«¿Quién habría sospechado tanta ciencia en el homo oeconomicus?
Su genialidad -explicó Megafon- se tradujo en una gambeta formidable:
transmutó su pasión avara y su gusto por la materia, en una filosofía universal.»
L. Marechal, «Megafon, o la guerra», Buenos Aires, 2007.
«Ya que son fuertes, hay que debilitarlos.
Ya que no tienen más que hacer que pelear, hay que darles ocupación.»
«Acércate, Cayo Coyuntural.
¿Cómo te las arreglarías para debilitar a esos galos dotados de una fuerza mágica?»
«Habla. Veamos qué te han enseñado en la Escuela imperial de administración.»
«Muy simple, oh, César: el afán de lucro, el oro.
He aquí lo que les debilitará y les ocupará.
Vamos a convertirlos en decadentes.»
«¿Crees que será suficiente?»
«Mira en torno tuyo, oh César. Mira a tus senadores ricos, gordos e inservibles».
Del cómic histórico «Obelix y Compañía», Goscinny y Uderzo, 1976.
El problema económico -cómo satisfacer necesidades individuales, grupales y sociales con recursos siempre escasos- es, en su raíz, un problema existencial humano. La economía clásica, incluyendo la crítica marxista, aborda esta cuestión desde la racionalidad instrumental de los intereses materiales. La economía ricotera, en cambio, inexistente como doctrina viva pero como práctica, lo hace desde el territorio de los sentimientos y las emociones. Mientras el homo oeconomicus es racional, calculador y maximizador, el sujeto ricotero es sentipensante: siente el mundo y, desde ese sentir, lo piensa y lo habita. Esta no es una trivialidad romántica, sino una radical alternativa al modelo hegemónico de toma de decisiones, que reconoce la complejidad y contradicción del ser humano.
Economía del proceso versus economía del producto
La economía del capital es una economía del producto: el objeto que satisface una necesidad, se cosifica, se intercambia, se acumula y tiene un precio impuesto por el mercado. Es una economía del tener. La economía ricotera, por contraste, es una economía del proceso: un continuum social que se despliega, se organiza en comunidad y se basa en valores humanos no monetizables: el afecto, el cuidado, la reciprocidad, la fiesta compartida y la contemplación. Es una economía que se vive en cada gesto y no se transita de manera pasiva. En ella, el sujeto no es un átomo racional sino un nodo afectivo, contradictorio y profundamente social, que tensiona la objetividad del mercado con la subjetividad de los vínculos.
Hemos explorado hasta aquí dos capas de esta economía ricotera: primero, la crítica al fetiche del valor de cambio y la reivindicación de otros valores (afectivos, de uso, comunes, contemplativos); segundo, las prácticas concretas de trueque, «vaquita», ayuda mutua y celebración que tejen una economía alternativa desde abajo, anclada en el territorio y el vínculo cara a cara.
Ahora corresponde el tercer movimiento, quizás el más complejo: ¿qué ocurre cuando ese mundo choca de frente con el capitalismo real? ¿Cómo se lee, desde el pensar ricotero, una crisis sistémica? ¿Y qué propone -aunque sea a media voz, en el entrelineado de la poesía- como horizonte de salida?
La respuesta no está en tratados económicos, sino en canciones que desarman el motor del capitalismo, a veces desde la metáfora explícita y otras desde la alusión implícita. En «El Tesoro de los Inocentes» (del primer disco solista del Indio, en 2004), se critica la carrera tras el oro y el dinero, y se canta a la defensa de «el tesoro» que no se mercantiliza. Un sistema que vive del cuento, de la ganancia ficticia, del vender humo, queda al desnudo. La canción marca al que corre detrás del «oro de las promesas» y le advierte: eso que buscas no vale. Lo que vale de verdad no se compra. Y en esa advertencia crea un ambiente, un tiempo de pausa para elegir otro camino. Es la «economía ricotera» en su modalidad de resistencia cultural: la decisión consciente de no entrar en el juego.
Por otro lado, en entrevistas donde el Indio Solari habla de deuda, poder y derrumbe, no hay manual ni partido. Hay, en cambio, una mirada macro, contextual y holística que merece ser reconstruida. Esa mirada desgrana la crisis no como un accidente, sino como una característica estructural del capitalismo.
