Desde hace un tiempo los buenos oficios, las mediaciones y los acuerdos en torno a conflictos en el mundo, en general, y en Medio Oriente, en particular, no se tramitan en Europa. Eso no debiera sorprender dada la manifiesta doble vara que hoy caracteriza a la Unión Europea respecto a las guerras y al uso de la fuerza. Una ha sido la postura frente a la invasión de Rusia a Ucrania y otra frente a Israel en Gaza. A ello se agrega la posición frente a la acción militar de Estados Unidos contra Venezuela y la preocupación ante la amenaza del presidente Donald Trump de adquirir Groenlandia. En unos casos deben operar el derecho internacional, la integridad territorial, la protección humanitaria, y el respeto a la soberanía y, en otros, al parecer, no debieran contar tanto. Este modo de diplomacia selectiva y vacilante afecta la credibilidad y reputación europea en cuestiones normativas y le resta voz política e incidencia diplomática en un escenario internacional altamente pugnaz.
Sale Europa
Consideremos brevemente el caso más reciente. A pocas horas del bombardeo de Estados Unidos e Israel a Irán, los líderes de Francia, el Reino Unido y Alemania se expresaron en una declaración de tres párrafos en la que: a) no mencionan el acto bélico inicial, b) manifiestan que están en contacto con Washington y Tel Aviv, y c) afirman que “condenamos a Irán en los términos más enérgicos por sus ataques a los países de la región”. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, emitieron un comunicado conjunto en el que se habla de “los desarrollos en Irán” y no se nombran específicamente ni a Estados Unidos ni a Israel. Kaja Kallas, la Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, expresó que la situación en Medio Oriente “es peligrosa” y eludió deplorar la acción originaria.
A su turno, el primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, comenzó su pronunciamiento reconociendo que Washington y Tel Aviv “atacaron objetivos en Irán” –país que asevera tiene un “régimen absolutamente aborrecible”– y advirtiendo que Londres “no tuvo ningún rol” en esos actos. Condenó la reacción militar indiscriminada de Teherán contra los países del Golfo e hizo un llamado a “des-escalar” la confrontación entre las partes. Inicialmente el gobierno británico no autorizó el uso de sus bases por parte de Estados Unidos. El gobierno de Pedro Sánchez en España condenó abiertamente el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán: fue el único que lo hizo de modo tajante y sin por ello avalar al régimen en Irán. El primer ministro de Irlanda, Michael Martin, expresó su preocupación por los acontecimientos y remarcó que la “protección de la población civil en Irán, Israel y los países vecinos debía ser prioritaria”. La ministra de Relaciones Exteriores de Austria, Beate Meini-Reisinger, consideró que la eliminación del Alí Jameneí “abre la ventana” a una nueva era en Irán. El ministro de Relaciones Exteriores de Bélgica, Maxime Prévot, condenó fuertemente, sin comentar la acción bélica estadounidense-israelí, los ataques de Irán contra varios países árabes. En conjunto, en la vasta mayoría de los países europeos predominó, con notable énfasis, la crítica a Teherán y el nulo cuestionamiento público a Washington y Tel Aviv. La casi unánime postura oficial europea contrastó, sin embargo, con la opinión pública ciudadana.
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Por ejemplo, en encuestas inmediatamente posteriores al 28 de febrero en España, Italia, Reino Unido y Alemania mayorías importantes rechazaron el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán. Lo mismo se observó en Países Bajos. En Polonia, una encuesta mostró que el 77% de los ciudadanos opinaban que el ataque a Irán fue equivocado. Con el correr de los días, no sobresalió un aporte europeo concreto para aminorar la belicosidad de un conflicto que arrasó, mediante el comportamiento de los tres protagonistas de la guerra, con múltiples principios y normas del derecho internacional. Europa buscó ser oída desde el inicio de la guerra. Pero no resultó sorprendente que ni para Estados Unidos, ni para Israel, ni para Irán la UE, en especial, y Europa, en general, resultara un actor gravitante y razonable ante las múltiples confrontaciones que se fueron desplegando a lo largo y ancho de Medio Oriente. Un golpe letal al ya severamente horadado “orden basado en reglas”.
