La hagiografía del capitalismo presenta las mutaciones en los modos de explotación de los seres humanos y de la naturaleza como el resultado inexorable de los desarrollos técnicos o de fenómenos naturales como la lluvia y el viento.

Actúan como lastre para desenmascarar estas posiciones tres presupuestos propios de la tradición marxista pero ajenos a Marx: 1. La inexorabilidad de la evolución de la historia y el etapismo; 2. La creencia en que el desarrollo de las fuerzas productivas determina los modos de producción; y 3. El fetichismo de las formas jurídicas.

El carácter inexorable de las transformaciones está avalado por la creencia en una teleología de la historia, propia de la ideología del socialismo reformista.

Parte de la historiografía marxista ha considerado que una sociedad sin clases sólo podría provenir como superación del modo de producción capitalista. Marx, por supuesto, nunca fue marxista a este respecto. Su correspondencia sobre las posibilidades de la construcción del comunismo a partir de la comunidad rusa basta para demostrarlo.

Tanto la expresión del materialismo dialéctico paleo-marxista como la propaganda de los fundamentalistas del mercado comparten una visión económica determinista (de la historia en el primer caso, de su finalización en el segundo). Las leyes económicas son presentadas cual leyes físicas del mismo modo obtuso con que se negaba la posibilidad del vuelo con aparatos más pesados que el aire (“Si Dios hubiera querido que el hombre volara, le habría dado alas”).

Si existen etapas históricas que han de transitarse necesariamente, el movimiento lo es todo; la meta final no es nada, como decía Bernstein. Se trata de que la historia siga su camino necesario y que la acción política se reduzca a la gestión de reformas. Ello redunda en una sacralización de lo dado y en la actividad de los partidos “socialistas” para asegurar el desarrollo del capitalismo como etapa intermedia necesaria.

Esta ideología de la “gestión” progresista ha cedido la capacidad de enunciar un cambio a las fuerzas de extrema derecha. Así, el trabajo es un mal innecesario o es un bien escaso según la necesidad del discurso. En definitiva, el trabajo es la limosna que el capital deja como un regalo sentimental (una debilidad a ser corregida) a los seres oscuros y sin nombre. Desaparece todo, menos la luz. La luz de la economía racional y las leyes del mercado. Fuera de ella, en la oscuridad, se escuchan los murmullos de la plebe, con sus costumbres, sus ídolos, sus supersticiones y sus ritos. En el rigor de las leyes del mercado se enuncia como bienaventuranza que los desposeídos deban vender al precio que se oferte todo lo que aún se adhiere a su humanidad, no sólo su fuerza de trabajo sino incluso sus órganos.

En segundo lugar, contribuye al éxito ideológico de esta presentación la creencia en que el desarrollo de las fuerzas productivas es lo que determina los modos de producción. En esta creencia, es el molino de agua el que creó el feudalismo o son las tecnologías informáticas o de gestión del trabajo las que determinan el modo de explotación neoliberal.

No son las fuerzas productivas las que determinan los modos de producción, sino que son los modos de producción los que encuentran en la tecnología existente los métodos de imponer y reforzar su dominio o hegemonía sobre los sectores subordinados de la sociedad en cuestión. En la base misma del sistema de producción se encuentra la opción político-jurídica: la imposición de un sistema de distribución en el seno de una sociedad. Esta distribución va a determinar la organización social del trabajo e incluso los contenidos materiales y tecnológicos de la producción. Los romanos conocieron y desarrollaron modelos de molino de agua, tal como lo señalan los escritores agraristas, pero su desarrollo no era esencial para el modelo de distribución y producción del imperio romano. Del mismo modo, la producción de pequeñas series propia del modelo post-fordista no es un invento de finales del siglo XX. Era fundamental durante todo ese siglo para la industria de la moda y su extensión a las demás industrias fue una respuesta al desarrollo de la lucha de clases a partir de los finales de la década del ‘60.

Finalmente, resulta necesario desbrozar lo que puede llamarse el fetichismo de las formas jurídicas que se encuentra vinculado a los dos primeros presupuestos. García Linera dice (2021:90): “Las definiciones juridicistas de las clases, tan propias de los manuales y los panfletos, son una auténtica barrera epistemológica para entender las estratificaciones sociales no-capitalistas. Aún más, la propia complejidad que adoptan las clases definitorias del régimen del capital son imposibles de entender a partir de esas caracterizaciones leguleyas o tecnicistas que se le atribuyen al marxismo”.

No se puede entender el modo de producción (y reproducción) capitalista teniendo como brújula la propiedad de los medios de producción (para la definición de burgués o empresario) o el salario (para la definición de proletario o trabajador).

Para enfrentar estos tres obstáculos epistemológicos tan imbricados en la concepción vulgar del marxismo y dar cuenta del estado actual de la lucha de clases, no hay que hacer adendas o revisiones del pensamiento de Marx, sino recuperar el filo de sus desarrollos conceptuales, lejos del revisionismo y de los santorales escritos para justificar un régimen o un autor.

El capital no es el dinero, ni los medios de producción, ni las mercancías que son el resultado del proceso de producción. Para que estos elementos se transformen en capital, los mismos deben ser elementos de los procesos de producción y de valorización. El capital es valor que se valoriza, al menos potencialmente. El capital es idéntico al proceso de valorización.

El capital es un proceso de valorización específico de un modo de producción, el capitalismo, que requiere condiciones históricas y económicas que le permitan desarrollarse. Esta unidad de dos procesos en relación dialéctica, en que los sujetos adquieren sucesivamente la función de comprador y vendedor de fuerza de trabajo y mercancías, en dos partes de un ciclo, el proceso de producción y el proceso de circulación que también se encuentran en la unidad dialéctica de procesos de trabajo y de valorización que ocurren conjuntamente. El proceso capitalista sólo puede ser entendido teniendo en cuenta estos dos aspectos, esta unidad de los opuestos.