La deuda como jaula
En el espíritu de «Gente que no» (Los Auténticos Decadentes, Todos Tus Muertos) -canción que, aunque ajena a la banda, resuena profundamente en el imaginario ricotero- se denuncia la deuda como mecanismo de control y disciplinamiento social. El verso es lapidario: «La ley es la hipoteca del futuro». Traduzcámoslo a la economía política: el sistema financiero no se basa en un contrato entre iguales, sino en una relación de poder asimétrica entre acreedores y deudores. Es una máquina que adelanta la cosecha futura para cobrarla en el presente, convirtiendo el tiempo de vida en tiempo de trabajo forzado. La hipoteca, en este sentido, es la figura jurídica perfecta del capitalismo: un préstamo que se paga con trabajo no realizado, con futuro ya vendido.
Desde la economía popular crítica, la deuda no es neutra. Es una tecnología de disciplina social. El deudor no es libre: corre detrás del salario, del interés, de la cuota. La deuda convierte el tiempo vital en tiempo de trabajo alienado. Y la ley -esa que dice proteger los contratos- es la que ejecuta la prenda cuando no se paga, revelando su naturaleza coercitiva. El Indio Solari lo cantaba ya en los años ochenta. Fue profético. ¿Qué fue la crisis de 2001 en Argentina sino una rebelión multitudinaria contra la deuda? ¿Qué son los «corralitos», los «corralones», los descuentos de sueldos y el ajuste salarial, sino una hipoteca del futuro hecha política de Estado? La respuesta popular -trueque, asambleas vecinales, piquetes, ollas comunes- fue, sin saberlo, ricotera pura: economía de abajo que se organiza contra la deuda impagable, afirmando que la vida no se negocia.
«Bienvenidos al alud»: la crisis como revelación
De «El Arbol de la Noche Triste» y su reverberación en Porco Rex se desprende una metáfora potente: «Bienvenidos al alud». No es una bienvenida festiva ni triunfalista. Es la constatación lúcida de que el sistema capitalista -con su lógica de acumulación, especulación y apropiación- genera de manera endógena sus propias catástrofes: crisis financieras, desempleo masivo, inflación, ajuste, despojo. El «alud» es la avalancha que se desencadena cuando la montaña de contradicciones ya no puede sostenerse.
Pero el alud, en la economía popular crítica, no es sólo destrucción. También es revelación. La crisis muestra a las claras lo que el sistema oculta en la bonanza: que el mercado no organiza la vida, que la propiedad privada no es un derecho natural sino una construcción legal, que la cooperación existe y se fortalece incluso cuando el Estado y las empresas se retiran. La respuesta ricotera al alud no es esperar pasivamente en el techo, sino organizarse en el ojo del huracán. Las ollas populares después del 2001, los clubes de trueque, las fábricas recuperadas, los comedores comunitarios: eso es «bienvenidos al alud» llevado a la práctica. No porque se desee la crisis, sino porque cuando llega, lo único que queda -y lo único que siempre funcionó- es la ayuda mutua. Y eso, los ricoteros lo venían ensayando desde mucho antes, como un saber acumulado en la experiencia cotidiana.
El «comunismo ricotero» (sin nombre)
Digamos una palabra incómoda: comunismo. No el de los manuales soviéticos ni el de las burocracias políticas. Sino el que el Indio sugiere cuando habla de la horizontalidad, de la ausencia de jefes, de la propiedad colectiva de los medios de producción simbólica: los discos, las canciones, los recitales. En la economía popular crítica existe el concepto de procomún: bienes que son de todos y de nadie, gestionados colectivamente y cuyo valor crece cuanto más se comparten. El agua, las semillas, los conocimientos, el aire, la memoria, los afectos: todos ellos conforman un patrimonio común que el mercado pretende cercar y privatizar.
Los Redondos nunca firmaron con una multinacional. Fabricaban sus propios discos, diseñaban sus carátulas y envoltorios, los vendían directamente en los shows, prohibían la reventa de entradas para garantizar el acceso. ¿Eso es «anticapitalista»? Sí, pero más importante aún: es práctica concreta de autogestión. Es una banda musical que funciona como una cooperativa integral. Es un público que se organiza para que nadie quede afuera. Es una economía que prioriza el acceso antes que la ganancia y el vínculo antes que la mercancía.
Eso es el populismo ricotero: no la estatización vertical de todo, sino la socialización de lo necesario y la gestión horizontal de lo común. Sin líderes, sin partido, sin himnos ni dogmas. Con un Indio que siempre dijo que él no es más que «una especie de coordinador de ceremonias», reconociendo que el artista debe preservar un lugar desde el cual no forma parte del sentido común dominante, porque debe excederlo y crear experiencias no ordinarias, intersticios de libertad.