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No ingresan otros…y entra Pakistán
Una Europa “en pánico”—frente a Putin, a Trump, al avance de las extremas derechas, a una crisis energética en ciernes, a una eventual nueva ola migratoria, entre otras—ahondó su confusión y parálisis ante una peligrosa guerra en las proximidades: no logró articular una posición común coherente e influyente. Hubo declaraciones por doquier, pero de escaso impacto. La vulnerabilidad europea no motivó una posición propositiva, así fuera arriesgada. Así como en la guerra contra Irán de junio de 2025 el mensaje europeo de fondo fue dar tiempo a Israel y Estados Unidos y validar la operación militar, en 2026 la apuesta pareció ser que la segunda guerra contra Irán resultara expeditiva. Quien quizás mejor resumió ese sentir fue el canciller alemán, Friedrich Merz, quien el 1° de marzo dijo: “No es el momento de dar lecciones a nuestros aliados y socios”.
A su turno, es crucial reconocer también que el BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) ampliado (se sumaron en 2024 Egipto, Etiopía, Emiratos Árabes Unidos, Indonesia, Irán y Arabia Saudita) –con la presidencia pro tempore de India desde el 1 de enero de 2026– se desentendió, como colectivo, de la guerra revelando así la fragmentación del grupo. Paralelamente, India mantiene estrechas relaciones con Estados Unidos e Israel en las áreas de defensa y tecnología, preservando un vínculo colaborativo con Irán, pero no una amistad indisoluble. Además, dos de los recientes miembros del BRICS—Irán y Emiratos Árabes Unidos—exacerbaron sus fricciones a raíz de los ataques de Teherán a instalaciones e infraestructura en EAU que produjeron 13 muertes. Sintéticamente, el “nuevo” BRICS careció de alguna propuesta medianamente compartida: la incidencia grupal en esta guerra en Medio Oriente fue inexistente. Cada país reaccionó de acuerdo con su habitual posicionamiento frente a los periódicos y graves conflictos en el área, sus preferencias básicas, sus atributos de poder, sus capacidades de influencia y sus cálculos geopolíticos.
Asimismo, tampoco los países del Golfo se vieron involucrados en la ascendente fricción entre Estados Unidos e Irán previa al 28 de febrero y después del ataque combinado entre Washington y Tel Aviv a Teherán. Por ejemplo, antes de la guerra de junio de 2025 contra Irán y con el propósito de encontrar una alternativa a la cuestión nuclear entre Estados Unidos e Irán, Omán y Catar jugaron un papel importante así las negociaciones hubieran fracasado. Omán, a su vez, y previo a los bombardeos de 2026, intentó mediar entre Estados Unidos e Irán, pero Washington nunca fue serio y la conversación naufragó. La retaliación iraní después del ataque de febrero de 2026 se desplegó contra Israel, principalmente, y contra objetivos en los países del Golfo. En Catar está ubicada la base militar de Estados Unidos más grande en Medio Oriente, al tiempo que Omán le presta sus instalaciones a fuerzas estadounidenses. Irán lanzó una nutrida cantidad de misiles contra el primero y varios drones contra el segundo. Ninguno de los dos tuvo, obviamente, la disposición de facilitar contactos entre Teherán y Washington, y, por el contrario, procuraron llevar sus casos al Consejo de Seguridad de la ONU donde se aprobó (13 votos a favor y 2 abstenciones) la Resolución 2817 que condenó los “flagrantes ataques” perpetrados por Irán contra sus vecinos.
En ese marco general en el que ni Europa, ni los BRICS ni los países árabes intervinieron diplomáticamente, desde el comienzo, en la guerra desatada, surgió Pakistán—una nación con unas 170 ojivas nucleares– como mediador. Su pronunciamiento del 28 de febrero refleja un sutil equilibrio. El mismo dice que “lamenta la ruptura de las conversaciones y el estallido de hostilidades”; “condena los ataques injustificados contra la República Islámica de Irán… (dado que) “tal curso de acción socavará la paz y la estabilidad de toda la región”; y, asimismo, “condena enérgicamente los ataques de Irán contra los países hermanos de Arabia Saudita, Baréin, Jordania, Kuwait, Catar y los EAU”. Y al final, agrega que “Pakistán hace hincapié en que todas las partes reanuden la diplomacia y encuentren una solución pacífica y negociada a la crisis”. Vale la pena recordar que el país vivió significativas protestas anti Estados Unidos/Israel en las primeras 48 horas de marzo; lo cual produjo aproximadamente 20 muertos. Ello no alteró la intención de Islamabad de implicarse para aportar a una distensión entre Estados Unidos e Irán.
