Desde el comienzo de la historia, o sea del registro escrito de la humanidad que incluye la transferencia de la oralidad previa a la escritura, observamos que el poder se ha construido a sí mismo como poseedor de la comunicación con la divinidad, instituyéndose como su representante.
La historia nos muestra que los gobiernos han sido siempre teocracias más o menos explícitas. En muchos casos los que ostentaban el poder eran venerados como divinidades, obviamente autoimpuestas.
Recién a partir de la Revolución Francesa apareció el primer estado laico. La condición de la existencia de teocracias para el ejercicio del poder no debe asombrarnos, ya que la subjetividad demuestra pesar mucho más que la razón.
Independientemente de la existencia o no de un dios o muchos dioses, más del 90% de la humanidad cree en ellos, en la trascendencia y en premios y castigos después de la muerte; es obvio entonces que la razón está siempre en un segundo plano.
Las herramientas del poder han sido y son la violencia y el manejo de la subjetividad a través de la creencia en lo sobrenatural y la manipulación de ella por parte de quienes detentan ese poder. Como consecuencia de las dos primeras, adquirida y mantenida por ellas aparece la tercera herramienta, el poder económico, surgido de inventar la propiedad privada, no de los bienes de uso personal sino de los productivos, inicialmente la tierra y luego los rebaños.
Tanto lo sobrenatural como la violencia tienen un nexo común, el miedo. Lo sobrenatural encuentra motivo y fundamento en el miedo a la muerte, y desde ese miedo nace la necesidad de trascender; una trascendencia que encuentra nuevos miedos en la posibilidad de no recibir premios sino castigos. Por eso el poder que se arroga la representación de lo divino se autoproclama administrador de premios y castigos. En cuanto a la violencia, que es ejercida de manera monopólica por el poder, lo convierte en administrador del dolor y del sufrimiento que repartirá a su gusto si encuentra algún tipo de oposición.
Recordemos que el poder, cuando no reside en la comunidad y está ejercido por una élite, se constituye en sujeto único considerando al resto de la comunidad como objetos, y si un miembro de la comunidad, objeto-para-el-poder, pretende convertirse en sujeto levantando su voz, es reprimido.
Pero, ¿Qué hace necesaria la existencia del poder entre los seres humanos. o en todo caso, de donde surge? ¿Es inevitable? ¿Hay solo una forma de poder? Ya sabemos el ‘cómo’ se ejerce el poder por parte de las élites y cuáles son sus herramientas, faltan otras preguntas que buscan respuesta; como el ¿qué, el para qué y el por qué?
Sabemos que el poder hace a los humanos desiguales porque unos mandan y los otros obedecen. Merece entonces la pena que analicemos de dónde surge el poder y examinemos la mirada de distintos pensadores sobre su origen, ya que conceptos como poder, libertad, democracia y propiedad siempre están en discusión, al menos hasta ahora.
Siempre que hablamos de poder, va de suyo que estamos hablando también de comunidades en la que este está ejercido por el conjunto o por una élite. Al respecto de la relación entre las comunidades y el poder hay un grupo de filósofos a los que se dió en llamar contractualistas y se han referido a este tema desde distintas perspectivas; ellos fueron Thomas Hobbes, John Locke y Jean Jacques Rousseau.
Thomas Hobbes (Inglaterra 1588-1679) cuya obra cumbre fue el ‘Leviatán’, monstruo bíblico al que se ha identificado con el diablo; plantea que en el estado de naturaleza, o sea antes de la existencia del estado, los humanos vivían en estado de guerra de todos contra todos, por eso toma la frase de Plauto “el hombre es lobo del hombre”. Hobbes reivindica tres derechos a defender; la vida, la libertad y la propiedad privada, entonces el miedo hizo necesario un acuerdo, un contrato social, en donde se renuncia a la libertad quedando bajo el poder de un estado fuerte, con poder absoluto, el Leviatán, que aunque monstruoso es mejor que el estado de naturaleza ya que cuida nuestra seguridad y protege la vida y la propiedad. Quién ejerce el poder, para Hobbes, el rey, debe tener poder absoluto, hace las leyes y las hace cumplir y solo él está por encima de las leyes y puede no cumplirlas.
