades, sin por ello perder el empleo. Su investigación parece estar respaldada por nuevas evidencias provenientes de Alemania que muestran un aumento marginal del empleo en los sectores de la economía que adoptaron las nuevas tecnologías12. La idea de que la tecnología solo destruye trabajos también es falsa.

Solemos pensar que la automatización sustituye, sin más, el trabajo humano, pero eso no es así. Desde la década de 1960, hemos visto un aumento de la automatización en el trabajo, pero parece claro que los mejores resultados se obtienen cuando las máquinas ayudan a fortalecer el trabajo humano, no cuando lo reemplazan por completo. Donde los trabajadores pueden resolver fácilmente problemas físicos o mentales (y son generalmente baratos), las máquinas sobresalen en la realización de operaciones repetitivas y en el procesamiento de datos. En un caso reciente, Tesla admitió que su cadena de producción en California estaba «sobreautomatizada» y que eso no hizo más que disminuir la producción. La automatización no puede resolver los problemas ni las dificultades inesperadas del proceso de producción13. Incluso puede reducir la productividad al desmotivar a los trabajadores, cuyas tareas se vuelven demasiado simples, como ocurrió en algunas fábricas soviéticas en la década de 1970.

La automatización también tiene sus propios costos. Las máquinas automatizadas representan un costo fijo, necesitan comunicaciones seguras y mantenimiento y son vulnerables a los mismos problemas que experimentan las computadoras. Por ejemplo, las filiales europeas de la Federación Internacional de Trabajadores del Transporte (itf, por sus siglas en inglés) nos cuentan que los puertos «automatizados» (operados a menudo por control remoto) se ven forzados a desconectarse con regularidad para cargar los parches de software. A su vez, se cree que las grúas automatizadas son de alguna forma menos productivas que las operadas manualmente. Entonces puede que las máquinas sean más eficientes para llevar a cabo un alto volumen de operaciones repetitivas durante un largo periodo, pero la automatización acarrea costos fijos elevados y costos de reparación y de mantenimiento altos y puede resultar más lenta que el trabajo humano cuando se trata de procesos más complejos. Las empresas que piensan en la automatización deben considerar esta diversidad de problemas antes de emprender el reemplazo de los trabajadores. Y eso si tienen el capital suficiente para hacerlo y no pueden obtener un rendimiento mayor especulando en los mercados. Las tecnologías de sustitución de mano de obra tardan tiempo en extenderse por toda la economía y en general se las utiliza en sectores con altos costos laborales y elevado volumen de producción y en las empresas más ricas, lo cual deja a la mayor parte del mundo en desarrollo fuera de la ecuación, tal como viene sucediendo históricamente.

La cuestión es que la tecnología que reemplaza a los trabajadores no es una panacea; funciona en algunas áreas, en unos casos, pero no en otros. Esto refleja el proceso histórico de adopción de tecnologías a escala global. Primero las tecnologías encuentran aplicaciones de nicho, luego se extienden en un proceso errático. Por ejemplo, en la década de 1960 aparecieron los aviones supersónicos de pasajeros, pero solo encontraron una ruta rentable que finalmente fue cerrada. Hoy se vuelve a hablar sobre los aviones supersónicos de pasajeros, pero es probable que pasen varios años antes de que se generalicen, si es que alguna vez sucede.

Por lo tanto, las cifras son sospechosas; y el impacto de la automatización en los procesos de trabajo no es algo simple. Pero hay todavía más problemas con el discurso sobre la automatización y el empleo.

Hasta ahora, hay poca evidencia concreta sobre la adopción generalizada de tecnologías en todo el mundo. Las cifras de Alemania y Reino Unido muestran que la mayoría de las pequeñas y medianas empresas, donde trabaja la mayor parte de la gente, no están usando los últimos avances tecnológicos. Finalmente, si la tecnología estuviera sustituyendo a los trabajadores a gran escala, deberíamos ver un incremento de la productividad. Sin embargo, las estadísticas muestran una disminución general del crecimiento de la productividad en los países de la ocde. Tanto es así que algunos sostienen que podríamos estar en una fase de «estancamiento secular»14. Por ende, o bien las compañías no están implementando las tecnologías, o lo están haciendo y estas no son tan productivas como los trabajadores.