¿Por qué Pakistán?
Ahora bien, ¿qué factores facilitaron que Pakistán se convirtiera en un actor que pudo lograr el cese de hostilidades por dos semanas a partir del 8 de abril? Una combinación, que hacen a los intereses nacionales, motivó el despliegue diplomático pakistaní, no exento de retos y limitaciones de distinto tipo. El dictado de la geografía es relevante. Con dos –India y Afganistán– de los cuatro otros vecinos sus relaciones, aunque con intensidad y motivos diferentes, se caracterizan por la hostilidad: una hipotética frontera adicional en tensión con Irán como producto de la exacerbación de la guerra sería muy comprometedora.
A su vez, de inmediato se hizo evidente una crisis energética dado que Pakistán importa casi el 85% del petróleo que consume y que se transporta a través del estrecho de Ormuz. Sus dos principales proveedores –en ese orden– son Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. Además, hay unos 8 millones de nacionales que trabajan en los países de Medio Oriente; siendo la región del mundo a donde más se dirigen los trabajadores pakistaníes. Estos migrantes proveen el 54% de las remesas del exterior que recibe el país; cuya suma total anual es cercana a USD 40.000 millones. En particular, hay casi 3 millones de pakistaníes en Arabia Saudita y sus remesas fueron de más de USD 9.000 millones en 2025.
Una parálisis económica en el área, en general y en Arabia Saudita, en especial, producto de una crisis energética extendida, sería calamitosa para los migrantes pakistaníes. Se debe sumar, asimismo, el hecho de que en la actualidad Pakistán ocupa un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU; lo cual le habilita un interesante margen de maniobra en el evento de desplegar un perfil más activo en los asuntos mundiales.
¿Cómo resumir entonces la relación con Arabia Saudita, China, Irán y Estados Unidos antes del estallido de la guerra y al asumir una compleja interlocución entre Washington y Teherán? El vínculo con Riad es histórico y hondo. El único “Custodio de la Dos Mezquitas Sagradas” de La Meca y Medina es Arabia Saudita; sin embargo, Pakistán desempeña un papel muy relevante pues organiza la peregrinación –el Haff– de cada año. El lazo bilateral se profundizó pues en septiembre de 2025 firmaron un Acuerdo Estratégico de Defensa Mutua; lo que tiene dos destinatarios claves, Israel (un poder nuclear) e Irán (con ambición nuclear). En ese marco, Pakistán envío 13.000 soldados a Arabia Saudita y algunos aviones de combate. Adicionalmente, Arabia Saudita le extendió un préstamo de USD 3.000 millones dólares a Pakistán para que éste repagara una deuda por ese monto a Emiratos Árabes Unidos; algo que fue un salvavidas para una debilitada economía pakistaní y reforzó la capacidad de influencia saudí sobre Islamabad.
Esencialmente para Riad la prolongación del conflicto era muy costosa por los recursos que no obtenía por el cierre del estrecho de Ormuz y por el efecto disruptivo a largo plazo derivado de un incremento de ataques iraníes a refinarías en el área. Por ello, la auto-restricción no obstante los ataques misilísticos iraníes y un cese de hostilidades comenzaron a ser más funcionales que propagar o sostener una postura explícitamente agresiva contra Teherán. A través de Islamabad –una contraparte cercana y confiable– los saudíes podían tener acceso a los contactos tras bambalinas entre Estados Unidos e Irán. Sin embargo, habiendo firmado un acuerdo de defensa con Arabia Saudita, Pakistán asumió un compromiso con los saudíes que podía entrar en colisión con sus responsabilidades de mediador en el caso particular de Irán. La diplomacia pakistaní debía –y debe–para ser exitosa, moverse con mesura pues, en el fondo, tuvo –y tiene– que caminar por una cuerda floja.