¿Y después del alud?
La economía ricotera no se ocupa de plantear salidas mágicas ni recetas de aplicación inmediata. El Indio Solari es demasiado lúcido para eso. En entrevistas de los años noventa ya afirmaba que «el capitalismo se va a terminar, pero no porque llegue algo mejor, sino porque va a colapsar de lo mal hecho que está». No es una declaración optimista, sino un realismo de izquierda: sabe que el sistema es insostenible ecológica, social y subjetivamente, pero no cree que el socialismo del siglo XX haya sido la respuesta. Su postura no es la del profeta que anuncia una nueva tierra prometida, sino la del cronista que señala la podredumbre y la del artesano que construye refugios.
Entonces, ¿qué queda? Queda lo de siempre: el llano, la gente, el piso compartido, la vaquita, la canción que no se vende, la solidaridad que no se negocia. Queda la organización desde abajo, esa que los ricoteros practican sin llamarla militancia. Queda la certeza de que el valor no está en el precio, que el tesoro no se vende y que la ganancia es puro cuento, una ilusión que se desvanece ante la primera crisis.
El alud va a venir -está viniendo, de hecho: crisis climática, crisis de deuda, crisis de cuidados, crisis de sentido-. La pregunta que nos interpela es: ¿estamos construyendo, desde ahora, las prácticas de economía popular que nos van a permitir no sólo sobrevivir, sino vivir bien y en común? La cultura ricotera dice que sí, y no lo dice con un programa de gobierno ni con un decálogo. Lo dice con hechos: una entrada comprada entre diez, un disco pasado de mano en mano, un piso prestado en la noche del recital, un abrazo que no se cobra. Es una metáfora de la vida en comunidad, pero también su realización efectiva.
Cierre de la serie
Con esta tercera entrega (cuarta si contamos la introducción general), cerramos un recorrido que ha transitado por varias capas de sentido:
1. Introducción: entender la economía como una ciencia prudencial, derivada de las ciencias sociales y con base en la integración naturaleza-sociedad, alejada del positivismo frío.
2. El valor no está en el precio: la crítica ricotera al fetichismo del valor de cambio y la defensa de los valores afectivos y de uso como fundamento de una vida digna.
3. Red de trueque y poesía: las prácticas concretas de ayuda mutua, «vaquita» y fiesta como dispositivos económicos alternativos que generan comunidad.
4. Bienvenidos al alud: la mirada sobre la crisis, la deuda como mecanismo de control y el horizonte de lo común como salida posible, anclada en la autogestión y la solidaridad.
La economía ricotera no es una doctrina, ni un método cerrado, ni mucho menos una propuesta de gobierno. Es una sensibilidad práctica que late en canciones que se vuelven consignas, en gestos que se transforman en comunicación profunda, y en formas de organizarse que se presentan como una dinámica social viva y en constante reinvención. Desde la economía popular crítica, esa sensibilidad no es ingenua ni romántica en el mal sentido: es una apuesta epistemológica y ética que consiste en pensar la economía incluyendo los sentimientos y en hacer de otro modo la vida práctica.
Final: a modo de epílogo
¿A qué viene, en momentos nacionales y civilizatorios tan desconcertantes, ocuparnos de un tema inventado como agravio del pensamiento ortodoxo? Admito que relacionar al Indio Solari con la economía suena como una irreverencia, una incongruencia, casi un chiste de mal gusto. Y quizás lo sea. No somos especialistas en su vida ni en su obra. Apenas si somos capaces de advertir un sustrato económico -un subyacente– alrededor del fenómeno ricotero: sus letras, sus festivales, su muerte física y su persistencia simbólica.
Pero tal vez sea precisamente esa irreverencia la que nos permite ver lo que la economía académica oculta: que la vida económica está atravesada por la poesía, la amistad, la memoria y el deseo. Que el dinero no lo es todo, y que cuando el sistema colapse -como colapsará- no nos salvarán los manuales de macroeconomía, sino las redes de confianza que hayamos tejido. Con esta nota pretendemos rendirle homenaje al Indio como hombre, llevarlo en nuestro recuerdo como poeta y reconocerlo como un ejemplo de pensamiento crítico que supo, con sus canciones y sus silencios, señalar el camino de una economía más humana, más horizontal y más justa. Porque, al final del día, como canta la canción, «el tesoro de los inocentes» no está en el oro, sino en lo que compartimos sin medida.

