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domingo, junio 28, 2026

Lecciones de economía ricotera II: Una economía-otra con trueque y poesía

«El derrocamiento de la eficiencia como principio director único es inevitable

en una sociedad libre.

Sólo en competencia con otras finalidades, valores e ideales se puede aceptar

el concepto de eficiencia.»

K. Polanyi, Los límites del mercado, 2014.

«Lo racional de hoy puede ser lo irracional de mañana,

lo racional de una sociedad puede ser lo irracional de otra.

… no existe racionalidad exclusivamente económica.»

M. Godelier, Racionalidad e irracionalidad en economía, 1966.

Ya lo advertíamos: la economía ricotera no es una alternativa a la economía de mercado. Es otra cosa. Una economía-otra que se aleja de la miseria conceptual de la ortodoxia para instalarse en la plenitud de la fraternidad. Una mirada de la vida humana como un «acto social total» que desnaturaliza la economía imperante, basada en el consumo, la escasez y la apropiación.

Nuestra contribución, si existe, es apenas un ensayo de ideas disruptivas sobre el modo económico, inspiradas en la formidable convocatoria de las letras, los cantares y los pensares del Indio Solari. No es novedad. La antropología económica se ocupa del tema hace incontables años. Ríos de tinta.

¿Qué es lo que hace que millones de individuos de toda edad, sexo, religión y creencia política «sientan» al Indio? ¿Y qué cuestiones económicas emergen? Esta es nuestra pregunta.

En la nota anterior recorrimos la crítica ricotera al valor de cambio: esa sospecha de que el precio es una ficción y la ganancia, «puro cuento». Pero una crítica sin una contrapraxis apenas sirve como lamento. Lo fascinante de la «economía ricotera» es que propone -cantando, viviendo, organizándose- formas concretas de hacer las cosas de manera distinta. No desde el Estado ni desde el mercado formal, sino desde el abajo existencial: autogestión, trueque, cooperación, «vaquitas» para compartir, la fiesta como máquina de redistribución, la confianza y la complementación.

Desde la economía popular crítica, esto no es folclore ni anécdota. Es producción de subsistencia con lógica de reciprocidad. Y es mucho más común de lo que parece: lo que el Indio canta, generaciones de ricoteros lo han practicado sin saber que estaban produciendo «teoría».

El trueque como núcleo duro: «Compro regalado, vendo regalado»

En la economía ricotera no hay especulación. No se compra para revender más caro. No se regatea. No se engaña. No se apropia del esfuerzo del otro. No se busca la ganancia en la diferencia de precios. Se adquiere lo necesario al costo, y se desprende de lo que sobra al mismo costo. Es, literalmente, una economía sin plusvalía que cuestiona los moldes clásicos del pensamiento económico.

En la práctica ricotera, esto se materializa en el trueque directo, la venta «a precio de costo», la circulación sin mediación monetaria.

La economía popular denomina a estas prácticas sociales como circuitos económicos solidarios: redes donde el valor no se acumula sino que circula, y donde la confianza reemplaza al contrato. No es «ayuda» ni «caridad». No es meritocracia, es intercambio entre pares. Y funciona porque todos, en algún momento, están del otro lado.

La vaquita: el fondo común ricotero

Ningún símbolo económico de la cultura ricotera es más potente que la vaquita. Ese rito casi sagrado donde, antes de un recital, un grupo de amigos junta plata para comprarle la entrada al que no tiene un peso. O para el asado. O para el viaje. O para el techo donde caer después del show.

¿Qué es la vaquita en términos económicos? Un fondo común de administración colectiva y distribución según necesidad. No según aporte (el que más pone no recibe más), ni según mérito (no hay que «demostrar» nada). Según necesidad pura: al que le falta, se le cubre. Y todos contribuyen en la medida de sus posibilidades.

En la economía formal, esto se llama solidaridad mecánica (Durkheim, 1893) o economía del don (Mauss, 1924). Los ricoteros lo llaman «hacerse cargo del nosotros». La diferencia no es menor: la teoría académica describe para justificar; la práctica ricotera ejecuta para participar de la vida. Y lo viene haciendo desde los años ‘80, cuando las entradas a los recitales de Patricio Rey se conseguían en la puerta, con la mano en el corazón y unos pesos arrugados en el bolsillo.

Una anécdota elocuente: en la entrevista que Solari concedió a la revista colombiana Gatopardo en 2005 -nunca publicada en Argentina hasta 2018, y que coincidió con la salida de Porco Rex-, el Indio hablaba con admiración de la capacidad de organización autogestiva de sus adeptos. No lo decía con condescendencia, sino como quien reconoce una inteligencia colectiva que el sistema no sabe ni cómo nombrar. Esa inteligencia es la vaquita solidaria llevada a nivel de principio económico.