La relación entre Pakistán y China es muy intensa y una de las más estrechas entre países asiáticos. La confluencia adicional por el hecho de que ambos tienen tensiones históricas y ríspidas con India ha reforzado el amplio vínculo bilateral. La cooperación entre Islamabad y Beijing abarca la diplomacia, la defensa, y la economía y se ha acrecentado en los últimos años. Por ejemplo, el corredor económico chino-pakistaní (el China-Pakistan Economic Corridor), en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, tiene importantes consecuencias estratégicas en Asia meridional y oriental. En ese contexto y, a raíz de los ataques del 28 de febrero, del impacto regional de las confrontaciones, de sus repercusiones globales, y del llamativo repliegue de India frente a la guerra, Beijing recurrió a Islamabad para atenuar los efectos de un conflicto que parecía no decrecer. Así, el 31 de marzo, ambos gobiernos anunciaron una propuesta de cinco puntos que, en esencia, demandaba: a) un cese de hostilidades, b) la salvaguarda de la soberanía de Irán y de todos los países del Golfo, c) el respeto a la población civil, d) la protección de la seguridad de los buques que transitan el estrecho de Ormuz, y e) un fortalecimiento de Naciones Unidas.
Para China el mejor conducto para llegar con esa iniciativa a Washington y Riad era mediante la intermediación de Pakistán, procurando utilizar su ascendente económico para persuadir a Teherán (tener en cuenta, además que, en 2023, China logró la reapertura de relaciones diplomáticas entre Arabia Saudita e Irán) de lo imperativo de un alto al conflicto. En este punto, es pertinente mencionar que el 7 de abril China vetó –y Pakistán se abstuvo frente a– una resolución (11 a favor, 2 en contra y 2 abstenciones) impulsada por varios países del Golfo para coordinar esfuerzos con el propósito de asegurar la libre navegación el estrecho de Ormuz. Muy probablemente, esto facilitó que China y Pakistán persuadieran con más fuerza a Irán para que acepte el cese de hostilidades que se inició el 8 de abril.
Hay que recordar también que el 24 de marzo, Estados Unidos elevó su propuesta de 15 puntos a Irán –transmitida a través de Pakistán y respondida a Washington por el mismo conducto– para un eventual cese de hostilidades y el 5 de abril se conoció públicamente la contrapropuesta iraní de 10 puntos. Para la primera semana de abril y ante las descabelladas amenazas de Donald Trump, era evidente que se requería al menos una pausa, así fuera frágil, en la confrontación estadounidense-israelí contra Irán.
Por su parte, el vínculo entre Islamabad y Teherán merece atención y no solo por la condición de vecindad entre Pakistán e Irán: comparten una frontera de 909 kilómetros, al tiempo que en Pakistán reside la mayor población chiita fuera de Irán. (Asimismo, Irán fue el primer país en reconocer la independencia de Pakistán.) La relación bilateral ha estado marcada por una convivencia recelosa. Ahora bien, y a pesar, por ejemplo, de la muy estrecha relación entre Pakistán y Arabia Saudita y de las notorias diferencias entre Islamabad y Teherán en torno a Afganistán durante su guerra civil, después del 11 de septiembre de 2001 y más recientemente, vale la pena destacar que entre 1980 y 1992 Pakistán estuvo a cargo, en tanto “poder protector” y en materia diplomática, de los intereses iraníes en Estados Unidos.

En años recientes, y con un criterio pragmático, Pakistán e Irán acordaron en 2023 potenciar el comercio bilateral con el objetivo de alcanzar un intercambio de USD 5.000 millones de dólares para 2028 (en 2024 fue de USD 3.000 millones). Es crucial, además, la figura del mariscal pakistaní, Asim Munir. Él, y a pesar de los habituales roces –por ejemplo, los incidentes fronterizos de enero de 2024– entre Pakistán e Irán, desarrolló una estrecha comunicación con los principales referentes de la Guardia Revolucionaria Islámica iraní; en especial después de que Islamabad condenara frontalmente el ataque de Israel a Irán de junio de 2025. Sin duda, los contactos de Munir en Irán y la cordialidad generada coadyuvaron a que Pakistán asumiera un papel de intermediario creíble entre Washington y Teherán.
Finalmente, la relación entre Pakistán y Estados Unidos ha sido tradicionalmente transaccional y se ha distinguido por fluctuaciones y desconfianzas en el marco de necesidades coyunturalmente compartidas. Desde 2004 Pakistán es “Aliado Extra-OTAN” de Estados Unidos; lo cual incrementó la cooperación militar entre ambos. Sin embargo, y debido a dificultades y desencuentros recurrentes, así como por intereses y valores en entredicho, ha habido distintas iniciativas en el Congreso para retirarle aquella condición: el último intento fue en enero de 2025. En 2024 cuando el mariscal Munir intentó reiniciar mejores vínculos con Washington, la tarea no resultó sencilla debido a una serie de diferencias relevantes entre Pakistán y Estados Unidos.