A veces se argumenta que la inteligencia artificial es capaz de dar un vuelco a verdades históricas referidas a la tecnología, pero la evidencia es escasa. El término se usa incorrectamente fuera de la bibliografía especializada, pero para la mayoría de las personas, la inteligencia artificial consiste esencialmente en un software que procesa algoritmos en enormes conjuntos de datos a una gran velocidad para tomar «decisiones» sobre problemas específicos. Sospecho que algunos expertos en tecnología exageran las capacidades de la inteligencia artificial para atraer inversores. Si bien las computadoras han hecho enormes avances respecto de su capacidad para desafiar las decisiones humanas en los juegos de mesa, por ejemplo, todavía estamos lejos de que las computadoras desarrollen una «inteligencia general» como la de los humanos; algunos incluso sostienen que eso es imposible15. Mientras tanto, la inteligencia artificial a menudo se utiliza como etiqueta para describir cualquier software que sirve para resolver un problema, principalmente porque suena bien16.

En términos generales, el principal problema para la mayoría de los trabajadores es que las nuevas tecnologías finalmente cambiarán muchos aspectos de su trabajo, no que sus empleos necesariamente vayan a desaparecer.

Durante décadas, los sindicatos de todo el mundo han lidiado con el impacto de la sustitución de la mano de obra por la tecnología. Existen medidas muy conocidas que garantizan su implementación productiva y minimizan los impactos negativos. Las medidas pueden desarrollarse en el marco de negociaciones tripartitas, en las que los trabajadores tienen el derecho a consulta, compensación y capacitación. Cuanto mayor sea la sujeción de una economía al control social, menor será el impacto negativo de la tecnología, simplemente porque los factores externos son tenidos en cuenta antes de su adopción.

Pero si la automatización y el «fin de los empleos» no son el principal problema que enfrentan los trabajadores del mundo, ¿cuál es entonces?El principal desafío proviene de la digitalización de la economía global. La digitalización de la economía consiste en la conversión de la información a un formato digital que puede ser «leído» por las computadoras. Una vez convertida a formato digital, la información se transforma en datos. Los datos pueden transferirse por todo el mundo en un instante. La propia digitalización es facilitada por sensores y chips cada vez más pequeños y livianos. Como resultado, cada vez más procesos y tipos de información pueden ser medidos y convertidos en información digital. Las computadoras pueden analizar datos a velocidades cada vez mayores gracias a los avances en software y tecnología de chips (aunque parece que la capacidad para lograr esos avances usando la actual tecnología de chips está llegando a su límite)17. De este modo, la digitalización permite la «datificación» de la economía global, es decir, la medición de muchos fenómenos que antes estaban fuera del alcance. Junto con la digitalización de las comunicaciones a través de teléfonos inteligentes e internet, se está creando una cantidad inédita de datos sobre una cantidad de fenómenos nuevos.

Las personas son parte de estos fenómenos como trabajadores y ciudadanos. Se trata de dos aspectos de la vida social de los seres humanos y por eso es difícil separar el problema de los datos en el lugar de trabajo de la emisión de datos en general. Son estos datos, o más precisamente, los usos que se les da en una economía capitalista –caracterizada por profundas desigualdades–, lo que representa el mayor desafío para los trabajadores. Pero para entender esto, primero tenemos que entender con mayor claridad qué son los datos y para qué sirven.

Si bien los datos parecen etéreos, tienen un aspecto material. Se necesita energía para producirlos, transportarlos y almacenarlos y eso requiere equipamiento como cables y centros de almacenamiento. También se requiere software que los filtre y establezca conexiones. Toda esta infraestructura está en manos de un puñado de personas. Por el momento, estas personas son, en esencia, los dueños de las grandes corporaciones tecnológicas de eeuu que recopilan, almacenan y analizan cerca de 80% de los datos mundiales: Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft18. Es por eso que las actuales desigualdades del sistema capitalista también están inscriptas en los datos. Los datos describen procesos y sus componentes. Puede decirse que la «datificación» crea un sistema nervioso digital para una organización; por ejemplo, para una empresa transnacional o gubernamental, o potencialmente para toda una economía. Los datos serían las señales que viajan por ese sistema nervioso. Pero siguiendo con la metáfora, ¿qué o quién es el cerebro del sistema? El cerebro puede ser un amplio grupo de personas (si los datos son fácilmente accesibles, o administrados por un organismo responsable si son de utilidad pública) o un grupo más selecto (si están en manos privadas y son utilizados en forma libre de toda responsabilidad para beneficio propio).