La fiesta como dispositivo de redistribución y de producción

La fiesta (excepcional) se opone al trabajo (cotidiano). Fiesta es un término que se supone ajeno a la economía. Es la no-producción, el no-esfuerzo, lo no-racional. No es así, hay una antropología económica de la fiesta que se engarza con lo popular. Las capas sociales poderosas -ociosas y dadas al lujo- no suelen disfrutar de la fiesta. La buena vida angustia, es algo desesperadamente poco festivo.

La vida buena es un estilo de vida marcado por la sencillez, la compañía, la frugalidad en el consumo, el compartir en solidaridad con los demás congéneres y con el medio ambiente. Es también una vida de dedicación al trabajo, el servicio a la sociedad, el cultivo de la inteligencia espiritual y la alegría de vivir. No tener factores de riesgo.

La buena vida, que no es lo mismo, está determinada por la sensualidad, el derroche, el consumo diferenciado, la satisfacción de las necesidades sujeta al placer del consumo que demanda la sociedad de masas,

La fiesta ricotera pertenece a la vida buena, es otro mundo. El recital de la vieja escuela, cuando la banda tocaba en salones prestados o clubes de barrio, era mucho más que un show. Era un dispositivo económico total.

. Antes de la fiesta: la organización era colectiva. Alguien conseguía el lugar, otro se encargaba de la difusión boca a boca, otro de la comida, otro de la entrada. No había productores externos, ni empresarios, ni management. Los «costos de producción» se repartían entre todos, y los «excedentes» (si los había) se usaban para el siguiente recital.

Aquí hay un matiz clave que suele pasarse por alto: el recital no era solo redistribución; era también producción. La música, la puesta en escena, las letras, los discos: todo se generaba desde lógicas horizontales, sin sellos multinacionales que intermediaran. La banda fabricaba sus propios discos de manera independiente y los vendía a precio de costo en los mismos recitales, cortando de raíz la cadena de valor del mercado discográfico. El «producto» no era una mercancía más; era la materialización de un trabajo colectivo que no reconocía al patrón ni al gerente. Era, lisa y llanamente, un cooperativismo de hecho: los medios de producción (instrumentos, equipos de sonido, espacios) eran gestionados por los propios músicos y su círculo cercano, sin accionistas ni rentistas.

. Durante la fiesta: la economía interna era de circulación constante. Se vendían discos a precio de costo. Se compartía comida y bebida sin control de consumición mínima. No había «zona VIP» ni precios diferenciales. El pogo era un mecanismo de regulación: cualquiera podía llegar adelante, cualquiera podía salir. Era el espacio donde el cuerpo se volvía moneda de cambio: empujar y ser empujado, caerse y ser levantado, sudar y compartir el calor. Un recurso común, un cuerpo a cuerpo humano y no mercantil.

. Después de la fiesta: el after, el encuentro, la cama prestada, el piso compartido, el viaje de retorno. La hospitalidad ricotera como extensión natural de la fiesta. Lo que sobraba de una casa iba a la otra. Lo que faltaba se pedía. Y se devolvía después.

En términos de economía crítica, el recital ricotero era un círculo virtuoso de producción-distribución-consumo donde los tres momentos estaban fusionados y eran gestionados horizontalmente. No había «dueños de los medios de producción» ni «trabajadores explotados» ni «consumidores privilegiados». Una suerte de cooperativismo de hecho.

El trabajo que no parece trabajo

Un punto clave de la economía popular crítica es la reivindicación del trabajo no asalariado y del trabajo reproductivo como actividades económicas legítimas. El sistema económico solo reconoce como «trabajo» la actividad humana que se vende en el mercado por un salario. Todo lo demás -cuidar a un hijo, cocinar para amigos, organizar una fiesta, prestar un departamento- es «tiempo libre» o «ayuda». Y por lo tanto, no cuenta ni forma parte del sistema.

La cultura ricotera hace exactamente lo contrario: jerarquiza esas actividades por encima del trabajo asalariado. El que labura en una oficina ocho horas es un «esclavo feliz». El que organiza el viaje para el recital, el que cocina para veinte, el que presta su casa, ésos son los que realmente producen valor. No valor de cambio (no se vende), pero sí valor de uso colectivo: alegría, pertenencia, supervivencia compartida.

