Aclaración previa: Este escrito está inspirado en la lectura referencial de E. Stimilli en su libro «Deuda y culpa», Herder, Barcelona, 2020.
I. Preludio: tres voces, un mismo eco
Perdonamos nuestras deudas, así como
nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Padre Nuestro, San Mateo 6:12-15 (RVR1960).
¿Y qué es la felicidad de estar libre de deudas?
Es cuando un caballero no debe ninguna deuda, grande o
pequeña, a nadie. Cuando reflexiona sobre esto, se llena de
placer y felicidad. Esto se llama ‘la felicidad de estar libre de deudas’.
Buda al An?thapi??ika, en SuttaCentral (AN 4,62).
«Y si (el deudor) está en apuros,
concededle un plazo de espera hasta que tenga facilidad
para pagar; pero si renunciáis a la deuda y la condonáis como
caridad, será mejor para vosotros, si supierais»
Corán, aleya 280 de la Sura Al-Báqara (La Vaca).
Tres tradiciones en textos sagrados y referencias coinciden en un punto que la modernidad financiera se empeña en olvidar: la deuda no es un mero contrato económico, sino un vínculo humano que la antropología demuestra que está atravesado por la compasión, el perdón y la responsabilidad colectiva.
Sin embargo, el capitalismo contemporáneo ha convertido ese vínculo en un mecanismo de dominación silenciosa, y la deuda pública -esa enorme cifra que los Estados arrastran como un lastre- se ha transformado en la bisagra que permite la extracción de riqueza desde los territorios periféricos hacia los centros financieros globales.
II. El paradigma del endeudamiento perpetuo
La propensión al endeudamiento aparece como una tendencia ecuménica: se manifiesta en individuos, familias, empresas y Estados. No es accidental ni fruto de la irresponsabilidad; es una característica constitutiva del ciclo actual del sistema capitalista. Los economistas clásicos lo explican mediante la relación igualitaria entre ahorro e inversión; los heterodoxos, en cambio, lo atribuyen a la correlación asimétrica entre ingresos y gastos. No ahondaremos el tema en esta nota.
Partimos de una premisa más amplia: vivir endeudado se ha convertido en el modelo de la existencia contemporánea, una suerte de paradigma del presente. Lejos de ser una anomalía del sistema, la deuda -especialmente tras la crisis financiera de 2008 y las posteriores políticas de austeridad gubernamental- funciona como un mecanismo central de regulación del capitalismo neoliberal.
En el caso particular de la deuda pública, su funcionalidad sistémica es doble: por un lado, posibilita el proceso de monetización del valor agregado del trabajo nacional y de la explotación de los recursos naturales; por otro, esa monetización es esencial para permitir la fuga financiera hacia los grandes centros de acumulación global.
III. El caso de Chubut: extractivismo y deuda como herramienta de apropiación
El caso de la provincia argentina de Chubut resulta paradigmático. La deuda pública, en esta provincia, está intrínsecamente ligada a su principal recurso: el petróleo. El principal instrumento de deuda externa es el BOCADE (Bono de Cancelación de Deuda de Chubut), emitido originalmente en 2016 por USD 650 millones y garantizado con las regalías petroleras de la provincia.
Esta garantía convierte a la deuda en un mecanismo directo de extracción de riqueza. Los acreedores son prioritarios para cobrar la deuda y sus servicios directamente de las regalías, que son la contrapartida económica de la explotación de los hidrocarburos en el territorio.
El extractivismo es, así, la base de la monetización de la renta, la cual, en lugar de reinvertirse en el desarrollo local para mejorar la vida de los chubutenses, fluye hacia el exterior en forma de intereses y rentas del capital, consolidando la fuga financiera.
La presión de esta deuda sobre las finanzas provinciales es abrumadora. Según datos de 2025, Chubut tiene una de las cargas de deuda per cápita más altas del país, y el equivalente a casi 4 de cada 10 pesos (38,1%) que ingresan a la provincia está comprometido en obligaciones financieras. Además, más del 60% de la deuda está denominada en moneda extranjera, lo que la hace especialmente sensible a las fluctuaciones del tipo de cambio.
Esta dinámica genera tensiones sociales profundas. La prioridad del pago de la deuda ha llevado a situaciones de ajuste que afectan a los trabajadores públicos, como se evidenció durante la pandemia de COVID-19, cuando el Gobierno provincial continuó con los pagos a los acreedores externos mientras los salarios de los trabajadores estatales se pagaban de forma escalonada y con retrasos, afectando su capacidad para cubrir necesidades básicas.