Los datos son conocimiento y, como sabemos, el conocimiento es poder. De ahí que la desigualdad en la creación, la distribución y el uso de los datos exacerbe el actual desequilibrio de poder en todos los campos. Las empresas que utilizan datos de manera eficaz crecen más rápido que cualquier otra. Por eso existe la presión sobre las empresas de todos los sectores de volverse competitivas en términos tecnológicos, o de adquirir capacidad tecnológica para producir y analizar datos, si bien no todas tienen la capacidad para hacerlo. Pero aquí también existe el peligro de que las ya de por sí inmensamente poderosas firmas tecnológicas puedan llegar a saber más sobre un proceso que las propias empresas no tecnológicas que las han contratado. Como dijo el ceo de General Motors en 2013: «Debes poseerla [la ti] y controlarla; de lo contrario, estás a merced de otras empresas»19.

La propiedad de los datos no solo exacerba las desigualdades entre las empresas tecnológicas y las demás, sino también las desigualdades de poder en el lugar de trabajo. Esto representa un problema social, dado que muchas personas pasan gran parte del día en su empleo. Allí la gente produce datos que son recopilados por el software de sus computadoras u otras herramientas de trabajo y combinados con otros datos provenientes de sensores, cámaras u otras tecnologías empleadas para monitorear el lugar de trabajo o medir algún proceso específico. El software puede monitorear los tiempos de respuesta de los correos, por ejemplo, o rastrear ventas o el paradero de un empleado. Luego los algoritmos comparan a los trabajadores con indicadores de desempeño o con sus pares. Los datos recopilados pueden utilizarse para identificar «eficiencias» en el proceso, para mejorar el modo de trabajo de los empleados, o incluso para obligar a estos a trabajar más. Cualquiera sea el caso, los datos tornan el proceso de trabajo más transparente para los gerentes y los propietarios.

Los datos recopilados describen el proceso de trabajo en su conjunto, pero también a las personas que lo realizan. En algún punto, hoy el trabajo está conformado por dos elementos: el propio proceso de trabajo y los datos que los trabajadores producen sobre ese proceso y sobre ellos mismos como trabajadores. Los trabajadores claramente tienen derecho a reclamar al menos la propiedad compartida de este tipo de datos, ya que estos no existirían de no ser por sus esfuerzos, incluso si fueran un subproducto. Los trabajadores también deberían tener acceso al software que se utiliza para intensificar o disciplinar su trabajo y deberían poder determinar cómo utilizarlo para medir su desempeño. Para ello, habría que regular el uso de datos en el lugar de trabajo. El uso de herramientas y equipos conectados y la adopción de sensores en los lugares de trabajo amenazan con aumentar masivamente el ya avasallante poder de los empleadores. Hoy sabemos que las grabaciones de video, los micrófonos y el monitoreo del correo electrónico se usan en contra de los activistas sindicales. En otros casos, los pases electrónicos se han utilizado para crear listas instantáneas de huelguistas. Los empleadores también revisan a menudo las redes sociales de sus empleados para obtener información. Están solo a un paso de contratar empresas de datos para desarrollar perfiles del personal o rastrear a potenciales empleados antes de decidir su contratación.

Además, los datos y el software crean potenciales desafíos adicionales para los trabajadores cuando se los utiliza en conjunto. La inteligencia artificial ya se emplea para analizar datos biométricos, expresiones faciales y el tono de voz para medir el bienestar físico y mental, por ejemplo20. Combinada con otros datos, puede utilizarse para crear perfiles de personalidad y usarlos durante el proceso de contratación. En el lugar de trabajo, puede usarse para impedir la organización o para anticipar disputas y despedir a trabajadores. Las empresas pueden utilizar este tipo de información combinada con los datos de las redes sociales para identificar a activistas sindicales, o incluso a aquellos trabajadores que podrían convertirse en activistas sindicales o colaborar con los esfuerzos de organización. En otras palabras, la inteligencia artificial amenaza con convertirse en un capataz digital de los trabajadores.Aún no sabemos cuánto ha avanzado este proceso en la economía global. Se necesita trabajar más para identificar las tecnologías utilizadas y los modos en que se utilizan los datos para disciplinar e intensificar el trabajo. Es probable que estos procesos estén más avanzados en el mundo desarrollado y en las empresas más ricas que pueden adquirir experiencia o desarrollar sus propios procesos. Lo que sí sabemos es que gran parte de estos datos son recopilados y conservados por empresas transnacionales o de tecnología digital sobre las que la mayoría de los gobiernos nacionales tienen poco control.