Y aquí aparece el núcleo de la anti-lógica de la productividad: el «no te apures» no es un eslogan relajado, es una declaración de guerra contra el tiempo del reloj, contra el cronómetro que mide la eficiencia. En el universo ricotero, el tiempo de trabajo asalariado se vive como tiempo perdido, como un mal necesario, que hay que reducir al mínimo para liberar la vida verdadera: la que se pasa con los otros, sin patrón ni horario, con tiempo. La productividad que realmente importa no es la que genera ganancia monetaria, sino la que genera lazo humano.

El Indio lo ha dicho: «la plata sirve para no pensar en la plata». O sea: el trabajo asalariado es un mal necesario que hay que reducir para ensanchar el tiempo del trabajo real: el que se hace con y para los otros, sin patrón ni reloj. Así, el que prepara la comida para veinte personas en un after no está «ayudando», está produciendo el evento mismo. El que presta su piso no está «cediendo un espacio», está gestionando el recurso más escaso de la fiesta. El que organiza el viaje no está «haciendo un favor», está ejecutando la logística de una economía paralela. Todas esas tareas, invisibles para el PBI, son el verdadero motor de la vida y la expresión de la economía ricotera.

Conclusión provisoria (para cerrar esta tercera nota)

Lo curioso de la economía ricotera (si existiera) es su propia fuerza performativa, por la que decir la cosa la hace existir. Por eso no es una topografía académica, sino una práctica social. Se materializa en cada vaquita, en cada departamento prestado, en cada disco que se pasa de mano en mano sin especulación. Es una economía de bolsillo, de barrio, de banda. Pero es una economía con principios: reciprocidad, horizontalidad, distribución según necesidad, rechazo a la acumulación y una jerarquía invertida donde el trabajo invisible (cocinar, cuidar, prestar, organizar, estar a las necesidades del otro) vale más que el trabajo asalariado.

En la tercera y última nota, intentaremos subir la apuesta: ¿qué pasa cuando este mundo real choca con el sistema económico capitalista también real? ¿Cómo se sobrevive en esta economía transaccional diferenciada por la capacidad económica de los infinitamente menos? Y, sobre todo: ¿qué nos enseña la experiencia ricotera sobre las crisis económicas, las deudas y la posibilidad de construir algo distinto?

(*) Economista, investigador y ex rector de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB).

https://www.elextremosur.com/nota/58733-lecciones-de-economia-ricotera-ii-una-economia-otra-con-trueque-y-poesia
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«El derrocamiento de la eficiencia como principio director único es inevitable

en una sociedad libre.

Sólo en competencia con otras finalidades, valores e ideales se puede aceptar

el concepto de eficiencia.»

K. Polanyi, Los límites del mercado, 2014.

«Lo racional de hoy puede ser lo irracional de mañana,

lo racional de una sociedad puede ser lo irracional de otra.

… no existe racionalidad exclusivamente económica.»

M. Godelier, Racionalidad e irracionalidad en economía, 1966.

Ya lo advertíamos: la economía ricotera no es una alternativa a la economía de mercado. Es otra cosa. Una economía-otra que se aleja de la miseria conceptual de la ortodoxia para instalarse en la plenitud de la fraternidad. Una mirada de la vida humana como un «acto social total» que desnaturaliza la economía imperante, basada en el consumo, la escasez y la apropiación.

Nuestra contribución, si existe, es apenas un ensayo de ideas disruptivas sobre el modo económico, inspiradas en la formidable convocatoria de las letras, los cantares y los pensares del Indio Solari. No es novedad. La antropología económica se ocupa del tema hace incontables años. Ríos de tinta.

¿Qué es lo que hace que millones de individuos de toda edad, sexo, religión y creencia política «sientan» al Indio? ¿Y qué cuestiones económicas emergen? Esta es nuestra pregunta.

En la nota anterior recorrimos la crítica ricotera al valor de cambio: esa sospecha de que el precio es una ficción y la ganancia, «puro cuento». Pero una crítica sin una contrapraxis apenas sirve como lamento. Lo fascinante de la «economía ricotera» es que propone -cantando, viviendo, organizándose- formas concretas de hacer las cosas de manera distinta. No desde el Estado ni desde el mercado formal, sino desde el abajo existencial: autogestión, trueque, cooperación, «vaquitas» para compartir, la fiesta como máquina de redistribución, la confianza y la complementación.

Desde la economía popular crítica, esto no es folclore ni anécdota. Es producción de subsistencia con lógica de reciprocidad. Y es mucho más común de lo que parece: lo que el Indio canta, generaciones de ricoteros lo han practicado sin saber que estaban produciendo «teoría».