Las operaciones de deuda recientes refuerzan este círculo. En abril de 2026, la provincia de Chubut emitió un nuevo bono internacional por USD 650 millones a 10 años, con una tasa de interés del 9,45% anual, para refinanciar pasivos, incluyendo una parte de los bonos BOCADE que vencían en 2030. Esta operación puede ser calificada como una «bomba financiera» que «hipoteca el futuro de la provincia», ya que se toma deuda a una tasa más alta para pagar vencimientos, comprometiendo aún más los ingresos futuros.
Al mismo tiempo, el Gobierno provincial negocia acuerdos con Nación para cancelar otras deudas a cambio de realizar obras de infraestructura, como la reparación de la Ruta 40, transformando las deudas en inversión pública. Esto demuestra que la gestión de la deuda es una decisión política que internaliza al pueblo del Chubut para hacer frente a deudas que son de Nación y definen el destino de los recursos públicos y el desarrollo de la provincia.
IV. La deuda como categoría multidimensional
Aceptamos la tesis que postula que la deuda no es únicamente una dimensión financiera, ni siquiera sólo económica.
La deuda -como concepto fundante de un sistema socioeconómico- es también una categoría política (en el sentido de su administración y de las relaciones de poder que la atraviesan), teológica (en el sentido de su origen antropológico y su vínculo con la culpa y el sacrificio) y psíquica (en el sentido de sus efectos microeconómicos sobre la subjetividad de los deudores).
Para comprender su operación en el caso de Chubut -y en general en las economías periféricas- destacamos tres transformaciones clave:
1. De la apropiación al intercambio: El capitalismo no se basa -exclusivamente- en el intercambio de equivalentes (mercancía por dinero), sino en una «apropiación» originaria de los recursos naturales y del trabajo vivo, que luego se transforma en acumulación financiera. En Chubut, las concesiones de explotación y sus prórrogas son la licencia política del extractivismo; la deuda pública es la herramienta de apropiación que convierte la riqueza natural en renta financiera evadida.
2. Del don a la deuda: Chubut ha recibido el don (regalo) de la naturaleza: yacimientos de petróleo y gas, mares ricos en pesca, paisajes naturales admirables para el turismo, energía hidráulica y eólica extraordinaria, recursos mineros y forestales.
Es sobre ese don, operado en favor de los intereses populares, que deberían fundarse los lazos sociales del buen vivir y la identidad colectiva del pertenecer.
Sin embargo, el sistema económico y el andar político se ocuparon de distorsionar esta lógica de reciprocidad Naturaleza-Sociedad para generar dependencia financiera. El don se ha convertido en deuda y la riqueza común, en pasivo externo.
3. Del súbdito al «empresario de sí mismo»: Bajo el neoliberalismo, la figura del «empresario de sí mismo» transforma cada aspecto de la vida en «capital humano» que debe generar beneficios. Esta lógica genera un estado de endeudamiento perpetuo: ya no se trata de pagar una hipoteca o un crédito, sino de ser un deudor existencial, alguien que debe invertir permanentemente en su propia empleabilidad, salud, educación y bienestar para no quedar fuera del sistema.
Es cierto que hay una dimensión previa: nacemos en una sociedad que nos recibe, nos da lengua, cultura, infraestructura y sentido. Por eso llegamos a la vida como individuos deudores de la sociedad. La deuda se «reparte» entre más individuos que harán los inútiles esfuerzos de pago, pero esa redistribución no es equitativa: los más vulnerables cargarán con el mayor peso proporcional.
V. Profundizando en el vínculo: deuda y culpa
La conexión entre deuda y culpa ha sido explorada a partir de la ambigüedad de la palabra alemana Schuld, que significa tanto «deuda» como «culpa». Esta polisemia no es casual: revela que, en la cultura occidental, deber dinero y ser culpable son dos caras de la misma moneda.
El legado de Walter Benjamin: El filósofo Walter Benjamin (1871-1918) presenta la hipótesis de que el capitalismo es una religión de culto sin dogma. A diferencia del cristianismo, que ofrece redención a través del sacrificio de Cristo, el capitalismo no ofrece redención alguna; su función principal es crear culpa, no expiarla. Cada deuda genera una nueva falta; cada pago, un nuevo deber. El ciclo es infinito.