La «datificación» del lugar de trabajo tiene sus paralelos en la sociedad en conceptos como el de «ciudad inteligente» y en las redes sociales. Aquí también los datos crean desigualdades a favor de los que tienen su control. Los datos de las redes sociales permiten identificar nuevas «comunidades» digitales, a las que la gente ni siquiera sabe que pertenece, mediante la utilización de un conjunto de datos que identifican conductas o creencias comunes. Por ejemplo, permiten identificar a quienes encajan en el perfil de votantes de algún partido político. Eso permite crear mensajes personalizados para convencer a la gente de actuar de determinada manera. Este es el tipo de tecnología que utilizaron compañías como Analytica para reclutar votantes en eeuu y en Brasil antes de la elección de Donald Trump y Jair Bolsonaro.

De esta forma, los datos se convierten en una expresión de poder. Muchos analistas los denominan el «nuevo petróleo», el factor determinante de la economía del futuro. Como el dinero puede comprar datos que brindan poder económico y político, estos pueden exacerbar las desigualdades existentes en la política, en la economía, en la sociedad e incluso entre países. La recopilación, el almacenamiento y la venta de todo tipo de datos se están convirtiendo en un gran negocio, y el acceso a los datos es lo que determina el comportamiento corporativo y el valor de las cinco grandes empresas tecnológicas de eeuu en particular. Por esa misma razón, se están convirtiendo en un problema de seguridad nacional cada vez más grande y de lo que algunos llaman «soberanía digital».

La cuestión es que si los datos se convierten en el sistema nervioso de una economía global digitalizada, y si la mayoría de los datos en el mundo son recolectados y utilizados por un puñado de empresas estadounidenses, esas firmas y el gobierno de eeuu se vuelven increíblemente más poderosos que aquellos países que solo producen datos. Muchos expertos han alertado sobre los riesgos de una forma de colonialismo digital producida por esta situación21. Como muestra la historia de América Latina, los intereses del capital y del gobierno estadounidenses a menudo entran en conflicto con los de los gobiernos que intentan construir economías desarrolladas con mayor justicia social, el tipo de gobierno que esperaríamos regule el acceso a los datos sociales y a los datos del lugar de trabajo. Desde esta perspectiva, podemos preguntarnos, como lo ha hecho Evgeny Morozov: si los datos son el nuevo petróleo, ¿qué país se convertirá en el nuevo Iraq22? Si los trabajadores de todo el mundo quieren construir una sociedad más desarrollada y más igualitaria, tendrán que controlar los datos que la sociedad produce y desarrollar una capacidad nacional para trabajar con ellos. La realidad es que hay dos caminos para lograrlo: un acuerdo internacional sobre datos, o la fragmentación del mundo digital en bloques nacionales o regionales con distintos ecosistemas de datos.

Por el momento, existen pocas leyes sobre el uso de datos en el lugar de trabajo y en relación con los trabajadores. Tampoco hay lineamientos internacionales sobre los usos de la inteligencia artificial en el lugar de trabajo23. Es esencial establecer leyes sobre datos y una estrategia para desarrollar la soberanía digital a fin de construir condiciones de trabajo decentes para el siglo xxi. Lo que queda claro es que si no se hace algo para solucionar que el control privado de datos esté en manos de un puñado de individuos, los trabajadores de todo el mundo verán seriamente afectados sus esfuerzos para controlar la intensificación del uso de datos en el trabajo o para lograr la elección de un gobierno que incluya los datos como parte de su agenda. Si bien es mayor la tendencia de los Estados a controlar los datos nacionales, teniendo en cuenta en especial la creciente tensión entre eeuu, China y Rusia, por ejemplo, existe escasa evidencia de que exista un «proteccionismo digital» en la mayor parte del mundo en vías de desarrollo. Aun así, se trata de debates esenciales, que deben contar con la participación de los trabajadores si estos quieren proteger sus derechos en la sociedad y en el lugar de trabajo.

