El que la Posguerra Fría fue un ciclo corto de la política internacional y que ya ha terminado es algo sobre lo que hay un extendido acuerdo. Si hay divergencias, estas giran alrededor de las fechas de su comienzo y de su final. Algunos afirman que la Posguerra Fría empezó con el derrumbe de la Unión Soviética, en 1991 y que Estados Unidos titubeó por unos años antes de redefinir su gran estrategia.
Para otros, la fecha crucial fue el 11 de septiembre de 2001, cuando el trauma de los atentados terroristas impulsó a Washington a optar, definitivamente, por una agresiva política de primacía sine die y global.
Para varios, el breve ciclo se fue cerrando, paulatinamente, con tres fenómenos distintos que expresaban la fragilidad del sistema vigente: el estallido de la crisis financiera de 2008 y sus derivas; la anexión de Crimea en 2014 por parte de Rusia y sus consecuencias; y el triunfo de Donald Trump en 2016 y su proyecto de hacer “Estados Unidos Grande Otra Vez”.
Otros más consideran que la expansión de las tensiones geopolíticas en Eurasia a partir de 2017 y la agudización de la competencia entre Washington y Beijing definieron el eclipse inminente de la Posguerra Fría.
A mi entender, el arranque conceptual y estratégico de la Posguerra Fría se produjo un 11 de septiembre, pero no de 2001, sino de 1990. Entre diciembre de 1989 y enero de 1990, Estados Unidos invadió Panamá. Entre marzo y junio de ese último año, la URSS ya había adoptado medidas que reflejaban su acelerada desintegración.
En agosto, Irak invadió Kuwait. El 11/9/1990 George H. W. Bush dio un discurso trascendental en el Congreso. Declaró que su encuentro previo con Mijaíl Gorbachov reflejaba que los dictadores (se refería a Saddam Hussein) ya no podían “contar con la confrontación Este-Oeste”; que Estados Unidos estaba comprometido internacionalmente con “el Estado de Derecho”; que nada ni nadie “sustituye” el liderazgo mundial de EE. UU.; y que el “involucramiento del país en el Golfo tendrá un carácter duradero”.
Bush subrayó que el liderazgo externo “y la fortaleza doméstica son recíprocas y se refuerzan”. En ese marco, anunció “el sueño de un nuevo orden mundial”, cuyo arquitecto principal sería Estados Unidos; la “nación indispensable” según la expresión de la secretaria de Estado, Madeleine Albright.
En esencia, Estados Unidos le comunicaba al mundo que estaba dispuesto a extender su poderío más allá de las áreas en las que su influjo y superioridad se habían manifestado durante la Guerra Fría. Le informaba a la comunidad internacional su intención de desplegar una hegemonía benévola.
Sin consultar con contrapartes cercanas o distantes, asumía que tal ejercicio de preeminencia sería naturalmente aceptado y acatado, tanto por Estados como por actores no estatales. Comenzaba la larga marcha de sobre-extensión que tiempo después sería contestada por gobiernos y fuerzas no gubernamentales.
De hecho, la alocución del presidente Bush sintetizó un ideal y un proyecto de tres pilares. Por un lado, la noción de que el mundo ingresaba a lo que se conoció desde entonces como un “orden basado en reglas” o un orden liberal internacional.
Por el otro, quedaba en claro que Washington sería el primus-inter-pares de Occidente en el contexto de una distribución de poder unipolar que, históricamente, ha sido dudosa sino imposible de perpetuar. Y finalmente, el recurso a la fuerza se tornaría habitual a los efectos de asegurar el orden enunciado.
Un informe del Congressional Research Service sobre “Instances of Use of United States Armed Forces Abroad, 1798-2023” es elocuente: enumera en 3 páginas las diversas operaciones militares realizadas entre 1945 y 1990 y le dedica 38 páginas a las efectuadas desde 1991 hasta 2023.
Considero que el fin de la Posguerra Fría tuvo tres eventos sucesivos emblemáticos. En 2022, la invasión de Rusia a Ucrania; conflicto que oscila entre el estancamiento y la exacerbación por la acción y reacción de múltiples actores con intereses diversos.
En 2023, el ataque terrorista de Hamás en el sur de Israel y la feroz retribución del gobierno de Benjamín Netanyahu, mientras Occidente agrandó la percepción, en gran parte del Sur Global, de su bancarrota moral. Y en 2024, el nuevo triunfo de Donald Trump, el espectro de una eventual guerra civil en Estados Unidos y la dificultad de la Casa Blanca de moldear el escenario mundial y cultivar un liderazgo internacional legítimo. En los tres casos hay involucrados países con arsenales nucleares.
Del designio de George H. W. Bush casi nada está en pie. Hubo varios hitos y protagonistas que fueron horadando el “orden basado en reglas”. Sin embargo, lo más relevante es que quien más socava el orden liberal internacional no es China sino Estados Unidos y, con inusitado éxito, desde la llegada del segundo Trump.
En materias tales como la legalidad del uso de la fuerza, las regulaciones del comercio mundial, el papel del multilateralismo, la cuestión del desarme y la protección ambiental, su administración se asemeja cada día más a lo que en los años’90 el gobierno de Bill Clinton denominó un “Estado forajido” (rogue state). Estados que deliberadamente violan las normas internacionales y las obligaciones internas, estados difíciles de disuadir, notablemente impredecibles y generadores de incertidumbre para la paz mundial.