John Locke (Inglaterra 1632-1704) médico y filósofo empirista al que se reconoce como fundador del liberalismo clásico e inspirador de las ideas que dieron origen a la lucha por la independencia de los EEUU; plantea que Dios nos creó a todos iguales con derecho a la vida, la libertad y la propiedad. Es importante destacar que con respecto a la propiedad dice que la tierra es de todos pero lo que produce cuando se la trabaja es de quien la trabaja, o sea que la propiedad en Locke nace del trabajo y tiene que ver con el producto de él y no con la propiedad de la tierra.Dijo que en el estado de naturaleza la mente del hombre es como una ‘tábula rasa’ que a partir de la experiencia generada por los sentidos y la posterior reflexión produce ideas que en el lenguaje son como objetos. Esta racionalidad le permite discernir. Esto marca una diferencia del empirismo con el racionalismo cartesiano. Descartes (Francia 1596-1650) creía que había ideas innatas, como la distinción entre bien y mal.
Para Locke, el absolutismo monárquico es peor que el estado de naturaleza. Él no cree que los humanos sean necesariamente malos, sino que son capaces de compasión y pueden colaborar unos con otros. El poder debe ser controlado y por eso plantea una estructura legislativa, el parlamento y un poder ejecutivo, el rey. También planteaba un poder Federativo para manejar las relaciones exteriores de los países. El contrato social que describe implica la renuncia a la defensa personal de los derechos de cada integrante de la sociedad poniéndola en manos del estado. ’Nadie es buen juez de su propia causa’ dice Locke, y también que si el poder excede sus límites las personas tienen derecho a la rebelión.
Finalmente Juan Jacobo Rousseau (Ginebra 1712-1778) aportó una mirada diferente sobre el contrato social constitutivo de la sociedad. Por un lado consideró que en el estado de naturaleza los hombres (para la época todos hablaban en masculino, las mujeres estaban en casa trabajando en la crianza o trabajando fuera pero siempre invisibles para el mundo del pensamiento y las decisiones) habían nacido buenos y libres pudiendo decidir sobre sus vidas y siendo propietarios de sus cosas personales, por lo tanto soberanos pero; como plantea en el discurso sobre la desigualdad de los hombres, cuando algunos se apropiaron de la tierra mientras otros estaban desposeídos esto llevó a la desigualdad. El contrato social propuesto por Rousseau habla de reemplazar la libertad individual que no es más que la fuerza de cada uno o el derecho del más fuerte por la libertad civil que estará limitada por la voluntad general, de manera que el estado civil sería una manera de proteger el interés general. No habla Rousseau de cómo resolver la desigualdad que él mismo mencionó en su discurso sobre la desigualdad por lo que la ‘voluntad general’ resulta un tanto utópica sin retoques como la resolución de lo que posteriormente Marx llamó la lucha de clases.
Entre los extremos de Hobbes, que plantea una lucha de todos contra todos, el hombre como lobo del hombre, y Rousseau que nos habla del buen salvaje, bueno, libre y soberano, parece haber un gran desconocimiento de la condición humana y de la biología. Es comprensible, varios siglos de evolución científica y de conocimiento nos separan, actualicemos entonces.
Los seres vivos somos seres de necesidad, nuestra primera necesidad es sobrevivir y de lograr una estrategia adecuada para adaptarnos al medio y a los contextos que la realidad objetiva nos presenta dependerá nuestra existencia o nuestra extinción. Somos gregarios por necesidad, de lo contrario no podríamos sobrevivir. Esta maravillosa herramienta de simbolización que es el lenguaje, vehículo del deseo, que por su intermedio hace posible el pensamiento organizado, tiene la capacidad de abrir o cerrar puertas. Somos a un tiempo emociones y razón y ambas condiciones están representadas en el lenguaje, adjetivos para las emociones y sustantivos para la razón. Aparentemente, mientras más adjetivos tiene el discurso más breve será su capacidad de analizar la realidad, el lenguaje de la ciencia es necesariamente sustantivo, aunque al decir esto lo estoy calificando. Tanto Hobbes como Rousseau y también Locke, tienen en común centrar su análisis en el humano como individuo y no como ser comunitario, aunque la realidad no nos muestre como lobos esteparios sino como conjuntos de humanos en movimiento o asentados en un lugar determinado. Y si bien es cierto que individualmente tenemos pasiones, y parece ser que la pasión es el ejercicio del deseo, esos mismos deseos son responsables de nuestros vínculos, es más, Lacan dice en una frase que me parece particularmente feliz que “el deseo es el deseo de ser deseado por el otro”. La historia de cada ser humano es la historia de su vida afectiva en la que busca ser aceptado por otros, su comunidad, y a la vez se espeja en ellos como semejantes, la otredad confirma la mismidad.