Ahora bien, después del enfrentamiento entre Pakistán e India en mayo de 2025, Washington procuró un nuevo acercamiento a Islamabad que condujo a recalibrar el vínculo entre Estados Unidos y Pakistán; en especial en materia militar y de lucha contra el terrorismo. En julio de 2025, la Casa Blanca invitó a Munir a un almuerzo privado dado el prestigio que alcanzó durante la crisis entre India y Pakistán. En ese contexto, Trump afirmó que el militar pakistaní era su “mariscal favorito”. Todo parece indicar que la administración republicana abraza circunstancialmente a Pakistán por motivos tácticos –acceso a minerales para la industria y la defensa; perturbar, así sea ligeramente, la honda y diversa relación entre China y Pakistán; y enviar una señal a India con quien crecieron las fricciones bilaterales.
Para noviembre el multimillonario cabildeo pakistaní en Washington había logrado un acceso sólido a Trump y su gobierno, obteniendo, por ejemplo, una reducción de los aranceles de 29% a 19%. La proximidad a Estados Unidos estuvo reflejada en hechos significativos. Por ejemplo, la firma de un memorándum de entendimiento en materia de minerales críticos; el ofrecimiento para la construcción de un puerto en Pasni (a 100 km. del puerto que desarrolló China en Gwandar); la reactivación del diálogo bilateral sobre contra-terrorismo; y la participación en el Board of Peace creado por Trump. Para el momento de la guerra contra Irán de 2026, Estados Unidos había restablecido la comunicación y la confidencialidad con Pakistán.
En síntesis, finalmente Pakistán consiguió que se acordase un temporal cese de hostilidades entre Washington y Teherán. Ello no fue el resultado de un suceso circunstancial. Una especie de doble balance entre China y Estados Unidos y entre Arabia Saudita e Irán le permitieron sondear espacios de intermediación. La búsqueda de beneficios geopolíticos, materiales y diplomáticos implicó, por supuesto, un riesgo, aunque de potenciales altos rendimientos. Ni Washington ni Beijing obstaculizaron sus buenos oficios, al tiempo que, por motivos diferentes, Riad y Teherán requerían alternativas para que el conflicto original no se expandiera o descontrolara.
El cauteloso acompañamiento a Islamabad por parte de Egipto y Turquía reforzó la diplomacia pakistaní en su propósito de explorar opciones para detener, así fuese transitoriamente, la confrontación entre Estados Unidos e Irán. Como ha señalado el experimentado embajador pakistaní, Zamir Akram, lo importante era que “ambas partes crean que están logrando una salida honorable”.
No obstante, habría que ser muy cautos respecto a la eventualidad de un arreglo inmediato e irreversible entre Estados Unidos e Irán. La negociación del acuerdo nuclear del P5 (los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas) + 1 (Alemania) con Irán que se alcanzó en 2015 tomó doce años. Un compromiso nuevo y superador en la materia requerirá necesariamente tiempo. La agenda, las fórmulas y las especificidades de una negociación exitosa demandan disposición, esfuerzo y paciencia. En el muy corto plazo, lo deseable es asegurar la distensión entre los principales protagonistas y el comienzo de un diálogo efectivo, no distractor, en torno a consideraciones puntuales y balanceadas, advirtiendo que: a) no faltarán entorpecedores, b) se necesita aceptar aún a los que son más inaceptables, y c) se debe abandonar, por parte de Occidente, la proverbial premisa de que, en últimas, se puede seguir administrando el caos en Medio Oriente.
En el mediano plazo, la cuestión será si es posible forjar un orden regional que, simultáneamente, garantice la convivencia en un marco que reconozca la desconfianza enraizada por décadas y, que, por lo tanto, sea intrusiva en la verificación de los acuerdos con las partes involucradas. Hasta el momento Pakistán aportó, inesperadamente, una mediación responsable. Ahora habrá que observar si Estados Unidos e Irán asumen sus responsabilidades para evitar una expansión desenfrenada de lo que comenzó como una guerra punitiva que aún no finalizó.