Cuando se afirma, por ejemplo, que el capital es imprescindible para el trabajo o que sin capital el obrero no puede trabajar, se lo eterniza como categoría. El capitalismo es un modo de producción, pero sólo se puede hablar de capitalismo teniendo en cuenta las diferencias específicas con otros modos de producción.

Identificar el capital con los medios de trabajo o incluso con el proceso de trabajo escamotea las características propias del capital como proceso de valorización. Y ese olvido, desde el punto de vista de las izquierdas, hace olvidar que el dependiente nace como tal en tanto capital variable. Se es trabajador como fracción de capital, precisamente la que hace posible el proceso de valorización del capital. Por este motivo, el trabajador sometido al poder de mando del capital nace con una conciencia enajenada. Es trabajador en tanto capital variable y por eso puede llegar a considerarse parte de la empresa.

La naturaleza polar de las mercancías vendidas entre trabajador y empresario son las condiciones mismas de existencia del sistema capitalista: a) la libertad formal del trabajador que puede vender su mercancía principal, la fuerza de trabajo; b) la opresión real del trabajador que debe vender la fuerza de trabajo para poder conservar sus condiciones de subsistencia.

Ingresado al proceso de trabajo y valorización, el trabajador abandona su libertad formal para actuar bajo el dominio del capital, que determina las condiciones objetivas del proceso de producción. Se ingresa a trabajar como un medio de estos procesos que le son ajenos. Esta es la definición propia de la dependencia. Es la subsunción formal del trabajo en el capital.

“El proceso de trabajo se convierte en el instrumento del proceso de valorización, del proceso de la autovalorización del capital: de la creación de plusvalía. El proceso de trabajo se subsume en el capital (es su propio proceso) y el capitalista se ubica en él como dirigente, conductor; para éste es al mismo tiempo, de manera directa, un proceso de explotación de trabajo ajeno. Es esto a lo que denomino subsunción formal del trabajo en el capital. Es la forma general de todo proceso capitalista de producción, pero es a la vez una forma particular respecto al modo de producción específicamente capitalista, desarrollado, ya que la última incluye la primera, pero la primera no incluye necesariamente la segunda”. (Marx, 1997: 54).

Para que el capitalismo como sistema o capitalismo desarrollado pudiera nacer, era necesario que el capitalismo abandonara su forma local y se convirtiera en una economía mundo, para lo cual fue necesaria la primera forma general de apropiación originaria, como fue el saqueo del continente americano por los europeos. El capitalismo como sistema se eleva sobre el hueco insondable del cerro del Potosí.

Esa inyección de dinero es lo que permite al mismo tiempo la aparición de la subsunción real del trabajo en el capital con el desarrollo de la maquinaria y, fundamentalmente, que el capital fuera la fuerza directriz de las naciones.

Deleuze y Guattari (1988:461-462) dan una idea adecuada de la diferencia entre subsunción formal y subsunción real del trabajo en el capital, si bien refiriéndola a la diferencia entre la esclavitud y la sujeción del hombre moderno en el capitalismo, respecto de las cuales la calificación es inadecuada. Para ellos hay esclavitud (hay subsunción formal del trabajo en el capital) “cuando los hombres son partes constituyentes de una máquina bajo el control y dirección de una unidad superior”, y hay sujeción (subsunción real del trabajo en el capital) cuando la unidad superior constituye al humano como un sujeto que remite a un objeto que ha devenido exterior.

Tampoco se puede confundir el capital o el mercado con el sistema capitalista, que es el sistema del señorío del capital sobre la sociedad y el Estado. Es el sistema de la dictadura de la burguesía. El valor de cambio presupone las cosas en las que se encarna, pero él no es una cosa sino una relación. El capital presupone el valor de cambio, pero sin el poder de mando sobre el trabajo no se constituye como tal y el capitalismo no es sólo la existencia de capitales o mercados, sino el poder de mando de los capitales o el mercado sobre la sociedad.

No es posible pretenderse capitalista y estar en contra del neoliberalismo, ya que el neoliberalismo no es otra cosa que la realización del capitalismo como sistema. Oponerse al capitalismo como modo de producción dominante sobre la sociedad y el Estado no implica oponerse necesariamente al desarrollo del capital, incluso si es extranjero. El socialismo no es sinónimo de estatización o persecución del capital, incluido el capital extranjero o multinacional, como sucedió en la Unión Soviética dirigida por Lenin a partir de la NEP, admitiendo la concurrencia de capitalistas e incluso de capital foráneo, siempre subordinado a las necesidades del Estado y el pueblo soviético.

El Estado socialista es la ampliación de márgenes de participación comunitarias y democráticas con miras a su extinción futura en una sociedad sin clases y sin Estado. Por eso Lenin consideraba el socialismo en esa etapa como colectivización más electrificación. No puede construirse el socialismo sobre la base del empobrecimiento de los trabajadores en nombre de ideas. Esa desviación es el idealismo y el socialismo utópico. El marxismo es un materialismo. El significado del socialismo es poner fin a la dictadura de la burguesía que se manifiesta en la toma del poder del Estado a partir de resortes claves como la prensa comercial o los poderes judiciales oligárquicos.

 

DELEUZE, Gilles y GUATTARI, Félix (1988), Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Pre-textos, Valencia.

GARCÍA LINERA, Álvaro (2021), La potencia Plebeya. Acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia, Prometeo Clacso, Buenos Aires.

MARX, Karl (1997), El Capital. Libro I Capítulo VI (inédito), Siglo XXI, México.

 

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