  • 1.D. Akst: «Automation Anxiety» en The Wilson Quarterly vol. 37 No 3, 2013; J. Mokyr, C. Vickers y N.L. Ziebarth: «The History of Technological Anxiety and the Future of Economic Growth: Is This Time Different?» en The Journal of Economic Perspectives vol. 29 No 3, 2015.
  • 2.Vale como ejemplo la charla ted de Nick Bostrom titulada «What Happens When Our Computers Get Smarter Than We Are?», 2015, disponible en www.youtube.com/watch?v=mnt1xgzgkpk.
  • 3.C.B. Frey y M.A. Osbourne: «The Future of Employment: How Susceptible Are Jobs To Computerisation?», Universidad de Oxford, 2013.
  • 4.Melanie Arntz, Terry Gregory y Ulrich Zierahn: «The Risk of Automation for Jobs in oecd Countries: A Comparative Analysis», oecd Social, Employment and Migration Working Papers No 189, 5/2016.
  • 5.James Manyika et al.: «Harnessing Automation for a Future that Works», McKinsey Global Institute, 1/2017.
  • 6.PriceWaterhouseCoopers: «uk Economic Outlook», 3/2017, disponible en www.pwc.co.uk/economic-services/ukeo/pwc-uk-economic-outlook-full-report-march-2017-v2.pdf.
  • 7.Gérard Valenduc y Patricia Vendramin: «Work in the Digital Economy: Sorting the Old from the New», etui Working Paper No 2016/3, 2016, p. 16.
  • 8.Ljubica Nedelkoska y Glenda Quintini: «Automation, Skills Use and Training», oecd Social, Employment and Migration Working Papers No 202, oecd Publishing, París, 2018.
  • 9.«Microelectronics: All that is Electronic does not Glitter» en The Economist, 1/3/1980.
  • 10.Algunos autores señalan que la deserción laboral en eeuu es más baja hoy en día que en periodos anteriores. Ver Robert Atkinson y John Wu: «False Alarmism: Technological Disruption and the us Labor Market 1850-2015», itif @Work Series, 5/2017.
  • 11.J. Bessen: «How Computer Automation Affects Occupations: Technology, Jobs and Skills», Working Paper No 15-49, Boston University School of Law & Economics, 11/2015.
  • 12.Ver M. Arntz, T. Gregory y U. Zierahn: «Digitalisierung und die Zukunft der Arbeit: Makroökonomische Auswirkungen auf Beschäftigung, Arbeitslosigkeit und Löhne von morgen», zew, Mannheim, 2018.
  • 13.Ver Helen Edwards y Dave Edwards: «How Tesla ‘Shot Itself in the Foot’ by Trying to Hyper Automate its Factory» en Quartz, 1/5/2018.
  • 14.La disminución en el crecimiento de la productividad –ya en marcha antes de la crisis–, combinada con la lenta inversión, continuó debilitando los aumentos de la producción económica y los estándares materiales de vida en los últimos años en muchas de las economías mundiales. ocde: «Cross-Country Productivity Gaps are Smaller than We Thought», 12/10/2018, www.oecd.org/sdd/productivity-stats/. V. tb. el discurso de Andrew Haldane: «Productivity Puzzles», 5/2017, disponible en www.bankofengland.co.uk/-/media/boe/files/speech/2017/productivity-puzzles.pdf?la=en&hash=708c7cfd5e8417000655ba4aa0e0e873d98a18de.
  • 15.Alice Lloyd George: «Discussing the Limits of Artificial Intelligence», entrevista con Gary Marcus en TechCrunch, 2016 y «Recognizing the Limitations of Artificial Iintelligence», entrevista con Joanna Bryson en Thomson Reuters, 7/10/2018.
  • 16.La cantidad de empresas que mencionan la inteligencia artificial en sus informes sobre ganancias se dispararon de 6 en 2013 a 244 en 2017. Kevin McNally: «It’s Time to Stop Using ai as a Marketing Gimmick» en Fast Company, 18/7/2017.
  • 17.Tom Simonite: «Moore’s Law is Dead. Now What?» en mit Technology Review, 5/2016.
  • 18.Se trata de empresas que tienen relaciones extremadamente cercanas con el gobierno de eeuu. Robert W. McChesney: «Between Cambridge and Palo Alto» en Catalyst vol. 2 No 1, 2018, p. 17.
  • 19.Michael Wayland: «gm ceo: it Transformation Critical for Automaker to Thrive» en Michigan Live, 5/2013.
  • 20.«ai Helps Diagnose Depression Three Months Earlier than Health Services by Analysing Facebook Posts» en The Independent, 15/10/2018.
  • 21.Nick Couldry y Ulises Mejias: «Data Colonialism: Rethinking Big Data’s Relation to the Contemporary Subject» en Television and New Media, 7/2018; Renata Avila Pinto: «Digital Sovereignty or Digital Colonialism?» en Sur vol. 15 No 27, 2018.
  • 22.V. conferencia «Beyond Surveillance Capitalism: Reclaiming Digital Sovereignty», Barcelona, 16 y 17 de octubre de 2018.
  • 23.Nuestra organización hermana, el Sindicato Global uni, ha desarrollado 10 principios sobre la inteligencia artificial que pueden consultarse aquí: www.thefutureworldofwork.org/opinions/10-principles-for-ethical-ai/.