El trueque como núcleo duro: «Compro regalado, vendo regalado»

En la economía ricotera no hay especulación. No se compra para revender más caro. No se regatea. No se engaña. No se apropia del esfuerzo del otro. No se busca la ganancia en la diferencia de precios. Se adquiere lo necesario al costo, y se desprende de lo que sobra al mismo costo. Es, literalmente, una economía sin plusvalía que cuestiona los moldes clásicos del pensamiento económico.

En la práctica ricotera, esto se materializa en el trueque directo, la venta «a precio de costo», la circulación sin mediación monetaria.

La economía popular denomina a estas prácticas sociales como circuitos económicos solidarios: redes donde el valor no se acumula sino que circula, y donde la confianza reemplaza al contrato. No es «ayuda» ni «caridad». No es meritocracia, es intercambio entre pares. Y funciona porque todos, en algún momento, están del otro lado.

La vaquita: el fondo común ricotero

Ningún símbolo económico de la cultura ricotera es más potente que la vaquita. Ese rito casi sagrado donde, antes de un recital, un grupo de amigos junta plata para comprarle la entrada al que no tiene un peso. O para el asado. O para el viaje. O para el techo donde caer después del show.

¿Qué es la vaquita en términos económicos? Un fondo común de administración colectiva y distribución según necesidad. No según aporte (el que más pone no recibe más), ni según mérito (no hay que «demostrar» nada). Según necesidad pura: al que le falta, se le cubre. Y todos contribuyen en la medida de sus posibilidades.

En la economía formal, esto se llama solidaridad mecánica (Durkheim, 1893) o economía del don (Mauss, 1924). Los ricoteros lo llaman «hacerse cargo del nosotros». La diferencia no es menor: la teoría académica describe para justificar; la práctica ricotera ejecuta para participar de la vida. Y lo viene haciendo desde los años ‘80, cuando las entradas a los recitales de Patricio Rey se conseguían en la puerta, con la mano en el corazón y unos pesos arrugados en el bolsillo.

Una anécdota elocuente: en la entrevista que Solari concedió a la revista colombiana Gatopardo en 2005 -nunca publicada en Argentina hasta 2018, y que coincidió con la salida de Porco Rex-, el Indio hablaba con admiración de la capacidad de organización autogestiva de sus adeptos. No lo decía con condescendencia, sino como quien reconoce una inteligencia colectiva que el sistema no sabe ni cómo nombrar. Esa inteligencia es la vaquita solidaria llevada a nivel de principio económico.

La fiesta como dispositivo de redistribución y de producción

La fiesta (excepcional) se opone al trabajo (cotidiano). Fiesta es un término que se supone ajeno a la economía. Es la no-producción, el no-esfuerzo, lo no-racional. No es así, hay una antropología económica de la fiesta que se engarza con lo popular. Las capas sociales poderosas -ociosas y dadas al lujo- no suelen disfrutar de la fiesta. La buena vida angustia, es algo desesperadamente poco festivo.

La vida buena es un estilo de vida marcado por la sencillez, la compañía, la frugalidad en el consumo, el compartir en solidaridad con los demás congéneres y con el medio ambiente. Es también una vida de dedicación al trabajo, el servicio a la sociedad, el cultivo de la inteligencia espiritual y la alegría de vivir. No tener factores de riesgo.

La buena vida, que no es lo mismo, está determinada por la sensualidad, el derroche, el consumo diferenciado, la satisfacción de las necesidades sujeta al placer del consumo que demanda la sociedad de masas,

La fiesta ricotera pertenece a la vida buena, es otro mundo. El recital de la vieja escuela, cuando la banda tocaba en salones prestados o clubes de barrio, era mucho más que un show. Era un dispositivo económico total.

. Antes de la fiesta: la organización era colectiva. Alguien conseguía el lugar, otro se encargaba de la difusión boca a boca, otro de la comida, otro de la entrada. No había productores externos, ni empresarios, ni management. Los «costos de producción» se repartían entre todos, y los «excedentes» (si los había) se usaban para el siguiente recital.

Aquí hay un matiz clave que suele pasarse por alto: el recital no era solo redistribución; era también producción. La música, la puesta en escena, las letras, los discos: todo se generaba desde lógicas horizontales, sin sellos multinacionales que intermediaran. La banda fabricaba sus propios discos de manera independiente y los vendía a precio de costo en los mismos recitales, cortando de raíz la cadena de valor del mercado discográfico. El «producto» no era una mercancía más; era la materialización de un trabajo colectivo que no reconocía al patrón ni al gerente. Era, lisa y llanamente, un cooperativismo de hecho: los medios de producción (instrumentos, equipos de sonido, espacios) eran gestionados por los propios músicos y su círculo cercano, sin accionistas ni rentistas.