El origen de la desigualdad no está en la propiedad como dice JJR sino en el poder. Siempre vuelvo a los cinco problemas básicos por los que podemos matar o morir: Comer (la economía), no ser comidos por un predador (la seguridad), la pulsión sexual y la pertenencia (la conjunción de ambas generarán el afecto en sus distintas modalidades) y el poder, el que puede alterar todos los equilibrios, actuando sobre los cuatro primeros intentando manejarlos.
El poder se apropia de los recursos económicos, se adueña de la seguridad, hasta se mete en la cama de las personas decidiendo desde la ‘moralidad’ qué está bien y qué está mal, ya que todo código moral está diseñado por la clase dominante, y finalmente, manipula el sentido de pertenencia de acuerdo al viejo apotegma de dividir para reinar.
En estos momentos en nuestro país estamos sufriendo los efectos de la potencia de este poder. A partir del manejo de la subjetividad a través de los medios de comunicación y de algunas estructuras religiosas, particularmente algunas de las iglesias evangélicas creadas con el aporte de la CIA a instancias de Robert McNamara (Secretario de Defensa de Nixon) en 1968 como oposición a los efectos del Concilio Vaticano II y que también apoyaron a Bolsonaro en Brasil, se sumó el condicionamiento objetivo de un gobierno de origen popular que no cumplió con su cometido; la clase dominante, la verdadera “casta”, ha conseguido, no por las armas como lo hizo tradicionalmente sino por el voto ciudadano entronizar en el gobierno a un sociópata que la representa. Un personaje farandulesco que no inventó nada sino que desde su personaje agresivo, mentiroso y chanta, condiciones que cualquier sociópata puede exhibir, presenta un discurso que recuerda la creación de Mary Shelley, la autora de Frankenstein. La “criatura” que representa Milei retrocede un siglo en la concepción teocrática en los delirios de “las fuerzas del cielo”, toma de Hobbes el concepto del absolutismo monárquico, ya que por un lado reivindica la anarquía denunciando al Estado como una asociación criminal en la medida que establece un límite a los abusos de la clase dominante, reconoce derechos a los trabajadores y tiene políticas de ayuda para los sectores más vulnerables de la sociedad; pero por otro lado quiere un Estado Leviatán para reprimir a quienes se opongan a los designios de su voluntad dictatorial. Es llamativo que en la defensa de su concepción de propiedad privada disminuye los impuestos a los ricos y los llena de concesiones mientras aprieta a todos los sectores populares. Pretende que el pueblo pague las balas de goma y toda la parafernalia con que se lo reprime. En su defensa demencial de la propiedad privada y la libertad pretende avanzar sobre la propiedad social habiendo expresado que se podrían privatizar las calles cobrando peaje al vecino para transitar por ellas, también podrían venderse los hijos, ya que son propiedad privada de los padres, lo mismo ocurre para la venta de órganos. Atenta claramente contra la soberanía del país en su política exterior y en su deseo de entregar recursos a las grandes corporaciones multinacionales, supongo que tiene claro que destruir el estado es destruir la nación.
Como dije antes, este personaje no inventó nada. Ya en la segunda reunión de la Trilateral comission en junio de 1975, el barón Rothschild, como miembro relator, dijo en su discurso que había desaparecido el sentido de las fronteras políticas (esto es hablar de los estados), que el mundo debía ser manejado por las corporaciones. Ese fue el debut en sociedad del “anarco capitalismo”, Milei es su empleado del mes.
¿Seremos capaces de generar opciones populares que nos permitan recuperar el gobierno o la estupidez propia y ajena nos llevarán a la esclavitud del siglo XXI?