Durante mucho tiempo, los temas de agenda internacional y de política exterior en América Latina y el Caribe fueron tratados como un terreno ajeno a la ciudadanía. Un ámbito reservado a diplomáticos y élites en el que la opinión pública tenía poco que decir y menos aún que influir. Esa idea, sin embargo, resulta anacrónica en una región con vastos recursos estratégicos y afectada por las crecientes tensiones globales.
Nuestra región tiene un lugar visible y central en el tablero mundial como escenario de rivalidades geopolíticas y de disputas energéticas, tecnológicas y ambientales. AMLAT Radar 2026 –una encuesta realizada en diez países de América Latina, representativa de la población de 18 años o más, con ocho años o más de educación– parte del supuesto de que conocer lo que piensan y experimentan las sociedades latinoamericanas frente a esta realidad constituye un insumo valioso para definir posiciones y tomar decisiones comprometidas con una perspectiva regional propia.
AMLAT Radar 2026 se realizó en un contexto de reconfiguración internacional, marcado por la acumulación de tensiones derivadas de múltiples crisis y contestaciones globales. La encuesta revela que los ciudadanos latinoamericanos tienen una conciencia clara de este momento: perciben el inquietante avance de un mundo militarizado en el que las reglas no se respetan y parecen agonizar. Entienden que, en un contexto belicoso, de polarizaciones diversas e inestabilidad económica, se pone en juego su bienestar actual y la prosperidad futura de sus países. A la par, aspiran a que el leitmotiv de la inserción internacional de América Latina sea preservar y ampliar los márgenes de maniobra para una mayor autonomía, con beneficios concretos para su vida cotidiana.
Las sociedades latinoamericanas también tienen percepciones y sentimientos precisos sobre los liderazgos peligrosos, con especial mención a lo que se puede llamar “factor Trump” que, a su vez, se replica en distintas latitudes. Hay que agregar la capacidad de la opinión pública de diferenciación en temas de impacto global, sea en relación con líderes mundiales o frente a las líneas de acción externa de la Unión Europea. Así, por ejemplo, se aprueba su actuación en Ucrania y se la considera negligente en Gaza.
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No sorprende, entonces, que entre las principales inquietudes de la ciudadanía latinoamericana figuren –en ese orden y con distinto énfasis según los diez países donde se realizó la encuesta– las guerras, la pobreza, el narcotráfico, el cambio climático, los problemas económicos, y las violaciones a los derechos humanos. Resulta revelador que este patrón se confirme en los cuatro grupos etarios del sondeo. Allí hay una intersección entre fenómenos globales, regionales y nacionales que, en muchos casos, se potencian internamente con elevados costos humanos de distinta índole y un impacto especialmente severo sobre las poblaciones más vulnerables. Estamos, entonces, ante una opinión pública alerta que requiere que los gobiernos respectivos entiendan sus urgencias y críticas.
Adicionalmente, uno de los hallazgos más llamativos es el desplazamiento de referentes de desarrollo. En comparación con los datos de la misma encuesta recabados en 2021, los modelos de desarrollo que prefieren los y las latinoamericanas ya no son los proverbiales de Occidente, sino que provienen de Oriente. Es como si las sociedades de la región distinguen y entienden que el locus de poder, influencia y prestigio está relocalizándose en Asia.
En 2021, los modelos más apreciados fueron, en este orden, Estados Unidos, Alemania y Canadá. Hoy, son elocuentes los descensos en porcentajes de esos tres. El primer lugar lo ocupa ahora China y el segundo lo detenta Japón. Más aún, en octavo lugar sobre Francia e Italia, se ubica Corea del Sur. Quizás influye el hecho de que mientras en Occidente se achica la clase media y se desarticula paulatinamente el Estado de bienestar, en Oriente varios millones de personas dejan atrás la pobreza y aspiran, con razón, a una vida más digna.
Respecto tanto a los liderazgos mundiales como a los mejores socios de América Latina es evidente el reconocimiento de poderes y potencialidades diferenciadas. Por ejemplo, Europa conserva un peso simbólico como referente normativo en cuestiones humanitarias y de paz, pero con menor intensidad que hace cinco; Estados Unidos lo es en materia militar y, complementariamente, en materia económica; al tiempo que China sobresale en el campo tecnológico y, adicionalmente, en el terreno educativo. En función de eso, Europa es visto como una contraparte importante en temas ambientales y de lucha contra la pobreza, en tanto que Estados Unidos lo es especialmente en el combate contra el narcotráfico y China lo es en cuanto a la tecnología digital, el comercio y la infraestructura.
Evidentemente, la sociedad latinoamericana advierte que el unipolarismo es parte del pasado. Hoy se observa una difusión del poder mundial que da lugar a liderazgos diferenciados y configura un escenario de vacío hegemónico. Es posible que las sociedades latinoamericanas estén captando una condición heteropolar: el despliegue gradual de un esquema de polaridades múltiples, tanto en el plano estatal como en el no estatal, con actores diversos que interactúan en un mundo atravesado, simultáneamente, por fuerzas fragmentadoras e integradoras.
Los resultados de AMLAT Radar 2026 también revelan la grieta existente entre lo piensan y sienten las sociedades latinoamericanas y la praxis diplomática de varios de los gobiernos del área. Junto a una gran incertidumbre, revelada al medir las emociones, emerge la identificación de cursos de acción propuestos como respuesta —lo que denominamos prioridades de política exterior.

Sobresale el énfasis en el pragmatismo, expresado en la prioridad de promover el comercio, junto con los principios medulares de autodeterminación y defensa de la soberanía nacional. Al mismo tiempo, cuando evaluamos los vínculos preferentes en la región, los países europeos merecen más aprecio que los buscados con China o Estados Unidos. Sin embargo, el peso asignado a la financiación y a las inversiones, en las respuestas sobre áreas de cooperación con Europa refuerza la importancia de que estos vínculos se materialicen en asuntos tangibles.
Todo lo anterior plantea una pregunta inevitable para la relación birregional entre Europa y América Latina: ¿están los gobiernos y actores claves en América Latina y Europa en condiciones de responder con voluntad política e iniciativa a esas voces ciudadanas con algo más que retórica? Porque, a diferencia del pasado, la opinión pública ya no observa desde la distancia: empieza a marcar los límites de lo posible y a delinear los alcances de lo deseable.