. Durante la fiesta: la economía interna era de circulación constante. Se vendían discos a precio de costo. Se compartía comida y bebida sin control de consumición mínima. No había «zona VIP» ni precios diferenciales. El pogo era un mecanismo de regulación: cualquiera podía llegar adelante, cualquiera podía salir. Era el espacio donde el cuerpo se volvía moneda de cambio: empujar y ser empujado, caerse y ser levantado, sudar y compartir el calor. Un recurso común, un cuerpo a cuerpo humano y no mercantil.

. Después de la fiesta: el after, el encuentro, la cama prestada, el piso compartido, el viaje de retorno. La hospitalidad ricotera como extensión natural de la fiesta. Lo que sobraba de una casa iba a la otra. Lo que faltaba se pedía. Y se devolvía después.

En términos de economía crítica, el recital ricotero era un círculo virtuoso de producción-distribución-consumo donde los tres momentos estaban fusionados y eran gestionados horizontalmente. No había «dueños de los medios de producción» ni «trabajadores explotados» ni «consumidores privilegiados». Una suerte de cooperativismo de hecho.

El trabajo que no parece trabajo

Un punto clave de la economía popular crítica es la reivindicación del trabajo no asalariado y del trabajo reproductivo como actividades económicas legítimas. El sistema económico solo reconoce como «trabajo» la actividad humana que se vende en el mercado por un salario. Todo lo demás -cuidar a un hijo, cocinar para amigos, organizar una fiesta, prestar un departamento- es «tiempo libre» o «ayuda». Y por lo tanto, no cuenta ni forma parte del sistema.

La cultura ricotera hace exactamente lo contrario: jerarquiza esas actividades por encima del trabajo asalariado. El que labura en una oficina ocho horas es un «esclavo feliz». El que organiza el viaje para el recital, el que cocina para veinte, el que presta su casa, ésos son los que realmente producen valor. No valor de cambio (no se vende), pero sí valor de uso colectivo: alegría, pertenencia, supervivencia compartida.

Y aquí aparece el núcleo de la anti-lógica de la productividad: el «no te apures» no es un eslogan relajado, es una declaración de guerra contra el tiempo del reloj, contra el cronómetro que mide la eficiencia. En el universo ricotero, el tiempo de trabajo asalariado se vive como tiempo perdido, como un mal necesario, que hay que reducir al mínimo para liberar la vida verdadera: la que se pasa con los otros, sin patrón ni horario, con tiempo. La productividad que realmente importa no es la que genera ganancia monetaria, sino la que genera lazo humano.

El Indio lo ha dicho: «la plata sirve para no pensar en la plata». O sea: el trabajo asalariado es un mal necesario que hay que reducir para ensanchar el tiempo del trabajo real: el que se hace con y para los otros, sin patrón ni reloj. Así, el que prepara la comida para veinte personas en un after no está «ayudando», está produciendo el evento mismo. El que presta su piso no está «cediendo un espacio», está gestionando el recurso más escaso de la fiesta. El que organiza el viaje no está «haciendo un favor», está ejecutando la logística de una economía paralela. Todas esas tareas, invisibles para el PBI, son el verdadero motor de la vida y la expresión de la economía ricotera.

Conclusión provisoria (para cerrar esta tercera nota)

Lo curioso de la economía ricotera (si existiera) es su propia fuerza performativa, por la que decir la cosa la hace existir. Por eso no es una topografía académica, sino una práctica social. Se materializa en cada vaquita, en cada departamento prestado, en cada disco que se pasa de mano en mano sin especulación. Es una economía de bolsillo, de barrio, de banda. Pero es una economía con principios: reciprocidad, horizontalidad, distribución según necesidad, rechazo a la acumulación y una jerarquía invertida donde el trabajo invisible (cocinar, cuidar, prestar, organizar, estar a las necesidades del otro) vale más que el trabajo asalariado.

En la tercera y última nota, intentaremos subir la apuesta: ¿qué pasa cuando este mundo real choca con el sistema económico capitalista también real? ¿Cómo se sobrevive en esta economía transaccional diferenciada por la capacidad económica de los infinitamente menos? Y, sobre todo: ¿qué nos enseña la experiencia ricotera sobre las crisis económicas, las deudas y la posibilidad de construir algo distinto?

(*) Economista, investigador y ex rector de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB).

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