El sacrificio como expiación: La culpa se manifiesta en el sacrificio. Milei, Caputo, en Nación; Torres en Chubut y miles de dirigentes políticos se empecinan en auspiciarlo.
Así como en las comunidades primitivas se sacrificaba una víctima (animal o humana) para expiar culpas colectivas y restaurar el orden comunitario, el neoliberalismo exige sacrificios -austeridad, recortes, ajustes, flexibilización laboral- para mantener el sistema financiero.
El deudor se convierte en una «vida desnuda» endeudada, al mismo tiempo inocente (porque heredó una estructura) y culpable (porque no logra salir de ella). La deuda opera como una penitencia laica: no se paga para saldar, sino para seguir mereciendo la posibilidad de pertenecer.
VI. La raíz ascética del capitalismo: La deuda del viviente
El endeudamiento es el paradigma político y psíquico del neoliberalismo contemporáneo. Que tiene raíces histórico-filosóficas y que no funciona solo por acumulación, sino también por disciplina de la vida.
Ese capitalismo pretende de los pueblos una actitud ascética, un conjunto de prácticas -ayuno, vigilia, disciplina corporal, sacrificio de los deseos- orientadas a dominar las pasiones para alcanzar un estado espiritual superior. Esta lógica se seculariza y se internaliza en el capitalismo.
. Del monasterio al mercado: Las prácticas ascéticas de control de la vida y el tiempo no desaparecieron con la modernidad, sino que se transformaron en la ética del trabajo y la productividad. El trabajo ya no es solo un medio de subsistencia, sino una práctica de perfeccionamiento moral para pagar/renovar la deuda. El trabajador disciplinado, ahorrador y productivo es el nuevo monje laico.
. La deuda como penitencia perpetua: Si en la ascesis religiosa la culpa se expiaba mediante la penitencia (rezos, ayunos, flagelaciones), en el capitalismo la deuda se convierte en una penitencia perpetua. El deudor no es solo alguien que no tiene dinero; es alguien que «debe» en un sentido existencial -debe ser mejor, debe esforzarse más, debe reinventarse, debe postergarse para el futuro- y debe «pagar» con su esfuerzo y su tiempo de vida, sin que el saldo se liquide nunca.
VII. Conclusión: la psique endeudada y el futuro
Queda claro que el endeudamiento produce una «mutación antropológica» que genera sujetos activos y flexibles, pero dominados por un mandato: frente a ingresos insuficientes, endeudamiento continuo. Esto desempodera al individuo al internalizar sus obligaciones consigo mismo, reemplazando los derechos garantizados (salud, educación, vivienda, trabajo estable) por la administración constante de su propia falta y el riesgo.
La deuda crea un círculo vicioso que obliga a invertir la propia vida en un sistema del que es imposible salir. La vida se convierte en una «cura» -promete redención a través del esfuerzo- y al mismo tiempo en una «enfermedad» -genera ansiedad perpetua porque la falta nunca se termina de pagar. El sujeto siempre es un «deudor del viviente», alguien que debe ajustar constantemente su vida a un estándar inalcanzable.
Epílogo: la deuda que hiciste mal
Volviendo al inicio: la deuda pública no es un mal necesario ni una fatalidad técnica. Es una construcción política que puede ser deconstruida. Las tradiciones religiosas nos recuerdan que el perdón de la deuda es un acto de justicia, no de caridad.
La condonación, como sugiere el Corán, es «mejor para vosotros, si supierais». Saber, en este caso, implica reconocer que la deuda no es un hecho natural sino un dispositivo de poder. Y como todo dispositivo, puede ser desafiado, renegociado y, eventualmente, cancelado.
Mientras tanto, la pregunta que este escrito intenta hacer resonar es: ¿hasta cuándo seguiremos pagando una deuda que no aprovechamos y que no contrajimos, con una moneda que no poseemos, y con un tiempo de vida que nos es arrebatado? La respuesta, quizás, está en volver a lo esencial: la vida se da, pero no se regala. Y tampoco se hipoteca.
«Deuda que hiciste mal (y sin embargo se te quiere)». Ironía final: la sociedad sigue queriendo mantener el vínculo financiero de la deuda como si fuera una acción exitosa y un lazo afectivo. Esa es la gran perversión del capitalismo contemporáneo: hacernos amar nuestras cadenas. Motivo por el cual se festejan los endeudamientos.
(*) Economista, investigador y ex rector de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB).
