“Hay una afirmación que yo veo como un síntoma innegable de fe populista y en mi país se escucha con frecuencia, según la cual detrás de cada necesidad debe haber un derecho. Obviamente un mundo donde todas las necesidades son satisfechas es deseado por todos, pero no existe. Si existiera, no tendría ningún sentido la discusión política y moral”

En esta frase, un ministro de la Corte aparece como epígono del candidato populista por antonomasia en la Argentina, Javier Milei, quien ya en noviembre de 2021 había señalado: “Venimos a terminar con el verso ese de que ‘donde hay una necesidad nace un derecho’, porque es mediante ese sistema que aumentan el gasto público, los impuestos, toman deuda y cuando ya no pueden más le dan a la maquinita”.

Por una cuestión de responsabilidad institucional, la banalidad puede admitirse como un paso de comedia en el populista nativo, pero no en el epígono que tiene a su cargo la función de interpretar la Constitución y las leyes.

Pues el problema no es la necesidad como derecho sino la estructura del discurso, propia de los populismos de derecha, en el que un término, tomado sin determinaciones, significa todo y nada, no es más que una expresión destinada a excitar emociones y a señalar un enemigo. Así hablaron Hitler, Mussolini y hoy se expresan sus herederos europeos. Como decía Hegel, el ser, el puro ser sin determinaciones, es igual a la nada o, como dijera otro alemán, suponer sujetos sin lazos sociales “es la apariencia, y la apariencia estética solamente, de las pequeñas y grandes robinsonadas”.

La frase de Eva Perón es dicha en un contexto que permite discernir con claridad su determinación. Está dirigida a los humildes, a los desposeídos, en definitiva, a quienes la privación (otro nombre de la necesidad) de condiciones materiales pone en riesgo la realidad de la ciudadanía.

La versatilidad no está en la enunciación (determinada por el contexto y los sujetos a los que está dirigida) sino en la interpretación de quienes omiten la distinción entre necesidad, demanda y deseo.

La necesidad no es el capricho, como parecen confundir los consumidores de la fantasía publicitaria de una tarjeta que permite hacer realidad un sueño con la nueva palabra mágica: ¡Quiero!

La necesidad en Eva Perón habla claramente de un sujeto y un objeto, del mismo que se hablaba en la tradición republicana desde Rousseau o Robespierre. La necesidad habla de las condiciones materiales que hacen posible en una sociedad y tiempo determinado que los humanos puedan perseverar en el ser. La necesidad habla de alimento, cobijo y cultura.

Cuando se dice que no se pueden satisfacer todas las necesidades, lo que se afirma es un estado de cosas en el que se satisfacen los caprichos de la posesión pero no las condiciones materiales que permiten a cada ser humano continuar siéndolo. Porque como demostraron hasta el hartazgo los efectos de los campos de concentración nazis, la privación puede de-subjetivar y hacer aparecer la horrorosa figura del muselmann, de una humanidad reducida a nuda vida. Y hoy existe una sociedad que expulsa, que priva, que mata. Es que siempre la propiedad privada sobre un objeto es privación, respecto de este objeto, del resto de la sociedad. Y lo que se pretende obturar mediante esa formulación indiferenciada de la necesidad es la discusión sobre lo que una sociedad debe a cada humano, para asegurar que estos pervivan en su ser.

Este y no otro es el sentido del preámbulo de la Constitución Nacional que probablemente Milei no conozca pero Rosenkrantz debería saber: la Constitución se ha hecho para “asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.

Las marcas semánticas de ese nosotros son suficientemente claras: nosotros somos los que tenemos posteridad, es decir, somos mortales y sexuados, que es tanto como decir necesitados y vulnerables en nuestra propia condición de existencia.

En tanto vivientes necesitamos reproducir nuestras condiciones biológicas de un modo adecuado a las posibilidades que la sociedad puede brindar. Esa necesidad es alimento.

Al vivir en relación con un entorno externo en el cual sea posible la vida o frente al cual debemos protegernos, esa necesidad es el cobijo.

Finalmente, el modo particular de relacionarnos con otros y devenir humanos constituye la cultura. Cuando los humanos perdemos la cultura perdemos el mundo. La nuda vida ya no es humana cuando se pierden los lazos, cuando el sujeto es abandonado por las estructuras jurídicas y políticas. Sin cultura no hay palabra, ni pensamiento ni rostro.

Y esa es la libertad en el sentido jurídico del término. Robespierre, en el discurso del marco de plata de 1791 ya señala que la propiedad es más sagrada, ante los ojos de las leyes y de la humanidad, “cuando se trata del magro mobiliario o el módico salario al que está unida la existencia del hombre modesto y laborioso” que cuando se trata de fortunas fastuosas. Y eso es tanto Robespierre como Rousseau, como Moreno, como Monteagudo.

La libertad es potencia para perseverar en el ser, no para elegir entre dos marcas de calzado. La libertad de opción no es asegurada por constitución jurídica alguna, la libertad como opción es un existenciario. Diría Sartre que estamos condenados a elegir.

Entre nuestra tradición republicana y los liberales de Locke media una diferencia idiomática. Cuando el sujeto habla reflexivamente de sí en inglés puede utilizar casi indistintamente los términos my self como my own. Hasta cierto punto se puede decir que lo yo soy es lo que yo poseo.

Para nosotros, republicanos, la propiedad que más importa es la que asegura la libertad. Por eso cuando la necesidad está vinculada a ese perseverar en el ser, nace un derecho. Eso y no otra cosa son los derechos humanos, que no se limitan a los reconocimientos de los tratados ni existen en cielo legible, son la carnadura material del ser humano.

Finalmente, me gustaría señalar que una carencia o una necesidad no vehiculiza al sujeto de los derechos humanos por sí, requiere devenir demanda por la mediación de la palabra. Y para evitar que la palabra torne la necesidad en demanda, Nuestra América fue asolada por dictaduras, proscripciones, interdicción de la palabra y el lawfare.

Es que cuando ellos, los populistas demagógicos hablan de populismo demagógico, vienen por los derechos de todos y todas para asegurar los privilegios de pocos y pocas.

 

No se aprendieron ni el Preámbulo